PARQUES Y JARDINES

Jardines

Parque Juan Carlos I: La Estufa fría y las estaciones (Segunda parte)

[… Sigue]

– INVIERNO: LA INQUIETUD –

Era invierno.

Un domingo de invierno.

Aliapiedi, presa de los remordimientos después de unas tapas “en familia” en el bar de siempre, víctima de sus utópicas promesas, acababa de decidir que tenía que quemar las calorías de esa comida y de todas las que la habían precedido durante el periodo navideño recién finalizado, así que, después de haberse despedido de sus familiares que no tenían necesidad alguna, y tampoco ganas, de seguirla en su marcha forzada, se dirigió sin un itinerario preestablecido hacia el cercano parque Juan Carlos I, dejándose llevar por sus pasos perdidos y por las apremiantes melodías del I-pod que le había prestado su hija.

18880237_1808774969149759_8685753398397112209_o

Esqueletos de árboles

18920819_1808774829149773_9095972213236439144_o

La futura Pirámide IV

Era una soleada pero gélida tarde invernal, azotada por un impertinente viento que no invitaba en absoluto a pasear, y menos aún en solitario, pero ella, determinada más que nunca con sus buenos propósitos de principios de año, se adentró sin vacilar en el exterminado espacio verde, enfrentándose al poderoso Eolo.

18879892_1808774749149781_681458368429436739_o

Barcos a la deriva

18814662_1808774639149792_156511183872100694_o

Paseo fluvial artificial

Recorrió un paseo asfaltado flanqueado por esqueletos de árboles a la espera de ser resucitados por la primavera, bordeó una futura Cuarta Pirámide hecha, por el momento, de escombros y tierra, cruzó un prado ocupado por los charcos y por el barro, dejó atrás unos barcos a la deriva, abandonados por su infantil tripulación, y, finalmente, alcanzó el canal principal del parque cuyas aguas turbulentas, empujadas por violentas ráfagas de viento, parecían lanzarse hacia una cascada monumental.

Ella siguió caminando, a piedi, desafiando los adversos elementos climatológicos y desafiándose a si misma, hasta que, de repente, entre tanta soledad, casi desolación, volvió a encontrarse con la inquietante construcción que había descubierto la estación anterior y de la cual, ahora, ya conocía su nombre tan evocador: “Estufa fría”.

18879849_1808774572483132_4452053788797352030_o

La Estufa fría, desde el otro lado de la Ría

Allí estaba, observándola, al igual que en otoño, desde el otro lado de la ría, atrayéndola con su siniestro encanto, animándola a acercarse a sus grises y sólidas columnas entre las cuales destacaba, temeraria, una palmera solitaria.

18880230_1808774482483141_6019574211843350133_o

La tentadora pasarela

Aliapiedi dudó: su curiosidad innata la instigaba a alcanzar ese llamativo edificio a través de una cercana pasarela, sin necesidad de tirarse al agua, como se había planteado la primera vez, pero, al mismo tiempo, unos alarmantes escalofríos, provocados no sólo por el frío exterior sino también por un sexto sentido interior, quizás alimentado por las mismas fuerzas invisibles que la habían llevado hasta allí en la época otoñal, le sugería quedarse donde estaba y regresar a casa a una hora prudente.

18920936_1808760575817865_5161010522180803257_o

¡Un cartel a lo “Walking dead”!

En esta tesitura, ante la necesidad de tomar una decisión, se sintió sola y perdida, sola ante el peligro, perdida en sus sinsentidos, echando de menos a su marido cuya racionalidad casi siempre conseguía equilibrar sus impulsos disparatados.

18768639_1808774092483180_1021501575356958913_o

Sombras alargadas y vigas suspendidas

Y así, al cabo de un par de minutos, sin darse cuenta se encontró cruzando la original pasarela peatonal, temiendo y, al mismo tiempo, insensatamente deseando descubrir lo que podía encontrarse tras ella.

18880149_1808773965816526_2289954198129365250_o

“Sala de Exposiciones”

Se topó entonces con una reja abierta de par en par y un cartel anunciando el horario de apertura y las restricciones para mascotas y ciclistas en ese lugar, y, una vez dentro, con las sólidas columnas de antes que, a través de sus sombras alargadas que se unían a las de unas vigas suspendidas, dibujaban cruces inquietantes en el suelo y en una escalera orientada hacia el cielo; un poco más allá estaba la “Sala de Exposiciones”, según atestiguaba un rótulo de fondo rojo colgado en una desnuda pared de hormigón, decorada con rojizas tiras verticales provocadas por la humedad, que estaba cerrada a cal y canto, en cuyos opacos ventanales se reflejaba la luminosidad exterior y aquella de un pasado esplendor, y, al fondo, la parte más futurista de todo el conjunto, caracterizada por unos techos curvos que, desde la lejanía, permitían intuir su asombroso, o puede que engañoso, contenido.

19092602_1818637888163467_8504358493922230185_o

Una extraña construcción del futuro: el Invernáculo

Aliapiedi se acercó sigilosamente a la entrada, presidida por una breve escalera, flanqueada por una rampa, sobre la que se deslizaba una especie de barandilla de cristal pintada con figuras estilizadas de árboles de aspecto tenebroso.

18955060_1808773649149891_313926369957872311_o

La curiosa, puede que engañosa, entrada

18839561_1808773419149914_1180066442269637680_o

Las “acuáticas”

Asaltada por un fugaz momento de lucidez final, dudó por un instante, pero ignoró ese nuevo aviso y se lanzó sin más al interior de esa parte de la Estufa Fría, llamada “Invernáculo”, según rezaba el mapa de la entrada que explicaba su función y la distribución de sus doce espacios botánicos.

18920990_1808761122484477_7732613499730886873_o

Los bambúes y sus fustos esbeltos y robustos

Se encontró entonces, a la derecha, con unas plantas acuáticas, que flotaban en un estrecho estanque en el que se reflejaban las lamas de la cubierta, y, a su izquierda, con unos bambúes de hojas diminutas y fustos esbeltos pero robustos que le trajeron a la memoria las imágenes de los magníficos bambusais disfrutados unos pocos meses antes en el sorprendente país del sol naciente.

18880017_1808773279149928_1302379193196897016_o

La pasarela invadida por las hojas

Subió entonces por una escenográfica pasarela de madera, casi invadida por las hojas de esas plantas que parecían quererla engullir, como si fuera un templo en la selva…

Esforzándose en no dejarse impresionar por esas fantasiosas visiones de seres vegetales con intenciones no precisamente amigables hacia ella, decidió seguir avanzando en ese reino, puede que perdido, puede que prohibido, alcanzando un sugestivo y amplio espacio central.

Allí unos helechos y, al fondo, unas palmeras, destacaban con sus notas de color verde entre los tonos marrones de un bosque de ribera cuyos árboles levantaban hacia el cielo sus brazos desnudos en busca de sus hijas, sus hojas perdidas, sus hojas caídas, los grises de unos muros de piedra a los que unas supuestas trepadoras no tenían suficientes fuerzas para agarrarse y los amarillos de unas acidófilas que lloraban lágrimas amargas por sus flores muertas.

Ese increíble escenario, rasgado por los cortes de unos rayos que, prepotentes, traspasaban los huecos paralelos de la cubierta, la impresionó profundamente, en todos los sentidos; positivamente por la grandiosidad, originalidad y genialidad del contenedor, pero también en sentido negativo por la soledad, la desolación y la frialdad de su contenido.

Había algo o alguien allí dentro que, en ese preciso momento, le transmitía unas extrañas sensaciones, haciendo saltar todas sus alarmas interiores, impidiéndole disfrutar con la serenidad anhelada de ese lugar que, en otras circunstancias, la habría cautivado sin restricciones.

18891593_1808764079150848_7585830777711392249_o

Un increíble escenario rasgados por los rayos

Ella, sin embargo, se quitó los cascos que aún llevaba puestos y se internó aún más en ese territorio vegetal hasta que, de repente, entre el escalofriante silencio reinante, empezó a oír un leve y rítmico sonido.

Como una sabuesa, se puso a la escucha, alzando sus antenas imaginarias, afinando la mirada y tratando de identificar esa vibración sonora no muy bien identificada que la atraía como una sirena traicionera de una Odisea “aliapiedesca”; entonces, sin prisa pero sin pausa, mientras trataba lidiar con los pálpitos de su corazón, el jadeo de su respiración y la humedad de su sudor, siguió avanzando hasta llegar a los pies de una cascada cuyas aguas, en un círculo vicioso, se deslizaban autoritarias sobre una obscura y alta pared vertical.

18922845_1808772382483351_436090983310215391_o

Un gigante de hormigón y agua, fuente poderosa de la vida

Ese increíble y evocador conjunto que bien podía formar parte del escenario de una película de ciencia-ficción, se le asemejó a una misteriosa puerta hacia un onírico universo paralelo de un “señor de los anillos” o hacia un fantástico reino de un despiadado “juego de tronos”…

18880235_1808761745817748_7065610220169633539_o

¿Una jaula humana y vegetal?

18891502_1808764209150835_5572063644706001113_o

Una rampa ahogada entre paredes

Aliapiedi se quedó de piedra, boquiabierta, contemplando ese gigante de hormigón y agua que, como si de un altar se tratara, se elevaba amenazador ante ella y ante esas plantas flotantes que parecían arrodilladas, cual fuente poderosa de las vidas adormiladas allí reunidas y alma fundamental del inminente soplo primaveral.

Y después de unos largos minutos de contemplación, por fin volvió en sí, alejándose de prisa, confundida y desorientada, de ese increíble lugar que se le iba asemejando a una enorme jaula vegetal.

18768586_1808772515816671_2396818921915397369_o

Los “cítricos”con su acidez

18880182_1808763802484209_2975243815708497664_o

Las punzantes “suculentas”

Cruzó así una rampa flanqueada, casi ahogada, entre dos paredes; se topó con unos cítricos que desprendían acidez a través de sus pieles; se enfrentó a unas plantas suculentas que intentaban pincharla con sus hojas puntiagudas; y, finalmente, entre tanta hostilidad, encontró la paz en un acogedor jardín japonés.

Allí, en ese rincón zen al aire libre que intentaba imponer su presencia y esencia equilibrada, por fin se tranquilizó y, siguiendo el breve camino sin salida que desfilaba al lado de piedras decorativas entre gravilla rastreada, acabó frente al sólido muro lateral de la mencionada Sala de exposiciones.

18839579_1808763375817585_6009417110441729152_o

El pacífico y equilibrado jardín japonés

Unos opacos ventanales, golpeados por los despiadados rayos del sol, no dejaban ver lo que se escondía en el interior de esa sólida estructura pero ella, no pudiendo evitar fisgonear, aplastó su cara contra esa superficie casi transparente, dirigiendo su mirada hacia la penumbra hasta que, en un instante, la paz, su paz recién conquistada, se quebró por completo.

18839578_1808762195817703_731075428185097289_o

De la paz “zen”…

bosque autoctono

… a la guerra “autóctona”

Entonces, empezó a correr desquiciada, de un lado a otro, como una peonza fuera de control, como un ratón en una ratonera o, peor aún, como una Wendy en el laberinto de “El resplandor”, asaltada por unos temores puede que infundados, presa de unas fantasías engañosas, acorralada por unos fantasmas no bien identificados, hasta que, tras muchas vueltas, después de haber evitado los abrazos indeseados de un bosque autóctono cuyos ejemplares, alargando sus hojas de agujas, empujadas por el viento, parecían querer atraparla y retenerla allí para siempre, como en las peores pesadillas de Blancanieves o de Caperucita Roja, encontró una salida y, a toda prisa, sin mirar atrás, se alejó, puede que para siempre, de una Estufa fría embrujada y de unas inquietantes criaturas divisadas a través de un cristal, probablemente fruto de su locura, que habían puesto el punto final a una escalofriante aventura inverna(cu)l(ar)…

18955050_1808762355817687_3967755723708341365_o

Un inquietante final “inverna(cu)l(ar)”…

[Continuará…]

Categorías: PARQUES Y JARDINES | Etiquetas: , , , , | 2 comentarios

Parque Juan Carlos I: la Estufa fría y las estaciones (Primera parte)

– OTOÑO: LA SORPRESA –

Era otoño.

Un domingo de otoño.

Como de costumbre, los de Aliapiedienfamilia habían ido a tomar el aperitivo a su bar de cañas y tapas favorito y, como casi siempre, aquél se había convertido en un entretenido almuerzo familiar, gracias también a la habitual amabilidad del personal.

Pero después de la devoción gastronómica cada cual tenía que afrontar sus obligaciones: estudiar para el examen del día siguiente, en el caso del hijo mayor; tocar el piano para la inminente clase de la tarde, en el caso de la hija pequeña; ocuparse de los niños sin dejarse seducir por la tentación de Morfeo durante la hora de la siesta, en el caso del padre, y, en el caso de la madre, dar un breve paseo para mitigar, o por lo menos intentarlo, el cargo de conciencia provocado por el contundente tapón de chocolate apenas ingerido aunque, eso sí, compartido “en familia”.

18768233_1802524459774810_9177798889744995227_o

El islote artificial con cascada

18768561_1802524419774814_7217626278228730854_o

El reflectante Centro Cultural Gloria Fuertes

Así las cosas, presa de sus remordimientos, decidió recorrer a piedi los aproximadamente dos kilómetros que la separaban del hogar familiar y, tras superar el sugestivo y reflectante Centro Cultural Gloria Fuertes, mientras dejaba a su derecha unos árboles de bronce que destacaban en el medio de un islote artificial con una cascada, se sintió irresistiblemente atraída por la puerta de metal, abierta de par en par, que daba acceso al Parque Juan Carlos I, el mismo que durante muchos años ella misma había ninguneado en favor de su amado Jardín de El Capricho.

18814587_1802577563102833_7971770086398433096_o

La pasarela hacia el Jardín de las Tres Culturas

18739203_1802579326435990_2953349675141249893_o

Las silenciosas compañeras de Aliapiedi

Sin oponer la más mínima resistencia a su instinto, comenzó a andar sin rumbo y sin destino por esa exterminada zona verde que, todavía, no dominaba en su totalidad. Dirigió sus pasos hacia el ancho bulevar principal, de forma circular, cuya decoración vegetal y coloración del pavimento evocaban los elementos típicos de las cuatro estaciones y, acto seguido, a la altura del puente que conducía al emblemático “Jardín de las Tres Culturas”, mágicamente invitada por una escenográfica alfombra de hojas amarillentas y naranjadas, tomó el camino, hasta ese momento desconocido, que bordeaba la ría central.

Decenas, puede que centenares, de pacientes tortugas de agua, la escoltaban silenciosamente en su periplo hacia el centro de ese reino verde poblado por innumerables familias de plantas que, a esas tempranas horas de la tarde, respiraban tranquilas con la única compañía de diferentes especies animales, sobre todo aves, y de unos pocos seres humanos.

18595194_1794201070607149_6525397745277056057_o

Un acuático portal parabólico

18671821_1794201007273822_1620819260538496051_o

Pasarelas atrevidas

Aliapiedi, disfrutando de esos parajes naturales que, un paso tras otro, la sorprendían con pintorescas estampas otoñales, movedizos reflejos acuáticos de cálidos colores y atrevidas líneas sinuosas de pasarelas peatonales, se dejaba ir, absorta en sus pensamientos, en un déjà-vu casi poético, hasta que su paz interior se vio quebrada por dos altos surtidores acuáticos que dibujaban en el aire un dúplice y parabólico portal tras el cual apareció una extraña estructura, hecha de columnas racionalmente distribuidas que se erguían imperiosas sobre el agua, reflejándose en ella.

Esa “cosa” le pareció el esqueleto de un moderno y estilizado templo de reminiscencias greco-romanas, desprovisto de frontón, de estatuas, de capiteles y, en general, de toda decoración, pero, a pesar de ello, igualmente impactante y sugestivo.

18738339_1794201040607152_5364410298846599458_o

La “cosa”, moderna y estilizada

Mientras lo contemplaba entre sorprendida y cohibida, divisó a su lado “algo” parecido a una futurista nave espacial a punto de despegar, provista de unas alas no tan imaginarias que, sin embargo, en su quietud, componían un original techo curvo repartido en dos niveles. Los lejanos recuerdos de los dibujos animados de su infancia, como “Capitán Harlock”, y los más recientes de las películas de ciencia ficción disfrutadas en compañía de su hijo mayor, la asaltaron con toda su fantasiosa intensidad y, presa de la curiosidad, decidió que, fuera lo que fuera aquello que, emergiendo de las aguas, había tomado cuerpo al otro lado de ese canal, no podía dejarlo pasar por alto, ni conformarse con mirarlo, y admirarlo, desde la lejanía, esforzándose en frenar su impulso de  zambullirse en las frías corrientes de la ría para alcanzar directamente su objetivo, evitando dar muchos rodeos por ese territorio que la estaba desorientando, en todos los sentidos…

18623668_1794201157273807_1074177956313371166_o

“Algo” parecido a una futurista nave espacial

Las fuerzas misteriosas de antes, invisibles inquilinos del parque, que convivían pacíficamente con su flora y su fauna, la habían llevado adrede hasta allí. No era casualidad y ella lo sabía, de modo que tenía que someterse a su voluntad. Dicho y hecho, cuando estaba a punto de lanzarse hacia una nueva aventura, esta vez en solitario, sin su familia, y más bien “a nado” que “a piedi”, un sonido raro, metálico, no precisamente agradable, empezó a retumbar en el interior de su cuerpo, o puede que de su alma, o, más bien, en el bolsillo de su chaqueta, que albergaba su móvil de penúltima generación. Era un mensaje de Hangouts de su hija, la única preocupada por su retraso, posiblemente porque era la única que no había sucumbido ante Morfeo, ni quedado atrapada entre las garras de un monstruo inglés llamado “Natural Science”.

Fue sólo entonces cuando Aliapiedi reparó en que había transcurrido más de una hora desde que se había separado de su familia y que las luces naturales del cielo de Madrid se iban apagando poco a poco para dejar protagonismo a las estrellas.

Ese aviso de su hija era, sin duda, una nueva, y muy real, señal, así que tenía que alejar rápidamente los pájaros que sobrevolaban su cabeza y abandonar, por el momento, la idea de nadar hacia ese insólito lugar para explorarlo a fondo, por fuera y por dentro.

Y así, después de haber tranquilizado a la pequeña con unos cuantos mensajes acompañados por unas pintorescas fotos tomadas durante su improvisada excursión, aceleró la marcha, siguiendo el curso de la ría y dejando a un lado otros puentes, pasarelas, cascadas, geyser, láminas de agua e islotes artificiales con canoas amarradas a sus rocas, hasta alcanzar nuevamente el anillo central, dejando atrás ese intrigante elemento arquitectónico, puede que fruto de un espejismo, desprovisto, por ahora, de un nombre y de una identidad.

[Continuará…]

Categorías: PARQUES Y JARDINES | Etiquetas: , , | 1 comentario

Campo del Moro: La imagen

Esa imagen la perseguía, esa imagen la perturbaba, esa imagen la acosaba…

Desde que se había mudado a Madrid, hacía ya quince años, esa imagen no la había dejado tranquila ni un solo momento: se le aparecía en las tiendas de recuerdos, en las cubierta de las guías, en las postales de los kioscos, hasta en los mismos sueños.

Esa imagen la obsesionaba…

Pasaban los meses, los años, hasta los decenios, y no podía zafarse de ella, seguía presente en sus pensamientos, autoritaria en sus sentimientos. Aliapiedi ya no sabía cómo actuar, y se preguntaba desesperada si, de una vez por todas, debía de enfrentarse a esa imagen, a sus fantasmas, puede que fantasías, o si, por el contrario, debía adoptar una postura indiferente, impasible, ante esas frecuentes apariciones. Descartada la segunda opción, no sólo por la dificultad de librarse de esa imagen, sino también, y sobre todo,  por una inconfesable voluntad de hacerla suya, suya para siempre, suya a su manera, en un día caluroso, en consonancia con el agosto capitalino, aprovechando que se había quedado “a solas” con su marido, sin hijos y sin haber aprovechado la ocasión para escaparse en una romántica, y tórrida, “toccata y fuga”, tomó la firme decisión de desafiar a aquella imagen, retándola en un “vis-à-vis” de imprevisibles consecuencias…

El destino “imaginario”, tantas veces encontrado y tantas veces evitado, era un famoso jardín madrileño, el del Campo del Moro, un espacio cuyo nombre aludía al caudillo musulmán Alí Ben Yusuf, empeñado, sin éxito, en reconquistar la ciudad cristiana de la originaria Mayrit después de la muerte del rey Alfonso VI.

20160821_142522

La discreta puerta del Paseo de la Virgen del Puerto

20160821_143104

La puerta, de acceso restringido, de la Cuesta de San Vicente

Accedieron al actual y rectangular recinto morisco por la puerta oeste, la del Paseo de la Virgen del Puerto, más humilde y discreta que la de la Cuesta de San Vicente, al norte, y la de la Cuesta de la Vega, al sur, pero la única abierta al público, aunque pasaba casi desapercibida entre los barrotes de una verja de hierro forjado.

La modesta entrada ocultaba, a la izquierda, una curiosa pasarela de madera perdiéndose entre palmeras, de frente, un elegante cartel asomando entre los arbustos y recordando las normas y horarios de visita, y sobre todo, a la derecha, un sorprendente balcón con vistas que hubiera hecho palidecer el mismísimo veronés de Julieta y desde el cual se disfrutaba de una vista asombrosa y excepcional, la de la imagen que tanto obcecaba a Aliapiedi: una amplia explanada verde, sólo interrumpida en su herbosa y empinada continuidad por un par de fuentes con la majestuosa fachada occidental del imperioso Palacio Real al fondo.

Esa era la imagen: la imagen de entonces, la imagen de ahora, la imagen de siempre…

20160821_125836

Balcón con vistas: la imagen de entonces, la imagen de ahora, la imagen de siempre

Aliapiedi permaneció bloqueada, preguntándose si esa imagen tantas veces reproducida en postales, guías y carteles era real o fruto de su imaginación, ya que su hermosura, su esplendor y su luz natural, en vivo y en directo, al desnudo, sin filtros y sin retoques, superaba ampliamente la de la ficción.

Esa imagen era única e incomparable…

20161119_152902

La petrificada escalera entre rocalla

Aliapiedi estaba allí, frente a ella, como tantas veces se la había imaginado sin saber qué decir, ni qué hacer, ni qué sentir. Se había quedado de piedra, al igual que la pintoresca escalera doble que, entre rocalla ornamental, bajaba a sus pies. Fue entonces su marido, hábil fotógrafo amateur, el que tomó la iniciativa, inmortalizando la superlativa panorámica mientras que ella intentaba recobrar la compostura por la emoción de ese encuentro tan inesperado, y a la vez tan esperado, tratando de capturar con su temblorosa cámara digital la imagen tan sensacional.

20160821_142334

La gruta artificial (Túnel de Bonaparte)

Bajaron entonces de esa posición privilegiada, sobre una gruta artificial, proyectada por Juan de Villanueva con el fin de conectar el edificio real con los jardines de la Casa de Campo, y se acercaron a la parte más baja del Campo del Moro, a los pies de esas Praderas de las Vistas del Sol diseñadas por el arquitecto mayor de palacio durante el reinado de Isabel II, Narciso Pascual y Colomer.

20161028_150417

Aliapiedi, “a piedi”, y “ai piedi”, de las Praderas de las Vistas del Sol

En la esquina izquierda de la explanada les dio la bienvenida el mismísimo rey Juan Carlos I, recordándoles que él había sido el responsable de la apertura al público de ese jardín, casi cincuenta años atrás, mientras que en la esquina opuesta un cartel con un mapa y unas breves notas históricas les ayudaron a orientarse en ese extenso recinto verde de casi veinte hectáreas.

20161028_150443

Su Majestad, el rey Juan Carlos I

Una vez recuperada la compostura, Aliapiedi, esta vez sí, fue capaz de tomar una foto del útil callejero agreste y, atraída por los colores azules sobre fondo verde que indicaban la presencia de agua, decidió dirigirse hacia uno de los tres estanques que decoraban el lado meridional del jardín.

Por el breve camino a lo largo de un Paseo de la Circunvalación cuyo nombre no hacía justicia a la paz y tranquilidad que allí reinaba, se toparon de repente con un extraño e imponente vehículo, aparcado solitario bajo un techo cubierto por unas precoces hojas pre-otoñales.

carromato

Un carromato solitario o… ¡en buena compañía!

Mejor visto, sin embargo, ese curioso medio de transporte, un carromato, o lo que fuera, no parecía tan solo, sin más bien en buena compañía; pero ella, dudando una vez más de su lucidez, prefirió no decir nada y quedarse callada, observando en silencio esa pieza con sus inquilinos reales o imaginarios, teniéndose para sí la inquietante sospecha.

Llegaron entonces a destino, unos pocos metros más allá, y esta vez sus sentidos no le  fallaron, como pudo comprobar por el estupor que también se había apoderado de su marido.

Ese espejo, que no espejismo, acuático llamado Estanque de los Carruajes, decorado con flores, plantas y animales, era una auténtica maravilla.

En sus límpidas aguas, manchadas por los cálidos colores de hojas ya caídas y besadas por los reflejos de un sol amigo, nadaban pacíficamente patos y cisnes, de carne y hueso, entre ranas, de piedra, que escupían chorros de sus bocas o descansaban a la sombra de plantas ubicadas en islotes.

20160821_130657

El puente con ruedas hacia el Museo de Carruajes

Un pintoresco puente sobre cuyo empedrado, y no por casualidad, estaban dibujadas unas ruedas, salvaba el hídrico conjunto llevando a los estupefactos visitantes al (ahora cerrado) Museo de Carruajes cuya sobria arquitectura funcional, obra de Ramón Andrada, le recordaba a Aliapiedi la de los edificios de estilo socialista visitados en Polonia o en Rusia. 

20160821_132151

El micro-bambusal

Y como si ello no fuera suficiente, para dar más realismo a la atrevida comparación, en un lado del acuático recinto divisaron unas fuertes cañas de bambú, un bambusal en miniatura que también les recordó no el tan famoso de Kyoto, el de Arashiyama, estropeado en su grandiosidad y espectacularidad por las hordas de turistas, sino el, más íntimo, más recóndito y más acogedor, de Kamakura, ubicado en el interior del engatusador y poco frecuentado templo budista de Hokoku-ji. Se dejaron entonces abrazar por el nostálgico y a la vez hermoso recuerdo de los dulces y evocadores aromas de esas tierras tan lejanas, por los melodiosos y a la vez relajantes sonidos de la naturaleza, por los contagiosos sentimientos de la paz en el hombre…

Y tanto fue así que, abstraídos por la dimensión japonesa, no se percataron de que a su espalda, silenciosa y elegantemente, como de puntillas, se les estaban acercando unas coloreadas criaturas…

Fue el crujir de unas hojas las que delataron esas majestuosas presencias, las mismas que Aliapiedi había creído ver a los mandos del vehículo de antes: ¡eran pavos, pavos reales, que desplegaban todos sus colores!

Altivos y soberbios deambulaban por esos parajes como si todo el real conjunto, palacio y jardín, les perteneciera a ellos, reyes entre los reyes, señores de esas tierras.

20160821_132351

La Rosaleda, sin rosas y sin agua

Aliapiedi y su marido se quedaron boquiabiertos y, después del momento de desorientación, en ese peculiar y regio Día de Acción de Gracias madrileño, se lanzaron a la caza de los nobles animales para inmortalizarlos con sus cámaras digitales.

Finalizado el safari fotográfico, satisfechos con sus presas, siguieron entonces con la exploración del territorio.

Allí cerca estaba La Rosaleda, con su fuente central sedienta y sus flores que la rodeaban, y, un poco más allá, el camino principal se perdía tras una reja ya no tan esplendorosa flanqueada por un cartel que prohibía el paso por esa zona donde, según el mapa, se encontraban los Viveros e Invernaderos.

20160821_131707

Una inquietante reja cerrada…

El compañero de Aliapiedi, como siempre respetuoso con las normas, consiguió convencerla de que desistiera en su absurdo propósito de adentrarse en terreno prohibido, en busca de tesoros desconocidos, aprovechando un pasaje lateral que permanecía abierto, y, dando la espalda a la reja que no hubiera desentonado en una película de miedo como puerta de acceso a una casa embrujada oculta en un bosque –¿acaso era eso lo que buscaba Aliapiedi, empujada por sus adrenalínicos temores y por sus constantes visiones?–, los dos volvieron sobre sus pasos, dirigiéndose, a través del Paseo de Civiles, hacia un edificio que tampoco hubiera deslucido en un lúgubre escenario.

20161028_152918-2

El Chalet de Corcho en todo su lúgubre esplendor

Se trataba del Chalet de Corcho, una curiosa edificación de finales del siglo XIX, que asomaba de entre la romántica vegetación con su (ahora) siniestra presencia, fruto del descuido y del paso de los años.

20160821_132852

Una presencia siniestra y…

20161120_124537

… misteriosa…

La destartalada barandilla que lo rodeaba, su “no invitante” puerta entreabierta y sus ventanales que, misteriosamente, vistos desde atrás, asumían extraños colores, no impidió que el edificio le trajera a la mente los “caprichosos” edificios de su jardín favorito, tan amado por ella, y que ahora, ante la secreta belleza, a veces estropeada, a veces ennoblecida, de este parque morisco, tenía la absurda sensación de estar traicionando.

Y esa sensación de culpabilidad la capturó nuevamente unos pocos metros más allá, deambulando por el elegante Paseo de Damas donde, entre pinares, encontraron el cautivador Chalet de la Reina, también obra de  Repullés, pero que, a diferencia del anterior, deslumbraba con su pintoresca arquitectura de estilo tirolés a la cual solo le faltaban unos copos de nieves veraniegos deslizándose por sus techos puntiagudos…

20161028_153455

El deslumbrante y veraniego Chalet de la Reina

Tocaba ahora encontrar la Fuente de la Almendrita y los dos, recorriendo un Paseo de los Mosquitos afortunadamente no poblado por esos insectos tan molestos, alejándose del camino principal, a gusto se perdieron entre hermosos senderos arbolados, caminos semiocultos y románticos atajos que, con su trazado irregular, obra del jardinero Ramón Oliva, nada tenían que envidiar, reflexionaba ella cual traidora amante, a la laberíntica y seductora estructura del caprichoso jardín de los duques de Osuna. En busca entonces del valioso pequeño fruto (¿prohibido?), los dos se encontraron con elementos ornamentales y vegetales de toda especie y tipo, desde artísticos jarrones que se elevaban entre setos hasta farolas con sus brazos hacia el cielo, desde bancos rodeando troncos seculares hasta criaturas de facciones sin iguales, desde ramas sujetadas por escenográficos pilares hasta pintorescas cestas de basura cuyo mimbre se mimetizaba con la naturaleza.

Ese parque era una continua fuente de curiosos descubrimientos pero de la de la almendrita no había rastro ni indicio alguno.

Cuando ya habían recorrido toda la parte oriental del parque entre Paseos de Hayas, Plátanos y Minas, topándose nuevamente con carteles de “acceso restringido” cada vez que se acercaban a los terraplenes donde se asentaban la Plaza de la Armería y el Palacio Real, decidieron bajar al azar hacía unos de los numerosos bosquetes esparcidos por ese campo y… ¡eureka!

20160821_141606

¿La Fuente de la Almendrita o la Fontana de Trevi?

Estaban a punto de rendirse cuando, allí, casualmente, se toparon con la tan ansiada recompensa: una fuente muy sencilla y de dimensiones muy modestas pero que a ellos, después de tantas vueltas, les pareció tan grandiosa como la de Trevi, en Roma.

Satisfechos, descansaron un momento en uno de los bancos solitarios que la rodeaban, disfrutando de ese rincón tan acogedor y tomando fuerzas para enfrentarse al segundo tramo de la empinada subida principal que arrancaba desde una fuente mucho más sensacional, la de las Conchas.

20160821_134452

La grandiosa Fuente de las Conchas

Aliapiedi trepó las Praderas de las Vistas del Sol con paso firme, decidida a enfrentarse nuevamente con sus fantasmas y su fantasía, hasta alcanzar su cima.

20160821_134348

La escalada de Aliapiedi atravesando su imagen

Allí arriba, en el punto más alto accesible del tapiz de hierba natural con toques paisajísticos de estilo inglés, formando parte de la imagen que tanto la obsesionaba, miró desafiante al último elemento que se le resistía de la espectacular postal, la Fuente de los Tritones, defendida en su marmórea monumentalidad por el vallado recinto del palacio real.

20160821_135747

El cara a cara final de Aliapiedi con la imagen: un imprevisible cruce de miradas

Fue entonces en ese preciso instante cuando, segura de sí misma, decidió que, en lugar de atacar, de vencer a sus espectros, de imponerse a sus visiones, la estrategia más indicada era la de rendirse al excelso panorama, dándose la vuelta y disfrutando de la imagen desde el lado opuesto.

20160821_135800

La victoria de Aliapiedi: la imagen a sus espaldas

Y así, sin armas y sin batallas, triunfante sobre su mejor pesadilla, ella saboreó su peculiar momento de gloria…

Fue como siempre su marido quien, cogiéndole de la mano, la despertó de sus sueños llevándola por el Paseo de Alí Ben Yusuf, en el lado norte de ese campo ocupado, según la historia, por las tropas del emir Alí, y conquistado, con la fantasía, por una tal Alía (piedi)…

Y mientras ella pensaba en la extraña coincidencia, su marido, con los pies en el suelo, trató de distraerla mostrándole los escudos que afloraban entre las hiedras, las puertas secretas, tapiadas entre las rocas, y un poco más allá, cerca del homónimo estanque, una estatua de La Chata.

Pero ella siguió ensimismada, centrada en un último detalle, abstraída por una última reflexión.

Y queriendo poner el colofón final a su obsesión, se encaminaron juntos hacia el punto de salida por el Paseo de Isabel II. Después de subir los empedrados escalones que abrazaban la gruta de antes, los dos se encontraron nuevamente en la balconada del inicio del recorrido y en ese preciso instante Aliapiedi, desenfundó su cámara digital, y, esta vez sí, firme y sin temblores, fijó su objetivo y disparó una última instantánea.

Y así fue como por fin hizo suya, suya para siempre, suya a su manera, la imagen tantas veces evitada, la imagen tantas veces deseada…

20161120_150611-1

La imagen de Aliapiedi, suya para siempre, ¡suya a su manera!

Categorías: PARQUES Y JARDINES | Etiquetas: , , , | 2 comentarios

Quinta de los Molinos: La amistad en flor

Hacía ya siete años que Aliapiedi había visitado por primera y única vez la Quinta de los Molinos.

Por aquel entonces no conocía este parque madrileño en el que desembocó gracias a unos vecinos en uno de esos encuentros fortuitos que, sobre la marcha, con la magia de la amistad, se convierten en espontáneos y acertados planes de último minuto. Aquella primera vez, en familia y en buena compañía, empujando el carrito de una niña que todavía era un bebé y siguiendo con la mirada a un niño que correteaba despreocupado por los senderos empedrados, con las hijas de esos amigos ejerciendo de improvisados guías, llamó su atención la extensión de la “quinta” –denominación que, por aquel entonces, le era ajena–, como si ésta, con su alargada presencia, quisiera reclamar y reivindicar la belleza del campo en un entorno urbano que cada día se expansionaba más, engullendo la tierra con el asfalto de un arrollador boom inmobiliario.

No iba tan desencaminada.

En efecto, esa finca de recreo había sido el resultado del proyecto de un prestigioso ingeniero y catedrático de la Escuela Superior de Arquitectura de Madrid, un tal Cesar Cort Botí, un viajero empedernido que casi un siglo atrás, movido por su pasión por el urbanismo, se hizo con la primera de varias parcelas que, poco a poco, fue adquiriendo y que acabaron conformando ese poliédrico espacio en el que trató de poner en práctica algunas de sus teorías, trasladando un paisaje campestre mediterráneo a la gran ciudad. Mucho más tarde, a principios de los ochenta del siglo pasado ese sueño hecho realidad fue vendido por los herederos del profesor al Ayuntamiento de Madrid, haciendo así posible su (gratuita) apertura al público.

12745446_585694274912381_224567475461805772_n

La triple propuesta “moliniana”

Años después, una nueva casualidad, también provocada por la amistad –la que le une con uno de sus más fieles seguidores virtuales–, devolvió a Aliapiedi a la quinta. Un seguidor virtual, uno de los más fieles, y también amigo, siempre comprometido con la cultura, le había anticipado que ese mismo fin de semana, coincidiendo con la famosa floración de los almendros, con carácter absolutamente excepcional, se iban a abrir al público las puertas del palacio de la quinta para albergar un concierto de la mano de un célebre cuarteto y una exposición sobre un interesante proyecto de recuperación de tres palacios históricos próximos, ubicados en las inmediaciones de tres paradas del tramo este de la línea cinco del metro: el palacio de la Quinta de los Molinos, el de la Quinta de Torre Arias y, finalmente, el del magnífico jardín de El Capricho.

Ese tripudio de razones –floración, concierto y exposición–, unido a su estimulante entorno, fue más que suficiente para animarla a pasear otra vez por ese lugar tan lejano en su memoria, como cercano, en términos geográficos, a su hogar familiar.

quinta (1)

¿Una puerta de acceso al parque?

Y así, un domingo por la mañana de un mes de febrero más templado de lo habitual, Aliapiedi, a pesar de albergar serias dudas sobre la posibilidad real de admirar en vivo y en directo los famosos almendros en flor –sus conocimientos en materia de botánica son bastantes limitados–, se dirigió, en compañía de su hija, hacia el (supuestamente) florecido parque. Siendo tres los objetivos de la visita y queriendo disfrutarlos con la mayor tranquilidad posible, la mujer y la mujercita se personaron delante de una de las cinco puertas de acceso, la de la calle Alcalá, con bastante antelación respecto a la hora de inicio de la segunda sesión del concierto, o eso creían…

Desde el coche, aparcado justo frente a la entrada, y a través de la ventanilla, al reparo de las, a pesar de todo, rígidas temperaturas matutinas, las dos observaron a un nutrido grupo de gente, bien abrigada, que esperaba pacientemente delante de una reja cerrada a cal y canto.

Algo, sin embargo, no cuadraba ya que a esa hora el parque debía de estar ya abierto.

Madre e hija, después de un cuarto de hora largo, vieron finalmente, a través de los barrotes de ese portal que en el pasado había gozado de un mayor esplendor, un guardián acompañado por un guía del parque, o eso les parecía, de modo que, tranquilizadas por esa visión, bajaron del vehículo, y se dirigieron al final de la cola.

Pero algo seguía sin cuadrar: ¿Por qué uno de los dos hombres que estaba más allá de la imponente entrada se sabía los nombres y apellidos de la gente que iba a acceder al recinto?

Unas frías gotas de sudor empezaron a perlar la frente de Aliapiedi, asaltada por la duda de un craso error, de un imperdonable olvido, de un desafortunado despiste y, armándose de valor, enfrentándose a la que temía revelarse como una dura realidad, se acercó a uno de entre los elegidos para preguntarle cómo había conseguido lo que tenía todo el aspecto de ser un pase vip en toda regla. El individuo, desde lo alto de su posición privilegiada, con aire compasivo, le explicó que se trataba de una visita especial, organizada por el Ayuntamiento, y que había que inscribirse previamente en Internet para poder entrar en el palacio… ¡de Torre Arias!

Al oír pronunciar ese noble nombre, tan altisonante, Aliapiedi quedó desconcertada y repentinamente sumida en la confusión de su mente –¡y de su memoria de pez!– y, tratando de recuperar la compostura bajo la inquisitiva y sorprendida mirada de su hija, se fijó con mayor detenimiento en el acceso que tenía delante… Bien mirado, no estaba tan segura de que esa entrada fuera la que había cruzado siete años atrás, aunque podía haber cambiado con el transcurso del tiempo. Entonces, cayó en la cuenta de que ese muro exterior revestido con un tembloroso yeso blanco no parecía el mismo que el de tonos rosados que creía recordar de hace un septenio –pero podía haber sido pintado– y de que esos árboles que asomaban con sus copos desde el recinto interior tenían poco de almendros, de los almendros de siete primaveras atrás –pero podían haber sido remplazados por otras familias vegetales–.

Demasiadas casualidades, pensó…

Aliapiedi, la sabelotodo sobre Madrid, la que presumía conocer la capital más que la mayoría de sus residentes o nativos, se había equivocado, por unos pocos centenares de metros, pero se había equivocado. No quedaba otra que tragarse el orgullo, agachar la cabeza, bajar la mirada y caminar calle arriba por Alcalá, de la mano de su hija, hasta llegar al número 527, en frente de la parada del metro de Suances.

20160222_153901.jpg

¡El acceso principal al parque con la vivienda de los guardeses!

En ese exacto punto geográfico encontró un acceso principal, flanqueado a ambos lados por la vivienda de los guardeses de la finca, que le sonó mucho más familiar. Lo atravesó, pasando por debajo de su bóveda de cañón, y enseguida se desvió del sendero principal adoquinado, fiel a su manía de salirse siempre del recorrido marcado –ya sea en autopistas, en carreteras urbanas o en senderos agrestes, en la esperanza, generalmente infructuosa, de encontrar algo insólito, original o desconocido que lleva siglos esperando ser descubierto por ella–.

Sin embargo, esta vez acertó.

Lo primero que olfateó, y luego vio, aunque fuera el principal motivo de su visita al parque, no dejó de estremecerle ni, teniendo en cuenta el espacio urbano en el que estaba ubicado, de sorprenderle: un extenso manto de colores rosa y blanco, dibujado por centenares de almendros puntuales a su cita floreal.

20160222_145559.jpg

Centenares y …

Ese perfumado, más bien embriagador, escenario le recordó enseguida al del magnífico Valle del Jerte, nevado de cerezos como sólo él podía estar, que había visitado quince años atrás en compañía de su futuro marido y un buen amigo de él, conocido por las circunstancias de la vida, perdido por diferentes motivos y listo para ser reencontrado, siempre que sea necesario, a pesar del paso de los años.

20160222_145328.jpg

… centenares y …

Esa postal que nada tenía que envidiar a las estampas, puede que retocadas, de fantásticos jardines japoneses que, al finalizar el invierno, protagonizan todas las portadas de las revistas de viajes, fue verdaderamente impactante, tanto que la criatura que le acompañaba, presumida y divertida, se ofreció rauda y veloz para posar para un reportaje cuyo cursi titular podría rezar “Flor entre las flores”.

20160221_121121

 

… centenares de …

Las dos se entretuvieron largo rato en esa encantadora arbolada pero la hora de inicio de la segunda sesión del concierto apremiaba por culpa del error geográfico de antes. Tenían poco menos de media hora para encontrar el hasta entonces nunca visto palacio entre las casi veinte hectáreas del bucólico recinto, carente de planos de situación.

 

20160222_150140

… almendros en flor

Aliapiedi sabía que habían accedido por la zona sur del parque, la que se caracterizaba por una apariencia más bien agrícola, y que tenían que llegar justo al lado opuesto, en el límite septentrional del mismo, allá donde destacaban los elementos de estilo romántico y paisajista.

Cruzaron entonces otras explanadas de almendros, más pobladas y más florecidas; se perdieron en un bosque de altos pinos donde bien podía esconderse un malvado lobo “perraultiano”; se reencontraron entre esbeltos eucaliptos habitados por mirlos en lugar de koalas australianos; se toparon con una rústica área infantil que se mimetizaba a la perfección con la seca vegetación que la rodeaba; volvieron a perderse en un mediterráneo olivar donde reinaba una paz oportunamente simbolizada por sus árboles de copa ancha, hasta que, finalmente, dieron con una especie de galería que hacía de enlace entre el ambiente más silvestre y el menos agreste de un parque que parecía exterminado.

20160222_152814 (2)

La luz al final del túnel

Y por fin, a la salida de ese oscuro túnel, vieron la luz, la luz de un cartel revelador, que anunciaba la famosa floración, el exótico concierto y la comprometida exposición.

Siguiendo aquellas indicaciones, ante sus ojos apareció un lago de considerables dimensiones con turbias aguas en busca de nitidez; un poco más allá, en el límite occidental del jardín, una fuente con cuatro tazas, flanqueada por bancos de granito; a la derecha, la así llamada Casa del Reloj, cuyas paredes rojizas destacaban sobre el fondo de cristal de un moderno polo empresarial, y, finalmente, a su lado, entre parterres de setos, uno de los famosos molinos de la quinta que con sus palas al viento traía a la memoria de Aliapiedi las imágenes de aquellos que aparecían solitarios ante gasolineras abandonadas en el medio del desierto en las películas americanas –y tampoco en esta ocasión iba ella desencaminada, ya que esos aeromotores habían sido traídos expresamente de Michigan–.

20160222_151352

Molinos íbero-americanos entre terrazas y espejos de agua

Distraída por la cinematográfica comparación, casi no se percató de que a su espalda se había materializado un palacio, o mejor dicho, el palacio, el eje inicial de todo ese recinto, un edificio de estilo pre-racionalista, cercano al de la secesión vienesa, que se presentaba de una forma muy seria y austera, al igual que los árboles desnudos que lo precedían y que con su seca presencia contribuían a crear un ambiente inquietante, casi de un perturbador “resplandor”.

20160222_151833

La álgida estampa invernal del austero palacio entre árboles desnudos

Aunque lo que realmente resultaba perturbador no era tanto el formal y lineal aspecto exterior del edificio sumergido en una álgida estampa invernal, sino más bien la cantidad de gente que hacía cola para acceder a su interior. Madre e hija se miraron con desesperación: esas decenas, puede que centenares, de personas ordenadamente colocadas una detrás de otra, no avanzaban ni un centímetro, y tampoco parecía importarles gran cosa, entretenidas como estaban en conversar entre ellas o en escrutar las pantallas de sus móviles de última generación.

Aliapiedi estuvo a punto de ceder, de renunciar a la empresa y de omitir esa parte de la visita pero justo en ese momento recibió la llamada de una querida amiga que, deprisa y corriendo, estaba llegando con su hija para asistir todas juntas al concierto, tal y como habían acordado. Esa llamada fue providencial para retomar el plan familiar original y seguirlo al pie de la letra, por larga que pudiera llegar a ser la espera…

Así todo, fue tomar esa determinación y ¡zas!, como por arte de magia, las imperiosas puertas del palacio abrirse de par en par…

Ya estaban en el vestíbulo central donde se había montado un escenario para los músicos y un “patio de butacas” para los primeros afortunados. Ellas se dirigieron rápidamente hacia una oscura sala lateral, iluminada por la exposición del ambicioso, y genial, proyecto de recuperación e unión histórico-cultural de las majestuosas y sorprendentes tres quintas y de sus palacios. Las fotos, los mapas y los paneles informativos allí exhibidos les sonaron familiares, sobre todo los que ilustraban la ubicación y estructura del jardín de El Capricho y del búnker oculto bajo su rebosante y cuidada vegetación, esperando pacientemente poder salir a la luz para darse a conocer a todo el mundo…

En ese instante, Aliapiedi no pudo evitar fantasear con los posibles programas culturales, itinerarios a piedi y eventos sociales que podrían organizarse poniendo en contacto esos tres lugares de enorme potencial.

Y así, entre sueños y deseos, con la dulce melodía que empezó a resonar en el ambiente, una sonrisa se dibujó en los labios de la hija cuando, entre el nutrido público, entrevió la cara de su antigua compañera de colegio al lado de su madre. Las niñas se saludaron, se abrazaron y se besaron con la sencillez y la ternura de unas niñas que, a pesar de no verse ya con la habitual cotidianidad, siguen reencontrándose con ilusión y con la certeza de ser y seguir siendo amigas para siempre…

Y mientras las complacidas mamás se sentaron en un asiento inventado, en el borde de una maceta de una planta ornamental, las dos mujercitas, aprendices de pianistas, se acercaron tanto como pudieron a los artistas y de pie, sin pestañear, unidas por sus manos y por sus comunes pensamientos, estuvieron desde el principio hasta el final escuchando en riguroso silencio el concierto, cautivadas por las originales y entretenidas notas musicales de latin-jazz del Maureen Choi Quartet. Los ritmos, a veces pausados a veces frenéticos, fueron poco a poco invadiendo todo el espacio, abrazando como si de una delicada niebla invisible se tratase a todos los asistentes, contagiándoles con los sonidos al compás, alternados o combinados, de un piano, un violín, una batería y un contrabajo, protagonistas de una virtuosa espiral de magia musical.

El palacio languideciente fue paulatinamente despertando de su letargo, cobrando vida y enriqueciéndose al ritmo de las estudiadas o improvisadas sinfonías, de los tonos graves o agudos de nostálgicas y evocadoras melodías, de unas notas tocadas con increíble maestría. La media hora abundante se esfumó rápidamente como los complicados acordes y los prolongados aplausos de la concurrencia y, al finalizar la sesión, todos los asistentes abandonaron encantados el edificio embrujado.

Pero la magia no había finalizado.

Fueron entonces los juegos, las risas y las palabras de dos niñas muy compenetradas las que consiguieron devolver al parque su belleza y su vitalidad de antaño, descubriendo los rincones más hermosos y los escondites más curiosos: el segundo molino, el de la rosaleda, al final de una escalera de rosas en primavera; un invernadero sin cubierta de cristal detrás de una columna jónica sin nada que soportar; unos estanques con fuentes de nítidas corrientes asomando entre terrazas abiertas entre una vegetación incipiente; una pista de tenis sin raquetas donde se vitoreaban infantiles piruetas; una grutas sin salida para satisfacer una curiosidad atrevida; unas ramas de mimosas perfumadas destinadas a unas madres muy amadas; unos arcos del triunfo levantados entre una vegetacion floreciente cuales fantasiosos decorados de relatos encantados, los de dos mujercitas soñadoras y de dos mujeres, gracias a ellas, triunfadoras…

arco 7 (2).jpg

El triunfo de la amistad, el triunfo de la floración

Categorías: PARQUES Y JARDINES | Etiquetas: , , , , , , | 3 comentarios

Parque Europa y Multiaventura Park: Los viajes y las aventuras de Aliapiedi(enfamilia…)

FRONTE Aliapiedi._. a Dublino_Zuffi Alia-1

Aliapiedi: viajes reales, imaginarios y literarios…

Aliapiedi, un personaje lleno de curiosidad, a caballo entre la realidad y la ficción, adora viajar y, desde hace un par de años, adora escribir sobre sus viajes. Si por ella fuera se pasaría la vida viajando pero, lamentablemente, motivos de distinta índole se lo impiden y tiene que conformarse, y a fe que se conforma, con unos cuantos viajes reales y muchos más imaginarios. Por eso, cuando un día le vino a la cabeza que hace cuatro veranos había viajado gratis, y en menos de veinticuatro horas, por toda Europa, acompañada de su familia, decidió que había que repetir el plan sin que su compañero y la prole pudieran oponer la más mínima resistencia.  Algunas horas más tarde, los cuatro de Aliapiedienfamilia, más un primo llegado de fuera de Madrid, se dirigían en coche hacia Torrejón de Ardoz para volver a vivir esa increíble aventura.

El destino no era la base aérea militar para coger un vuelo privado rumbo a cualquier emblemático lugar del viejo continente, sino un parque que cuarenta años atrás estaba ocupado por naves abandonadas, chabolas y huertos ilegales: el Parque Europa.

La brillante idea de Aliapiedi consistía en pasear por esta amplia zona verde, contemplando las diecisiete réplicas de los principales monumentos europeos para después –tras la obligación, justa es la devoción para los más pequeños– disfrutar de algunas de las numerosas actividades –de pago– que propone en el mismo recinto Multiaventura Park.

Ese era, o al menos a ella se lo parecía, el plan perfecto para aquel día…

20151024_185730

Uno de los pintorescos molinos holandeses

Y mientras iban acercándose al destino elegido, los cuatro más uno de

Aliapiedienfamilia divisaron a lo lejos unos pintorescos molinos, tres para ser más exactos, parecidos a los de Consuegra pero que, a diferencia de éstos, no estaban ubicados en un perdido altozano, ni se levantaban solitarios como gigantes imaginarios ni, sobre todo, eran españoles sino más bien holandeses. Ante tal visión, los tres niños, escrutados por la complacida mirada de los adultos, se emocionaron y empezaron a pronunciar, a grito pelado, el monumento que más ilusión les hacía visitar. Sus preferencias no podían resultar más acordes con sus respectivos caracteres: la hija romántica y soñadora, la Torre Eiffel; el hijo apasionado por historia, la Puerta de Brandeburgo, y el primo aficionado a la arquitectura, el Puente de Londres.

A esas alturas, nadie sabía si sus deseos podrían verse colmados…

Accedieron solemnemente al parque por la Ronda Sur a través de una puerta, no una puerta cualquiera, sino “la Puerta” berlinesa.

IMG-20151024-WA0057

Una puerta de acceso imponente, orgullo del presente

Ante los cinco pares de ojos se perfiló la imponente silueta del monumento, símbolo del orgullo del presente, y, justo en frente, un auténtico trozo del muro, símbolo de la vergüenza del pasado.

IMG-20151024-WA0056

El símbolo petrificado de la verguenza del pasado

Aliapiedi no pudo evitar recordar su impactante estancia en la actual capital alemana hace cinco años, en la que, a pesar de la sobreexplotación turística y comercial de muchos emblemáticos lugares de un Berlín Este ya desaparecido, todavía quedan en pie unos auténticos y emotivos recuerdos de “la vida de los otros”, tan increíblemente diferente de la nuestra. Esa gruesa pieza de piedra, decorada a posteriori con reivindicativos grafitis, centró toda la atención de la madre de familia mientras que el futuro historiador le preguntaba intrigado por el significado trascendental de ese objeto material.

Ella, de vuelta de su viaje imaginario, le sonrió con ternura, prometiéndole que en otro momento le hablaría de ese complicado tema ya que ahora tocaba alcanzar a los demás que, en busca de sus tesoros europeos, se estaban alejando de ellos a pasos agigantados.

El futuro arquitecto, o el arquitecto del futuro, ya estaba escrutando la elaborada estructura de un Tower Bridge que le recordaba a la homónima figura de un Lego por él construido con piezas de otra escala, mientras que la dulce soñadora, desanimada, no veía por ninguna parte la famosa torre parisina.

IMG-20151024-WA0055

¿Una torre de vigía o una Gran Tirolina?

Lo que sí advirtieron todos enseguida, grandes y pequeños, fue otra torre, una enorme torre de madera, que no de acero, lo que podía ser una torre de vigía sobre un Támesis sin bañistas… ¡o una torre de soporte de una Gran Tirolina!

Unos infantiles gritos de júbilo se levantaron al unísono a los que Aliapiedi y su marido respondieron prometiendo que, tras la obligación, podrían embarcarse en tan apasionante trayecto volante. De momento, tocaba proseguir con el recorrido terrestre por toda Europa, a piedi, y sin las “ali a(i) piedi” – sin “las alas en los pies” –.

Los tres chicos, determinados en alcanzar ese objetivo vertical lo más pronto posible, aceleraron de inmediato sus, hasta entonces desorientados, pasos.

IMG-20151024-WA0053

Una plaza hispano-mejicana

A su ritmo, ningunearon unos impresionantes elefantes de colmillos imponentes, esculpidos entre hojas vegetales, y un dragón acuático que emergía de un pequeño lago cercano, colofón aterrador de un barco vikingo; desfilaron rápidamente ante unas casitas de semblante mejicano que, en realidad, componían el recinto exterior de una concurrida Plaza de España, llena de bares y restaurantes, e ignoraron a una hermosa danesa de nombre Sirenita que, solitaria, descansaba sobre una roca en un rincón del río londinense.

IMG-20151024-WA0032

Unos elefantes animales y vegetales

IMG-20151024-WA0033

Un dragón acuático

Ellos, los niños, puede que ya no tan niños, no se dejaron cautivar por esos seres monumentales, vegetales o animales, ya que todas sus atenciones, sobre todo las de los dos mayores, a punto de cumplir once años, se dirigían hacia otras atracciones: las instalaciones, también monumentales, de un centro de ocio repleto de actividades muy populares.

Aliapiedi, perpleja y con un halo de tristeza, fijó su mirada en el niño que cinco años atrás, en pleno agosto, y bajo un sol de justicia, había disfrutado con las réplicas esparcidas a lo largo y a lo ancho de un parque europeo, entonces desierto, y que ahora se había convertido en un hombrecito que bromeaba con su primo sin prestarles la misma atención, la atención de la primera vez, la atención de la niñez. Recordó, reflexionó y comparó en silencio: en ese polifacético parque europeo estaba pasando lo mismo que en un hermoso jardín madrileño…

En efecto, dos años atrás ella ya había tenido que admitir y que confesar a sus lectores que, cegada por los encantos de El Capricho, no veía, o no quería ver, más allá de ese histórico y artístico recinto, pero que un día tuvo que enfrentarse a otra realidad, la de unos niños que “de repente habían crecido: querían explorar el mundo, salir de esa jaula dorada y volar, más bien pedalear, por horizontes más lejanos”: los del cercano Parque Juan Carlos I.

Una vez más, tenía que asumir que esos mismos niños querían volar alto –y rápido– entre puentes, torres y puertas de verdad, los del Multiaventura Park: “Sabía que, antes o después, eso pasaría y así fue como llegó el día, el temido día…”. Albergaba, sin embargo, la esperanza de que la más pequeña de la familia, “la niña de la quinta dimensión”, la misma que fantaseaba entre las vitrinas del Museo del Traje o las estancias del Museo del Romanticismo, se siguiera emocionando y soñando con los ojos abiertos ante la sinuosa silueta de una Torre Eiffel madrileña.

En breve lo descubriría…

IMG-20151024-WA0048

Un átomo gigantesco…

IMG-20151024-WA0051

… y un niño muy pequeño

Una flecha con el prometedor icono parisino les indicó el camino y los cinco, tras desfilar rápidamente ante una Mujer gigante de ojos tristes y grandes, tendida en el suelo, provocadora, deseosa de enseñar sus entrañas interactivas, y atravesar una Plaza de Europa dominada por el Atomium y rodeada por diferentes banderas, huérfanas de un viento amigo que les permitiera desplegarse en todo su esplendor europeo, se dieron de bruces con un Manneken Pis que, con las idénticas reducidas dimensiones de su homónimo belga, les dejó casi indiferentes.

Aliapiedi creía, o quería creer, que no reaccionarían con idéntica apatía ante la italianísima Fontana de Trevi, majestuosa, escultural y rodeada de mucha gente, al igual que la pieza original.

IMG-20151024-WA0050

La escultural, majestuosa e italianísima Fontana di Trevi

Pero sus hijos, sangre de su sangre, teóricamente italianos pero españoles en la práctica, tampoco la acompañaron en el íntimo homenaje a su amada tierra patria; sólo su marido, sensible y respetuoso, percatándose de la nostálgica soledad de su mujer, de pie y con la mano en el corazón, después de haber tomado la foto correspondiente, se acercó a ella para que no se sintiera tan incomprendida por unos niños que ya no parecían (sus) niños, para que no se viera tan perdida delante de una fuente símbolo de unos orígenes que ya no parecían compartir sus descendientes, para que no se notara tan desorientada ante un plan familiar que ya no parecía tan ideal…

IMG-20151024-WA0049

Una Torre Eiffel inalcanzable

Cuando parecía que las cosas no podían ir peor, finalmente llegaron “ai piedi” de la tan buscada Torre Eiffel y Aliapiedi se vio obligada a enfrentarse otra vez a la cruda realidad: “Su” Tadeo Jones, inocente pero implacable, le confesó que la primera vez, siendo él más pequeño, el monumento le había parecido mucho más grande, mientras que “su” niña de la quinta dimensión, soñadora pero caprichosa, se lamentaba por no poder subir a la cima de la construcción para gozar de un hipotético panorama sobre un Sena capitalino.

Fue ante aquella célebre torre que, al igual que su estado de ánimo, iba torciéndose poco a poco, doblándose hasta casi caerse, como la homóloga de Pisa, cuando Aliapiedi comprendió que, si no quería romperse en mil pedazos, tenía que rendirse a la cruda realidad: el carácter preponderante del gen español frente al italiano en sus amados vástagos castellanos. Mientras estaba inmersa en sus pensamientos, contempló resignada cómo la réplica siguiente, la de la madrileña Puerta de Alcalá, fue objeto de una parada colectiva por los demás componentes de Aliapiedienfamilia.

No le quedó más remedio que seguir adelante, en todos los sentidos…

Así que, sin oponer la mínima resistencia, vio alejarse unos jóvenes que ya no necesitaban ser guiados por sus padres, siendo perfectamente capaces de seguir las indicaciones hacia un cercano embarcadero que hacía también las funciones de taquilla para las actividades del atractivo parque de múltiples aventuras.

IMG-20151024-WA0039

La lisboeta Torre de Belén

A lo largo del breve camino hacia tan deseado destino, sólo hubo un momento de pausa para uno de los tres aventureros: el niño de ayer se dejó llevar por la nostalgia al contemplar cómo los más pequeños se divertían deslizándose por un estanque de proporcionales dimensiones a bordo de unas barcas infantiles individuales, bajo la sombra de la lisboeta Torre de Belén, rememorando su entretenida experiencia marinera de un quinquenio atrás ante la divertida mirada de sus progenitores.

Fue un emotivo instante, un dulce momento para el recuerdo que se esfumó como una estrella fugaz ante la visión de unos asombrosos puentes colgantes. El chico de hoy alcanzó a su primo y a su hermana y después de haber cruzado otro puente, mucho menos impactante y colgante, el Puente de Van Gogh, se acercaron emocionados y a la vez nerviosos a la taquilla del curso de agua central para adquirir las entradas de la Gran Tirolina y de otras actividades. Las malas noticias no habían acabado para la más pequeña del trío, que se llevó una nueva decepción por culpa de su estatura que no cumplía con las medidas de seguridad de la atracción. La niña, aún niña a esos efectos, miró desconsolada a sus dos (potenciales) compañeros de mil y unas aventuras que se colocaban unos aparatosos arneses y cascos bajo la atenta mirada de los responsables de la atracción, envidiando su fortuna: la de ser mayores. El padre de familia acompañó a los dos jóvenes hasta la base de la alta torre mientras que madre e hija, ambas resignadas, cada una por sus motivos, se dirigieron en dirección opuesta hacia el final de esos casi doscientos metros de pura adrenalina. Una vez allí, a lo lejos, distinguieron las siluetas de dos jóvenes aventureros que emprendían su inminente vuelo colgados de un robusto hilo de acero, deslizándose felices sobre un espejo de agua londinense.

Una Victoria de Samotracia petrificada les miró con recelo, como queriendo liberarse de su fijo pedestal para acompañar con su victoria alada a aquellos Ícaros del Nuevo Milenio que, con sus alas imaginarias, en los pies, en la cabeza, o donde fuera, no alcanzaron un sol abrasador sino el seguro punto de llegada tras una breve, pero intensa, experiencia voladora. Aliapiedi y su hija, absurdamente ansiosas por la incolumidad de sus familiares, aplaudieron felices el exitoso final de la increíble aventura, librando entre risas y palmas las pasadas tensiones y reflexiones.

Los cinco, otra vez todos juntos, serenos y despreocupados, sanos y salvos, se dirigieron entonces al embarcadero para probar otra atracción, una atracción familiar, una atracción para grandes y pequeños que, teóricamente, debía ser menos peligrosa pero que en la práctica se reveló mucho más revoltosa: la barca de paseo.

El quinteto de tripulantes, después de haber escuchado atentamente los consejos de los encargados, se embarcó entonces, algunos con más soltura que otros, en el bote para emprender el ameno y relajante crucero de cuarenta y cinco minutos de duración; los jóvenes estaban más emocionados que nunca con la inminente travesía: esa iba a ser para ellos su primera vez en un barco…

El padre de familia, siguiendo las recomendaciones de los responsables de la pacífica actividad, se sentó con autoridad en el puesto de mando; él, el único provisto de un rico historial de marinería, primero en el Cuartel de Instrucción de Marinería de San Fernando y después en la base militar de Rota, iba a asumir la responsabilidad de llevar a la tripulación hasta el destino establecido, señalado por unas boyas flotantes en el medio del Támesis madrileño.

20151024_194156

Un inocente barquito familiar…  ¡infernal!

Primero un remo y luego el otro, una y otra vez, sin prisa pero sin pausa, el capitán se puso manos a la obra, intentando dominar el barco y dirigir su diminuta proa hacia horizontes lejanos. El medio de transporte, sin embargo, parecía no querer obedecerle, parecía no querer moverse, parecía no querer doblegarse a la fuerza de aquellas bogadas cada vez más intensas, cada vez más descoordinadas, cada vez más desesperadas. El barquito rebelde solo quería dar vueltas sobre si mismo, sin alejarse de un milímetro del seguro puente de embarque.

Frías gotas de sudor perlaron la frente de un potencial almirante que empezó a marearse mientras que los jóvenes grumetes, impacientes, querían relevarle para intentar alejarse del movedizo y embarazoso punto muerto. La pequeña embarcación ondeó peligrosamente, las plácidas aguas del río se convirtieron en fuertes corrientes y la luz del sol empezó a mermar dramáticamente.

Los cinco de Aliapiedienfamilia estaban perdidos, abandonados a su destino en un Támesis asesino, hundiéndose en las profundas aguas de la vergüenza, a pocos centímetros de la tierra firme. Un nerviosismo creciente se empadronó de los tripulantes; una histeria colectiva invadió sus mentes; un miedo espeluznante recorrió sus cuerpos inocentes…
Alguno quería tirarse al río (de un metro de profundidad), otro temía ahogarse (en el mismo metro de profundidad), otro quería salvarse saltando a la orilla (a un metro de distancia)… El pánico a bordo del barco infernal se había apoderado de (casi) todo el mundo. Sólo Aliapiedi parecía despreocupada en el medio de la trágica conjunción, partiéndose de risa, divertida ante la absurda situación, entretenida con los efectos delirantes de la embarcación. Y, finalmente, cuando todo estaba perdido, o a punto de perderse en el fondo del espejo de agua central, ella tomó las riendas de la situación, cogiendo el barco, que no el toro, por los remos… y, sobre todo ¡del modo en que había que cogerlos!

Acompañada por el envidioso asombro de su marido y por los vítores de alegría de sus hijos y primo, finalmente el barquito empezó a moverse, a dirigir su proa en la justa dirección y a deslizarse levemente por las (nuevamente) plácidas aguas del río.

Ya no había peligro, ya nada se hundía, ya nadie se mareaba.

Todo estaba bajo control, o mejor dicho, bajo el control de las enérgicas bogadas de la madre de familia que, experta marinera y forzada velerista desde su infancia, llevó finalmente a los (por fin) entusiastas pasajeros hasta el infinito… ¡y más allá!, es decir, hasta Grecia, a los pies de un teatro imponente, hasta el Reino Unido, por debajo del Puente de Londres y hasta Islandia, bordeando un geyser sorprendente.

De vuelta al embarcadero, en un trayecto en el que se alternaron los jóvenes en los remos sin mayores dificultades bajo las precisas indicaciones de la loba de mar, después de haber atracado fácilmente en el correspondiente muelle, a pesar de la nocturnidad, los cinco se dirigieron rápidamente hasta la puerta de acceso de la última atracción de un día que ya se había convertido en noche.

20151024_195406

Un sugestivo escenario de pasarelas, puentes y redes

Un bosque de altos pinares les esperaba para que los tres jóvenes, después de unas clases teóricas impartidas por los correspondientes monitores, pudieran trepar, arrastrarse, deslizarse, pasear, temblar y mecerse entre puentes, pasarelas y redes suspendidas en el aire, en el itinerario adaptado a sus respectivas estaturas: más bajo y más corto para ella, más elevado y más largo para ellos.

20151024_195348

…y el de “alto” nivel

IMG-20151024-WA0044

El itinerario de “bajo” nivel

Entre la oscuridad, sólo disipada por los potentes faros y las farolas que iluminaban los senderos, atracciones y monumentos del parque europeo, que ponían una romántica nota de misterio, los dos audaces Tarzán y la atrevida Jane saltaron de liana en liana, subieron escaleras empinadas, escalaron un rocódromo complicado y finalmente se deslizaron por otra tirolina, menos larga pero más rápida, menos panorámica pero más sugestiva.

Y allí, entre troncos locos, tablas movedizas y lazos paralelos, bajo una luna que iluminaba un río desierto cuyas claras aguas ya no albergaban barcos fuera de control sino que reflejaban la figura de una simbólica puerta alemana, acabó entre risas la aventura de un par de hombrecitos y una mujercita, y entre sonrisas, la de unos padres que ya planificaban futuros viajes, ya no solo conyugales, sino también familiares, a auténticas ciudades monumentales.

20151024_200912

Nocturno berlinés sobre un Támesis madrileño

Aliapiedi volvió a abstraerse emocionada, dejando que sus “alas en los pies” le llevaran a hacer realidad sus proyectos literarios a los que había decidido incorporar a nuevos personajes, lo que quizás le obligaría a cambiar el título de sus relatos de viaje…

El futuro lo diría; lo importante era dar rienda suelta a la fantasía y, en adelante, disfrutar en el infinito y más allá de una viajera y familiar compañía.

Categorías: PARQUES Y JARDINES | Etiquetas: , | 4 comentarios

Safari Madrid: “Un lugar para (no) soñar”

Érase una vez un marqués, el Marqués de Griñón que, de vuelta de un viaje a Gran Bretaña en el que conoció a un tal Jimmy Chippierfield, inventor de las primeras reservas africanas fuera del referido continente, cautivado por la original iniciativa decidió instalar una en su finca “El Rincón”, ubicada en Aldea del Fresno, a la que bautizó, como no podía ser de otra manera, “Safari El Rincón”. El original proyecto, en el que colaboró con igual entusiasmo el famoso naturalista Félix Rodríguez de la Fuente, no tuvo sin embargo el éxito deseado y, con el paso de los años, el efecto-sorpresa fue mermando al igual que las instalaciones del “salvaje conjunto”. El safari, tras sucesivos cambios de gestión y de propiedad, nunca recuperó el esplendor de sus orígenes pero, a pesar de todo, consiguió sobrevivir con todos sus animales a distintas crisis “bestiales”.

Esa era la historia que contaba a mis hijos y a su primo camino del actual “Safari Madrid” para que no esperaran encontrarse una zoológica instalación de “última generación” sino más bien un lugar sencillo en el medio del campo, cuya belleza radicaría, precisamente, en su sencillez no artificial. A los niños, en realidad, poco les preocupaban las apariencias del atípico parque que, según los relatos de amigos y familiares, se había quedado casi igual al día de su fundación, hace cuarenta años; lo que les interesaba de verdad era su rico y variado contenido, lo que ponía en evidencia que las advertencias parecían más bien destinadas a la pareja sentada delante de ellos, uno conduciendo y la otra relatando.

El salvaje logo safaresco

Un logo salvaje y bestial

Y, efectivamente, los temores de los adultos se confirmaron nada más llegar a destino: en el medio de un tortuoso sendero, flanqueado por esparto, apareció una pintoresca taquilla, con apariencia de caseta de peaje, sustentada en gruesos palos de madera que le proporcionaban un aire de cabaña, de cuya ventanilla asomó la cara de la responsable de la entrega manual, que no automática, de las entradas y, bajo petición, de un mapa del tesoro bestial y vistosas bolsas de zanahorias.

Adquirido el primero pero no las preciadas hortalizas que ya traíamos de casa para ofrecérselas a los mansos, y después de haber leído las normas de comportamiento enumeradas en el “aviso importante” que acababan de darnos – “no bajar del vehículo”, “en caso de avería, tocar el claxon”, “no sacar las manos de las ventanillas”, “no detenerse junto a los animales”, “no alimentarlos”… – nos lanzamos, a velocidad moderada, hacia la salvaje aventura familiar.

Siguiendo las indicaciones de unos anticuados carteles de madera, nos aproximamos a bordo de nuestro medio de transporte a la sección estrella del safari, la de los animales en semi-libertad. Conforme avanzábamos por el abrupto camino, teníamos la sensación de ser trasladados a otro lugar, que nos recordaba al de la conocida película americana “Un lugar para soñar”, un parque de gran potencial pero que se había resentido sensible e inevitablemente con el paso los años. Buena muestra de ello lo constituían un curioso rótulo con forma de kart, no de estilo “vintage”, sino viejo de verdad, que anunciaba una pista de karting, un tobogán gigante que resistía en pie con sus colores desteñidos y su estructura herrumbrosa y una tienda de souvenirs que vivía de recuerdos y del recuerdo del esplendor de antaño…

Mientras los padres reflexionábamos perplejos sobre cómo parecía haberse detenido el tiempo en ese lugar, los niños, cautivados por las lúdicas instalaciones, sin prestar la mínima atención a los detalles, ya se distraían del destino principal, suplicando inútilmente paradas inmediatas, que se topaban con una insistente y adverbial respuesta: “después”.

Entre disputas verbales, llegamos a las puertas del safari propiamente dicho, donde pasó algo o, mejor dicho, “alguien” inesperado que reanimó a los adultos desconfiados: una llama, en carne y hueso, que nos daba una calurosa y sorprendente bienvenida en ese hogar animalesco.

Una sorprendente bienvenida

Una sorprendente bienvenida

Un grito colectivo, de júbilo para los atrevidos niños, y de terror para la miedosa niña, resonó en el interior de nuestro vehículo con las puertas y ventanillas cerradas a cal y canto.

El animal se acercaba cada vez más, con su cara divertida y su lengua felpuda mientras nosotros, entre aturdidos y extasiados por su presencia, lo contemplábamos desde nuestra privilegiada posición, separados de él por unos pocos milímetros de cristal. La criatura, después de habernos husmeado, o mejor dicho, de haber husmeado la carrocería de nuestro coche –un consejo: ¡si vais al Safari Madrid evitad hacerlo con  un vehículo que acabe de salir del concesionario o de un túnel de lavado!–, puede que en busca de herbívora comida, afortunadamente, nos descartó como su presa inminente y, pasados unos interminables segundos, nos dio la espalda y se alejó con aire indignado, mostrándonos sus partes nobles.

Un curioso y rápido avestruz

Un curioso y rápido avestruz

Aún sin retomar la compostura después de aquel encuentro a cortísima distancia, ya estábamos en el punto de mira de un impresionante avestruz que, a pasos agigantados, se dirigía hacia nosotros.

El ave, el más grande del mundo, flanqueando nuestra jaula motorizada y doblando su esbelto cuello, se entretuvo un momento observando esa peculiar especie animal allí encerrada llamada ser humano, con unos ojos que estaban más fuera de las órbitas que los suyos pero, poco después, imitó a su predecesor y se dirigió libremente hacia el coche de delante que, haciendo caso omiso de las instrucciones, distribuía zanahorias a tutiplén, con las ventanillas inocentemente bajadas y las manos imprudentemente sacadas.

Un animalesco encuentro a cortisima distancia

Un encuentro a cortísima distancia

Y por culpa de ese gesto, pensaba la pequeña, o gracias al mismo, pensaban los mayores, empezaron a aparecer animales de todo tipo y género procedentes de la exterminada pradera en la que nos encontrábamos, algunos de los cuales, como el ciervo o el antílope, nos resultaban bastante familiares, y muchos otros como el órix, la cervicabra o los cobos, bastante desconocidos.

Una pareja de elegantes jirafas

Una pareja de elegantes jirafas

Puede que olisquearan el anaranjado alimento porque todos esos seres vivos, con una actitud más que amistosa, rozaban, lamían o, directamente, trepaban por el coche, colocando sus zuecos sobre la carrocería, provocando entre los más pequeños gritos de terror convertidos rápidamente en contagiosas risas de furor.

Los carnívoros tigres del Bengala

Los carnívoros tigres del Bengala

Un poco más allá, un par de elegantes jirafas que deambulaban por un amplio jardín cerrado captaron nuestra atención con sus cuellos alargados y su reluciente manto de figuras trapezoidales y, frente a ellas, unos carnívoros tigres de Bengala también reclamaban su salvaje protagonismo.

Al mismo tiempo, en el horizonte (del parabrisas), un “jorobado” dromedario se asomaba a las ventanillas de nuestro vehículo, ya convertido en un todo terreno, no por su versatilidad sino por las huellas de barro y las manchas de saliva con el cual iba cubriéndose.

Elefantes paseando sin prisa pero sin pausa

Elefantes paseando sin prisa pero sin pausa

Tras sortear cebras, argúíis de barbas lanudas y watusi de larga cornamenta, pudimos entrever a lo lejos unos imponentes elefantes asiáticos que, como nosotros, avanzaban sin prisa pero sin pausa, pero que, a diferencia de nosotros, lo hacían por un envidiable y amplio perímetro habitable.

Finalmente, alcanzamos la tercera sección del safari, controlada por un vigilante a bordo de una flamante camioneta en continuo movimiento, y allí nos encontramos nada menos que con el rey de los reyes, el señor de la selva, Su Majestad El León.

Por evidentes razones de seguridad, ya que a diferencia de los tigres, los regios ejemplares compartían con nosotros el amplio espacio verde en el que vivían, sin valla de separación alguna, estaba firmemente prohibido detener el vehículo así que, dando vueltas alrededor de los autoritarios depredadores, admiramos emocionados y con una pizca de temor, la fulgida y densa melena de un Simba ya crecido que descansaba al lado de su pareja, dominando el territorio con la sola fuerza de su mirada… ¡y de sus rugidos!

El Rey de los Reyes, el Señor de la Silva, Su Majestad el León

El rey de los reyes, el señor de la selva, Su Majestad El León

El poder contemplar esos animales desde tan cerca constituía una experiencia  sencillamente abrumadora y la fuerza naturalmente bestial que desprendían era algo indescriptible. Nos habríamos quedado todo el día dando vueltas por aquel seductor jardín encantado, cuales atípicas peonzas que ganan vitalidad y energía en cada giro, pero, muy a nuestro pesar, teníamos que proseguir y adentrarnos aún más en el safari.

Una cueva de Altamira a cielo abierto

Una cueva de Altamira viva y a cielo abierto

Pasamos entonces al siguiente recinto, oportunamente vallado, donde descansaban unos imponentes bisontes, cual representación real y actualizada de las murales, y milenarias, figuras de Altamira, para enfrentarnos a la última sección, puede que la más peligrosa de todas, a juzgar por los amenazadores avisos que precedían a su acceso que, entre  redes de protección, vallas y torres de vigilancia, parecía el de una prisión.

¿El acceso a una diabólica prisión o a un paraíso terrestre?

¿El acceso a una prisión o a la última sección?

Y mientras esperábamos a que un guardián abriera las puertas de esa muralla levantada como una empalizada, una inquietud creciente invadió nuestros cuerpos y nuestras mentes: ¿Qué, o quién, vivía allí atrás?

Una pareja de cebras que se daban la espalda, componiendo una curiosa y especular composición geométrica, destacaba sobre el fondo de ladrillos rojos que componían el hogar de decenas de monos; un poco más allá, un grupo de voluminosos hipopótamos, dóciles en el imaginario colectivo, pero en realidad más peligrosos que cocodrilos o leones, apagaban su sed en un estanque cercano; y cerca de la verde pared unos rinocerontes blancos, con sus característicos cuernos de queratina pero desprovistos de las míticas propiedades curativas, descansaban tranquilos y solitarios bajo el sol.

¿Una pareja de zebras o una zebra bicéfala?

¿Una pareja de cebras o una cebra bicéfala?

Admiramos extasiados los cuidados animales, habituales protagonistas de múltiples documentales y ahora de nuestras aventuras familiares, y como suspendidos en una bucólica burbuja, flotando entre especies sin iguales, navegamos entre sueños ahora reales.

Unos voluminosos y peligrosos hipopótamos

Unos voluminosos y peligrosos hipopótamos

En ese tripudio natural acabó la primera parte, puede que la más escenográfica y espectacular, de nuestra visita al Safari Madrid pero antes de irnos preguntamos al valiente guardián de este último recinto, un San Pedro del Tercer Milenio encargado de custodiar las llaves, y los candados, de ese paraíso terrestre, dónde se escondía la criatura más peligrosa: el temible oso negro.

El hombre, afable pero siempre atento, vigilando de reojo a los coinquilinos de ese espacio tan divino, nos explicó que el “primo pequeño” americano del más conocido oso europeo “pardiano”, estaba descansando o, mejor dicho, hibernando, a punto de despertarse, lleno de energías y vitalidad, con la llegada de la incipiente primavera.

Unos rinocerontes con el típico cuerno de queratina no curativa

Unos rinocerontes con el típico cuerno de queratina no curativa

Asombrados por aquella revelación, le preguntamos por el lugar elegido por el mamífero en cuestión para abandonarse a su placentero sueño reparador, a lo que el entregado interlocutor nos respondió sonriente indicándonos unos cercanos tubos gigantes en los que no habíamos reparado antes: en aquellos curiosos cilindros dormía tranquilo ese Yogui posiblemente no tan simpático como su infantil hermano mediático.

Desde una distancia prudencial, tratamos de  divisar en la atípica cueva alguna forma de vida, una ságoma oscura, una terrorífica criatura, pero allí dentro nada, ni nadie, parecía moverse…

Los watussi y su larga cornamenta

Los watusi y su larga cornamenta

Así que, acompañados por la duda, volvimos sobre nuestros pasos, o mejor dicho, sobre nuestras ruedas y nos cruzamos nuevamente con bisontes, leones, watusi, llamas, dromedarios y también nilgos, cervicabras y gamos.

Un

Un “jorobado” dromedario

Agotados por tantas e inesperadas emociones, decidimos salir de ese mágico lugar tan natural para volver a la vida real, a un pueblo cercano, poblado por seres humanos, donde reponer fuerzas en la barra de un restaurante con nombre “animalesco”, en consonancia con la excursión.

Media hora más tarde ya estábamos de vuelta en el paraíso, cruzando el río Alberche, adentrándonos entre campos y divisando esta vez un romántico torreón entre frondosas plantas que, según supimos seguidamente, era parte del Palacio El Rincón, propiedad del mencionado Marqués de Griñón. Tras un intento infructuoso de contemplar el hermoso edificio en su conjunto, nos embarcamos nuevamente en ese arca terrestre llamado Safari Madrid y conducido por un Noé moderno, de nombre compuesto más que evocador, que hace doce años se propuso sacar a flote el titánico y salvaje barco a la deriva.

El exitoso

El exitoso “Rincón de los mansos”

Como lo prometido es deuda, esta vez aparcamos el coche frente al “Rincón de los mansos”, con la intención de explorar este espacio “no-agresivo”. Los niños se lanzaron de lleno entre los dóciles animales mientras que la niña, como siempre más prudente, los miró desde el exterior del recinto, estrechando con fuerza la mano de sus padres. Tardó poco, sin embargo, en cambiar de opinión y enfrentarse, al igual que su valiente primo lejano y su heroico gran hermano, a cabras enanas y cerdos vietnamitas, alimentándolos, acariciándolos y cogiéndolos con ternura entre sus brazos.

Tarea difícil resultó después alejar a los tres jóvenes de ese “rincón” que querían  convertir en su habitación para ese día ¡y todos los siguientes!

20150221_150851

El escenográfico reptilario tropical

Gracias al seductor poder de unas sinuosas serpientes logramos que, por fin, los pequeños accedieran a dejar atrás, un poco a regañadientes, a sus nuevos amigos cuadrúpedos y a piedi, bajo los rayos de un sol más cálido, nos dirigimos hacia el “reptilario”, una inocua casita de rojas paredes que bien podía adaptarse al cuento de Caperucita pero que escondía un contenido espeluznante, envuelto entre las nubes de una intensa humedad y una conseguida escenografía de selva tropical.

20150221_150544

Una pitón reticulada enroscada

Allí dentro había pitones reticuladas, varanos de agua, lagartos acorazados o boas constrictor, entre otras especies, que nos atemorizaron y fascinaron con sus pieles maculadas, sus colas poderosas, sus formas alargadas o sus espiras peligrosas.

20150221_150814

Un lagarto acorazado

A pesar de la calurosa, casi sofocante, temperatura que había allí dentro, unos fuertes escalofríos recorrieron nuestros cuerpos y, después de unos cuantos minutos de miedosa observación, abandonamos tan inquietante lugar.

Sin embargo, la etapa siguiente no fue menos perturbadora.

Se trataba del contiguo “insectario” que acogía los despreocupados visitantes con un cartel en su ingreso presidido por la imagen de una tarántula peluda y un más que acertado titular “Atrozmente bellos”…

20150221_151455

La peligrosa tarántula peluda

Temblorosos, entramos allí dentro y, entre réplicas de ecosistemas naturales y colecciones entomológicas, nos acercamos al vivarium, repleto de ejemplares vivos, algunos camuflados, otros escondidos y unos cuantos muy animados. Nuevamente nos invadieron unos sudores fríos y respetuosamente nos despedimos de los “atroces” y “bellos” insectos exhibidos entre aquellas oscuras paredes para adentrarnos en el último edificio de ese complejo, tan inocuo por fuera como letal por dentro: la “Gruta de los cocodrilos”.

El nombre del lugar ya de por sí infundía un profundo terror pero con mucha sangre fría, tomando ejemplo de los animales a los que nos íbamos a enfrentar, y una buena dosis de valor, entramos en ese original túnel del terror, desplazándonos cautelosamente por una escenográfica pasarela sobre fauces abiertas, afiladas garras y mandíbulas potentes.

La letal tortuga mordedora

La letal tortuga mordedora

Una aterradora pareja

Una aterradora pareja de cocodrilos

Entre estos auténticos fósiles vivientes nos fijamos en una tierna pareja de tortugas mordedoras que descansaban entre las lianas, plantas y piscinas representadas en los dioramas, aparentemente dóciles pero tan letales como los aligátores y caimanes, según nos confirmaron in situ los apasionados y polifacéticos cuidadores de estos animales que, en ese momento, se dedicaban también a labores de manutención y mejora de las instalaciones. Así que, asombrados por sus científicas informaciones y sus prácticas demostraciones, nos quedamos largo rato en esa gruta silvestre donde unos valientes seres humanos se codeaban  tranquila y armoniosamente con estos imponentes reptiles, descendientes de los prehistóricos dinosaurios.

A la salida de la gruta, repusimos fuerzas con un refresco en el quiosco de al lado, bajo una extensa, y desértica, carpa –la amabilidad del personal presente suplía con creces la ausencia de gente– y, acto seguido, nos acercamos a un nuevo recinto donde en media hora aproximadamente iba a representarse una volátil exhibición.

Una amazona de frente azul

Una amazona de frente azul

Ninguno de nosotros, en realidad, tenía especial predilección por los seres alados, de modo que, sin excesivo entusiasmo, nos dirigimos hacia el lugar del mencionado espectáculo, cerca del más cautivador rincón de los mansos. Un nuevo cartel, sin embargo, llamó nuestra atención y, no demasiado convencidos, decidimos obedecer  aquella indicación, y tras pasar por debajo de un pintoresco portal que parecía dar acceso a una finca particular nos adentramos en el “Rincón de las aves” donde centenares de exóticos seres voladores de toda procedencia que componían un artístico arco-iris con sus brillantes plumajes, nos dieron una melódica bienvenida compitiendo en simpatía.

El simpático gucamayo azul

El descarado guacamayo auriazul

Engatusados por el carnaval aviario, sin saber por quien decantarnos, fuimos finalmente capturados por un guacamayo auriazul que, presumido y descarado, nos provocó con sus ágiles movimientos, sus atrevidos gestos y sus piruetas acrobáticas.

Un poco más allá se unió al entretenido juego un papagayo muy charlatán que, con su voz aguda, repitió a escondidas una y otra vez el nombre de nuestra hija. Parecía que las aves se habían puesto de acuerdo para entretenerse con los ingenuos humanos que finalmente se alejaron de sus instalaciones encantados con la tomadura de pelo… ¡o de pluma!

Ese lugar, y sus pintorescos habitantes, habían conseguido sorprendernos gratamente, por lo que, bastante más animados, nos dirigimos hacia lo que parecía una plaza de toros, aunque el coso fuera de hierba y no de arena y los protagonistas del espectáculo fueran aves en lugar de bovinos. En efecto, eran las cuatro, no las cinco, de la tarde…

Bajo un sol de justicia y con un viento que soplaba cada vez más insistente, el público esperaba, pacientemente sentado en los bancos del bucólico recinto, la llegada de las  inquietantes rapaces mientras los entrenadores permanecían en sus posiciones, mirándose preocupados…

Algo extraño había en el aire… o, mejor, el aire resultaba extraño.

En el centro de la plaza apareció entonces el responsable de la específica exhibición, que también lo es del admirable y ambicioso proyecto de conservación, educación e investigación del Safari Madrid en su conjunto.

El majestuoso halcón sacre

El majestuoso halcón sacre

La física presencia de este Noé del Tercer Milenio ya de por sí imponía un cierto respecto, comparable al que impone un torero a punto de enfrentarse a su adversario, pero fue el tono firme de sus palabras lo que nos confirmó su audacia controlada y su generosidad desinteresada: a pesar del fuerte viento que iba a dificultar las maniobras de las aves y la labor de sus monitores, el espectáculo no iba a suspenderse: “¡the show must go on!”

Aplaudiendo la atrevida iniciativa con un motivo añadido de emoción, nos dispusimos a asistir a la afamada exhibición.

A lo lejos, desde lo alto de una torre que desde el principio habían divisado nuestros espabilados acompañantes, vimos salir al primero de los aviones sin motor: el cóndor de los Andes. Su figura, cada vez más grande conforme iba acercándose a la plaza, era sencillamente majestuosa: las alas desplegadas buscando la mejor corriente, su planear libre en el cielo infinito y, finalmente, su aterrizaje elegante cual toque final de un baile perfecto nos dejaron boquiabiertos.

La armonía, y sincronía, entre el hombre y el rapaz

La armonía, y sincronía, entre el hombre y el rapaz

Y así, uno detrás de otro, cada uno esperando su turno y su momento de gloria, volaron por encima de nuestras cabezas, más de una vez al ras de las mismas, unos soberbios y altivos ejemplares, cuyas virtudes y habilidades nos eran recitadas por el entrenador principal, el Noé de siempre: águilas de vista excepcional, pigargos de garras poderosas y halcones de velocidades estrepitosas.

Nuestros gustos personales sobre las aves cambiaron por completo y, para sellar la recién nacida amistad entre humanos y volátiles, nuestro hijo se ofreció voluntario, seguro de sí mismo en su atrevimiento, para experimentar de cerca la rapaz interacción.

El simpático y exhibicionista Dioni

El simpático y exhibicionista Dioni

Un halcón peregrino llamado Dionisio, o más familiarmente Dioni, fue el elegido para que el brazo del atrevido joven fuera su destino.

Poco después un joven buitre leonado de nombre Sergio, captó todas las simpatías de un público entre asustado y entregado, a pesar de su legendario historial carroñero.

La exhibición de aves, a la que se incorporaron otros animales terrestres, como inteligentes lobos, ágiles zorros y un serval recién llegado, y adiestrado, pegando asombrosos saltos verticales, puso el colofón final de un espectáculo del todo excepcional.

El cerval y sus espectaculares saltos verticales

El cerval y sus espectaculares saltos verticales

Con una larga sonrisa en los labios, finalmente reconciliados con las aves después de haberlas conocido mejor y más de cerca, escuchando las explicaciones de ese digno sucesor del héroe Félix Rodríguez de la Fuente, nos encaminamos, siguiendo su consejo, hacia el cercano “Mini-zoo“, un establecimiento en constante remodelación donde se intenta ofrecer el mejor hábitat posible a los diferentes ejemplares allí alojados que proceden en su mayoría del tráfico ilegal.

Se trataba de la otra joya de la corona.

Allí, un puma solitario que parecía casi ejercer las funciones de guardián del insólito lugar nos dio una bienvenida bestial. Un poco más allá, una temible y fascinante pareja de carnívoros felinos, bellos, fieros, audaces y salvajes, con su piel brillante y sus ojos deslumbrantes, atentos a todos los visitantes, nos hipnotizaron con su imponente presencia a través del cristal alrededor de la extensa jaula.

Un lobo nervioso y hambriento

Un lobo nervioso y hambriento

Con ello era bastante para, una vez más, volver a casa más que satisfechos pero había mucho más: unos simpáticos y afilados puercoespines, cuales peculiares conjuntos de agujas vivientes, unos provocadores primates, nuestros históricos antecesores, un robusto y musculoso jaguar con su inconfundible pelaje a manchas y unos nerviosos lobos que no paraban de gruñir.

Paseando entonces entre tanta diversidad no sólo animal sino también vegetal, bajo árboles de copas frondosas que cubrían, casi protegiéndolo, ese “rincón mini-zoológico”, siguiendo un límpido arroyo, nos topamos finalmente con un romántico lago, escondido entre unas ramas todavía desnudas que lo enmarcaban escenográficamente.

“Un lugar para (no) soñar”

Y allí fue donde nos dimos cuenta de que el salvaje conjunto, tan vivo y tan vital, no era “Un lugar para soñar”, una película basada en hechos reales, sino “Un lugar para (no) soñar”, una experiencia basada en un sueño hecho realidad.

La vuelta al hogar dulce hogar...

La vuelta al hogar dulce hogar…

...bajo la sombra de palmeras ambiciosas

…bajo la sombra de palmeras

Acompañados por los últimos rayos de un sol casi primaveral, despidiéndonos de unos encargados empeñados en distribuir toneladas de carne entre los habitantes del mini-zoo, saludando a otros ocupados en devolver a unos dóciles ponis a su hogar, dejando atrás toboganes gigantes sin pequeños deslizándose, quioscos de comida ya desiertos y pistas de kart silenciosas, bajo la sombra alargada de palmeras ambiciosas, nos despedimos del increíble Safari Madrid de dulce sabor añejo, seguidos por la perpleja mirada de un avestruz que observaba alejarse en el horizonte dos adultos y tres niños, todos ellos sonrientes, encerrados voluntariamente en una motorizada jaula, pequeña e indecente:

¡Qué raros eran los humanos!

DSCN0196

La perpleja despedida del avestruz

Categorías: PARQUES Y JARDINES | Etiquetas: , , , | Deja un comentario

Parque Juan Carlos I: ¡Al ataque del Gigante verde!

Hace poco más de un año, cuando estrené esta familiar aventura bloguera, declaraba abiertamente, sin complejos y sin vergüenza, mi auténtica pasión, mi repentino enamoramiento y mi eterno coup de foudre… ¡por un jardín!: El Capricho. Sigue leyendo

Categorías: PARQUES Y JARDINES | Etiquetas: , , , | 22 comentarios

Al norte del Parque del Oeste: En busca de la ría perdida (Segunda parte)

[… Sigue] Cuanto más nos adentrábamos en el parque, más se parecía éste a un bosque.

Sigue leyendo

Categorías: PARQUES Y JARDINES | Etiquetas: , | 5 comentarios

Al norte del Parque del Oeste: En busca de la ría perdida (Primera parte)

El otoño es, en mi humilde opinión, la mejor estación para poder disfrutar de los numerosos parques y jardines de Madrid: los colores de las hojas, sus reflejos y la alfombra natural que dejan por el suelo aumentan considerablemente el carácter acogedor de estos oasis naturales urbanos, como si de unos cálidos hogares a cielo abierto se tratara.

Sigue leyendo

Categorías: PARQUES Y JARDINES | Etiquetas: , | 6 comentarios

El Capricho soñado – Paseos teatrales

Como os adelanté en mi anterior post, tenía pensado asistir a las visitas teatralizadas gratuitas que se organizan hasta finales del mes de septiembre en el jardín El Capricho. Y así fue, no una, sino dos veces. Sigue leyendo

Categorías: ESPECTÁCULOS, PARQUES Y JARDINES | Etiquetas: , , | 2 comentarios

Blog de WordPress.com.

A %d blogueros les gusta esto: