Andén 0 – Estación de Chamberí: ¿La estación fantasma o los fantasmas de la estación?

Son muchos los tesoros escondidos de Madrid y entre ellos sin duda se encuentra la antigua Estación de Chamberí que, oculta a los ojos de la mayoría, nada tiene que envidiar, tras su restauración, a las mucho más famosas paradas del metro de otras ciudades.

Metro Chamberí

Un tesoro escondido

Recuerdo que hace unos años leí en un periódico una noticia sobre el proyecto Andén 0, destinado a la recuperación de dos espacios históricos del Metro de Madrid, pero fue justo antes del verano cuando una buena amiga -en un futuro post descubriréis el porqué- volvió a hablarme de esta antigua parada de la línea uno, refiriéndose  a ella con el apodo familiar de la gente del barrio: “estación fantasma”. Esta fue la palabra mágica que utilicé, la primera vez que fui allí, para convencer a los más pequeños a seguirme en esta aventura subterránea.

Obviamente surgieron de inmediato infinitas preguntas sobre este apelativo tan terrorífico como evocador y, al no poder ofrecer una respuesta concreta, aproveché la ocasión para animar a mis jóvenes seguidores a participar en la visita guiada gratuita -uno de los pocos lujos de los que aún podemos disfrutar en esta triste época de recortes… y no es poco, la verdad-, de unos veinte minutos de duración, que se organiza aproximadamente cada hora y cuarto, en función de la afluencia del público, las mañanas y tardes de los viernes, sábados y domingos -y si los más pequeños son muy inquietos, o no queréis depender de los horarios de las visitas, también existe la posibilidad de acceder al lugar por propia cuenta-.

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La hermosa plaza de Chamberí

Llegados a la pintoresca plaza de Chamberí, en la esquina con la calle Luchana, nos encontramos con la primera sorpresa: el curioso edificio de acceso al lugar situado en el subsuelo capitalino. Se trataba de una construcción futurista, similar a un pequeño cohete espacial con forma de hélice, desde cuyas paredes transparentes se divisaba un ascensor y una escalera.

El cohete espacial de acceso

El cohete espacial de acceso

Por comodidad, y para divertirnos un poco, bajamos utilizando el medio mecánico que, muy despacio, nos llevó a un frío vestíbulo de forma circular, gris, con unos espesos muros de hormigón, que, a primera vista, parecía un bunker, como si esas paredes desnudas quisieran recordarnos que, durante la guerra civil, el metro sirvió también como refugio contra los ataques aéreos enemigos…

El ascensor de bajada al frío vestíbulo

El ascensor en el vestíbulo-bunker

Allí, a la espera de que se formara un grupo significativo de gente, estaba nuestra guía, cuya agradable sonrisa contrastaba, casi chocaba, con el plomizo ambiente alrededor. Nos invitó a ver un video introductivo en una “salita” oculta detrás de un portal de madera que, en realidad, era el original acceso al metro, cuyas puertas, casi integralmente reconstruidas, estaban marcadas con unos puntos verdes y rojos, según la dirección de entrada y salida de los pasajeros. Pero algo no estaba en su sitio -¿o a lo mejor sí?-: había un llamativo detalle “al revés” que sólo podía explicarse pensando en el metro de Londres, modelo a seguir, también en los andenes, por el entonces metropolitano de Madrid -¿ya lo habéis encontrado? ¿Sabéis a que me refiero?-.

El portal con el detalle al revés

El portal con el detalle al revés

Resuelto el problema, cruzamos lo que resultó ser un “portal del tiempo” y, de repente, nos vimos trasladados en los primeros años veinte del siglo pasado. El techo de la sala de proyección era la propia bóveda de la antigua entrada a la estación, los asientos eran las propias escaleras, cubiertas por un oportuno cojín, y el olor, que nos envolvió con todo su realismo, era el mismo tan característico de este medio de transporte bajo tierra.

La sala de proyección

La sala de proyección

La moderna televisión

Modernidad y antiguedad

El interesante documental en blanco y negro, proyectado en una moderna televisión de pantalla plana -único elemento que nos recordaba que no estábamos viviendo un espejismo-, duró casi un cuarto de hora pero para los niños, impacientes por la ilusión de ver al “fantasma”, su breve duración se hizo eterna. Por fin terminó y todos, grandes y pequeños, estábamos listos para escuchar, y sobre todo ver, lo que nos depararía el recorrido guiado.

Nuestra experta guía nos ilustró sobre la función práctica de cada uno de los elementos presentes en el antiguo vestíbulo de acceso al andén, cubierto por los tan característicos, y luminosos, azulejos de color blanco cuya finalidad era la de disminuir la posible sensación de claustrofobia de los atrevidos usuarios de este innovador medio de transporte.

La taquilla de refuerzo

La taquilla de refuerzo

La cabina de validación

La cabina de validación

Estaba el antiguo tablón con las tarifas en vigor -por tramos, como desafortunadamente se ha vuelto a introducir hace poco-, la taquilla ordinaria, con su curiosa silla dotada de un único reposabrazos, el izquierdo, la taquilla de refuerzo, para ocasiones especiales, como la de la primera Nochebuena del metro en el año 1919, la cabina de validación, con su techo abierto para que el empleado (o empleada) de turno no se agobiara o, peor aún, se asfixiara, encerrado durante tantas horas bajo una triste lamparilla, los vestuarios para hombres y mujeres -¡dos cubículos de tamaño y condiciones rigurosamente desiguales en razón del sexo!- y, sobre todo, los tornos de salida, que hacían las delicias de los niños, entonces como ahora, al descubrir, para luego probarlo repetidamente, el mecanismo de apertura de los mismos.

La taquilla ordinaria

La taquilla ordinaria

Los vestuarios desiguales

Los vestuarios desiguales

Los divertidos tornos de salida

Los divertidos tornos de salida

De todas formas, el tesoro oculto que más nos iba a deslumbrar estaba esperándonos al final de la larga pasarela: allí una gran flecha roja, indicando la dirección C. Caminos Tetuán, nos invitaba a bajar una escalera, dotada también de un actualísimo sistema de descenso para la gente con movilidad reducida, que iba a llevarnos más aún al centro de la tierra. Pero la supuesta bajada al Infierno resultó ser, por el contrario, una bajada al Paraíso… de la arquitectura.

El pasillo con la gran flecha al fondo

La pasarela con la gran flecha al fondo

De repente apareció el andén propiamente dicho, con sus blancos azulejos biselados, sus brillantes acabados y sus originales y coloristas carteles publicitarios de la época.

...el otro lado

…y el otro

Un lado del andén...

Un lado del andén…

Estos últimos, mucho más duraderos que los actuales ya que sus sujetos estaban representados en paños de azulejos, como si de las piezas de un enorme puzzle se tratara, despertaban dulces recuerdos en la memoria de los mayores de entre nosotros: ese “mejor reloj”, ahora ya no tan en auge, esa lámpara, “la mejor del mundo”, ahora sustituida por unas modernas Led, y, sobre todo, ese “mejor purgante”, ahora ya no tan eficaz…

El mejor reloj

El mejor reloj

La mejor lampara

La mejor lampara

El mejor purgante

El mejor purgante

Y allí donde no llegaba la realidad… podía la tecnología, proyectando en el marco vacío destinado a unos anuncios que no habían resistido al paso del tiempo, unas imágenes de otras marcas de la época.

Concluida así nuestra visita, al resguardo de una barandilla acristalada que nos protegía de los rápidos pasajes de los trenes que siguen uniendo las estaciones de Iglesia y Bilbao, todavía quedaba por resolver el quid de la cuestión, el motivo que nos había llevado hasta allí: ¿por qué “estación fantasma”?

Imágenes tecnológicas

Imágenes tecnológicas

Nadie se atrevía a preguntarlo -¡a ver si íbamos a despertar a “alguien”!-, pero mi joven acompañante, cuya curiosidad podía más que el miedo, se acercó a nuestra preparada guía y, de puntillas, le susurró al oído, con mucho respeto, esa terrorífica combinación de palabras. Ella, mirándole con una sonrisa divertida, le explicó, sin ningún temblor en la voz, que en los años sesenta se cerró la estación por motivos técnicos -su andén, en curva, no podía ser ampliado para dar cabida a los nuevos trenes mucho más largos, y además esa parada estaba muy cerca de las colaterales de Bilbao e Iglesia- y muchos vagabundos y hombres de dudosa reputación buscaron refugio allí, siguiendo las vías del tren. Y así lo que en su día  fue un lugar luminoso y seguro, símbolo del esplendor arquitectónico y tecnológico, se transformó en un espacio siniestro y oscuro, emblema de la decadencia y del abandono, habitado por todos estos desheredados de la sociedad que eran las sombras de sí mismos: unos fantasmas dentro de una “estación fantasma”… -para no tener que imaginárselo, os recomiendo que veáis a la película Barrio, donde aparece este inquietante escenario, sabiamente aprovechado por el director Fernando León de Aranoa-.

El niño, decepcionado por la cruda realidad del cuento, mucho menos atractivo que las imágenes fantasmagóricas que se había creado desde el principio en su cabeza, se quedó perplejo, y entonces nuestra generosa guía, para reconfortarle un poco, le contó en exclusiva otra de las muchas versiones existentes sobre ese mito urbano. Le dijo que cuando los trenes de la línea 1 del metro pasan rápidamente por esa estación sin pararse, a los pasajeros les parece que la imagen en movimiento de los blancos azulejos se transforma en una dinámica presencia espectral.

El segundo relato fue suficiente para satisfacer el “dolce-amaro” deseo de miedo del joven atrevido -que ya estaba deseando subirse a unos de esos vagones para disfrutar de ese efecto óptico- y así los mayores aprovechamos para conversar un poco más con nuestra anfitriona y con los demás empleados, todos muy amables y bien dispuestos no obstante hubiese ya pasado la hora del cierre. Estas personas, que padecían en sus carnes las consecuencias de los recortes -entre otras, la no disponibilidad de folletos explicativos, al haberse acabado y no pudiéndose reponer- nos ofrecieron desinteresadamente muchas explicaciones suplementarias y, despidiéndose de nosotros, nos animaron a visitar lo antes posible la Nave de Motores, el segundo espacio incluido en el proyecto Andén 0, aunque sólo fuera para dar sentido a este lugar, recién restaurado y casi siempre desierto.

Pero esta ya es otra historia…

Con un poco más de tiempo, si los niños se han portado bien durante la visita guiada, o simplemente queréis que se desahoguen un poco, podéis llevarlos a piedi hasta la cercana y hermosa plaza de Olavide, donde, en un entorno arquitectónico casi parisino, les esperarán unos divertidos columpios.

Los columpios de la parisina Plaza de Olavide

Los columpios de la parisina Plaza de Olavide

Y por la noche, acostados los por fin agotados retoños, podéis ver una película española, “Lo contrario al amor”, o mejor, la primera toma de la misma -¡no hace falta ir más allá!-: algo os sonará familiar… Nosotros, sin saber lo que nos esperaba en la pantalla, la vimos ese mismo día: ¿casualidad o destino?

Una nota final: el relato de arriba pretende ser, como siempre, una sugerencia para un plan familiar pero esta vez, más que nunca, debería ser un plan familiar “alargado”… a los abuelos, sobre todo si viven, o han vivido durante su infancia, en la capital. La emoción en sus ojos al ver la estación del metro y al oír hablar, entre otras, del tristemente desmantelado Templete de la Red de San Luis, no tiene precio: os lo digo por experiencia, o mejor, por la experiencia de mi suegra que allí me acompañó en mi segunda visita. Regaladles ese viaje a su niñez, ellos en cambio os regalarán unos emotivos relatos sobre, entre otros, el mencionado edificio, ubicado en la actual parada de Callao. Cubierto por una hermosa marquesina de hierro y cristal, esa construcción escondía en su interior un sensacional e innovador juego de la época: el primer ascensor urbano, que bajaba desde la entonces llamada plaza de San Luis hasta veinte metros bajo el suelo… ¡en comparación, las veinte mil leguas de viaje submarino del Capitán Nemo se quedaban cortas!

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13 pensamientos en “Andén 0 – Estación de Chamberí: ¿La estación fantasma o los fantasmas de la estación?

  1. marta

    Qué chulo! Sabes? Chamberí era mi barrrio! Mi cole, mi casa, amigos, la tienda de chuches (que sigue existiendo!!)…. estaban junto a la plaza de Chamberí.
    Llevaré a mi madre esta Navidad y le enseñaré a la peque mi cole y mi casa (aunque para ella siempre he sido mayor y siempre he sido mamá y tengo 5 años porque soy muy mayor).
    Un beso.

    • No lo sabía… y me alegro de haberle dedicado este post. Me parece muy buena idea lo de llevar allí a tu madre y también a tu hija…a lo mejor os encontráis con una sorpresa: sigue el blog y verás! Un beso

  2. Anita

    Qué bonito post-subterráneo. Para los mayores que pasaron la guerra en la ciudad era también un refugio, como otras muchas estaciones de la línea 1. Mi abuela me lo contaba, recordando el miedo y también el compañerismo en una ciudad sitiada…

    • Muchas gracias Ana. Efectivamente, como dije al principio, era un refugio durante la guerra civil. Seguro que tu abuela te habló también del más ameno Templete de la Red de San Luis. Me alegro de que te haya gustado el post y que te hayas acordado de tu abuela y de sus cuentos.

  3. Vic

    Fantástico sitio. Recuerdo perfectamente que, de pequeña, cuando el metro era como se ve en esas fotos, mis hermanos y yo, para entrar al anden, corríamos hacia la portezuela metálica de acceso y quien llegaba el primero saltaba fuerte sobre la plancha del suelo que permitía la apertura. ¡Era magia!
    Ahora es de cristal, metes un triste billete por un torno y se abre sola… ¡Que aburrido es hacerse mayor!

    • Ya sé que conoces muy bien este sitio… estás entre líneas, ya lo sabes. Tu estación de Chamberí ahora es también un poco mía, aunque nunca he tenido el placer de jugar en ella con mi hermano… Nos vemos en un futuro post donde hablaré más de ti, entre líneas, como siempre! Gracias por tu comentario… y no te preocupes, aunque nos hagamos mayores, ¡siempre hay magia (y magos) en Madrid!…

  4. Roberta

    con qué delicada aura envuelves siempre tus cuentos y los lugares de esta ciudad, y cómo resplandece a pesar de hallarse en el subsuelo… las imágenes que evocas de ese pasado urbano despiertan una gran nostalgia para una incurable nostálgica como yo, ¡una maravilla!

  5. Marta

    Llego muy tarde a leer tu post y eso que me he acordado mil veces de ti y de tus visitas con tu familia primero y tu suegra después. Me ha encantado el relato que has hecho de la maravilla de sitio (y por desgracia tan desconocido) que es la Estación de Chamberí, popularmente conocida como la Estación Fantasma. Seguro que a raíz de este cuento mucha gente se ha animado a venir a visitarla, doy fe que cada vez más gente viene a verla, en especial los fines de semana. Esperemos que siga así y pueda seguir sorprendiendo a todo aquel que no espera que Madrid regale cositas tan espectaculares!!!!

    Un beso enorme, sigue relatando tus visitas por la capital de esta forma tan entretenida. La estación seguirá esperando que la visites, porque siempre se descubren nuevas historias que contar!!!

    Marta (la aún guía fantasma de la estación…)

    • Marta tu sí que has hecho posible con tus entretenidas explicaciones que la estación fantasma sea cada vez más estación y menos “fantasma” para las visitas de los madrileños. Muchísimas gracias por tu comentario y que tu trabajo en el subsuelo capitolino siga siendo tan apasionante para todos sus .visitantes.Un beso

  6. Muy buen reportaje. Una pregunta; el olor era especial o es el hay por cualquier línea del metro?
    Podra parecer una tontería, pero si el olor de hace años se hubiera quedado retenido en el tiempo como el resto de la estación ya sería fantástico.. Saludos.

  7. Pingback: E.T.S.I. de Minas: En el cole de los mayores | Aliapiedi... por Madrid en familia

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