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Parque Juan Carlos I: La Estufa fría y las estaciones (Segunda parte)

[… Sigue]

– INVIERNO: LA INQUIETUD –

Era invierno.

Un domingo de invierno.

Aliapiedi, presa de los remordimientos después de unas tapas “en familia” en el bar de siempre, víctima de sus utópicas promesas, acababa de decidir que tenía que quemar las calorías de esa comida y de todas las que la habían precedido durante el periodo navideño recién finalizado, así que, después de haberse despedido de sus familiares que no tenían necesidad alguna, y tampoco ganas, de seguirla en su marcha forzada, se dirigió sin un itinerario preestablecido hacia el cercano parque Juan Carlos I, dejándose llevar por sus pasos perdidos y por las apremiantes melodías del I-pod que le había prestado su hija.

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Esqueletos de árboles

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La futura Pirámide IV

Era una soleada pero gélida tarde invernal, azotada por un impertinente viento que no invitaba en absoluto a pasear, y menos aún en solitario, pero ella, determinada más que nunca con sus buenos propósitos de principios de año, se adentró sin vacilar en el exterminado espacio verde, enfrentándose al poderoso Eolo.

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Barcos a la deriva

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Paseo fluvial artificial

Recorrió un paseo asfaltado flanqueado por esqueletos de árboles a la espera de ser resucitados por la primavera, bordeó una futura Cuarta Pirámide hecha, por el momento, de escombros y tierra, cruzó un prado ocupado por los charcos y por el barro, dejó atrás unos barcos a la deriva, abandonados por su infantil tripulación, y, finalmente, alcanzó el canal principal del parque cuyas aguas turbulentas, empujadas por violentas ráfagas de viento, parecían lanzarse hacia una cascada monumental.

Ella siguió caminando, a piedi, desafiando los adversos elementos climatológicos y desafiándose a si misma, hasta que, de repente, entre tanta soledad, casi desolación, volvió a encontrarse con la inquietante construcción que había descubierto la estación anterior y de la cual, ahora, ya conocía su nombre tan evocador: “Estufa fría”.

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La Estufa fría, desde el otro lado de la Ría

Allí estaba, observándola, al igual que en otoño, desde el otro lado de la ría, atrayéndola con su siniestro encanto, animándola a acercarse a sus grises y sólidas columnas entre las cuales destacaba, temeraria, una palmera solitaria.

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La tentadora pasarela

Aliapiedi dudó: su curiosidad innata la instigaba a alcanzar ese llamativo edificio a través de una cercana pasarela, sin necesidad de tirarse al agua, como se había planteado la primera vez, pero, al mismo tiempo, unos alarmantes escalofríos, provocados no sólo por el frío exterior sino también por un sexto sentido interior, quizás alimentado por las mismas fuerzas invisibles que la habían llevado hasta allí en la época otoñal, le sugería quedarse donde estaba y regresar a casa a una hora prudente.

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¡Un cartel a lo “Walking dead”!

En esta tesitura, ante la necesidad de tomar una decisión, se sintió sola y perdida, sola ante el peligro, perdida en sus sinsentidos, echando de menos a su marido cuya racionalidad casi siempre conseguía equilibrar sus impulsos disparatados.

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Sombras alargadas y vigas suspendidas

Y así, al cabo de un par de minutos, sin darse cuenta se encontró cruzando la original pasarela peatonal, temiendo y, al mismo tiempo, insensatamente deseando descubrir lo que podía encontrarse tras ella.

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“Sala de Exposiciones”

Se topó entonces con una reja abierta de par en par y un cartel anunciando el horario de apertura y las restricciones para mascotas y ciclistas en ese lugar, y, una vez dentro, con las sólidas columnas de antes que, a través de sus sombras alargadas que se unían a las de unas vigas suspendidas, dibujaban cruces inquietantes en el suelo y en una escalera orientada hacia el cielo; un poco más allá estaba la “Sala de Exposiciones”, según atestiguaba un rótulo de fondo rojo colgado en una desnuda pared de hormigón, decorada con rojizas tiras verticales provocadas por la humedad, que estaba cerrada a cal y canto, en cuyos opacos ventanales se reflejaba la luminosidad exterior y aquella de un pasado esplendor, y, al fondo, la parte más futurista de todo el conjunto, caracterizada por unos techos curvos que, desde la lejanía, permitían intuir su asombroso, o puede que engañoso, contenido.

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Una extraña construcción del futuro: el Invernáculo

Aliapiedi se acercó sigilosamente a la entrada, presidida por una breve escalera, flanqueada por una rampa, sobre la que se deslizaba una especie de barandilla de cristal pintada con figuras estilizadas de árboles de aspecto tenebroso.

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La curiosa, puede que engañosa, entrada

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Las “acuáticas”

Asaltada por un fugaz momento de lucidez final, dudó por un instante, pero ignoró ese nuevo aviso y se lanzó sin más al interior de esa parte de la Estufa Fría, llamada “Invernáculo”, según rezaba el mapa de la entrada que explicaba su función y la distribución de sus doce espacios botánicos.

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Los bambúes y sus fustos esbeltos y robustos

Se encontró entonces, a la derecha, con unas plantas acuáticas, que flotaban en un estrecho estanque en el que se reflejaban las lamas de la cubierta, y, a su izquierda, con unos bambúes de hojas diminutas y fustos esbeltos pero robustos que le trajeron a la memoria las imágenes de los magníficos bambusais disfrutados unos pocos meses antes en el sorprendente país del sol naciente.

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La pasarela invadida por las hojas

Subió entonces por una escenográfica pasarela de madera, casi invadida por las hojas de esas plantas que parecían quererla engullir, como si fuera un templo en la selva…

Esforzándose en no dejarse impresionar por esas fantasiosas visiones de seres vegetales con intenciones no precisamente amigables hacia ella, decidió seguir avanzando en ese reino, puede que perdido, puede que prohibido, alcanzando un sugestivo y amplio espacio central.

Allí unos helechos y, al fondo, unas palmeras, destacaban con sus notas de color verde entre los tonos marrones de un bosque de ribera cuyos árboles levantaban hacia el cielo sus brazos desnudos en busca de sus hijas, sus hojas perdidas, sus hojas caídas, los grises de unos muros de piedra a los que unas supuestas trepadoras no tenían suficientes fuerzas para agarrarse y los amarillos de unas acidófilas que lloraban lágrimas amargas por sus flores muertas.

Ese increíble escenario, rasgado por los cortes de unos rayos que, prepotentes, traspasaban los huecos paralelos de la cubierta, la impresionó profundamente, en todos los sentidos; positivamente por la grandiosidad, originalidad y genialidad del contenedor, pero también en sentido negativo por la soledad, la desolación y la frialdad de su contenido.

Había algo o alguien allí dentro que, en ese preciso momento, le transmitía unas extrañas sensaciones, haciendo saltar todas sus alarmas interiores, impidiéndole disfrutar con la serenidad anhelada de ese lugar que, en otras circunstancias, la habría cautivado sin restricciones.

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Un increíble escenario rasgados por los rayos

Ella, sin embargo, se quitó los cascos que aún llevaba puestos y se internó aún más en ese territorio vegetal hasta que, de repente, entre el escalofriante silencio reinante, empezó a oír un leve y rítmico sonido.

Como una sabuesa, se puso a la escucha, alzando sus antenas imaginarias, afinando la mirada y tratando de identificar esa vibración sonora no muy bien identificada que la atraía como una sirena traicionera de una Odisea “aliapiedesca”; entonces, sin prisa pero sin pausa, mientras trataba lidiar con los pálpitos de su corazón, el jadeo de su respiración y la humedad de su sudor, siguió avanzando hasta llegar a los pies de una cascada cuyas aguas, en un círculo vicioso, se deslizaban autoritarias sobre una obscura y alta pared vertical.

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Un gigante de hormigón y agua, fuente poderosa de la vida

Ese increíble y evocador conjunto que bien podía formar parte del escenario de una película de ciencia-ficción, se le asemejó a una misteriosa puerta hacia un onírico universo paralelo de un “señor de los anillos” o hacia un fantástico reino de un despiadado “juego de tronos”…

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¿Una jaula humana y vegetal?

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Una rampa ahogada entre paredes

Aliapiedi se quedó de piedra, boquiabierta, contemplando ese gigante de hormigón y agua que, como si de un altar se tratara, se elevaba amenazador ante ella y ante esas plantas flotantes que parecían arrodilladas, cual fuente poderosa de las vidas adormiladas allí reunidas y alma fundamental del inminente soplo primaveral.

Y después de unos largos minutos de contemplación, por fin volvió en sí, alejándose de prisa, confundida y desorientada, de ese increíble lugar que se le iba asemejando a una enorme jaula vegetal.

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Los “cítricos”con su acidez

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Las punzantes “suculentas”

Cruzó así una rampa flanqueada, casi ahogada, entre dos paredes; se topó con unos cítricos que desprendían acidez a través de sus pieles; se enfrentó a unas plantas suculentas que intentaban pincharla con sus hojas puntiagudas; y, finalmente, entre tanta hostilidad, encontró la paz en un acogedor jardín japonés.

Allí, en ese rincón zen al aire libre que intentaba imponer su presencia y esencia equilibrada, por fin se tranquilizó y, siguiendo el breve camino sin salida que desfilaba al lado de piedras decorativas entre gravilla rastreada, acabó frente al sólido muro lateral de la mencionada Sala de exposiciones.

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El pacífico y equilibrado jardín japonés

Unos opacos ventanales, golpeados por los despiadados rayos del sol, no dejaban ver lo que se escondía en el interior de esa sólida estructura pero ella, no pudiendo evitar fisgonear, aplastó su cara contra esa superficie casi transparente, dirigiendo su mirada hacia la penumbra hasta que, en un instante, la paz, su paz recién conquistada, se quebró por completo.

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De la paz “zen”…

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… a la guerra “autóctona”

Entonces, empezó a correr desquiciada, de un lado a otro, como una peonza fuera de control, como un ratón en una ratonera o, peor aún, como una Wendy en el laberinto de “El resplandor”, asaltada por unos temores puede que infundados, presa de unas fantasías engañosas, acorralada por unos fantasmas no bien identificados, hasta que, tras muchas vueltas, después de haber evitado los abrazos indeseados de un bosque autóctono cuyos ejemplares, alargando sus hojas de agujas, empujadas por el viento, parecían querer atraparla y retenerla allí para siempre, como en las peores pesadillas de Blancanieves o de Caperucita Roja, encontró una salida y, a toda prisa, sin mirar atrás, se alejó, puede que para siempre, de una Estufa fría embrujada y de unas inquietantes criaturas divisadas a través de un cristal, probablemente fruto de su locura, que habían puesto el punto final a una escalofriante aventura inverna(cu)l(ar)…

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Un inquietante final “inverna(cu)l(ar)”…

[Continuará…]

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Campo del Moro: La imagen

Esa imagen la perseguía, esa imagen la perturbaba, esa imagen la acosaba…

Desde que se había mudado a Madrid, hacía ya quince años, esa imagen no la había dejado tranquila ni un solo momento: se le aparecía en las tiendas de recuerdos, en las cubierta de las guías, en las postales de los kioscos, hasta en los mismos sueños.

Esa imagen la obsesionaba…

Pasaban los meses, los años, hasta los decenios, y no podía zafarse de ella, seguía presente en sus pensamientos, autoritaria en sus sentimientos. Aliapiedi ya no sabía cómo actuar, y se preguntaba desesperada si, de una vez por todas, debía de enfrentarse a esa imagen, a sus fantasmas, puede que fantasías, o si, por el contrario, debía adoptar una postura indiferente, impasible, ante esas frecuentes apariciones. Descartada la segunda opción, no sólo por la dificultad de librarse de esa imagen, sino también, y sobre todo,  por una inconfesable voluntad de hacerla suya, suya para siempre, suya a su manera, en un día caluroso, en consonancia con el agosto capitalino, aprovechando que se había quedado “a solas” con su marido, sin hijos y sin haber aprovechado la ocasión para escaparse en una romántica, y tórrida, “toccata y fuga”, tomó la firme decisión de desafiar a aquella imagen, retándola en un “vis-à-vis” de imprevisibles consecuencias…

El destino “imaginario”, tantas veces encontrado y tantas veces evitado, era un famoso jardín madrileño, el del Campo del Moro, un espacio cuyo nombre aludía al caudillo musulmán Alí Ben Yusuf, empeñado, sin éxito, en reconquistar la ciudad cristiana de la originaria Mayrit después de la muerte del rey Alfonso VI.

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La discreta puerta del Paseo de la Virgen del Puerto

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La puerta, de acceso restringido, de la Cuesta de San Vicente

Accedieron al actual y rectangular recinto morisco por la puerta oeste, la del Paseo de la Virgen del Puerto, más humilde y discreta que la de la Cuesta de San Vicente, al norte, y la de la Cuesta de la Vega, al sur, pero la única abierta al público, aunque pasaba casi desapercibida entre los barrotes de una verja de hierro forjado.

La modesta entrada ocultaba, a la izquierda, una curiosa pasarela de madera perdiéndose entre palmeras, de frente, un elegante cartel asomando entre los arbustos y recordando las normas y horarios de visita, y sobre todo, a la derecha, un sorprendente balcón con vistas que hubiera hecho palidecer el mismísimo veronés de Julieta y desde el cual se disfrutaba de una vista asombrosa y excepcional, la de la imagen que tanto obcecaba a Aliapiedi: una amplia explanada verde, sólo interrumpida en su herbosa y empinada continuidad por un par de fuentes con la majestuosa fachada occidental del imperioso Palacio Real al fondo.

Esa era la imagen: la imagen de entonces, la imagen de ahora, la imagen de siempre…

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Balcón con vistas: la imagen de entonces, la imagen de ahora, la imagen de siempre

Aliapiedi permaneció bloqueada, preguntándose si esa imagen tantas veces reproducida en postales, guías y carteles era real o fruto de su imaginación, ya que su hermosura, su esplendor y su luz natural, en vivo y en directo, al desnudo, sin filtros y sin retoques, superaba ampliamente la de la ficción.

Esa imagen era única e incomparable…

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La petrificada escalera entre rocalla

Aliapiedi estaba allí, frente a ella, como tantas veces se la había imaginado sin saber qué decir, ni qué hacer, ni qué sentir. Se había quedado de piedra, al igual que la pintoresca escalera doble que, entre rocalla ornamental, bajaba a sus pies. Fue entonces su marido, hábil fotógrafo amateur, el que tomó la iniciativa, inmortalizando la superlativa panorámica mientras que ella intentaba recobrar la compostura por la emoción de ese encuentro tan inesperado, y a la vez tan esperado, tratando de capturar con su temblorosa cámara digital la imagen tan sensacional.

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La gruta artificial (Túnel de Bonaparte)

Bajaron entonces de esa posición privilegiada, sobre una gruta artificial, proyectada por Juan de Villanueva con el fin de conectar el edificio real con los jardines de la Casa de Campo, y se acercaron a la parte más baja del Campo del Moro, a los pies de esas Praderas de las Vistas del Sol diseñadas por el arquitecto mayor de palacio durante el reinado de Isabel II, Narciso Pascual y Colomer.

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Aliapiedi, “a piedi”, y “ai piedi”, de las Praderas de las Vistas del Sol

En la esquina izquierda de la explanada les dio la bienvenida el mismísimo rey Juan Carlos I, recordándoles que él había sido el responsable de la apertura al público de ese jardín, casi cincuenta años atrás, mientras que en la esquina opuesta un cartel con un mapa y unas breves notas históricas les ayudaron a orientarse en ese extenso recinto verde de casi veinte hectáreas.

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Su Majestad, el rey Juan Carlos I

Una vez recuperada la compostura, Aliapiedi, esta vez sí, fue capaz de tomar una foto del útil callejero agreste y, atraída por los colores azules sobre fondo verde que indicaban la presencia de agua, decidió dirigirse hacia uno de los tres estanques que decoraban el lado meridional del jardín.

Por el breve camino a lo largo de un Paseo de la Circunvalación cuyo nombre no hacía justicia a la paz y tranquilidad que allí reinaba, se toparon de repente con un extraño e imponente vehículo, aparcado solitario bajo un techo cubierto por unas precoces hojas pre-otoñales.

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Un carromato solitario o… ¡en buena compañía!

Mejor visto, sin embargo, ese curioso medio de transporte, un carromato, o lo que fuera, no parecía tan solo, sin más bien en buena compañía; pero ella, dudando una vez más de su lucidez, prefirió no decir nada y quedarse callada, observando en silencio esa pieza con sus inquilinos reales o imaginarios, teniéndose para sí la inquietante sospecha.

Llegaron entonces a destino, unos pocos metros más allá, y esta vez sus sentidos no le  fallaron, como pudo comprobar por el estupor que también se había apoderado de su marido.

Ese espejo, que no espejismo, acuático llamado Estanque de los Carruajes, decorado con flores, plantas y animales, era una auténtica maravilla.

En sus límpidas aguas, manchadas por los cálidos colores de hojas ya caídas y besadas por los reflejos de un sol amigo, nadaban pacíficamente patos y cisnes, de carne y hueso, entre ranas, de piedra, que escupían chorros de sus bocas o descansaban a la sombra de plantas ubicadas en islotes.

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El puente con ruedas hacia el Museo de Carruajes

Un pintoresco puente sobre cuyo empedrado, y no por casualidad, estaban dibujadas unas ruedas, salvaba el hídrico conjunto llevando a los estupefactos visitantes al (ahora cerrado) Museo de Carruajes cuya sobria arquitectura funcional, obra de Ramón Andrada, le recordaba a Aliapiedi la de los edificios de estilo socialista visitados en Polonia o en Rusia. 

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El micro-bambusal

Y como si ello no fuera suficiente, para dar más realismo a la atrevida comparación, en un lado del acuático recinto divisaron unas fuertes cañas de bambú, un bambusal en miniatura que también les recordó no el tan famoso de Kyoto, el de Arashiyama, estropeado en su grandiosidad y espectacularidad por las hordas de turistas, sino el, más íntimo, más recóndito y más acogedor, de Kamakura, ubicado en el interior del engatusador y poco frecuentado templo budista de Hokoku-ji. Se dejaron entonces abrazar por el nostálgico y a la vez hermoso recuerdo de los dulces y evocadores aromas de esas tierras tan lejanas, por los melodiosos y a la vez relajantes sonidos de la naturaleza, por los contagiosos sentimientos de la paz en el hombre…

Y tanto fue así que, abstraídos por la dimensión japonesa, no se percataron de que a su espalda, silenciosa y elegantemente, como de puntillas, se les estaban acercando unas coloreadas criaturas…

Fue el crujir de unas hojas las que delataron esas majestuosas presencias, las mismas que Aliapiedi había creído ver a los mandos del vehículo de antes: ¡eran pavos, pavos reales, que desplegaban todos sus colores!

Altivos y soberbios deambulaban por esos parajes como si todo el real conjunto, palacio y jardín, les perteneciera a ellos, reyes entre los reyes, señores de esas tierras.

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La Rosaleda, sin rosas y sin agua

Aliapiedi y su marido se quedaron boquiabiertos y, después del momento de desorientación, en ese peculiar y regio Día de Acción de Gracias madrileño, se lanzaron a la caza de los nobles animales para inmortalizarlos con sus cámaras digitales.

Finalizado el safari fotográfico, satisfechos con sus presas, siguieron entonces con la exploración del territorio.

Allí cerca estaba La Rosaleda, con su fuente central sedienta y sus flores que la rodeaban, y, un poco más allá, el camino principal se perdía tras una reja ya no tan esplendorosa flanqueada por un cartel que prohibía el paso por esa zona donde, según el mapa, se encontraban los Viveros e Invernaderos.

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Una inquietante reja cerrada…

El compañero de Aliapiedi, como siempre respetuoso con las normas, consiguió convencerla de que desistiera en su absurdo propósito de adentrarse en terreno prohibido, en busca de tesoros desconocidos, aprovechando un pasaje lateral que permanecía abierto, y, dando la espalda a la reja que no hubiera desentonado en una película de miedo como puerta de acceso a una casa embrujada oculta en un bosque –¿acaso era eso lo que buscaba Aliapiedi, empujada por sus adrenalínicos temores y por sus constantes visiones?–, los dos volvieron sobre sus pasos, dirigiéndose, a través del Paseo de Civiles, hacia un edificio que tampoco hubiera deslucido en un lúgubre escenario.

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El Chalet de Corcho en todo su lúgubre esplendor

Se trataba del Chalet de Corcho, una curiosa edificación de finales del siglo XIX, que asomaba de entre la romántica vegetación con su (ahora) siniestra presencia, fruto del descuido y del paso de los años.

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Una presencia siniestra y…

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… misteriosa…

La destartalada barandilla que lo rodeaba, su “no invitante” puerta entreabierta y sus ventanales que, misteriosamente, vistos desde atrás, asumían extraños colores, no impidió que el edificio le trajera a la mente los “caprichosos” edificios de su jardín favorito, tan amado por ella, y que ahora, ante la secreta belleza, a veces estropeada, a veces ennoblecida, de este parque morisco, tenía la absurda sensación de estar traicionando.

Y esa sensación de culpabilidad la capturó nuevamente unos pocos metros más allá, deambulando por el elegante Paseo de Damas donde, entre pinares, encontraron el cautivador Chalet de la Reina, también obra de  Repullés, pero que, a diferencia del anterior, deslumbraba con su pintoresca arquitectura de estilo tirolés a la cual solo le faltaban unos copos de nieves veraniegos deslizándose por sus techos puntiagudos…

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El deslumbrante y veraniego Chalet de la Reina

Tocaba ahora encontrar la Fuente de la Almendrita y los dos, recorriendo un Paseo de los Mosquitos afortunadamente no poblado por esos insectos tan molestos, alejándose del camino principal, a gusto se perdieron entre hermosos senderos arbolados, caminos semiocultos y románticos atajos que, con su trazado irregular, obra del jardinero Ramón Oliva, nada tenían que envidiar, reflexionaba ella cual traidora amante, a la laberíntica y seductora estructura del caprichoso jardín de los duques de Osuna. En busca entonces del valioso pequeño fruto (¿prohibido?), los dos se encontraron con elementos ornamentales y vegetales de toda especie y tipo, desde artísticos jarrones que se elevaban entre setos hasta farolas con sus brazos hacia el cielo, desde bancos rodeando troncos seculares hasta criaturas de facciones sin iguales, desde ramas sujetadas por escenográficos pilares hasta pintorescas cestas de basura cuyo mimbre se mimetizaba con la naturaleza.

Ese parque era una continua fuente de curiosos descubrimientos pero de la de la almendrita no había rastro ni indicio alguno.

Cuando ya habían recorrido toda la parte oriental del parque entre Paseos de Hayas, Plátanos y Minas, topándose nuevamente con carteles de “acceso restringido” cada vez que se acercaban a los terraplenes donde se asentaban la Plaza de la Armería y el Palacio Real, decidieron bajar al azar hacía unos de los numerosos bosquetes esparcidos por ese campo y… ¡eureka!

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¿La Fuente de la Almendrita o la Fontana de Trevi?

Estaban a punto de rendirse cuando, allí, casualmente, se toparon con la tan ansiada recompensa: una fuente muy sencilla y de dimensiones muy modestas pero que a ellos, después de tantas vueltas, les pareció tan grandiosa como la de Trevi, en Roma.

Satisfechos, descansaron un momento en uno de los bancos solitarios que la rodeaban, disfrutando de ese rincón tan acogedor y tomando fuerzas para enfrentarse al segundo tramo de la empinada subida principal que arrancaba desde una fuente mucho más sensacional, la de las Conchas.

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La grandiosa Fuente de las Conchas

Aliapiedi trepó las Praderas de las Vistas del Sol con paso firme, decidida a enfrentarse nuevamente con sus fantasmas y su fantasía, hasta alcanzar su cima.

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La escalada de Aliapiedi atravesando su imagen

Allí arriba, en el punto más alto accesible del tapiz de hierba natural con toques paisajísticos de estilo inglés, formando parte de la imagen que tanto la obsesionaba, miró desafiante al último elemento que se le resistía de la espectacular postal, la Fuente de los Tritones, defendida en su marmórea monumentalidad por el vallado recinto del palacio real.

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El cara a cara final de Aliapiedi con la imagen: un imprevisible cruce de miradas

Fue entonces en ese preciso instante cuando, segura de sí misma, decidió que, en lugar de atacar, de vencer a sus espectros, de imponerse a sus visiones, la estrategia más indicada era la de rendirse al excelso panorama, dándose la vuelta y disfrutando de la imagen desde el lado opuesto.

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La victoria de Aliapiedi: la imagen a sus espaldas

Y así, sin armas y sin batallas, triunfante sobre su mejor pesadilla, ella saboreó su peculiar momento de gloria…

Fue como siempre su marido quien, cogiéndole de la mano, la despertó de sus sueños llevándola por el Paseo de Alí Ben Yusuf, en el lado norte de ese campo ocupado, según la historia, por las tropas del emir Alí, y conquistado, con la fantasía, por una tal Alía (piedi)…

Y mientras ella pensaba en la extraña coincidencia, su marido, con los pies en el suelo, trató de distraerla mostrándole los escudos que afloraban entre las hiedras, las puertas secretas, tapiadas entre las rocas, y un poco más allá, cerca del homónimo estanque, una estatua de La Chata.

Pero ella siguió ensimismada, centrada en un último detalle, abstraída por una última reflexión.

Y queriendo poner el colofón final a su obsesión, se encaminaron juntos hacia el punto de salida por el Paseo de Isabel II. Después de subir los empedrados escalones que abrazaban la gruta de antes, los dos se encontraron nuevamente en la balconada del inicio del recorrido y en ese preciso instante Aliapiedi, desenfundó su cámara digital, y, esta vez sí, firme y sin temblores, fijó su objetivo y disparó una última instantánea.

Y así fue como por fin hizo suya, suya para siempre, suya a su manera, la imagen tantas veces evitada, la imagen tantas veces deseada…

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La imagen de Aliapiedi, suya para siempre, ¡suya a su manera!

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Quinta de los Molinos: La amistad en flor

Hacía ya siete años que Aliapiedi había visitado por primera y única vez la Quinta de los Molinos.

Por aquel entonces no conocía este parque madrileño en el que desembocó gracias a unos vecinos en uno de esos encuentros fortuitos que, sobre la marcha, con la magia de la amistad, se convierten en espontáneos y acertados planes de último minuto. Aquella primera vez, en familia y en buena compañía, empujando el carrito de una niña que todavía era un bebé y siguiendo con la mirada a un niño que correteaba despreocupado por los senderos empedrados, con las hijas de esos amigos ejerciendo de improvisados guías, llamó su atención la extensión de la “quinta” –denominación que, por aquel entonces, le era ajena–, como si ésta, con su alargada presencia, quisiera reclamar y reivindicar la belleza del campo en un entorno urbano que cada día se expansionaba más, engullendo la tierra con el asfalto de un arrollador boom inmobiliario.

No iba tan desencaminada.

En efecto, esa finca de recreo había sido el resultado del proyecto de un prestigioso ingeniero y catedrático de la Escuela Superior de Arquitectura de Madrid, un tal Cesar Cort Botí, un viajero empedernido que casi un siglo atrás, movido por su pasión por el urbanismo, se hizo con la primera de varias parcelas que, poco a poco, fue adquiriendo y que acabaron conformando ese poliédrico espacio en el que trató de poner en práctica algunas de sus teorías, trasladando un paisaje campestre mediterráneo a la gran ciudad. Mucho más tarde, a principios de los ochenta del siglo pasado ese sueño hecho realidad fue vendido por los herederos del profesor al Ayuntamiento de Madrid, haciendo así posible su (gratuita) apertura al público.

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La triple propuesta “moliniana”

Años después, una nueva casualidad, también provocada por la amistad –la que le une con uno de sus más fieles seguidores virtuales–, devolvió a Aliapiedi a la quinta. Un seguidor virtual, uno de los más fieles, y también amigo, siempre comprometido con la cultura, le había anticipado que ese mismo fin de semana, coincidiendo con la famosa floración de los almendros, con carácter absolutamente excepcional, se iban a abrir al público las puertas del palacio de la quinta para albergar un concierto de la mano de un célebre cuarteto y una exposición sobre un interesante proyecto de recuperación de tres palacios históricos próximos, ubicados en las inmediaciones de tres paradas del tramo este de la línea cinco del metro: el palacio de la Quinta de los Molinos, el de la Quinta de Torre Arias y, finalmente, el del magnífico jardín de El Capricho.

Ese tripudio de razones –floración, concierto y exposición–, unido a su estimulante entorno, fue más que suficiente para animarla a pasear otra vez por ese lugar tan lejano en su memoria, como cercano, en términos geográficos, a su hogar familiar.

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¿Una puerta de acceso al parque?

Y así, un domingo por la mañana de un mes de febrero más templado de lo habitual, Aliapiedi, a pesar de albergar serias dudas sobre la posibilidad real de admirar en vivo y en directo los famosos almendros en flor –sus conocimientos en materia de botánica son bastantes limitados–, se dirigió, en compañía de su hija, hacia el (supuestamente) florecido parque. Siendo tres los objetivos de la visita y queriendo disfrutarlos con la mayor tranquilidad posible, la mujer y la mujercita se personaron delante de una de las cinco puertas de acceso, la de la calle Alcalá, con bastante antelación respecto a la hora de inicio de la segunda sesión del concierto, o eso creían…

Desde el coche, aparcado justo frente a la entrada, y a través de la ventanilla, al reparo de las, a pesar de todo, rígidas temperaturas matutinas, las dos observaron a un nutrido grupo de gente, bien abrigada, que esperaba pacientemente delante de una reja cerrada a cal y canto.

Algo, sin embargo, no cuadraba ya que a esa hora el parque debía de estar ya abierto.

Madre e hija, después de un cuarto de hora largo, vieron finalmente, a través de los barrotes de ese portal que en el pasado había gozado de un mayor esplendor, un guardián acompañado por un guía del parque, o eso les parecía, de modo que, tranquilizadas por esa visión, bajaron del vehículo, y se dirigieron al final de la cola.

Pero algo seguía sin cuadrar: ¿Por qué uno de los dos hombres que estaba más allá de la imponente entrada se sabía los nombres y apellidos de la gente que iba a acceder al recinto?

Unas frías gotas de sudor empezaron a perlar la frente de Aliapiedi, asaltada por la duda de un craso error, de un imperdonable olvido, de un desafortunado despiste y, armándose de valor, enfrentándose a la que temía revelarse como una dura realidad, se acercó a uno de entre los elegidos para preguntarle cómo había conseguido lo que tenía todo el aspecto de ser un pase vip en toda regla. El individuo, desde lo alto de su posición privilegiada, con aire compasivo, le explicó que se trataba de una visita especial, organizada por el Ayuntamiento, y que había que inscribirse previamente en Internet para poder entrar en el palacio… ¡de Torre Arias!

Al oír pronunciar ese noble nombre, tan altisonante, Aliapiedi quedó desconcertada y repentinamente sumida en la confusión de su mente –¡y de su memoria de pez!– y, tratando de recuperar la compostura bajo la inquisitiva y sorprendida mirada de su hija, se fijó con mayor detenimiento en el acceso que tenía delante… Bien mirado, no estaba tan segura de que esa entrada fuera la que había cruzado siete años atrás, aunque podía haber cambiado con el transcurso del tiempo. Entonces, cayó en la cuenta de que ese muro exterior revestido con un tembloroso yeso blanco no parecía el mismo que el de tonos rosados que creía recordar de hace un septenio –pero podía haber sido pintado– y de que esos árboles que asomaban con sus copos desde el recinto interior tenían poco de almendros, de los almendros de siete primaveras atrás –pero podían haber sido remplazados por otras familias vegetales–.

Demasiadas casualidades, pensó…

Aliapiedi, la sabelotodo sobre Madrid, la que presumía conocer la capital más que la mayoría de sus residentes o nativos, se había equivocado, por unos pocos centenares de metros, pero se había equivocado. No quedaba otra que tragarse el orgullo, agachar la cabeza, bajar la mirada y caminar calle arriba por Alcalá, de la mano de su hija, hasta llegar al número 527, en frente de la parada del metro de Suances.

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¡El acceso principal al parque con la vivienda de los guardeses!

En ese exacto punto geográfico encontró un acceso principal, flanqueado a ambos lados por la vivienda de los guardeses de la finca, que le sonó mucho más familiar. Lo atravesó, pasando por debajo de su bóveda de cañón, y enseguida se desvió del sendero principal adoquinado, fiel a su manía de salirse siempre del recorrido marcado –ya sea en autopistas, en carreteras urbanas o en senderos agrestes, en la esperanza, generalmente infructuosa, de encontrar algo insólito, original o desconocido que lleva siglos esperando ser descubierto por ella–.

Sin embargo, esta vez acertó.

Lo primero que olfateó, y luego vio, aunque fuera el principal motivo de su visita al parque, no dejó de estremecerle ni, teniendo en cuenta el espacio urbano en el que estaba ubicado, de sorprenderle: un extenso manto de colores rosa y blanco, dibujado por centenares de almendros puntuales a su cita floreal.

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Centenares y …

Ese perfumado, más bien embriagador, escenario le recordó enseguida al del magnífico Valle del Jerte, nevado de cerezos como sólo él podía estar, que había visitado quince años atrás en compañía de su futuro marido y un buen amigo de él, conocido por las circunstancias de la vida, perdido por diferentes motivos y listo para ser reencontrado, siempre que sea necesario, a pesar del paso de los años.

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… centenares y …

Esa postal que nada tenía que envidiar a las estampas, puede que retocadas, de fantásticos jardines japoneses que, al finalizar el invierno, protagonizan todas las portadas de las revistas de viajes, fue verdaderamente impactante, tanto que la criatura que le acompañaba, presumida y divertida, se ofreció rauda y veloz para posar para un reportaje cuyo cursi titular podría rezar “Flor entre las flores”.

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… centenares de …

Las dos se entretuvieron largo rato en esa encantadora arbolada pero la hora de inicio de la segunda sesión del concierto apremiaba por culpa del error geográfico de antes. Tenían poco menos de media hora para encontrar el hasta entonces nunca visto palacio entre las casi veinte hectáreas del bucólico recinto, carente de planos de situación.

 

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… almendros en flor

Aliapiedi sabía que habían accedido por la zona sur del parque, la que se caracterizaba por una apariencia más bien agrícola, y que tenían que llegar justo al lado opuesto, en el límite septentrional del mismo, allá donde destacaban los elementos de estilo romántico y paisajista.

Cruzaron entonces otras explanadas de almendros, más pobladas y más florecidas; se perdieron en un bosque de altos pinos donde bien podía esconderse un malvado lobo “perraultiano”; se reencontraron entre esbeltos eucaliptos habitados por mirlos en lugar de koalas australianos; se toparon con una rústica área infantil que se mimetizaba a la perfección con la seca vegetación que la rodeaba; volvieron a perderse en un mediterráneo olivar donde reinaba una paz oportunamente simbolizada por sus árboles de copa ancha, hasta que, finalmente, dieron con una especie de galería que hacía de enlace entre el ambiente más silvestre y el menos agreste de un parque que parecía exterminado.

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La luz al final del túnel

Y por fin, a la salida de ese oscuro túnel, vieron la luz, la luz de un cartel revelador, que anunciaba la famosa floración, el exótico concierto y la comprometida exposición.

Siguiendo aquellas indicaciones, ante sus ojos apareció un lago de considerables dimensiones con turbias aguas en busca de nitidez; un poco más allá, en el límite occidental del jardín, una fuente con cuatro tazas, flanqueada por bancos de granito; a la derecha, la así llamada Casa del Reloj, cuyas paredes rojizas destacaban sobre el fondo de cristal de un moderno polo empresarial, y, finalmente, a su lado, entre parterres de setos, uno de los famosos molinos de la quinta que con sus palas al viento traía a la memoria de Aliapiedi las imágenes de aquellos que aparecían solitarios ante gasolineras abandonadas en el medio del desierto en las películas americanas –y tampoco en esta ocasión iba ella desencaminada, ya que esos aeromotores habían sido traídos expresamente de Michigan–.

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Molinos íbero-americanos entre terrazas y espejos de agua

Distraída por la cinematográfica comparación, casi no se percató de que a su espalda se había materializado un palacio, o mejor dicho, el palacio, el eje inicial de todo ese recinto, un edificio de estilo pre-racionalista, cercano al de la secesión vienesa, que se presentaba de una forma muy seria y austera, al igual que los árboles desnudos que lo precedían y que con su seca presencia contribuían a crear un ambiente inquietante, casi de un perturbador “resplandor”.

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La álgida estampa invernal del austero palacio entre árboles desnudos

Aunque lo que realmente resultaba perturbador no era tanto el formal y lineal aspecto exterior del edificio sumergido en una álgida estampa invernal, sino más bien la cantidad de gente que hacía cola para acceder a su interior. Madre e hija se miraron con desesperación: esas decenas, puede que centenares, de personas ordenadamente colocadas una detrás de otra, no avanzaban ni un centímetro, y tampoco parecía importarles gran cosa, entretenidas como estaban en conversar entre ellas o en escrutar las pantallas de sus móviles de última generación.

Aliapiedi estuvo a punto de ceder, de renunciar a la empresa y de omitir esa parte de la visita pero justo en ese momento recibió la llamada de una querida amiga que, deprisa y corriendo, estaba llegando con su hija para asistir todas juntas al concierto, tal y como habían acordado. Esa llamada fue providencial para retomar el plan familiar original y seguirlo al pie de la letra, por larga que pudiera llegar a ser la espera…

Así todo, fue tomar esa determinación y ¡zas!, como por arte de magia, las imperiosas puertas del palacio abrirse de par en par…

Ya estaban en el vestíbulo central donde se había montado un escenario para los músicos y un “patio de butacas” para los primeros afortunados. Ellas se dirigieron rápidamente hacia una oscura sala lateral, iluminada por la exposición del ambicioso, y genial, proyecto de recuperación e unión histórico-cultural de las majestuosas y sorprendentes tres quintas y de sus palacios. Las fotos, los mapas y los paneles informativos allí exhibidos les sonaron familiares, sobre todo los que ilustraban la ubicación y estructura del jardín de El Capricho y del búnker oculto bajo su rebosante y cuidada vegetación, esperando pacientemente poder salir a la luz para darse a conocer a todo el mundo…

En ese instante, Aliapiedi no pudo evitar fantasear con los posibles programas culturales, itinerarios a piedi y eventos sociales que podrían organizarse poniendo en contacto esos tres lugares de enorme potencial.

Y así, entre sueños y deseos, con la dulce melodía que empezó a resonar en el ambiente, una sonrisa se dibujó en los labios de la hija cuando, entre el nutrido público, entrevió la cara de su antigua compañera de colegio al lado de su madre. Las niñas se saludaron, se abrazaron y se besaron con la sencillez y la ternura de unas niñas que, a pesar de no verse ya con la habitual cotidianidad, siguen reencontrándose con ilusión y con la certeza de ser y seguir siendo amigas para siempre…

Y mientras las complacidas mamás se sentaron en un asiento inventado, en el borde de una maceta de una planta ornamental, las dos mujercitas, aprendices de pianistas, se acercaron tanto como pudieron a los artistas y de pie, sin pestañear, unidas por sus manos y por sus comunes pensamientos, estuvieron desde el principio hasta el final escuchando en riguroso silencio el concierto, cautivadas por las originales y entretenidas notas musicales de latin-jazz del Maureen Choi Quartet. Los ritmos, a veces pausados a veces frenéticos, fueron poco a poco invadiendo todo el espacio, abrazando como si de una delicada niebla invisible se tratase a todos los asistentes, contagiándoles con los sonidos al compás, alternados o combinados, de un piano, un violín, una batería y un contrabajo, protagonistas de una virtuosa espiral de magia musical.

El palacio languideciente fue paulatinamente despertando de su letargo, cobrando vida y enriqueciéndose al ritmo de las estudiadas o improvisadas sinfonías, de los tonos graves o agudos de nostálgicas y evocadoras melodías, de unas notas tocadas con increíble maestría. La media hora abundante se esfumó rápidamente como los complicados acordes y los prolongados aplausos de la concurrencia y, al finalizar la sesión, todos los asistentes abandonaron encantados el edificio embrujado.

Pero la magia no había finalizado.

Fueron entonces los juegos, las risas y las palabras de dos niñas muy compenetradas las que consiguieron devolver al parque su belleza y su vitalidad de antaño, descubriendo los rincones más hermosos y los escondites más curiosos: el segundo molino, el de la rosaleda, al final de una escalera de rosas en primavera; un invernadero sin cubierta de cristal detrás de una columna jónica sin nada que soportar; unos estanques con fuentes de nítidas corrientes asomando entre terrazas abiertas entre una vegetación incipiente; una pista de tenis sin raquetas donde se vitoreaban infantiles piruetas; una grutas sin salida para satisfacer una curiosidad atrevida; unas ramas de mimosas perfumadas destinadas a unas madres muy amadas; unos arcos del triunfo levantados entre una vegetacion floreciente cuales fantasiosos decorados de relatos encantados, los de dos mujercitas soñadoras y de dos mujeres, gracias a ellas, triunfadoras…

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El triunfo de la amistad, el triunfo de la floración

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