Castillo de la Alameda: La E y la espera

Hace tres años, cuando emprendí esta aventura bloguera, recordaba cómo una década atrás me había instalado en un barrio que se salía del mapa turístico de Madrid. Por aquel entonces buscaba pisos por el centro de la capital y, a ser posible, que guardaran alguna similitud arquitectónica con la casa milanesa que había dejado atrás. Sin embargo, a pesar de mi empeño, nada me cuadraba, ni en términos estilísticos ni en términos económicos; pero un día, un día cualquiera, cuando ya había perdido toda esperanza y pensaba que acabaría durmiendo románticamente bajo las estrellas con el que ya era mi compañero de fatigas, un buen amigo de ambos nos acompañó a visitar un “piso piloto” –en mi vida había oído semejante expresión dado que en mi país de origen tan útil herramienta no existe– en un descampado donde todo estaba proyectado pero nada construido. La verdad es que quedamos abrumados, aunque no convencidos, con las calidades y las instalaciones de la futura urbanización que se levantaría allí donde en ese momento sólo había tierra y barro, y, después de la visita, mientras deambulábamos por las inmediaciones del solar, me llamó la atención un cartel con letras doradas sobre fondo verde que colgaba de una pintoresca reja que daba acceso a un jardín histórico-artístico del siglo XVIII: El Capricho.

Faltaba poco más de media hora para el cierre y, sin dudarlo ni un momento, cogí la mano del que siempre está a mi lado para explorar ese lugar tan alentador que, nada más entrar, nos sorprendió con sus ingeniosas y originales edificaciones, sus plantas seculares y flores de múltiples colores, sus fuentes pintorescas y lagos de aguas frescas.

El Capricho me (nos) había fascinado, cautivado y finalmente enamorado.

Tenía que ser allí donde viviéramos, cerca de ese jardín tan hermoso, cerca de ese lugar tan asombroso.

Y así fue.

Con el pasar de los años, y tras el nacimiento de los niños, poco a poco me fui acostumbrando al ritmo de este verde y tranquilo distrito 21, tan diferente del bullicioso y céntrico número uno de los planos urbanos que manejaba cuando estaba inmersa en la búsqueda de una nueva morada. Además el barrio, con el paso del tiempo, había ido mejorando paulatinamente: allá donde había un campo de fútbol polvoriento, ahora había un terreno de juego de césped artificial ya no tan sediento; donde había un descampado, ahora había un parque con carril bici y árboles recién plantados; donde había un bar de un camping destartalado, ahora había un flamante restaurante renovado; donde había aceras en mal estado, ahora había paradas de metro y zonas de recreo de diseño agraciado; y en la esquina donde se sucedían locales de éxito desafortunado, ahora había un bullicioso bar de tapas y cañas bien asentado.

Todo en la Alameda de Osuna prosperaba y yo con mi familia, día tras día, lo disfrutaba.

El mismo “caprichoso” jardín que desde siempre lucía orgulloso numerosos adornos florales, arquitectónicos y vegetales, conseguía aumentar su esplendor con visitas teatralizadas, conciertos musicales y festival estivales.

Todo era perfecto, todos estaba en su lugar, todo encajaba a la perfección… o casi.

Sólo había un edificio que desentonaba con el idílico entorno: un castillo en ruinas, perdido y solitario, abandonado a su destino. Lo poco que quedaba de él eran unas pocas piedras esparcidas, agredidas por el descuido y marcadas por las cicatrices de sus vicisitudes seculares.

Panteón de los duques Fernán-Nuñez

Panteón de los duques Fernán-Núñez

Los tres amigos solitarios: castillo, panteón y cementerio

Los tres amigos solitarios: castillo, panteón y cementerio

A nadie, sin embargo, parecía importarle la triste condición de la histórica construcción cuya existencia se apagaba sin prisa pero sin pausa.

Paseando delante de él, imaginaba que sus últimas cenizas acabarían por unirse a las del pequeño cementerio colindante y que sus últimos suspiros descansarían en el vecino Panteón de los duques de Fernán-Núñez, sus padres adoptivos desde finales del siglo XIX, una vez que ya había sido abandonado. Pero un día, delante de la moribunda estructura apareció un cartel prometedor, un cartel imponente, un cartel innovador, dominado por una E de color rojo de desproporcionadas dimensiones, una E llena de Empleadoras ilusiones, una E cargada de Estimulantes inversiones.

Esa E fue su salvación.

El montañes centro de recepción

El centro de recepción de estilo alpino

Empezaron así las obras de acondicionamiento, remodelación y restauración de la frágil criatura y finalmente, al cabo de unos meses, se estrenó el renovado Castillo de la Alameda. Visto desde el exterior, desde la pradera donde estaba ubicado, no se apreciaban evidentes mejorías, con la excepción de un aparatoso centro de recepción de visitantes, de estilo alpino, con una curiosa arquitectura de madera, precedido por un elegante letrero que anunciaba la reencontrada denominación.

Los de Aliapiedienfamilia, para entonces ya éramos cuatro, fuimos de los primeros en visitarlo.

Era una tarde de invierno, una de esas gélidas tardes en las que, cuando el sol se prepara para acostarse, el frío hace acto de presencia con todo su poderío en el nocturno escenario, una de esas tardes en las que el viento helado sopla con violencia. Recuerdo que las condiciones climatológicas se hacían a cada paso más hostiles y las gotas de lluvia, tímidas al principio, e impertinentes al cabo de un rato, cayeron sin piedad sobre nuestras cabezas: cada vez era más difícil avanzar por el paseo peatonal y, muy a nuestro pesar, tuvimos que dejar para mejor ocasión la visita al castillo renovado, el castillo deseado, el castillo embrujado. Pero sabíamos que él, con su proverbial paciencia, rejuvenecido y fortalecido, nos esperaría allí, impertérrito y silencioso en su enclave ya no tan misterioso.

Y así pasaron los días, las estaciones y los años…

El castillo seguía en su sitio, un poco menos abandonado, un poco más visitado.

Nos observaba desde lejos, cuando nos acercábamos al parque Juan Carlos I, y de reojo, cuando acompañábamos a los niños a la Escuela de Música municipal; no nos perdía de vista, aguardando confiado nuestra visita, seguro de que no lo habíamos olvidado.

Y tenía razón.

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Exterior de la instalación de acogida

Este verano volvimos a percatarnos de su presencia, gracias a que nuestro hijo mayor, puede que escuchando una llamada encantada o puede que devolviendo una mirada inanimada, expresó de repente el deseo de (volver a) cruzar el renovado cerramiento de la parcela para acercarse a esa extraña edificación, según él, inacabada, y de cuya primera visita nada recordaba. Dicho y hecho, al ser un día festivo –el castillo solo abre sus puertas los fines de semana– pudimos satisfacer su deseo inmediatamente y, pocos instantes después, ya estábamos en la instalación de acogida, oculta desde el exterior por una especie de valla suspendida.

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Plano táctil con recorrido

Unos paneles informativos –también hay unos planos táctiles para los invidentes– y un agradable encargado nos dieron la bienvenida. A diferencia de la anterior experiencia familiar, esta vez el día era maravilloso, luminoso y ventilado, con una leve y placentera brisa veraniega que acariciaba nuestros cuerpos sin azotarlos con violentas ráfagas invernales. Y el castillo, lejos de mostrarse ofendido por la prolongada espera, parecía querer ofrecerse en todo su esplendor, para que descubriéramos tranquila y serenamente toda su vida rocambolesca: su nacimiento, su crecimiento, su transformación, su casi defunción y su (parcial) resurrección.

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El puente sobre el ancho foso

Los restos de la Casa del Guarda, una típica casa de campo construida a principios del siglo XVIII, cuando el histórico conjunto ya estaba abandonado, fue lo primero que avistamos desde uno de los estratégicos miradores repartidos a lo largo del perímetro del castillo –cada uno de los cuales dispone de un panel informativo y el correspondiente plano táctil–. Sin embargo, lo que más nos sorprendió fue el enorme foso, ancho y profundo, devuelto a su desproporcionado tamaño original después de las excavaciones, y cuya función inicial, en el siglo XV, era la de proteger la recién estrenada residencia fortificada de los Mendoza, señores adjudicatarios por parte de la Corona de la aldea de la Alameda.

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Detalles de las obras de acondicionamiento

Nuestro joven acompañante, al leer ese nombre, se sobrecogió de improviso como si hubiera visto un fantasma deambular, o mejor, cruzar sin inmutarse las escarpas del edificio, es decir las paredes que lo rodean formando taludes inclinados. En realidad, su sobresalto no fue provocado por la presencia de un ser extraño entre los restos del chapado de piedra delante de nosotros, sino por el recuerdo de otros castillos, más conocidos y más avenidos, que él había visitado con entusiasmo un par de años atrás, puede que más, y que pertenecían a la misma noble familia.

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Ángulo sur del castillo

Asombrados por su memoria, fresca como su edad, seguimos a piedi por el camino, hasta el siguiente punto panorámico.

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Ángulo este del castillo

Allí, delante de unos muros levantados con piedras irregulares de sílex, nos dimos cuenta una vez más de la sabiduría del improvisado y joven guía, el cual, listo para enfrentarse a un nuevo año escolar, nos explicó que ese material era el mismo con el cual se avivaba el fuego en la Prehistoria.

Llamas de satisfacción se encendieron en los ojos de unos padres orgullosos que, con gusto, se dejaron llevar por el buen estudiante hasta el siguiente y privilegiado ángulo de visión.

En el foso, ensanchado y reformado adrede, vimos, con un poco de imaginación, un magnífico jardín, lleno de fuentes y albercas, de fresnos y nogales, de plantas aromáticas y ornamentales que exaltaban el esplendor del castillo convertido en el siglo XVI en un palacio renacentista por los nuevos señores de la Alameda y Barajas: los Zapata.

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Ángulo norte del castillo

Esa sí había sido una época dorada.

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Pasadizos ocultos…

Los restos de los parterres, bien visibles, nos lo confirmaban, así como el suelo de guijarro de una liza medieval luego pavimentada, o como la fuente de burlas de unas tuberías descubiertas en el interior de la torre meridional, o como una pequeña puerta, oculta por un helecho autoritario que, a través de un pasadizo subterráneo abovedado, cubierto por un pavimento de ladrillo, comunicaba el jardín exuberante con el edificio elegante.

El castillo sonreía silenciosamente, recordando aquellos años tan florecientes…

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El inquietante nido de ametralladoras

Pero el idílico momento, para el castillo y sus visitantes, se interrumpió súbitamente, al percatarnos de la presencia de una aterradora construcción: el nido de ametralladoras.

El infante –curioso, atrevido y, como todos los niños de su edad, inocentes ellos, fascinado, y espantado al mismo tiempo, ante todo lo que tenga que ver con lo bélico– se acercó prudentemente a esa especie de cubo de hormigón armado semienterrado, que fue utilizado durante la Guerra Civil por el general Miaja como estratégico punto de observación y de defensa de su puesto de mando, que estaba instalado en el palacio de El Capricho, bajo cuyo jardín se construyó también un impresionante búnker –que posiblemente abrirá sus puertas al público en un futuro no muy lejano.

La casamata tenía una única apertura desde la cual unos hábiles tiradores cumplían con sus mortíferas misiones. Ese sólido nido de muerte de gris aspecto nos infundió mucho respeto, y más aún después de habernos enterado de que ese lugar tan letal, al finalizar la contienda, había sido reutilizado como vivienda: ¿Quién podía haber tenido el valor, y el horror, de vivir allí? ¿Quién podía haberse atrevido a instalar unas escaleras y un almacén donde un tiempo hubo sangre y arena? ¿Quién podía haber aprovechado ese espacio tan limitado para un uso tan inadecuado?

Las inquietantes preguntas nos ronzaron prepotentemente en la mente, bajo la mirada del castillo que ahora recordaba con tristeza aquel periodo de su decadencia personal, cuando herido, quemado y destrozado por las voraces llamas de un incendio, quedó reducido a unas ruinas, en todos los sentidos, al verse despojado de gran parte de su “pedrosa” vestimenta para la construcción del mencionado palacio de los duques de Osuna, la joya de la “caprichosa” corona vegetal, amén que explotado como bélico instrumento de una guerra asesina.

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Ventanal de la torre de la esquina

Unas lágrimas de roca cristalina cayeron invisibles desde uno de los ventanales abiertos en una de las torres de las esquinas, y deslizándose por las paredes revestidas con zócalos de azulejos, rodearon temblorosas el hueco de un disparo explotado durante la guerra fratricida, posándose finalmente en el suelo de cantos rodados de un esplendor ya pasado.

En ese momento, el pequeño visitante, que se encontraba cerca del nido tan inquietante, sintió algo en su corazón gigante.

Entonces dirigió su mirada hacia lo que quedaba de la Torre del Homenaje, hacia el originario patio a sus pies, embellecido por los Zapata con un elegante pórtico de granito, y hacia una hipotética capilla medieval, ubicada en una de sus salas.

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Ángulo oeste del castillo

Y allí vio algo resplandecer, vio algo deslumbrar, vio algo brillar.

Se alejó de la casamata, superó a sus padres, que andaban entretenidos con el descubrimiento de unos hoyos rellenos de “basura” prehistórica, testigos de un poblado de cabañas asentado en el lugar en la remota Edad del Cobre, pasó deprisa delante del puente originario sobre el foso, cruzó el nuevo puente y finalmente llegó al interior del castillo, cubierto por un cielo abierto. Encontró un pozo, uno de los dos existentes en el antiguo patio, y, cerca del mismo, el origen del resplandor, la causa del brillo, la fuente del destello anterior: unas sencillas gotas de agua, puede que de una lluvia imaginaria, puede que de un llanto sobrenatural, capaces por sí mismas, con sus diminutas proporciones, de llamar su atención sobre el edificio de otras dimensiones.

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El interior del castillo, cubierto por un cielo abierto

El niño, en efecto, después de su líquido descubrimiento, levantó la mirada y, con mayor detenimiento, empezó a observar los restos arqueológicos que le rodeaban, casi le abrazaban con la fragilidad del olvido del pasado y con la fortaleza de la recuperación del presente; reflexionó entonces sobre la importancia de la historia encerrada, protegida y revelada entre los muros parcialmente recuperados de un castillo medieval transformado en palacio señorial, comprendiendo así el valor cultural de la excavación, rehabilitación y musealización del monumento en un solar que bien podría haber sido destinado a albergar una (otra) moderna y anónima urbanización sin alma, en lugar de un ser vivo del patrimonio de España.

Las acuosas presencias, ya no lluviosas, ya no llorosas, reconfortadas por los infantiles pero acertados pensamientos, se desvanecieron en el suelo milenario, libres ya de toda sombra de amargura: si la mirada de un solo niño había sido capaz de trascender el significado de lo material, entonces el espíritu del castillo sería capaz de sobrevivir para siempre, alimentado por el Entusiasmo, la Energía y la Empatía de la gente.

El arqueólogo del futuro, cogido de la manos de sus padres, se despidió así del lugar lleno de recuerdos; él que no recordaba que años atrás allí se había levantado un enorme cartel con una E prometedora, ahora guardaría en su memoria ese foso, esa torre y esa barrera, levantados y restaurados como estandartes de una sorprendente Alameda.

El niño no iba a olvidarse nunca jamás de su castillo; el castillo recordaría para siempre a su niño…

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El castillo olvidado… el castillo inolvidable…


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Medinaceli, Jadraque e Hita: Instintos básicos veraniegos

Cada vez que empiezan las vacaciones veraniegas – me refiero a las de los niños, no a las nuestras – y disminuye el trabajo en la oficina mientras que aumentan las jornadas de sol, soy víctima de mis instintos básicos aliapiedescos, consistentes en unas irrefrenables ganas de organizar viajes, visitas y excursiones. Estos efectos secundarios de la mencionada estación me resultan incontrolables y, a pesar de mis (leves) resistencias, no puedo evitar consultar en Internet cualquier información turística sobre destinos nacionales, internacionales o… ¡universales!

El año pasado no fue una excepción y, como suele ocurrirme, entre compras de billetes de avión, reservas de habitaciones en casas rurales y confirmaciones de itinerarios familiares, me encontré con un único fin de semana disponible en todo el verano para organizar una excursión en el día en los alrededores de Madrid.

Como siempre, quedaba la difícil tarea de elegir un lugar que estuviera lo suficientemente cerca de la capital para no tener que alojarnos fuera de nuestro hogar pero también lo suficientemente lejos de la misma para poder tener la sensación de evadirnos de la realidad cotidiana. Con el paso del tiempo, en efecto, las posibilidades se iban restringiendo y después de haber visitado en los pasados sábados veraniegos castillos, como los de Cuellar, Mota, Arévalo y Coca, pueblos, como Buitrago del Lozoya, Pedraza, Sepúlveda, Pastrana, Chinchón, Olmedo, Patones de Arriba o Segóbriga con sus ruinas, monasterios, como los de Uclés, El Escorial y El Paular, o palacios reales, como los de La Granja, Aranjuez o Rascafría, me encontraba sumida en un mar de dudas: ¿Dónde ir? ¿Qué lugar quedaba por descubrir? ¿Cómo sorprender una vez más a mi familia y satisfacer, al mismo tiempo, mis impulsos estacionales?

Y mientras estas cruciales preguntas rondaban en mi mente, de repente, en la pantalla de mi ordenador, en una página amiga de Aliapiedienfamilia en Facebook, apareció una prometedora noticia sobre un Festival medieval, declarado de interés turístico nacional, que se celebra anualmente el primer sábado de julio en un lugar llamado Hita. En ese preciso instante, todos mis sentidos se centraron en este evento que se organizó por primera vez en 1961 por iniciativa del profesor Manuel Criado de Val, tratándose del más antiguo de toda España en su género. El programa de actos era de lo más completo e incluía un mercado medieval, el pregón de inauguración y visitas guiadas gratuitas por el casco antiguo y sus bodegas, además de desfiles, torneos y representaciones teatrales desde la mañana hasta altas horas de la noche.

¡Era justo lo que estaba buscando!

Y eso que jamás había oído mencionar el nombre de este municipio de la provincia de Guadalajara que, sin embargo, es muy conocido por la mayoría de los españoles gracias a su célebre arcipreste, un clérigo nacido en Alcalá de Henares que en el siglo XIV escribió una de las obras cumbre de la literatura medieval: el Libro de Buen Amor. Conforme iba absorbiendo los datos históricos de esa villa, se iban apaciguándo mis instintos aliapiedescos, aunque sin llegar a calmarse del todo. Hita y su festival eran un buen objetivo turístico pero hacía falta algo más para volver a Madrid habiendo aprovechado el día en su totalidad.

Me puse entonces a consultar la invitante y bien estructurada web oficial de la Comunidad de Castilla-La Mancha y, en el apartado dedicado al patrimonio, buscando entre los numerosos castillos que por sus formas y leyendas siempre satisfacen las curiosas exigencias de los más pequeños, encontré uno que nos pillaba de camino, el castillo de Jadraque.

Ahora solo tenía que hacer realidad los deseos gastronómicos del padre de familia para que el plan que poco a poco iba componiendo fuera “el plan perfecto”. En los alrededores de Hita o Jadraque, por mucho que buscara, no conseguía encontrar restaurante que me convenciera, así que las alternativas eran acercarse al pueblo más cercano de cierto renombre, es decir Sigüenza, o bien seguir hacia el norte, hacia las tierras de Castilla y León, para alcanzar la ciudad de Medinaceli que ninguno de nosotros había visitado en su vida.

La segunda opción fue la que tuvo más éxito, y así, juntos y revueltos, cada uno con sus exigencias teóricamente satisfechas, nos pusimos en camino por la A2, desde la que, una veintena de kilómetros después de Guadalajara, divisamos a la derecha unas altas murallas que abrazaban el cuerpo restaurado del Castillo de Torija, antigua fortaleza militar que, con un poco de suerte, podría convertirse en una meta complementaria, de regreso de nuestro recorrido principal.

Ya estábamos superando la frontera invisible entre las dos Castillas y, a los pocos minutos, rodeados de obras viarias monumentales, nos encontramos con un cartel que anunciaba nuestro primer destino: Medinaceli.

Nos miramos perplejos. Ese conjunto de casitas bajas que flanqueaban la avenida que íbamos recorriendo no encajaba en absoluto con la idea de un antiguo y prestigioso casco histórico.

Algo o alguien no estaba en el lugar correcto: o ellas, las anónimas viviendas, o nosotros, los despistados viajeros. Ni lo uno ni lo otro.

Cuando ya empezaba a dudar de mi plan supuestamente perfecto, en un cruce cualquiera aparecieron en mi ayuda las providenciales flechas de color marrón y violeta, propias de los puntos de interés turístico, que, silenciosamente, nos sugerían el camino hacia el conjunto histórico-artístico, ubicado tres kilómetros más adelante, tres kilómetros más arriba.

Y, en efecto, en lo alto de un cerro, casi mimetizada con los tonos ocres del soleado territorio alrededor, divisamos la villa en todo su esplendor.

Una villa mimetizada con los tonos ocres de un soleado territorio

Una villa mimetizada con los tonos ocres de un soleado territorio

Casi en la cima de la colina, en un cruce, hizo acto de presencia una ermita solitaria, la del Humilladero que, sobria y bella, parecía preanunciarnos la superior magnificencia, en sentido geográfico, de un pueblo cuyo nombre evocaba en mi mente una imagen celestial por un mal interpretado juego de palabras y mixtura de religiones: la de una medina musulmana en lo alto de los cielos cristianos. No iba de todas formas tan descarrilada en mis fantasiosas interpretaciones que coincidían, como aprendí seguidamente, con la poética “ciudad del cielo” exaltada por Gerardo Diego.

Una soberbia y romana bienvenida

Una soberbia y romana bienvenida

Un soberbio y emblemático Arco romano, único en la Península por su triple arcada, la central para los carros y las dos laterales para los viandantes, nos dio una asombrosa bienvenida y después de haber pasado literalmente a sus pies, aparcamos el coche detrás de la curva por él dominada donde se abría un extenso campo, el Campo de San Nicolás.

Y mientras el hijo mayor aprovechaba el sagrado campo en toda su extensión como campo de fútbol de césped natural en compañía de unos compañeros de colegio que casualmente correteaban por allí, mi marido y yo nos entretuvimos con la afable y encantadora responsable de la Oficina de Turismo, ubicada justo en frente en un edificio de dos plantas conocido como “La Carbonera”. Las generosas y alentadoras explicaciones de esa mujer sobre todos los lugares dignos de ser vistos en Castilla y León, despertaba una vez más mis apaciguados instintos alipiedescos, provocando centenares de retorcidos pensamientos viajeros sobre esos múltiples destinos culturales y naturales que hacían peligrar el programado itinerario de ese día.

No podía permitirlo.

Así que, con múltiples folletos en una mano y un mapa de Medinaceli en la otra, nos preparamos para recorrer a piedi lo que un tiempo había sido un castro celtibero, luego un enclave romano, seguidamente una capital musulmana y finalmente un ducado creado por los Reyes Católicos.

Aquello prometía.

El Convento de Santa Isabel y su invitante acceso

El Convento de Santa Isabel y su invitante acceso

Después de haber recuperado a nuestro hijo futbolero, nos encaminamos hacia el cercano Convento de Santa Isabel, fundado en el siglo XVI por las Clarisas, que es el único que se mantiene en funcionamiento como tal de los cuatro existentes en el momento de máximo esplendor religioso de la villa. El portal del edificio, enmarcado por un cordón franciscano, nos invitaba a entrar y, sobre todo, a comprar alguna de las delicias elaboradas por las pacientes y monacales manos que hace tiempo dejaron de tejer elaboradas alfombras para cocinar dulces delicias.

La Colegiata y su torre campanario

La Colegiata con su torre campanario…

Sin embargo decidimos resistir a los humanos placeres del paladar y anteponer los placeres divinos del espíritu que se encontraban encerrados entre los muros románicos de la Iglesia de San Martín, que forma parte del conjunto conventual, y tras echar un vistazo a su restaurado interior, humilde y sencillo, decidimos perdernos por las evocadoras y sinuosas callejuelas empedradas de Medinaceli, tangible recuerdo de su pasado árabe, hasta alcanzar la Plazuela de la Iglesia dominada por la Colegiata de Nuestra Señora de la Asunción, de estilo gótico tardío, y por un abeto solitario que bien podía prestarse como emblemático Árbol de Navidad en el frío invierno medinense.

... y su barroco altar mayor

… y su barroco altar mayor

Entramos sigilosamente en el templo y, de inmediato, quedamos cautivados por la hermosa sillería del coro, de época ya renacentista, las elaboradas verjas que lo encerraban y el barroco altar mayor con su correspondiente retablo. Tanto nos impresionó que no reparamos en las campanas de su imponente torre, que nos anunciaban que se acercaba la hora del almuerzo y que el lugar religioso estaba a punto de cerrar, hecho confirmado por los amables gestos y palabras de un cura que interrumpieron nuestra estática contemplación.

Al salir de allí seguimos deambulando por la villa silenciosa y tranquila donde el tiempo parecía haberse detenido y, con ello, afortunadamente, también las hordas de turistas.

Encantadoras casonas

Encantadoras casonas de nobles orígenes

El encanto de laberínticos y estrechos pasadizos, de palacios blasonados, muchos de ellos abandonados, de nobles casonas de labrada sillería y de lienzos de murallas árabes y romanas, cual cruce de culturas del pasado, nos atrapaba dulcemente, nos seducía levemente y nos conquistaba intensamente.

Pasadizos solitarios

Pasadizos solitarios

Caminábamos despreocupados por una casi fantasmal “ciudad segura”, Ciudad de Salim, o “ciudad de la mesa”, Medina Occilis, cuando, de repente, desembocamos en su grandiosa Plaza Mayor, levantada sobre las gloriosas cenizas del foro romano.

Un resplandeciente cartel explicativo

Un resplandeciente cartel explicativo

Ese amplio espacio, tan perfectamente cuidado que no parecía real, se presentó, y se prestó, como una estrella del cine mudo para posar para nuestra improvisada sesión fotográfica mientras que un cartel explicativo, bien integrado en un escenario tan típicamente castellano, y que resplandecía bajo los rajos de un sol de justicia, nos ayudó a no desorientarnos entre tanta riqueza y hermosura arquitectónica.

De espaldas al Aula arqueológica, un moderno espacio interactivo dedicado a la historia de la villa, se ubicaba, entre elegantes soportales y bajo la severa mirada del campanario de la colegiata, la Alhóndiga, cuyo escudo ducal se encontraba parcialmente cubierto por unas banderas que ondeaban en su fachada, único elemento discordante, por sus vivos colores, con el resto del uniforme y monocromático conjunto. Un poco más le acompañaba el renacentista Palacio ducal, de simétrica sobriedad, obra de Juan Gómez de Mora y actual sede de la Fundación DEARTE, que custodia no sólo obras contemporáneas sino también antiguas, como el enorme mosaico romano hallado en esa misma plaza.

La Plaza Mayor...

La Plaza Mayor…

... sobre el antiguo foro romano

… sobre el antiguo foro romano

A pesar de ser ya la hora de la comida, no pudimos resistirnos a acceder a ese noble edificio para observar su variado contenido, además la entrada era gratuita.

El restaurado patio central del Palacio ducal

El restaurado patio central del Palacio ducal

Una vez dentro, en el magnífico patio central, también restaurado, protegido por una escenográfica cubierta de cristal, bajo los arcos de medio punto de la galería inferior, fuimos sorprendidos por unas extrañas mujeres metálicas, con un aspecto entre maniquíes y guerreras, que con su estática postura, en contraste con las sinuosas y dinámicas líneas de sus figuras, parecían proteger ese lugar – en realidad se trataba de unas obras del escultor y psicólogo Manuel Mata Gil para una campaña de sensibilización contra la violencia de género –.

Los inquilinos de la galería inferior

Las extrañas figuras de la galería inferior

El artístico

El “sillón de la Odalisca”

Y mientras desfilábamos frente a esas curiosas e ingeniosas estructuras, nos percatamos de que otras siluetas, curvas, entrelazadas entre ellas volteaban sobre nuestras cabezas en una escultórica danza, obra de Pep Roig, que nos recordaba a la pintada por Matisse.

Un millar de piezas estelares romanas

Un millar de piezas estelares romanas

En las demás salas que asomaban a aquel sorprendente espacio central se exhibían otras creaciones originales, y después de haber admirado un invitante “sillón de la Odalisca”, de Jorge Moran, en el que me hubiera acomodado gustosamente, de no ser por el (in)oportuno cristal que lo protegía, alcanzamos la estancia donde descansaba la pieza estrella, o mejor, las millares de piezas estelares del siglo IV que componían la figura de una diosa, Ceres, dominando animales de género no bien identificado, terrestres, marinos y alados, entre temas geométricos de sublime perfección.

La iglesia de San Román

La iglesia de San Román, antigua sinagoga

El recuerdo de otros magníficos mosaicos, los que están expuestos en el grandioso MAN, y con ellos el de unas historias mitológicas, llenas de magia y fantasía, estaba a punto de llevar a Aliapiedi a ese mundo tan especial, cuando la alegre voz de un infante, preso ya de un hambre creciente, la devolvió a la realidad.

El Arco árabe

El Arco árabe, antigua puerta romana

A toda prisa, nos dirigimos hacia el siguiente destino: un antiguo granero, que en la actualidad es un acogedor asador, donde la contundente y abundante comida, al igual que la bebida, dio rienda suelta a nuestro paladar.

El castillo, actual cementerio

El castillo, actual cementerio

A la salida del restaurante, dimos otro paseo de pasos perdidos por la tranquila Medinaceli, entre calzadas invadidas por una prepotente hierba salvaje, hiedras aferradas a decadentes muros y piedras que intentaban heroicamente sustentarlos, en busca de nuevos objetivos: una iglesia, la de San Román, levantada sobre las cenizas de una sinagoga y víctima del mismo polvoriento paso del tiempo; un Arco árabe, antigua puerta del primitivo campamento romano; un castillo, cuyos restos, esparcidos sobre un prado que ahora hacía las veces de cementerio, estaban allí donde un tiempo descansaba la Alcazaba, y, por último, otro mosaico impresionante, el de la discreta y apartada plaza de San Pedro, cuyas policromas imágenes geométricas, como triángulos, puntas de flecha o cadenetas, se alternaban con otras figuradas, como flores, cascos y escudos de guerreros.

La plaza de San Pedro con el mosáico

La plaza de San Pedro con el mosáico

Difícil tarea fue, una vez más, la de alejarnos de allí para seguir nuestro camino hacia el siguiente destino: Jadraque.

Nos despedimos entonces de la bella y seductora villa y bajando por donde habíamos subido, en dirección al valle del Jalón, nos topamos con una fuente, puede que celtibera, romana o árabe, donde bebimos copiosamente sus frescas aguas de entonces y de siempre.

Y por fin, a la cinco de la tarde, con un calor asfixiante, entre la meseta asolada que rodeaba una carretera empinada, cual fantasma de piedra, vimos asomar un castillo, una fortaleza inmensa cuya majestuosa presencia se percibía desde la distancia.

Ese robusto palacio residencial, mandado erigir por el hijo primogénito del cardenal Mendoza para representar la fuerza y el poderío de su augusta familia, que se dice descendiente del mismísimo Cid Campeador, sin duda, cumplía con creces el simbólico objetivo. Temblorosos y respetuosos aparcamos el coche a sus pies, o mejor, a los pies del elevado cerro cuya cima estaba integralmente ocupada por la imponente estructura de casi cien metros de longitud.

La imponente fortaleza en

La imponente fortaleza en el “desierto de los tártaros”

Allí, en el medio de ese “desierto de los tártaros” que parecía salido de la homónima novela de Buzzati, sólo estábamos nosotros y la imponente fortaleza.

El rípido y soleado ascenso

El empinado y soleado ascenso…

Casi en la cima...

… para alcanzar la cima

Acompañados por los chirridos de los grillos, como atrevidos alpinistas que se enfrentan a una cumbre nevada de polen, canícula y sequedad, fuimos ascendiendo por un irregular camino donde nuestras mismas sombras parecían abandonarnos. El calor que despedía la tierra se unía en un infernal e invisible abrazo con los rayos del astro rey y la pendiente hacía que nuestras espaldas se curvaran cada vez más, por el efecto de la gravedad.

Queríamos conquistar el castillo pero era el castillo que nos conquistaba a nosotros…

Entre visiones, espejismos y alucinaciones, alcanzamos nuestra meta y allí arriba, arriba del todo, jadeantes, disfrutamos de un panorama que quitaba el aliento, en todos los sentidos.

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La panorámica recompensa

 

Y mientras intentábamos recuperar nuestras mermadas fuerzas, ejerciendo de improvisados centinelas de esa fortaleza solitaria, divisamos en el horizonte una nube de polvo, cada vez más grande, cada vez más próxima… No, no se trataba del tan esperado ejército de tártaros, lo que se nos avecinaba era un ejército, sí, pero de modernos centauros motorizados. Esa ruidosa tropa sobre ruedas alcanzó rápidamente y ágilmente la parte superior del cerro, aunque sin llegar a la cima, a bordo de sus caballos mecánicos, y, pocos instantes más tarde, enfundados en sus monos oscuros, como si de unos guerreros tenebrosos del Tercer, o puede que el Cuarto, Milenio, sin el menor esfuerzo, se hicieron con el castillo que tanto nos había costado conquistar a nosotros.

No nos quedaba otra que retirarnos y dejar la mítica fortaleza fantasma en manos de ese improvisado enemigo. Pero nuestra rendición sin embargo no significaba que se acabaran todas las guerras.

Más batallas, más contiendas, más duras y más violentas, nos aguardaban en nuestro último destino: Hita.

El estratégico bastión natural en el que tiempo atrás se había erigido un poderoso castillo, en lo alto de un cerro, fue lo primero que vimos desde la carretera pero conforme nos fuimos acercando al centro de la villa, recorriendo sus empinadas calles, fuimos descubriendo más históricos detalles por sus empinadas calles.

Un músico sui generis

Un músico sui generis

De repente, tras atravesar la Puerta de Santa María, la única superviviente de las tres que vigilaban la extensa y fuerte muralla que mandó levantar el Marqués de Santillana, como si de una puerta del Ministerio del Tiempo” se tratara, nos encontramos por arte de magia en la Edad Media. Desafortunadamente, ese arco apuntado con un garitón en cada lado nos había trasladado a esa época tal cual estábamos, con el aspecto de unos pintorescos personajes venidos de un futuro muy lejano y nuestra clásica pero moderna vestimenta llamaba la atención entre las damas y los caballeros que vestían refinados atuendos: elegantes ellas, con sus elaborados peinados y sus valiosos complementos decorativos, y listos para la batalla ellos, con sus armas y sus escudos.

Un mapa de antaño

Un mapa de antaño

La calle era una fiesta: músicos, juglares y unos peculiares personajes llamados botargas se mezclaban con la gente formando corrillos en los que se cantaba y bailaba a discreción. Nuestras alucinadas miradas chocaban con las firmes miradas de guerreros, jinetes y escuderos que exhibían afiladas espadas de metal reluciente y nerviosos corceles de pelaje brillante.

La escenográfica Iglesia de San Pedro

La escenográfica Iglesia de San Pedro

Era un maravilloso tripudio de colores y sonidos, de bailes y cantes, de folclore y tradición.

Sumergidos, o mejor dicho, invadidos por esa ficticia realidad o esa ficción hecha realidad, intentando no llamar demasiado la atención, exploramos la villa engalanada para la ocasión consultando un mapa de antaño esculpido en un lienzo de la muralla que bordeaba la animada Plaza del Arcipreste.

Sorteando hombres enmascarados, gigantes disfrazados y bufones descarados, alcanzamos las escenográficas ruinas de la Iglesia de San Pedro, un lugar sagrado donde un tiempo se custodiaban los sepulcros de nobles hidalgos cuyos valiosos gestos iban a emularse en el Palenque ubicado más abajo a lo largo de un tan entretenido como peligroso torneo caballeresco.

Personajes de todo tipo y facciones

Personajes de todo tipo y facciones

Eran la siete de la tarde y el mencionado recinto, precedido por múltiples y variados puestos de un auténtico y pintoresco mercado, estaba lleno a rebosar.

Al son de instrumentos marciales, entre estandartes multicolores y una contagiosa emoción colectiva, el maestro de ceremonia, dotado de trono y corona, anunció solemnemente el inicio del torneo anual desde el prestigioso palco real.

Una parodia del histriónico combate entre don Carnal y doña Cuaresma inauguró el tan ansiado espectáculo enfrentando a ambos bandos en el recinto.

El combate entre don Carnal y doña Cuaresma

El combate entre don Carnal y doña Cuaresma

Personajes de todo tipo y facciones, armados con lanzas y bastones, calentando los motores de unos carros de madera, se lanzaron sin dudarlo en un tremendo choque frontal, entre forcejeos, insultos y sádicas risas.

Sin honor y sin gloria pero con eufórica alegría se concluyó la controvertida historia. Pero lo mejor estaba por llegar.

Unas hermosas odaliscas que bailaban sensualmente una sinuosa danza del vientre se encargaron de dar la bienvenida a los verdaderos héroes del torneo, unos caballeros hechos de acero, por dentro y por fuera, que con sus pesadas armaduras se disponían a competir en una dura contienda.

Los cinco caballeros del Apocalípsis

Los cinco caballeros del Apocalípsis

Su entrada, acompañada por una épica banda sonora, fue triunfal. En el coso rectangular el entusiasmo era desbordante y se mascaba la tensión entre los protagonistas del inminente encuentro, o desencuentro. Esto iba en serio, se trataba de un despiadado “juego de tronos” en el que entre tantos luchadores sólo quedaría un superviviente, un “Highlander” hiteño que sería venerado por los siglos de los siglos.

Los combatientes desfilaban ante nosotros, humildes mortales, montando sus fogosos caballos con paramentos sin iguales.

El peligroso acoso al estafermo

El peligroso acoso al estafermo

El maestro de ceremonias los saludaba y, tras recordarles las reglas del torneo, los despedía bendiciéndoles mientras que los asistentes apostaban sobre sus cabezas sumas ingentes. Los caballeros, así llamados por el medio de transporte que utilizaban que no por los violentos gestos y ofensivas palabras que se dirigían entre ellos antes del empiezo del torneo, exhibían orgullosos las insignias de sus respectivas cofradías, gritaban altivos sus hazañas y se desafiaban soberbios entre ellos.

El momento había llegado.

La diana golpeada en su corazón de paja

La diana golpeada en su corazón de paja

Bajados los yelmos, sujetando con una mano las bridas y con la otra la lanza, los cinco jinetes de un Apocalipsis a punto de explotar, se lanzaron en un peligroso acoso a un estafermo que intentaba golpearles de rebote con su pesada maza.

Después, fue el turno de una diana cuyo corazón de paja era el objeto de unos dardos despiadados lanzados a toda velocidad.

Y por último, como colofón final de ese evento sin igual, la difícil prueba de la sortija que puso a prueba la pericia de los cinco combatientes ante un público más que exigente.

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La difícil prueba de la sortija

El valor de todos los participantes quedó sellado para siempre y la inmortalidad se concedió al último superviviente entre los vítores y aplausos de sus fervientes seguidores.

Eran las ocho de la tarde.

El festival seguía adelante y con él el júbilo de la gente entre meriendas, pasacalles y leyendas.

La tentación de quedarnos en esa Hita medieval para asistir a una justa nocturna, una representación teatral y a un concurso final nos devoraba el cuerpo y la mente. Pero una fantasiosa Puerta, la del Sol, la de un sol veraniego en su ocaso que desprendía sus últimos rayos por esas tierras manchegas de hidalgos literarios, verdaderos o imaginarios, se abrió delante de nosotros, madrileños de nacimiento o de adopción, para que regresáramos al futuro de donde habíamos venido.

Y así fue como los de Aliapiedienfamilia volvieron al actual verano recordando uno del pasado, de un pasado muy cercano o puede que mucho más lejano…

El cartel del Festival Medieval 2015

El cartel del Festival Medieval 2015

El cartel del Festival medieval 2014

El cartel del Festival medieval 2014

Una nota final: Este sábado, el primero del mes de julio, tendrá lugar la 55ª edición del Festival Medieval de Hita. Para todos aquellos que no trabajan en el Ministerio del Tiempo, las entradas, gratuitas para los menores de seis años, se pueden adquirir con antelación en la página web de su ayuntamiento o, in situ, en el punto de venta de la Plaza del Arcipreste. No esperéis a que se abra una providencial “Puerta del Tiempo”: ¡cerrad con llave la de vuestro hogar y lanzaos sin miedo en esta veraniega aventura familiar de sabor medieval!

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Safari Madrid: “Un lugar para (no) soñar”

Érase una vez un marqués, el Marqués de Griñón que, de vuelta de un viaje a Gran Bretaña en el que conoció a un tal Jimmy Chippierfield, inventor de las primeras reservas africanas fuera del referido continente, cautivado por la original iniciativa decidió instalar una en su finca “El Rincón”, ubicada en Aldea del Fresno, a la que bautizó, como no podía ser de otra manera, “Safari El Rincón”. El original proyecto, en el que colaboró con igual entusiasmo el famoso naturalista Félix Rodríguez de la Fuente, no tuvo sin embargo el éxito deseado y, con el paso de los años, el efecto-sorpresa fue mermando al igual que las instalaciones del “salvaje conjunto”. El safari, tras sucesivos cambios de gestión y de propiedad, nunca recuperó el esplendor de sus orígenes pero, a pesar de todo, consiguió sobrevivir con todos sus animales a distintas crisis “bestiales”.

Esa era la historia que contaba a mis hijos y a su primo camino del actual “Safari Madrid” para que no esperaran encontrarse una zoológica instalación de “última generación” sino más bien un lugar sencillo en el medio del campo, cuya belleza radicaría, precisamente, en su sencillez no artificial. A los niños, en realidad, poco les preocupaban las apariencias del atípico parque que, según los relatos de amigos y familiares, se había quedado casi igual al día de su fundación, hace cuarenta años; lo que les interesaba de verdad era su rico y variado contenido, lo que ponía en evidencia que las advertencias parecían más bien destinadas a la pareja sentada delante de ellos, uno conduciendo y la otra relatando.

El salvaje logo safaresco

Un logo salvaje y bestial

Y, efectivamente, los temores de los adultos se confirmaron nada más llegar a destino: en el medio de un tortuoso sendero, flanqueado por esparto, apareció una pintoresca taquilla, con apariencia de caseta de peaje, sustentada en gruesos palos de madera que le proporcionaban un aire de cabaña, de cuya ventanilla asomó la cara de la responsable de la entrega manual, que no automática, de las entradas y, bajo petición, de un mapa del tesoro bestial y vistosas bolsas de zanahorias.

Adquirido el primero pero no las preciadas hortalizas que ya traíamos de casa para ofrecérselas a los mansos, y después de haber leído las normas de comportamiento enumeradas en el “aviso importante” que acababan de darnos – “no bajar del vehículo”, “en caso de avería, tocar el claxon”, “no sacar las manos de las ventanillas”, “no detenerse junto a los animales”, “no alimentarlos”… – nos lanzamos, a velocidad moderada, hacia la salvaje aventura familiar.

Siguiendo las indicaciones de unos anticuados carteles de madera, nos aproximamos a bordo de nuestro medio de transporte a la sección estrella del safari, la de los animales en semi-libertad. Conforme avanzábamos por el abrupto camino, teníamos la sensación de ser trasladados a otro lugar, que nos recordaba al de la conocida película americana “Un lugar para soñar”, un parque de gran potencial pero que se había resentido sensible e inevitablemente con el paso los años. Buena muestra de ello lo constituían un curioso rótulo con forma de kart, no de estilo “vintage”, sino viejo de verdad, que anunciaba una pista de karting, un tobogán gigante que resistía en pie con sus colores desteñidos y su estructura herrumbrosa y una tienda de souvenirs que vivía de recuerdos y del recuerdo del esplendor de antaño…

Mientras los padres reflexionábamos perplejos sobre cómo parecía haberse detenido el tiempo en ese lugar, los niños, cautivados por las lúdicas instalaciones, sin prestar la mínima atención a los detalles, ya se distraían del destino principal, suplicando inútilmente paradas inmediatas, que se topaban con una insistente y adverbial respuesta: “después”.

Entre disputas verbales, llegamos a las puertas del safari propiamente dicho, donde pasó algo o, mejor dicho, “alguien” inesperado que reanimó a los adultos desconfiados: una llama, en carne y hueso, que nos daba una calurosa y sorprendente bienvenida en ese hogar animalesco.

Una sorprendente bienvenida

Una sorprendente bienvenida

Un grito colectivo, de júbilo para los atrevidos niños, y de terror para la miedosa niña, resonó en el interior de nuestro vehículo con las puertas y ventanillas cerradas a cal y canto.

El animal se acercaba cada vez más, con su cara divertida y su lengua felpuda mientras nosotros, entre aturdidos y extasiados por su presencia, lo contemplábamos desde nuestra privilegiada posición, separados de él por unos pocos milímetros de cristal. La criatura, después de habernos husmeado, o mejor dicho, de haber husmeado la carrocería de nuestro coche –un consejo: ¡si vais al Safari Madrid evitad hacerlo con  un vehículo que acabe de salir del concesionario o de un túnel de lavado!–, puede que en busca de herbívora comida, afortunadamente, nos descartó como su presa inminente y, pasados unos interminables segundos, nos dio la espalda y se alejó con aire indignado, mostrándonos sus partes nobles.

Un curioso y rápido avestruz

Un curioso y rápido avestruz

Aún sin retomar la compostura después de aquel encuentro a cortísima distancia, ya estábamos en el punto de mira de un impresionante avestruz que, a pasos agigantados, se dirigía hacia nosotros.

El ave, el más grande del mundo, flanqueando nuestra jaula motorizada y doblando su esbelto cuello, se entretuvo un momento observando esa peculiar especie animal allí encerrada llamada ser humano, con unos ojos que estaban más fuera de las órbitas que los suyos pero, poco después, imitó a su predecesor y se dirigió libremente hacia el coche de delante que, haciendo caso omiso de las instrucciones, distribuía zanahorias a tutiplén, con las ventanillas inocentemente bajadas y las manos imprudentemente sacadas.

Un animalesco encuentro a cortisima distancia

Un encuentro a cortísima distancia

Y por culpa de ese gesto, pensaba la pequeña, o gracias al mismo, pensaban los mayores, empezaron a aparecer animales de todo tipo y género procedentes de la exterminada pradera en la que nos encontrábamos, algunos de los cuales, como el ciervo o el antílope, nos resultaban bastante familiares, y muchos otros como el órix, la cervicabra o los cobos, bastante desconocidos.

Una pareja de elegantes jirafas

Una pareja de elegantes jirafas

Puede que olisquearan el anaranjado alimento porque todos esos seres vivos, con una actitud más que amistosa, rozaban, lamían o, directamente, trepaban por el coche, colocando sus zuecos sobre la carrocería, provocando entre los más pequeños gritos de terror convertidos rápidamente en contagiosas risas de furor.

Los carnívoros tigres del Bengala

Los carnívoros tigres del Bengala

Un poco más allá, un par de elegantes jirafas que deambulaban por un amplio jardín cerrado captaron nuestra atención con sus cuellos alargados y su reluciente manto de figuras trapezoidales y, frente a ellas, unos carnívoros tigres de Bengala también reclamaban su salvaje protagonismo.

Al mismo tiempo, en el horizonte (del parabrisas), un “jorobado” dromedario se asomaba a las ventanillas de nuestro vehículo, ya convertido en un todo terreno, no por su versatilidad sino por las huellas de barro y las manchas de saliva con el cual iba cubriéndose.

Elefantes paseando sin prisa pero sin pausa

Elefantes paseando sin prisa pero sin pausa

Tras sortear cebras, argúíis de barbas lanudas y watusi de larga cornamenta, pudimos entrever a lo lejos unos imponentes elefantes asiáticos que, como nosotros, avanzaban sin prisa pero sin pausa, pero que, a diferencia de nosotros, lo hacían por un envidiable y amplio perímetro habitable.

Finalmente, alcanzamos la tercera sección del safari, controlada por un vigilante a bordo de una flamante camioneta en continuo movimiento, y allí nos encontramos nada menos que con el rey de los reyes, el señor de la selva, Su Majestad El León.

Por evidentes razones de seguridad, ya que a diferencia de los tigres, los regios ejemplares compartían con nosotros el amplio espacio verde en el que vivían, sin valla de separación alguna, estaba firmemente prohibido detener el vehículo así que, dando vueltas alrededor de los autoritarios depredadores, admiramos emocionados y con una pizca de temor, la fulgida y densa melena de un Simba ya crecido que descansaba al lado de su pareja, dominando el territorio con la sola fuerza de su mirada… ¡y de sus rugidos!

El Rey de los Reyes, el Señor de la Silva, Su Majestad el León

El rey de los reyes, el señor de la selva, Su Majestad El León

El poder contemplar esos animales desde tan cerca constituía una experiencia  sencillamente abrumadora y la fuerza naturalmente bestial que desprendían era algo indescriptible. Nos habríamos quedado todo el día dando vueltas por aquel seductor jardín encantado, cuales atípicas peonzas que ganan vitalidad y energía en cada giro, pero, muy a nuestro pesar, teníamos que proseguir y adentrarnos aún más en el safari.

Una cueva de Altamira a cielo abierto

Una cueva de Altamira viva y a cielo abierto

Pasamos entonces al siguiente recinto, oportunamente vallado, donde descansaban unos imponentes bisontes, cual representación real y actualizada de las murales, y milenarias, figuras de Altamira, para enfrentarnos a la última sección, puede que la más peligrosa de todas, a juzgar por los amenazadores avisos que precedían a su acceso que, entre  redes de protección, vallas y torres de vigilancia, parecía el de una prisión.

¿El acceso a una diabólica prisión o a un paraíso terrestre?

¿El acceso a una prisión o a la última sección?

Y mientras esperábamos a que un guardián abriera las puertas de esa muralla levantada como una empalizada, una inquietud creciente invadió nuestros cuerpos y nuestras mentes: ¿Qué, o quién, vivía allí atrás?

Una pareja de cebras que se daban la espalda, componiendo una curiosa y especular composición geométrica, destacaba sobre el fondo de ladrillos rojos que componían el hogar de decenas de monos; un poco más allá, un grupo de voluminosos hipopótamos, dóciles en el imaginario colectivo, pero en realidad más peligrosos que cocodrilos o leones, apagaban su sed en un estanque cercano; y cerca de la verde pared unos rinocerontes blancos, con sus característicos cuernos de queratina pero desprovistos de las míticas propiedades curativas, descansaban tranquilos y solitarios bajo el sol.

¿Una pareja de zebras o una zebra bicéfala?

¿Una pareja de cebras o una cebra bicéfala?

Admiramos extasiados los cuidados animales, habituales protagonistas de múltiples documentales y ahora de nuestras aventuras familiares, y como suspendidos en una bucólica burbuja, flotando entre especies sin iguales, navegamos entre sueños ahora reales.

Unos voluminosos y peligrosos hipopótamos

Unos voluminosos y peligrosos hipopótamos

En ese tripudio natural acabó la primera parte, puede que la más escenográfica y espectacular, de nuestra visita al Safari Madrid pero antes de irnos preguntamos al valiente guardián de este último recinto, un San Pedro del Tercer Milenio encargado de custodiar las llaves, y los candados, de ese paraíso terrestre, dónde se escondía la criatura más peligrosa: el temible oso negro.

El hombre, afable pero siempre atento, vigilando de reojo a los coinquilinos de ese espacio tan divino, nos explicó que el “primo pequeño” americano del más conocido oso europeo “pardiano”, estaba descansando o, mejor dicho, hibernando, a punto de despertarse, lleno de energías y vitalidad, con la llegada de la incipiente primavera.

Unos rinocerontes con el típico cuerno de queratina no curativa

Unos rinocerontes con el típico cuerno de queratina no curativa

Asombrados por aquella revelación, le preguntamos por el lugar elegido por el mamífero en cuestión para abandonarse a su placentero sueño reparador, a lo que el entregado interlocutor nos respondió sonriente indicándonos unos cercanos tubos gigantes en los que no habíamos reparado antes: en aquellos curiosos cilindros dormía tranquilo ese Yogui posiblemente no tan simpático como su infantil hermano mediático.

Desde una distancia prudencial, tratamos de  divisar en la atípica cueva alguna forma de vida, una ságoma oscura, una terrorífica criatura, pero allí dentro nada, ni nadie, parecía moverse…

Los watussi y su larga cornamenta

Los watusi y su larga cornamenta

Así que, acompañados por la duda, volvimos sobre nuestros pasos, o mejor dicho, sobre nuestras ruedas y nos cruzamos nuevamente con bisontes, leones, watusi, llamas, dromedarios y también nilgos, cervicabras y gamos.

Un

Un “jorobado” dromedario

Agotados por tantas e inesperadas emociones, decidimos salir de ese mágico lugar tan natural para volver a la vida real, a un pueblo cercano, poblado por seres humanos, donde reponer fuerzas en la barra de un restaurante con nombre “animalesco”, en consonancia con la excursión.

Media hora más tarde ya estábamos de vuelta en el paraíso, cruzando el río Alberche, adentrándonos entre campos y divisando esta vez un romántico torreón entre frondosas plantas que, según supimos seguidamente, era parte del Palacio El Rincón, propiedad del mencionado Marqués de Griñón. Tras un intento infructuoso de contemplar el hermoso edificio en su conjunto, nos embarcamos nuevamente en ese arca terrestre llamado Safari Madrid y conducido por un Noé moderno, de nombre compuesto más que evocador, que hace doce años se propuso sacar a flote el titánico y salvaje barco a la deriva.

El exitoso

El exitoso “Rincón de los mansos”

Como lo prometido es deuda, esta vez aparcamos el coche frente al “Rincón de los mansos”, con la intención de explorar este espacio “no-agresivo”. Los niños se lanzaron de lleno entre los dóciles animales mientras que la niña, como siempre más prudente, los miró desde el exterior del recinto, estrechando con fuerza la mano de sus padres. Tardó poco, sin embargo, en cambiar de opinión y enfrentarse, al igual que su valiente primo lejano y su heroico gran hermano, a cabras enanas y cerdos vietnamitas, alimentándolos, acariciándolos y cogiéndolos con ternura entre sus brazos.

Tarea difícil resultó después alejar a los tres jóvenes de ese “rincón” que querían  convertir en su habitación para ese día ¡y todos los siguientes!

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El escenográfico reptilario tropical

Gracias al seductor poder de unas sinuosas serpientes logramos que, por fin, los pequeños accedieran a dejar atrás, un poco a regañadientes, a sus nuevos amigos cuadrúpedos y a piedi, bajo los rayos de un sol más cálido, nos dirigimos hacia el “reptilario”, una inocua casita de rojas paredes que bien podía adaptarse al cuento de Caperucita pero que escondía un contenido espeluznante, envuelto entre las nubes de una intensa humedad y una conseguida escenografía de selva tropical.

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Una pitón reticulada enroscada

Allí dentro había pitones reticuladas, varanos de agua, lagartos acorazados o boas constrictor, entre otras especies, que nos atemorizaron y fascinaron con sus pieles maculadas, sus colas poderosas, sus formas alargadas o sus espiras peligrosas.

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Un lagarto acorazado

A pesar de la calurosa, casi sofocante, temperatura que había allí dentro, unos fuertes escalofríos recorrieron nuestros cuerpos y, después de unos cuantos minutos de miedosa observación, abandonamos tan inquietante lugar.

Sin embargo, la etapa siguiente no fue menos perturbadora.

Se trataba del contiguo “insectario” que acogía los despreocupados visitantes con un cartel en su ingreso presidido por la imagen de una tarántula peluda y un más que acertado titular “Atrozmente bellos”…

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La peligrosa tarántula peluda

Temblorosos, entramos allí dentro y, entre réplicas de ecosistemas naturales y colecciones entomológicas, nos acercamos al vivarium, repleto de ejemplares vivos, algunos camuflados, otros escondidos y unos cuantos muy animados. Nuevamente nos invadieron unos sudores fríos y respetuosamente nos despedimos de los “atroces” y “bellos” insectos exhibidos entre aquellas oscuras paredes para adentrarnos en el último edificio de ese complejo, tan inocuo por fuera como letal por dentro: la “Gruta de los cocodrilos”.

El nombre del lugar ya de por sí infundía un profundo terror pero con mucha sangre fría, tomando ejemplo de los animales a los que nos íbamos a enfrentar, y una buena dosis de valor, entramos en ese original túnel del terror, desplazándonos cautelosamente por una escenográfica pasarela sobre fauces abiertas, afiladas garras y mandíbulas potentes.

La letal tortuga mordedora

La letal tortuga mordedora

Una aterradora pareja

Una aterradora pareja de cocodrilos

Entre estos auténticos fósiles vivientes nos fijamos en una tierna pareja de tortugas mordedoras que descansaban entre las lianas, plantas y piscinas representadas en los dioramas, aparentemente dóciles pero tan letales como los aligátores y caimanes, según nos confirmaron in situ los apasionados y polifacéticos cuidadores de estos animales que, en ese momento, se dedicaban también a labores de manutención y mejora de las instalaciones. Así que, asombrados por sus científicas informaciones y sus prácticas demostraciones, nos quedamos largo rato en esa gruta silvestre donde unos valientes seres humanos se codeaban  tranquila y armoniosamente con estos imponentes reptiles, descendientes de los prehistóricos dinosaurios.

A la salida de la gruta, repusimos fuerzas con un refresco en el quiosco de al lado, bajo una extensa, y desértica, carpa –la amabilidad del personal presente suplía con creces la ausencia de gente– y, acto seguido, nos acercamos a un nuevo recinto donde en media hora aproximadamente iba a representarse una volátil exhibición.

Una amazona de frente azul

Una amazona de frente azul

Ninguno de nosotros, en realidad, tenía especial predilección por los seres alados, de modo que, sin excesivo entusiasmo, nos dirigimos hacia el lugar del mencionado espectáculo, cerca del más cautivador rincón de los mansos. Un nuevo cartel, sin embargo, llamó nuestra atención y, no demasiado convencidos, decidimos obedecer  aquella indicación, y tras pasar por debajo de un pintoresco portal que parecía dar acceso a una finca particular nos adentramos en el “Rincón de las aves” donde centenares de exóticos seres voladores de toda procedencia que componían un artístico arco-iris con sus brillantes plumajes, nos dieron una melódica bienvenida compitiendo en simpatía.

El simpático gucamayo azul

El descarado guacamayo auriazul

Engatusados por el carnaval aviario, sin saber por quien decantarnos, fuimos finalmente capturados por un guacamayo auriazul que, presumido y descarado, nos provocó con sus ágiles movimientos, sus atrevidos gestos y sus piruetas acrobáticas.

Un poco más allá se unió al entretenido juego un papagayo muy charlatán que, con su voz aguda, repitió a escondidas una y otra vez el nombre de nuestra hija. Parecía que las aves se habían puesto de acuerdo para entretenerse con los ingenuos humanos que finalmente se alejaron de sus instalaciones encantados con la tomadura de pelo… ¡o de pluma!

Ese lugar, y sus pintorescos habitantes, habían conseguido sorprendernos gratamente, por lo que, bastante más animados, nos dirigimos hacia lo que parecía una plaza de toros, aunque el coso fuera de hierba y no de arena y los protagonistas del espectáculo fueran aves en lugar de bovinos. En efecto, eran las cuatro, no las cinco, de la tarde…

Bajo un sol de justicia y con un viento que soplaba cada vez más insistente, el público esperaba, pacientemente sentado en los bancos del bucólico recinto, la llegada de las  inquietantes rapaces mientras los entrenadores permanecían en sus posiciones, mirándose preocupados…

Algo extraño había en el aire… o, mejor, el aire resultaba extraño.

En el centro de la plaza apareció entonces el responsable de la específica exhibición, que también lo es del admirable y ambicioso proyecto de conservación, educación e investigación del Safari Madrid en su conjunto.

El majestuoso halcón sacre

El majestuoso halcón sacre

La física presencia de este Noé del Tercer Milenio ya de por sí imponía un cierto respecto, comparable al que impone un torero a punto de enfrentarse a su adversario, pero fue el tono firme de sus palabras lo que nos confirmó su audacia controlada y su generosidad desinteresada: a pesar del fuerte viento que iba a dificultar las maniobras de las aves y la labor de sus monitores, el espectáculo no iba a suspenderse: “¡the show must go on!”

Aplaudiendo la atrevida iniciativa con un motivo añadido de emoción, nos dispusimos a asistir a la afamada exhibición.

A lo lejos, desde lo alto de una torre que desde el principio habían divisado nuestros espabilados acompañantes, vimos salir al primero de los aviones sin motor: el cóndor de los Andes. Su figura, cada vez más grande conforme iba acercándose a la plaza, era sencillamente majestuosa: las alas desplegadas buscando la mejor corriente, su planear libre en el cielo infinito y, finalmente, su aterrizaje elegante cual toque final de un baile perfecto nos dejaron boquiabiertos.

La armonía, y sincronía, entre el hombre y el rapaz

La armonía, y sincronía, entre el hombre y el rapaz

Y así, uno detrás de otro, cada uno esperando su turno y su momento de gloria, volaron por encima de nuestras cabezas, más de una vez al ras de las mismas, unos soberbios y altivos ejemplares, cuyas virtudes y habilidades nos eran recitadas por el entrenador principal, el Noé de siempre: águilas de vista excepcional, pigargos de garras poderosas y halcones de velocidades estrepitosas.

Nuestros gustos personales sobre las aves cambiaron por completo y, para sellar la recién nacida amistad entre humanos y volátiles, nuestro hijo se ofreció voluntario, seguro de sí mismo en su atrevimiento, para experimentar de cerca la rapaz interacción.

El simpático y exhibicionista Dioni

El simpático y exhibicionista Dioni

Un halcón peregrino llamado Dionisio, o más familiarmente Dioni, fue el elegido para que el brazo del atrevido joven fuera su destino.

Poco después un joven buitre leonado de nombre Sergio, captó todas las simpatías de un público entre asustado y entregado, a pesar de su legendario historial carroñero.

La exhibición de aves, a la que se incorporaron otros animales terrestres, como inteligentes lobos, ágiles zorros y un serval recién llegado, y adiestrado, pegando asombrosos saltos verticales, puso el colofón final de un espectáculo del todo excepcional.

El cerval y sus espectaculares saltos verticales

El cerval y sus espectaculares saltos verticales

Con una larga sonrisa en los labios, finalmente reconciliados con las aves después de haberlas conocido mejor y más de cerca, escuchando las explicaciones de ese digno sucesor del héroe Félix Rodríguez de la Fuente, nos encaminamos, siguiendo su consejo, hacia el cercano “Mini-zoo“, un establecimiento en constante remodelación donde se intenta ofrecer el mejor hábitat posible a los diferentes ejemplares allí alojados que proceden en su mayoría del tráfico ilegal.

Se trataba de la otra joya de la corona.

Allí, un puma solitario que parecía casi ejercer las funciones de guardián del insólito lugar nos dio una bienvenida bestial. Un poco más allá, una temible y fascinante pareja de carnívoros felinos, bellos, fieros, audaces y salvajes, con su piel brillante y sus ojos deslumbrantes, atentos a todos los visitantes, nos hipnotizaron con su imponente presencia a través del cristal alrededor de la extensa jaula.

Un lobo nervioso y hambriento

Un lobo nervioso y hambriento

Con ello era bastante para, una vez más, volver a casa más que satisfechos pero había mucho más: unos simpáticos y afilados puercoespines, cuales peculiares conjuntos de agujas vivientes, unos provocadores primates, nuestros históricos antecesores, un robusto y musculoso jaguar con su inconfundible pelaje a manchas y unos nerviosos lobos que no paraban de gruñir.

Paseando entonces entre tanta diversidad no sólo animal sino también vegetal, bajo árboles de copas frondosas que cubrían, casi protegiéndolo, ese “rincón mini-zoológico”, siguiendo un límpido arroyo, nos topamos finalmente con un romántico lago, escondido entre unas ramas todavía desnudas que lo enmarcaban escenográficamente.

“Un lugar para (no) soñar”

Y allí fue donde nos dimos cuenta de que el salvaje conjunto, tan vivo y tan vital, no era “Un lugar para soñar”, una película basada en hechos reales, sino “Un lugar para (no) soñar”, una experiencia basada en un sueño hecho realidad.

La vuelta al hogar dulce hogar...

La vuelta al hogar dulce hogar…

...bajo la sombra de palmeras ambiciosas

…bajo la sombra de palmeras

Acompañados por los últimos rayos de un sol casi primaveral, despidiéndonos de unos encargados empeñados en distribuir toneladas de carne entre los habitantes del mini-zoo, saludando a otros ocupados en devolver a unos dóciles ponis a su hogar, dejando atrás toboganes gigantes sin pequeños deslizándose, quioscos de comida ya desiertos y pistas de kart silenciosas, bajo la sombra alargada de palmeras ambiciosas, nos despedimos del increíble Safari Madrid de dulce sabor añejo, seguidos por la perpleja mirada de un avestruz que observaba alejarse en el horizonte dos adultos y tres niños, todos ellos sonrientes, encerrados voluntariamente en una motorizada jaula, pequeña e indecente:

¡Qué raros eran los humanos!

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La perpleja despedida del avestruz

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Sala Mirador: En busca de la isla de Nur

En estos tiempos tan duros para todo el mundo, y más aún para los artistas, hacer teatro tiene mérito, hacer teatro infantil tiene aún más mérito, y hacer teatro para niños afortunados y destinar el treinta por ciento de los beneficios a los niños más desfavorecidos, derrochando solidaridad, no es que tenga mérito, es que es digno de admiración. Sigue leyendo

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Matadero Madrid y el Doctor No

Por motivos profesionales, utilizo con cierta frecuencia el término “matadero”, aunque no siempre en lengua castellana. Dependiendo de la nacionalidad de los proveedores y clientes de la empresa en la que trabajo, a veces me toca referirme al “abattoir”, con diferente pronunciación, según el interlocutor sea inglés o francés; al “macello”, si es italiano, o incluso atreverme con el vocablo “sfageío”, al habla con los griegos. Por este motivo, cuando hace ocho años llegó a mis oídos que se había vuelto a abrir al público, aunque con una finalidad mucho más “creativa”, el antiguo Matadero de Madrid, incluí inmediatamente en mi imaginario elenco de lugares pendientes de visitar la estructura de una instalación tan presente en mi vida cotidiana aunque, afortunadamente, nunca hubiera tenido necesidad de visitar uno. Sigue leyendo

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La Catedral de Justo: La fe y la montaña

“La fe mueve montañas”.

A menudo había oído pronunciar esta frase y muchas veces, demasiadas, no la había entendido.

Cuando un día, por casualidad, leí una noticia sobre un hombre llamado Justo Gallego Martínez que, con la sola fuerza de su fe, y de sus manos, estaba intentando levantar una catedral “de la nada”, y en el medio de la nada, pensé que esa era la ocasión ideal para, primero, comprobar in situ lo que parecía una exageración periodística, y, luego, a lo mejor, poder dar sentido a esta aseveración que para mí se había convertido en un dogma… ¡de fe! Sigue leyendo

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MAN – Museo Arqueológico Nacional: La crisis (Segunda parte)

La corona de Recesvinto

La corona de Recesvinto

[… Sigue] Recobrada la compostura, proseguí con mi viaje temporal: la “Antigüedad tardía y la Edad Media” me esperaban a la salida de un nuevo túnel cronológico introductorio con las habituales proyecciones audiovisuales. Sigue leyendo

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MAN – Museo Arqueológico Nacional: La crisis (Primera parte)

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MAN – Museo Arqueológico Nacional

La crisis.

Ese fue el primer pensamiento que me vino a la cabeza cuando, diez años después, volví a entrar en el reformado Museo Arqueológico Nacional: la crisis. Sigue leyendo

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Tribunal Supremo: La confesión de Aliapiedi

Tribunal Supremo

Con solo pronunciar esas dos palabras, los niños se pusieron a temblar. Sigue leyendo

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Pedraza y Sepúlveda: Regreso al pasado (Segunda parte)

La reliquia del pasado: ¡Una cabina telefónica!

¡La reliquia del pasado!

[… Sigue] Un pintoresco letrero de madera, ubicado encima de la puerta de acceso, hubiera podido dar una pista a los más pequeños sobre el extraño contenido del insólito contenedor, pero ellos, cegados por la curiosidad, no repararon en su presencia. Así que, rememorando una de nuestras primeras visitas en familia, la del Edificio Telefónica, les fuimos explicando que aquella extraña construcción era una cabina telefónica, en cuyo interior se encontraba un aparatoso teléfono fijo que funcionaba insertando unas monedas llamadas “pesetas”, y descolgando el correspondiente auricular. Sigue leyendo

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