E.T.S.I. de Minas: En el cole de los mayores

A los niños les encanta ser mayores: hablar como los mayores, mandar como los mayores y, también, trabajar como los mayores. Cuando crezcan les ocurrirá justo el contrario, es decir, querrán volver a su despreocupada infancia; bien lo sabemos sus padres que, sonriéndoles con dulzura, les dejamos fantasear libremente con sus ilusiones adultas. Los componentes mas pequeños de la familia de Aliapiedi no son una excepción, y tampoco las tiernas miradas de sus progenitores, así que cuando su madre les propuso, a través de una media verdad o de un medio engaño -depende siempre de como se vea el vaso, si medio vacío o medio lleno-, ir al “cole de los grandes”, se quedaron sorprendidos y entusiasmados, aunque algo no les cuadrase.

Era un domingo, día en que normalmente nadie en casa iba al trabajo o al “cole”, el de verdad, el de los pequeños, pero, afortunadamente, esa duda embarazosa desapareció al instante gracias a la típica e inocente volubilidad infantil, dando paso a una nueva pregunta: ¿Cómo iban a vestirse para ir a ese sitio de “mayores”?

Les contesté que sólo hacia falta que se abrigaran bien y, sobre todo, que llevaran botas o, en todo caso, un calzado cerrado. Después de esa respuesta, otra sospecha surgió en sus mentes, y otra vez se esfumó: lo único verdaderamente importante era que, en ese día tan especial, y con una edad bastante precoz, irían a la Universidad.

Nuestro destino era un precioso edificio de finales del siglo XIX, construido por el arquitecto Ricardo Velázquez Bosco, y ubicado en el número 21 de la calle Ríos Rosas. Visto desde fuera, sus cuatro torreones de aire francés, enriquecidos con figuras de mineros, esfinges y grifos alados, y sus grandiosas composiciones alegóricas de cerámicas en las fachadas laterales, obra de Daniel Zuloaga, ya de por sí imponían cierto respeto pero, a pesar de ello, grandes y pequeños nos adentramos en él con paso firme.

Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Minas

Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Minas: ¡un nombre, y una presencia, imponentes!

En el vestíbulo del acceso principal, precedido por las estatuas de bronce de dos ilustres personajes, los ingenieros Guillermo Schulz y Luis de la Escosura, uno de los becarios que atendían a los numerosos visitantes que se apresuraban en la concurrida mesa de información para inscribirse en las diferentes actividades organizadas, que estaba avisado de nuestra visita, se acercó para saludarnos.

La entrada principal

La entrada principal

Mis jóvenes e inocentes acompañantes, asombrados por ese estudiante que parecía un auténtico mago o, mejor dicho, un rey mago, en versión terrestre, ya que, no sólo había pronunciado sus nombres sin ni siquiera conocerlos, sino que además iba regalando a todos los niños que se le acercaban una muestra de mineral -¿o, a lo mejor, se trataba de la tan famosa, como nunca vista, mirra?- tomaron inmediatamente una importante decisión de futuro: ellos también iban a ser ingenieros, ¡para aprender esas sorprendentes artes adivinatorias y poder disponer de cantidades de esas sustancias naturales inorgánicas!

El vestíbulo con sus extrañas maquinarias

El vestíbulo octagonal

Después de recibir unas cuantas indicaciones, nos alejamos de ese atrio octagonal en penumbra, decorado en sus esquinas por unas curiosas lámparas en forma de ánforas griegas y por unas pintorescas vitrinas que exhibían unas extrañas maquinarias -sin duda unos importantes ejemplares de innovación tecnológica, no fácilmente identificables para los humanos absolutamente ajenos al mundo de las ciencias, puras o aplicadas, como la que suscribe-, y nos dirigimos hacia el punto de encuentro establecido, en la parte diametralmente opuesta a la de donde nos encontrábamos. Teníamos que cruzar el patio principal, y los pequeños, que iban a entrar de lleno en el mundo universitario, estaban emocionadísimos.

No imaginaban lo que les esperaba…

Su madre, al contrario, que ya en otras ocasiones había visitado aquella corte central, cuyas columnas, arcos y galerías le recordaban, con bastante fantasía aliapiedesca, y un poco de nostalgia italiana, a un noble palacio veneciano, sabía perfectamente, presumida ella, que aquel primer domingo del mes iba a presentarse de forma diferente (¡pero no tan diferente!).

El patio de columnas...

El patio de columnas…

En lugar de agobiados universitarios repasando sus apuntes o autoritarios profesores corrigiendo exámenes, había una muchedumbre de gente de todas las edades, desde las más tiernas, en sus carritos, hasta las más sabias, con sus bastones, y entre ellas, a la sombra de unas enormes maquetas de un pozo petrolífero y de una plataforma, una serie de puestos que componían una animadísima y pintoresca bolsa exposición de minerales, fósiles y gemas, de todas formas, colores e tipologías, y que hacían las delicias de los expertos coleccionistas o de los simples curiosos.

... ¡con mercadillo!

… ¡con mercadillo de minerales, fósiles y gemas!

Los miembros de Aliapiedienfamilia, cuyos ojos y, al descuidarse, ellos mismos, se perdían en aquel variado mercadillo, estaban absolutamente desorientados, y mientras los padres reflexionaban sobre la vitalidad y el dinamismo que provocaban aquellas piezas estáticas y sin vida, los hijos empezaban a sufrir un auténtico drama existencial sobre el destino “adulto” de aquel día: ¿Un mercado dentro de una Universidad? ¿Qué hacían los mayores cuando iban al trabajo? ¿Qué hacia su mismísimo padre cuando, cada mañana, en chaqueta y corbata, se despedía de ellos para dar clases de Derecho? ¿¡Vendía minerales!? Y, lo más importante de todo, ¡¡¡¿¿¿Dónde los tenia escondidos???!!!

No cabía la menor duda de que ese era una sede universitaria ya que, como bien notaba el mayor, el que sabía leer, en sus paredes colgaban avisos o carteles donde, al principio o al final del texto, o en ambas partes, aparecían repetidamente las palabras “E.T.S.I. de Minas, Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Minas”, pero ese bullicioso mundo en el cual se veían inmersos era totalmente distinto al de su imaginario académico…

¿Un impresionante tobogán o un castillete real?

¿Un impresionante tobogán o un castillete metálico?

Después de unas oportunas, y reconfortantes, explicaciones, pudimos finalmente alcanzar nuestra deseada salida, la que daba al tranquilo patio exterior, y lo primero que llamó la atención de los más pequeños fue una enorme construcción vertical, parecida a un tan impresionante como tentador tobogán -en realidad, se trataba del castillete real del pozo “Mirador”- y, después, una evocadora y desgastada pelota de futbol que, inexplicablemente, había acabado en la esquina de un extraño lugar: estaba completamente vallado y bajo una cubierta transparente protegía una empinada escalera, flanqueada por una vía sobre un plano inclinado, que se perdía en una vertiginosa profundidad -con un poco de imaginación y mucha benevolencia, esa peculiar construcción parecía una humilde y sencilla versión madrileña de las artísticas bocas de metro bilbaínas de Norman Foster-.

¿Un curioso mineral o una pelota de fútbol?

¿Un curioso mineral o una pelota de fútbol?

El chico, el mayor, el no-analfabeto, completamente concentrado en aquel objeto esférico, casi hipnotizado por los hexágonos grisáceos que componían sus costuras -¿era un balón de verdad o un atípico ejemplar mineralógico que cristalizaba con esas formas geométricas?- no se dio cuenta del revelador letrero que estaba a su lado y mientras seguía reflexionando sobre el increíble mundo universitario y sus curiosas actividades lúdico-deportivas, se nos acercaron unas alegres e simpáticas monitoras, pertenecientes al joven, pero estimulante, proyecto educativo de Mineralius, y responsables, entre otros, de las visitas

¿Una boca del metro?

¿Una boca de metro?

guiadas y talleres infantiles -para poder participar en estas actividades, organizadas también para los adultos, siempre hay que inscribirse previamente en la mencionada mesa de la entrada, a ser posible antes del horario oficial de apertura, las diez de la mañana de cada primer domingo del mes, salvo en agosto: las plazas, gratuitas y asignadas por riguroso orden de llegada, se agotan enseguida; a partir de septiembre, con nuevas y adicionales propuestas, se cobrará, por cada participante, un euro, es decir, ¡el equivalente de un paquete de cromos!-.

Nuestras anfitrionas, una vez pasada lista de los nombres de todos los niños y sus acompañantes -por motivos de seguridad, hay un aforo máximo de 20 personas-, nos invitaron a bajar con mucho cuidado por esa larga e inquietante escalera, sujetándonos con fuerza a los pasamanos laterales y prestando mucha atención, al final de la misma, a los “desperfectos” del suelo.

¿Bajar o...

¿Bajar o…

subir?

subir?

La familia de Aliapiedi era la primera en tener el honor -¿o el pavor?- de sumergirse una vez más en el subsuelo en busca de tesoros ocultos, y en las cabecitas de los más pequeños las preguntas se sucedían con una velocidad de vértigo: ¿Qué podía haber allí abajo? ¿Otra estación fantasma? ¿Un nuevo bunker? ¿Un madrileño asentamiento prehistórico? En cada escalón repasaban rápidamente cada uno de los curiosos y sorprendentes lugares de su breve vida real-bloguera en los que habían demostrado ser unos valiosos exploradores y, una vez llegados al final de ese descenso que parecía infinito, se quedaron boquiabiertos, inmóviles y silenciosos: el escenario que se les presentó iba mucho más allá de su desenfrenada imaginación…

Un sorprendente escenario subterráneo...

Un sorprendente escenario subterráneo…

Reunidas todas las familias a quince metros bajo el suelo, nuestras agradables acompañantes preguntaron a los niños si sabían dónde estaban y uno de ellos, menos tímido que los demás, contestó que en una cueva subterránea: la respuesta era casi perfecta, aunque faltaba añadirle un toque de magia y una pizca de fantasía. Estábamos, nada más y nada menos, en una “auténtica reproducción” de una ¡mina! -o, mejor dicho, de la Mina Experimental Marcelo Jorissen, en honor al Director de la Escuela que, a mediados del siglo pasado, la había mandado construir para las prácticas de sus alumnos-. Pero aquella no era una explotación cualquiera; tenía algo de especial porque en su interior custodiaba unas cuantas piedras mágicas: los minerales.

El estupor se apoderó de todos nosotros, y mientras mirábamos a nuestro alrededor en busca de algún ejemplar -¡a lo mejor, pensó “alguien”, aparecía también alguna piedra preciosa!- se personó un divertido personaje: Picador.

¿Quién era?

En ese momento me vino a la mente un conocido cuento que, triste en su mayor parte, pero esperanzador en su final, como la casi totalidad de las clásicas novelas infantiles, había escuchado infinidad de veces, hasta aprender sus primeras palabras de memoria:

“C’era una volta… -Un re!- diranno subito i miei piccoli lettori. No ragazzi, avete sbagliato. C’era una volta…” -con permiso de Collodi, me permito traducirlo al español:

“Érase una vez… -¡Un rey!- dirán enseguida mis pequeños lectores. No chicos, os habéis equivocado. Érase una vez…”- (Incipit de “Le avventure di Pinocchio”).

“¡Un duende!” (continuación de “¡Le avventure di Aliapiedienfamilia!”).

Esa tierna criatura de eterna sonrisa que, muy a su pesar, hasta aquel día nunca había tenido la ocasión de bajar a la mina para ayudar a sus padres en la intensa, pero satisfactoria, labor de extracción -era demasiado joven y su único deber era el de ir al cole, el de los pequeños, obviamente-, después de las oportunas presentaciones, nos  invitaba a acompañarle por ese curioso lugar junto con sus amigos para cumplir una peligrosa misión: ¡ahuyentar un malvado y feroz ogro que se había apoderado de esa explotación de carbón!

El plan no era muy tentador, más bien todo lo contrario, y los padres estábamos dudando seriamente si aceptar esa atrevida propuesta. La galería frente a nosotros, de cincuenta metros de longitud, caracterizada por grisáceas paredes, angustiosos techos y húmedos suelos, no animaba a poner en movimiento nuestros pies, sobre todo los de talla superior al treinta y cuatro, pero al final, presionados por las monitoras, nos dispusimos a seguir, resignados, los raíles de unas vagonetas allí presentes, normalmente utilizadas por los mineros de “Picadorlandia”.

Las vagonetas de los mineros

Las vagonetas de los mineros

Esquivando charcos de barro e intentando no golpearnos contra unos enormes troncos de madera, colocados como muestra de uno de los diferentes sistemas de entibación presentes en ese estrecho corredor, llegamos a la altura de unas extrañas maquinarias, una rozadura de pluma y un transportador blindado de rastras. Allí el despreocupado duende, olvidándose del peligro que estábamos corriendo, comenzó a picar levemente la pared para ofrecer a los niños unos cuantos minerales pero, como era de esperar, no obstante sus ingenuos cuidados, a los pocos segundos un grito terrorífico invadió la entera galería, rebotando por sus paredes revestidas de distintos materiales, y llegando a nuestros oídos como una bofetada invisible, parecida a la temible mezcla de gas metano y aire que no pocas veces, en el pasado, deflagraba en esos peligrosos lugares de trabajo -afortunadamente, magro consuelo, el débil sistema de iluminación era de seguridad del tipo antigrisú; ya teníamos bastante con enfrentarnos al terrorífico monstruo…-.

Rozadura de brazo

Rozadura de pluma y transportador blindado: unas inútiles armas de defensa

Los niños empezaron a gritar y sus padres a temblar, pero nuestras anfitrionas, una vez más, nos animaban a ser valientes, a luchar contra nuestros miedos y a demostrar nuestro coraje (o, por lo menos, a intentarlo). Picador, tomando la iniciativa, propuso asustar al ogro recién despertado con el ruido de los mencionados instrumentos de extracción pero, no obstante los repetidos intentos, no conseguía que se pusieran en acción: ¡Estábamos perdidos!

La único que podíamos hacer en esa terrible situación era huir lo más lejos posible, pero justo cuando nos estábamos dando la vuelta, al duende se le ocurrió una nueva idea: simular el ruido de esas máquinas. Nos miramos atónitos los unos a los otros y, aunque no pareciera la mejor opción, desesperados y sin esperar ni un segundo más, unimos nuestras voces para simular un escandaloso estruendo. Y, efectivamente, el temible gigante, cayendo en el engaño de ese joven Ulises de los tiempos modernos, salía corriendo espantado hacia el final de la mina, por detrás de una pesada puerta de madera de regulación del aire.

Puerta de regulación: ¿Quien pasará por ella?

Puerta de regulación del aire

Nuestra peripecia subterránea parecía haberse acabado pero, para estar seguros del todo, era preciso comprobarlo, no solamente mirando a través de la pequeña ventana de postigo regulable incorporada en ese peculiar acceso de seguridad, sino también yendo más allá de este último: ¿Quién iba a atreverse?

Nadie estaba dispuesto a arriesgarse tanto -se leía perfectamente la intención de los padres allí presentes en sus furtivas miradas y en sus agachadas cabezas- y entonces el pequeño Picador, sin pensárselo dos veces, con un casco en la cabeza, tomó la difícil decisión de adentrarse, él solo, por ese atípico “túnel del terror”, ahorrándonos, entre otras, el vergonzoso sorteo de un animado “voluntario” -por otra parte, él había sido el único responsable de todo eso, pensábamos egoístamente los mayores de dieciocho años, justificando nuestra cobardía…-.

¿Un inquietante túnel del terror?

¿Un inquietante túnel del terror?

Después de unos interminables segundos, conteniendo el aliento, y también un nuevo impulso de rápida huida, finalmente su simpática figura, integra, volvió a aparecer desde la oscuridad: el peligro, esta vez sí, había pasado.

Todos explotamos emocionados en júbilos de alegría, abrazándonos y felicitándonos, pudiendo finalmente avanzar hasta el frente de avance de la galería donde se simulaba una capa de carbón delgada y verticalizada. Delante de un coladero por el cual caía este último, una vez arrancado, desde una altura de diez metros, nos pusimos a observar, por encima de nuestras cabezas, los testeros a través de los cuales se había escapado el ogro terrorífico. Esa ingeniosa construcción, con una típica entibación de madera con mampostería y bastidores, nos dejó sin aliento, imaginándonos a todas aquellas personas que, en la realidad, cada día trepaban por esas paredes para ganarse un más que merecido sueldo. Sin embargo nuestros tristes pensamientos fueron interrumpidos por una insólita y absurda petición de la más pequeña de la familia: ¡seguir el rastro del monstruo!

¿Cómo se le ocurría? ¿De donde sacaba tanta osadía o, más bien, tanta irresponsabilidad?

Fuciles

Martillos perforadores y bloque de hormigón

No importaba; lo que importaba de verdad era no tentar la suerte una vez más, sino más bien conformarnos con una rápida foto del grueso bloque de hormigón junto con dos especies de fusiles, unos martillos perforadores neumáticos, que descansaban frente a nosotros, para salir de allí cuanto antes, sin perder tiempo en buscar “mi tesoro”, es decir, mis supuestas y deseadas piedras preciosas del principio del recorrido -¡no pensaba acabar como Gollum por culpa de mi codicia!-.

Así que, después de habernos despedido del héroe del día, volvimos al exterior, donde ya estaba preparado el siguiente grupo de visitantes, compuesto por veinticinco jóvenes de entre ocho y doce años -la presencia de los padres no es necesaria: ¡son adultos!-, al cual se unió también mi hijo mayor después de que el equipo de Mineralius nos asegurara de que, en su nueva aventura, no tuviera que convertirse en un pequeño, pero grande, David, frente a un nuevo y amenazador Goliat.

Picador, el heróico duende

Picador, el heroico duende

Aprovechando la media hora de que disponíamos, nos dirigimos hacia la primera planta de la Escuela, donde estaba ubicado el Museo Histórico Minero don Felipe de Borbón y Grecia.

Museo Histórico Minero

Museo Histórico Minero don Felipe de Borbón y Grecia

Se trataba de un pequeño y acogedor lugar, de sabor antiguo, muebles curados y tarimas vividas, parecido a una biblioteca privada, y en cuyas estanterías, en lugar de enciclopedias, revistas y libros, se custodiaban piezas de valor no solo petrográfico, paleontológico y mineralógico sino también histórico.

Craneos de osos de las cavernas

Cráneos de osos de las cavernas

La escalera de caracol

La hermosa escalera de caracol

Dando una rápida vuelta por esa sala central, dotada de una hermosa escalera de caracol que llevaba a un balcón corrido superior, nos detuvimos en una de las dos pequeñas salas laterales donde se exhibía una rica e inquietante colección de cráneos de osos de las cavernas, fósiles y actuales -por regla general, cuanto más macabro es el objeto expuesto, más niños se reunirán alrededor de él-.

Una vez salimos de allí, deambulamos tranquilamente, en claro contraste con los frenéticos intercambios que se desarrollaban a nuestros piedi, por los pasillos de esa galería superior, amueblados con “grandes” pupitres de madera, en consonancia con la edad de sus habituales usuarios, y que servían, para la ocasión, como zonas de descanso de agotadas familias. Adosadas a las paredes había también unas cuantas vitrinas con diferentes clases de minerales, entre las cuales, empeñada como estaba en buscar una alternativa a “mi tesoro”, me llamó la atención una “celestina”: ¿Era esta una valiosa piedra mágica dotada de útiles, o peligrosos, poderes nupciales? Y, de ser así, ¿cómo podía apropiarme de ella?

Celestina

¡La peligrosa, o útil, “Celestina”, en plena acción entre Baritina y Estibina!: ¿Habrá bodas?

Profundamente inmersa en mis reflexiones, sin darme cuenta pasé por delante de otros muebles que exhibían, a través de sus cristales, curiosas maquetas de instalaciones y maquinarias, complicado instrumental científico y pintorescos objetos mineros, entre los cuales destacaba una copiosa variedad de lámparas, desde las más antiguas, de época romana, hasta las actuales.

Vitrinas con maquetas, maquinarias y lámparas... ¿mágicas?

Vitrinas con maquetas, maquinarias y lámparas… ¿mágicas?

De repente me paré y, al igual que un niño, mis pensamientos dieron un rápido vuelco, mientras que mis pupilas focalizaban las imágenes de estas últimas: seguro que, entre tantos ejemplares, estaba también la de Aladino

Una vez más, no tenía tiempo para averiguarlo porque nuestro hijo mayor ya nos estaba esperando impaciente fuera de la mina para poder participar, junto con nosotros,  en un taller para niños de entre dos y siete años, también organizado por Mineralius.

La cita era en una auténtica “aula de los grandes”, el Aula Madariaga, aunque entre sus paredes no íbamos a asistir a una complicada clase universitaria de ingeniería sino más bien a una magistral lección de entretenimiento infantil -a menudo, por el desgaste físico que conlleva, ¡tarea mucho más difícil que la primera!-.

Después de una necesaria introducción sobre los minerales y las rocas, fuimos escuchando, por boca de unas marionetas, la historia de dos amigos, Mina y Volquete, de visita por una ciudad en construcción, y cuyo alegre paseo se convertía, para variar, en otra dinámica, y “táctil”, aventura -ya descubriréis el porqué- en la cual nos veíamos envueltos junto con otros simpáticos personajes dotados de super-poderes que, en realidad, se correspondían con sus verdaderas propiedades mineralógicas. Y como colofón final de esta misión, indudablemente más pacífica, los niños, siguiendo las indicaciones de sus atípicas profesoras, creaban un ingenioso conglomerado, a partir de material reciclado, gomets y mucha ilusión, y recibían un nuevo regalo mineralógico, exhibiéndolo triunfantes, entre sus manos, junto con la mencionada creación rocosa -por lo menos, pensaba “alguien” de la familia, consolándose, ellos habían encontrado “su(s) tesoro(s)…-.

Unos fantasiosos conglomerados

Unos fantasiosos, y valiosos, conglomerados

Satisfechos y agradecidos, saludamos a las monitoras que, justo después, tenían que empezar una nueva clase “para-universitaria”, dirigida a un público de entre ocho y doce años, y fuimos saliendo de esa sorprendente Escuela, de su mercadillo y de su mina, mientras que los niños confabulaban alegres sobre el “diferente cole de siempre” que les esperaba a la mañana siguiente: a partir de aquel día ya no iba a ser el “cole de los pequeños”, sino, más bien, el cole de los “menos grandes”.

Todo dependía, como siempre, de cómo se viera el vaso…

La escalera de caracol

Un placentero lugar…

Una acogedora

…de trabajo y de estudio

Una nota final: El edificio de la Escuela de Minas guarda muchas similitudes con el del Instituto Geológico y Minero de España, no sólo por su contenido museístico, sino también por su patrimonio literario, representado por los volúmenes, libros y revistas celosamente custodiados en otra histórica, y poco conocida, biblioteca, de la cual tuve conocimiento sólo gracias a un texto escrito por el Director del Museo Histórico Minero. Así que, un día entre semana, picada por la curiosidad, volví a subir a la primera planta de este edificio, ya tan familiar, para sacar unas cuantas fotos de esta increíble sala central, iluminada de forma cenital, al igual que el patio de columnas o el mencionado museo, a través de una lucerna de vidrio incoloro, que, en esa tarde tan soleada, atribuía unos tonos rojizos a sus hermosas estanterías de castaño y a su delicada galería superior, accesible a través de una pintoresca escalera de caracol. Delante de esa sorprendente joya arquitectónica reflexioné una vez más, y aún más desconcertada, sobre la “penosa opulencia”, cultural y monumental, de la ciudad capitalina, de la cual ya había tenido un soberbio testimonio en el Museo Geominero.

La Bilbioteca Histórica

La Biblioteca Histórica en todo su “rojizo” esplendor

Pero, afortunada o desafortunadamente, esa triste abundancia no se acababa allí. Recorriendo esos pasillos superiores, me dirigí hacia la única puerta que aún no había cruzado y que daba acceso a un claustro, el Claustro, donde, en aquel momento, se estaba celebrando una ponencia. No pude y no quise entrar; no era ese mi destino, sino la antesala del mismo: sus coloridos azulejos, su imponente techo de artesonado y su fantasiosa lámpara una vez más lo decían todo, silenciosamente, sobre la discreta (¿o secreta?) riqueza de Madrid.

...arriba!

La impresionante antesala del Claustro: ¡arriba y…

Sobraban, entonces como ahora, las palabras, escritas u orales…

...abajo!

… abajo!

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4 pensamientos en “E.T.S.I. de Minas: En el cole de los mayores

  1. Roberta

    otro fantástico paseo por las maravillas de Madrid, quizás escondidas o sencillamente poco consideradas, que gracias a ti, Alia, vamos descubriendo poco a poco, ¡por lo menos a través de tus sugerentes descripciones! La aventura subterránea es tan evocadora, y el mercadillo de minerales, fósiles y gemas todo un descubrimiento en ese ambiente tan atractivo, ¡una posibilidad encantadora para incluir en la agenda de este verano! un abrazo, roberta

    • Querida Roberta: ¡como echaba de menos tus comentarios tan generosos como poéticos! Espero de verdad que, como bien dices, estos relatos sirvan para descubrir un poco más esta sorprendente ciudad y disfrutarla en toda su plenitud cultural. Sólo te advierto de no añadir esta aventura en la agenda del verano ya que el primer domingo de agosto no hay ni mercadillo ni talleres ni visitas guiadas: volverán en septiembre…y con más actividades. Gracias por tu comentario y ¡Felices vacaciones a toda la familia!

  2. ¡Buenas noches!
    He quedado completamente sorprendido al leerte. Soy estudiante de la Escuela y buscando alguna fotillo por Google he dado con este maravilloso texto.
    Muchas gracias por hablar tan bien de nosotros, supongo que con tu visita el verano pasado, te enamoraste del lugar del mismo modo que yo lo hago cada mañana, al poder decir que estudio en una de las Escuelas o en la Escuela más bonita de Madrid.
    Un abrazo, de otro bloggero.

    • Muchísimas gracias Alvaro por tus entusiastas y alentadoras palabras: son la mejor recompensa para los que, como tu y yo, dedicamos tiempo (y pasión) en escribir un blog. Efectivamente tu Facultad me deslumbró y me recordó la mia de Milán, cuando llegaba a las clases sintiéndome una privilegiada por poder estudiar en un lugar tan encantador. Veo en ti el mismo entusiasmo: ¡Enhorabuena! Un afectuoso saludo y gracias otra vez por tu comentario.

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