Sala Mirador: En busca de la isla de Nur

En estos tiempos tan duros para todo el mundo, y más aún para los artistas, hacer teatro tiene mérito, hacer teatro infantil tiene aún más mérito, y hacer teatro para niños afortunados y destinar el treinta por ciento de los beneficios a los niños más desfavorecidos, derrochando solidaridad, no es que tenga mérito, es que es digno de admiración.

Estas eran las reflexiones que ocupaban mi mente cuando iba camino del número 31 de la calle Doctor Forquet en compañía de mi hija, una amiga suya y su mamá, para asistir al espectáculo familiar “En busca de la Isla de Nur”, escrito y dirigido por el ingenioso Jesús Díaz, cuyas destacadas dotes creativas ya habíamos apreciado un año atrás en “Tuntuni”.

El

El cartel de una aventura imaginaria… ¡o real!

El lugar y el día de la representación era el mismo, el Centro de Nuevos Creadores, el domingo al mediodía, y, una vez más, me volvió a asombrar la antesala del escenario, del todo real, que, casi como en un juego de muñecas rusas, precedía a otra hasta llegar al teatro propiamente dicho.

Una curiosa antesala: una típica corrala

¿”Quartieri spagnoli…

... napolitanos o madrileños?

… napolitanos o madrileños?

La primera se encontraba escondida detrás de un portal de madera, uno de los muchos portales viejos, antiguos, a veces en ruina, que enmarcan las calles, llenas de vida e historia, del multicultural barrio de Embajadores: una pintoresca corrala, cargada de autenticidad, con su ropa limpia de colores oscuros orgullosamente tendida que desafiaba el aire, no precisamente caluroso, de un pálido día de finales de invierno.

Esas improvisadas banderas que ondeaban al ritmo de una ligera brisa, dejando en el ambiente un agradable olor a detergente, y que tanto me recordaban los típicos y veraces “Quartieri spagnoli” napolitanos, desgraciadamente más conocidos por su peligrosidad que por su originalidad, configuraban un castizo pro-scenio que daba paso a otro escenario inesperado: un coqueto patio interior que, con sus mesas y sillas en busca del astro rey, sus plantas alrededor y sus casitas de tejas naranjas, contrastaba con los altos y modernos edificios sin alma que se situaban a sus espaldas.

Un acogedor patio interior

Un acogedor patio interior

Sin embargo, a diferencia del año anterior, aquí destacaba un nuevo elemento que atribuía un toque aún más artístico a ese acogedor oasis de paz: un reivindicativo grafiti de tonos grises, lleno de fuerza como las palabras que podían leerse en el mismo: “Cuando el parlamento es un teatro, los teatros deben ser parlamentos”.

Un genial y reivindicativo grafiti

Un genial grafiti “teatral-parlamentario”

Una sonrisa amarga se dibujó en mi cara mientras que mi hija, que recordaba perfectamente donde estaba ubicada la Sala Mirador, llevaba de la mano a su amiguita hasta la cercana cafetería donde los niños más espabilados ya estaban familiarizándose, bajo la atenta mirada de sus progenitores, con la náutica aventura que nos aguardaba, coloreando con rotuladores la imagen del barco que domina el pintoresco cartel de la obra, al tiempo que trataban de memorizar el texto de la canción de su banda sonora.

Una obra de arte

Una improvisada obra de arte

En los pocos minutos de que disponíamos antes del inicio de la función, nuestras pequeñas acompañantes pusieron su granito de arena en la elaboración de esa improvisada obra de arte y después, madres e hijas, todas juntas, sin más demora, bajamos los estrechos escalones que llevaban al escenario propiamente dicho pero que, en la realidad o en la ficción, parecían conducirnos a la cubierta de un terrestre navío.

Fue así como nos “embarcamos”, y nunca mejor dicho, en esta nueva aventura en familia:

“¡Luces, cámara –o reflectores– y acción!”.

El Señor Bárbol y Tristán

En la escena inicial, de triste actualidad, hacen acto de presencia un par de jóvenes sentados en un curioso banco circular de un parque donde, en lugar de jugar a la pelota, perseguirse o sencillamente adivinar las caprichosas formas de las nubes de un cielo imaginario, se entretienen, uno más que la otra, con una consola portátil de última generación. Se trata de Simona y Valentín, unidos, enganchados, casi raptados, por las engañosas imágenes de semejante micro pantalla, y que, a diferencia del amigo Tristán, afortunadamente ajeno al mundo informático, no se percatan de que cerca de ellos hay un extraño árbol, capaz de hablar, de roncar o de reírse a carcajadas.

Después de varios intentos, y gracias a la imprescindible ayuda del público, los otros dos protagonistas, con la mente despejada de las atróficas imágenes digitales, consiguen advertir la presencia de tan extraña criatura llamada Señor Bárbol y la de una especie de hada –¿será real?– que se presenta como Nur y que entra en escena cantando una original canción titulada “Hola, mi nombre es Nur”, con la que logra transmitir a los tres protagonistas y a todos nosotros unas contagiosas ganas de divertirnos con unas dosis desenfrenadas de imaginación.

Después del mágico encuentro, toca ahora entonar la letra de la pegadiza banda sonora del principio; primero los niños, que ya la sabían de memoria después de haberla ensayado en los minutos previos a la función, y después también los padres que, como siempre, vamos un par de pasos detrás de nuestros retoños. Finalmente, tras una aceptable puesta en escena coral, grandes y pequeños, seres humanos y vegetales, criaturas reales o teatrales, nos vemos envueltos en la más absoluta oscuridad. Como por arte de magia, nos encontramos en el mismo parque de antes, donde Valentín, Simona y Tristán han quedado con Nur para retomar el maravilloso y sorprendente juego de la fantasía de su primer encuentro.

El codicioso corsario Pata Pelo

El codicioso corsario Pata Pelo

Pero, extrañamente, la nueva amiga no se presenta en el lugar y a la hora acordados y el Señor Bárbol, despierto para la ocasión de su casi eterno torpor, nos confirma que tan insólito hecho solo tiene una posible –y preocupante– explicación: Nur está en peligro y con ella un inestimable tesoro, oculto en la isla donde vive. Nosotros somos los únicos que podemos ayudarla para que el valioso botín, y todo lo que eso representa, no caiga en manos de un temible, y avaricioso, corsario llamado Pata Pelo.

Ante tan inquietante panorama, el desconcierto se apodera de la sala y se impone un inquietante silencio en espera de la hamletiana decisión que tenemos que adoptar. En las manos, y en la imaginación, de los tres protagonistas, y en las nuestras, está ahora la extraordinaria posibilidad de vivir una fantástica, o fantasiosa, aventura “en busca de la isla de Nur”, convirtiéndonos en auténticos piratas, capaces de afrontar innumerables obstáculos a lo largo de la acuática travesía “nuresca”.

Entre el público hay quién ya está firmemente convencido de ir hasta el infinito y más allá, quién duda, debatiéndose entre el atrevido sentimiento y la rígida racionalidad, y quien prefiere quedarse tranquilamente sentado en su cómoda butaca sin adentrarse en aguas peligrosas. Idéntica falta de sintonía existe entre Tristán, Simona y Valentín: el primero ya ha tomado su valiente decisión, la segunda se resiste a enfrentarse con lo desconocido, y el último, que además no sabe nadar, ya está huyendo de la realidad fantástica o de la fantasía real.

La Capitana de la Escuela de Grumetes

La Capitana de la Escuela de Grumetes

Aunque el dilema es crucial, todos somos conscientes de que “la unión hace la fuerza” y de que dentro de cada uno de nosotros podemos encontrar el mapa que nos guíe hasta el exótico, aunque peligroso, destino, por lo que la acertada respuesta surge espontánea: no hay que perder ni un minuto más. En esta tesitura, aparece rauda la Capitana de la Escuela de Grumetes que, entre solemnes juramentos, nombra a Tristán Capitán de la expedición, a Simona Pirata Exploradora, a nosotros piratas, o piratillas, y a Valentín… el pobre Valentín no recibe ningún título ¡sino un par de útiles manguitos!

Un Titanic(o) viaje Nur(esco)

Un Titanic(o) viaje Nur(esco)

Con un poco de imaginación nos encontramos en la proa de nuestro barco; una dulce melodía acompaña el plácido navegar mientras que en el horizonte discurren las relajantes imágenes de un mar infinito. Todo parece ir “sobre ruedas”, o mejor, “sobre aguas”, pero poco a poco la exterminada y serena superficie marina, se va tornando agitada, gris y cada vez más torcida… en todos los sentidos. Unas olas gigantescas golpean con violencia nuestra frágil embarcación mientras que el viento furioso nos atropella, casi nos aplasta, con toda su potencia. Tenemos que remar, a babor y a estribor, tal y como nos han enseñado previamente, para hacer frente a las airadas fuerzas de la naturaleza y, cuando ya no hay nada que hacer, ponernos al reparo, acurrucarnos y protegernos del impacto que nos aguarda…

“Passata è la tempesta… Ecco il sereno rompe lá da ponente, alla montagna…” y, efectivamente, como bien decía Leopardi, después de la tempestad, llega la calma.

Simona y Tristán están tendidos en la proa del barco, abatidos, no sólo como consecuencia de las inclemencias meteorológicas, sino también por el hambre y el cansancio. Sin embargo, el tecnológico Valentín sigue de pie, insólitamente despierto y receptivo a la realidad no virtual. Ante sus ojos un espejismo… ¿o no? Una sirena rubia –puede que de bote– con unas vistosas gafas de sol, se desliza sinuosa sobre las aguas tropicales, acercándose al él con aire provocador: ¿Quién es esta increíble criatura? ¿Cuáles son sus intenciones? ¿Intentará distraer al joven pirata, cual Ulises moderno perdido en el mar de los sueños, de su Itaca “nuresca”?

Mrs. Triple S:

Mrs. Triple S: “Sirena SIn Sentido”

La mujer con cuerpo de pez, o el pez con cuerpo de mujer, se presenta con una triple “S”, “Sirena Sin Sentido”, afirmando, con aire de superioridad, que su deporte favorito es el de coleccionar “cosas sin sentido”, desde latas (no recicladas) hasta zapatos rotos. Por asombroso que pueda parecer, muchos son los objetos insignificantes e inútiles con que se topa diariamente en su acuático nadar pero entre todos ellos hay uno que capta la atención de Valentín. Se trata de un, más que útil, catalejo que el joven sólo podrá conseguir a cambio de algo; el problema es que debe tratarse de una cosa… ¡inútil!

Después de darle muchas vueltas, al piratilla se le enciende la bombilla y le ofrece… ¡su máquina infernal, su videojuego sideral, su tesoro personal! Aunque le resulta difícil deshacerse de ese (falso) amigo, de ese fiel compañero sin alma de miles, o puede que millones, de aventuras irreales, Valentín es consciente de que el buen fin de la misión le exige aceptar el extravagante trato, sobre todo después de que las ráfagas del viento, de poniente o de levante, se hayan llevado consigo el valioso mapa, de modo que, ya decidido, renuncia a la tecnología en favor de la fantasía.

Entonces, en el preciso instante en que el joven guarda la valiosa herramienta en su mochila, sus compañeros de fatigas se despiertan… ¡y no se trata precisamente de un plácido despertar! Simona se lo ha pensado mejor y, con su característica racionalidad, ha decidido renunciar a la misión: ya no quiere seguir con esta errática navegación, ni compartir esta aventura con los demás: “¡Si ni siquiera el capitán se está enterando de lo que pasa a bordo de su barco!”, brama indignada. Pero en ese mismo momento, cuando segura de su decisión y dejando atrás toda ilusión, se dispone a volver sobre sus propios pasos, cae en la cuenta de que a lo lejos, puede divisarse una isla: ¡“la” isla!

El aburrido

El aburrido, y nefasto, “Pulpo Aburrimiento”

Reconfortados por la prometedora visión, y otra vez todos juntos como tres mosqueteros-marineros –“¡todos para uno y uno para todos!”–, los piratillas orientan las velas hacia la isla, pero, inesperadamente, un nuevo y monstruoso obstáculo emerge de las profundidades marinas. Es el nefasto “Pulpo Aburrimiento”, una temible criatura capaz con sus largos tentáculos de arrastrar hasta la inopia más oscura a los niños de todas las edades. ¡Hay que reaccionar! ¡Hay que luchar! Y, sobre todo, ¡hay que ganar!

Ha llegado el momento de taparse los oídos y utilizar nuestras infalibles armas, las risas provocadas por las cosquillas, para que el animal no se apropie de nuestra imaginación y de nuestras ganas de seguir divirtiéndonos. La contienda es dura e intensa pero la contagiosa alegría de los más pequeños puede con el octópodo que se aleja con su apatía.

Sólo falta un último encuentro, o mejor dicho, desencuentro, para conseguir el ansiado tesoro: el malvado y codicioso Pata Pelo.

Esta vez le toca el turno al siempre atrevido Tristán que, sin dudarlo, se lanza en un tremendo cuerpo a cuerpo, mejor dicho, espada a espada, contra el aterrador corsario. Nuestro capitán, un auténtico héroe, ataca, se defiende, enfila, esquiva y finalmente asesta el golpe final: ¡Victoria!

Ya nada ni nadie puede arrestarnos, ni siquiera el tozudo pulpo que una vez más hace acto de presencia y una vez más, y para siempre, acaba derribado por otra de nuestras armas secretas: unas “esféricas” neuronas.

Nur ya está entre nosotros, sana, salva y, sobre todo, satisfecha porque, sin saberlo, ya hemos encontrado el tesoro. En realidad éste nos ha acompañado a lo largo de toda la expedición pero sólo a partir de este momento, disfrutando de su presencia y su esencia, podremos sacar partido del mismo, no sólo en la aventura imaginaria recién vivida, sino también en la aventura de cada día, en la aventura de la vida, en la aventura de la fantasía. Así que, después de habernos despedido y fotografiado con el valiente equipo de piratas, despegamos felices, con nuestras “ali ai piedi”, en busca de otras islas –terrestres, acuáticas o siderales– que defender de villanos brutales: ¡el viaje, un viaje, este viaje, se ha acabado, una nueva aventura ha empezado!

Una nota final: Nuestro agradecimiento familiar al generoso autor y director de esta educativa y original pieza teatral, cuya creatividad, solidaridad y humanidad, bien reflejadas en esta obra y en la anterior, “Tuntuni”, se proyecta más allá de las fronteras españolas, hasta las lejanas tierras de Calcuta. En honor a las sonrisas que vas repartiendo por el mundo entre los niños de todas las edades, aquí y allí, te nombramos solemnemente, junto con tu entregada y prometedora tripulación de jóvenes actores, Capitán Triple B: “Capitán Bene, Bravo, Bis!” 

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La prometedora tripulación del Capitán Triple B: “Bene, Bravo, Bis!”

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