Tribunal Supremo: La confesión de Aliapiedi

Tribunal Supremo

Con solo pronunciar esas dos palabras, los niños se pusieron a temblar.

¿Qué podía haber hecho Aliapiedienfamilia para merecer una (presunta) audiencia en el Tribunal Supremo? ¿Qué acciones tan graves (se suponía) habían cometido los componentes, grandes y pequeños, de esta familia tan virtual como real? ¿Por qué tenían que enfrentarse a una “juez suprema”, competente además en Derecho penal?

Tantas preguntas… y ninguna respuesta.

Los dos jovencitos ya se sentían culpables y sus padres no tenían ganas de hablar ni de dar muchas explicaciones; la noche anterior habían salido con los progenitores de sus compañeros de clase hasta altas horas de la madrugada, como si quisieran disfrutar al máximo de sus (¿últimos?) momentos de diversión y libertad cenando, bailando y bebiendo con amigos, pero ahora, en la que se perfilaba como una agitada (¿y amenazadora?) mañana, su única preocupación era que uno de los dos cogiera a tiempo el avión que iba a llevarle hacia tierras lejanas y que la otra llegara puntual (y formal) a la “cita suprema”.

Durante el trayecto hacia el aeropuerto y después hacia el Tribunal Supremo, los niños desorientados, aturdidos y preocupados, reflexionaban, arrepentidos, sobre sus peleas, discusiones o chinchorrerías cotidianas, mientras que su madre, después de haberse despedido calurosamente de su marido, parecía absorta en sus pensamientos, quizás abducida por la falta de sueño o por la intranquilidad o… ¡por ambas cosas!

Cuando los tres llegaron a destino, en la pintoresca plaza de la Villa de París, de oportuno estilo parisino, los pequeños se sorprendieron al encontrarse con otros dos hermanos, ambos “colegas del cole”, con sus respectivos padres. Al parecer, esa familia también estaba allí convocada por la misma razón pero, a diferencia de ellos, ya conocía de antemano al “personaje supremo” que les había citado y que les estaba esperando ante la fachada de aquel majestuoso edificio.

La

La “parisina” plaza de la Villa de París con el Tribunal Supremo al fondo

Después de las debidas presentaciones, los niños miraron atentamente a aquella “mujer suprema”: no parecía una diosa dotada de temibles poderes, cual Dice de los tiempos modernos, sino más bien un ser humano, agradable y simpático, que, como ella misma decía, iba a hacer una excepción conduciéndoles por las entrañas de ese palacio, sin necesidad (afortunadamente) de ir acompañada por hombres uniformados con esposas.

Reconfortados, los pequeños siguieron a ese guía sui generis y cruzaron la puerta del acceso principal con sus amigos, los progenitores de éstos y su madre que, extrañamente, seguía siendo poco conversadora: ¿Qué le pasaba? ¿En qué pensaba? ¿Por qué estaba tan callada?

Ante ellos apareció el maravilloso vestíbulo principal, en el que destacaba una grandiosa escalera de honor flanqueada por dos imponentes estatuas, la del emperador Justiniano y la del rey Alfonso X.

La grandiosa escalera de honor del vestíbulo principal

La grandiosa escalera de honor del vestíbulo principal

Después de una breve introducción histórica sobre ese originario palacio-monasterio de las Salesas Reales, que se construyó a mediados del siglo XVIII por orden de la esposa de Fernando VI, la reina Bárbara de Braganza, que tenía intención de retirarse allí -aunque nunca llegó a vivir en él, pues murió prematuramente-, el reducido grupo se dirigió a la planta superior mientras que Aliapiedi, hipnotizada, casi raptada, por el gesto de esos dos “paladines de la justicia” de Coullaut Valera, se quedaba atrás, presa de unos inexplicables sudores fríos que recorrían todo su cuerpo…

La vidriera modernista con la imperiosa figura de la implacable Themis al centro

La vidriera modernista con la implacable Themis en el centro

Pasado ese mal rato, la madre, con aire resignado, se apresuró a alcanzar a los demás, subiendo aquellos maravillosos escalones de mármoles policromados, rodeados de cornucopias barrocas, barandales de forja y capiteles dorados; una vez arriba, levantó la mirada, como en busca de libertad, de una libertad interior, pero se topó con la magnífica vidriera de estilo modernista que, entre frescos de escenas costumbristas, le devolvió la imperiosa figura de la implacable Themis, que la fijaba con sus ojos inquisidores mientras sujetaba con una mano una balanza y con la otra una espada.

Augustos e interminables pasillos

Augustos e interminables pasillos

Aliapiedi, al igual que sus hijos por la mañana, empezó a temblar: la exclusiva visita guiada se estaba convirtiendo, para ella, en una tormenta no deseada…

El “guía supremo”, tan encantador como profesional, llevó a los privilegiados visitantes a un lugar “casi” secreto o, mejor dicho, desconocido para todos aquellos que no tienen el inmenso honor y la grave responsabilidad de trabajar allí: el museo, o “archivo”, del Tribunal Supremo.

Una silla presidencial de origen real

Una silla presidencial de origen real

No se trataba del edificio en si mismo considerado, que ya de por si era una joya arquitectónica, sino del valioso e histórico contenido de unas cuantas habitaciones de reducidas dimensiones que se escondían detrás de una de las múltiples puertas que asomaban en los augustos e interminables pasillos.

El evocador Digestum vetus

El evocador Digestum vetus

En estas estancias -accesibles al público sólo en las jornadas de puertas abiertas y, excepcionalmente, como en esta ocasión, para visitas privadas (y privilegiadas)- una silla de terciopelo rojo, parecida a un trono real, captó enseguida la atención de los niños -en realidad, de regia tenía solo su procedencia, por tratarse de un obsequio de la reina Isabel II para el despacho oficial del Presidente del Tribunal- mientras que un antiguo ejemplar del Digestum (vetus) hizo lo mismo con su madre: esa obra enciclopédica que en la época de Iustiniano reunió, o pretendió reunir, toda la jurisprudencia romana, no solo le traía a la mente la gran cantidad de horas transcurridas entre los bancos de la Facultad escuchando hablar de él a un apasionado y entusiasta profesor de Derecho Romano, sino también le provocaba unos extraños temores al recordar sus últimos cinco libros dedicados al Derecho penal…

El original árbol de las libertades con su lecho de hojas y una amenazadora silueta

El original árbol de las libertades

Las togas de ilustres magistrados

Las togas de magistrados ilustres

Los jóvenes acompañantes, una vez más, se percataron del ensimismamiento de su madre e intentaron devolverla a la realidad mostrándole, en otra sala, adosado a una esquina y protegido por un cristal, el llamado “árbol de las libertades”, de madera y con centenares de papeles que contenían el texto del artículo 15 de la Constitución. Aquel original símbolo vegetal era ya de por sí bastante llamativo pero, al bajar la mirada, Aliapiedi se sobresaltó al darse cuenta de que en su base, medio cubierto por ese curioso lecho de hojas, se perfilaba la amenazadora silueta de un garrote-vil, uno de los muchos que se guardaban en los sótanos del tribunal como (triste) recuerdo de la pena de muerte.

Su mente volvió a nublarse…

Salió rápidamente de aquel lugar, después de haber cruzado otra estancia donde, custodiadas en vitrinas de cristal, había unas cuantas togas de ilustres magistrados que, cuales múltiples “hombres sin sombra”, le parecía cobrasen vida, y, en su búsqueda desesperada de una ventana para despejar sus pesadillas imaginarias, encontró un hermoso patio, con una gran variedad de plantas, una fuente central y unos evocadores bancos alrededor de ella.

El hermoso y sereno patio interior

El hermoso y sereno patio interior

En aquel momento ese era el sitio ideal donde serenarse, como en su día lo fue para las hijas de la aristocracia española, internadas en aquella prestigiosa jaula dorada, pero, desafortunadamente, no había tiempo para detenerse. El recorrido acababa de empezar y quedaba mucho por visitar.

La espectacular vidriera  y la impresionante lámpara de la

La vidriera y lámpara de la “Sala de banderas”

La madre retomó la compostura, o por lo menos lo intentó, y, después de alcanzar al resto de los visitantes, llegó a la llamada “Sala de Banderas”, en la cual, como era de esperar, se encontraban las banderas de todas las comunidades autónomas españolas, aunque lo que más llamaba la atención eran la espectacular vidriera y una impresionante lámpara cuyo brillo se reflejaba en sus emocionados ojos.

Pero la paz y la magia provocadas por esas piedras valiosas y esas gotas de cristal duraron poco: el Salón de Plenillos y, sobre todo, el despacho oficial del Presidente del Tribunal, la esperaban con toda su carga emocional.

El

El “modesto” Salón de Plenillos

En la llamada “Rotonda”, que en su día hacía las funciones de salón del palacio de la reina Bárbara de Braganza, entre muebles de valiosa madera policroma, parquet de elaboradas formas geométricas, regios retratos y, sobre todo, llamativos frescos de José Garnelo y Alda que se alternaban entre medallones y vidrieras, Aliapiedi se dio una vez más por aludida.

El prestigioso despacho oficial del Presidente del Tribunal

La Rotonda: el prestigioso Despacho oficial del Presidente del Tribunal

Y, como si todo eso no bastara, desde el techo, la mismísima España, sentada en un trono, la miraba de reojo, leyéndole el pensamiento, mientras imponía el collar de la justicia a un magistrado: era demasiado para el ánimo angustiado de la madre bloguera perdida y atrapada en sus historias familiares…

España imponiendo el collar de la justicia a un magistrado

España imponiendo el collar de la justicia

Inventándose una excusa cualquiera para alejarse de aquellas autoritarias paredes, siguiendo las indicaciones del afable guía, bajó por una escalera, recorrió un largo pasillo y, finalmente, sin quererlo, llegó al grandioso vestíbulo de la antigua Audiencia Provincial -uno de los tribunales que, junto con la Audiencia Territorial, la Fiscalía, el Colegio de Abogados y los mismísimos calabozos, se ubicó, hasta finales del siglo pasado, en la nueva “Ciudad de la Justicia” que mandó construir el rey Alfonso XIII sobre las cenizas del originario palacio, destrozado en el 1915 por un aparatoso incendio, del que únicamente se libró la iglesia de Santa Barbara-.

En esa enorme sala la madre se vio rodeada… de techos abovedados, de columnas pareadas y de vidrieras policromadas; y, para más inri, unas imponentes puertas de adornos dorados, obra del arquitecto Rojí, parecían invitarla a entrar en una de las cuatro salas de los juicios penales que se ocultaban detrás de ellas.

Cual insignificante Hércules contemporánea, pero despojada de sus fuerzas y su voluntad, la aturdida visitante se encontraba en una terrible encrucijada: podía optar entre lo fácil y salir corriendo por el acceso secundario que daba a la calle Marqués de la Ensenada o lo difícil: darse la vuelta… y ¡confesarlo todo!

El grandioso vestíbulo de la antigua Audiencia provincial

El grandioso vestíbulo de la antigua Audiencia provincial

¿Qué hacer? ¿A dónde ir? ¿Huir de si misma, de sus pensamientos y de sus emociones, o quedarse con sus hijos, sus amigos y sus familiares, reales y virtuales?

Un rayo de sol fue a golpear uno de los cuatros mosaicos que representaban los valores imprescindibles para la administración de la justicia, el de la fortaleza, y, como si de una señal divina se tratase, de repente la bloguera encontró el coraje para enfrentarse a las dos majestuosas cariátides que, cuales irreprochables guardianes de ese templo sagrado dedicado al Derecho, custodiaban el portal que había dejado atrás en su reciente huida sin rumbo.

Las majestuosas cariátides de la

Las majestuosas cariátides de la “Galería de los pasos perdidos”

Así que volvió sobre sus pasos, ya no tan “perdidos” como los que daban nombre a la galería donde acababa de decidir su destino, y, convencida de su decisión, se fue al encuentro de los demás.

Todos juntos volvieron a subir a la planta superior y se toparon esta vez con el grandioso “Salón de los pasos perdidos”, con sus imponentes columnas jónicas y su impresionante techo abovedado donde, entre arcos fajones y lunetos, destacaban los cuatros frescos de Alcalá Galiano dedicados, respectivamente, a la verdad, el progreso, la riqueza y el delito.

El Salón de los pasos perdidos...

El Salón de los pasos perdidos…

Las impactantes representaciones de estos conceptos, sobre todo el del último, que representaba una caída a los infiernos del delincuente con el arma del crimen en una mano y el botín en la otra, confirmaron una vez más a Aliapiedi la oportunidad de su inminente confesión: todos los elementos de aquel “terriblemente maravilloso” edificio eran, desde el principio, parte de un plan preconcebido, de un camino a la perdición o, a lo mejor, a la salvación…

En unos pocos minutos todas estas dudas se despejarían y todos los misterios se revelarían: el tramo final de la visita iba a ser un “crescendo” de emociones a la par del “crescendo” arquitectónico.

La

La “sobria” Sala Primera…

La suntuosa Sala Segunda

… y la suntuosa Sala Segunda

Allí estaba la Sala Primera, dedicada a los juicios de Derecho civil, tan sobria, si se comparaba con las demás estancias, como imponente; a su lado, la Sala Segunda, donde se desarrollaban los juicios de Derecho penal, tan suntuosa, con techo de artesanado, paramentos de tela roja y lámparas de estilo Luis XV, como amenazadora; y, un poco más allá, el imperial Salón del Pleno.

Este era el lugar, el lugar ideal.

Entre columnas marmóreas con capiteles dorados, vidrieras ornamentales de colores singulares y arañas de cristal, Aliapiedi supo que había llegado su momento, el temido y esperado momento.

El imperial Salón del Pleno: el lugar ideal para la confesión de Aliapiedi

El imperial Salón del Pleno: el lugar ideal para la confesión de Aliapiedi

Subió al banco, no de los imputados, sino al más prestigioso, el de los magistrados, se sentó justo en el medio, bajo un autoritario escudo, obra de Mariano Benlliure, custodiado por dos ángeles que sustentaban una corona, y, con voz firme, empezó a hablar:

«¡Lo confieso!»
«¡Lo confieso!», repitió, «Estaba planeando el “golpe del Milenio”: quería robar el oro del Banco de España, quería poner en práctica mi “plan de acero” para gozar de una jubilación anticipada y “dorada” en un paraíso fiscal, y natural, en compañía de mi familia adorada».
«¡Lo confieso!», siguió, «lo que escribí en el blog hace unos meses fue con la intención de animar a alguno de mis fieles seguidores para que participara conmigo en esa arriesgada aventura, pero prometo que nunca pensé en sobornar ni amenazar a nadie, y, mucho menos, en hacerle daño a nadie».
«¡Lo confieso!», insistió, «¡Esa es la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad!»
«Y ahora, si queréis, juzgadme por mis potenciales acciones, por mis atrevidos pensamientos y por mis dulces ilusiones…».

El grandioso triunfo de la Justicia sobre el Mal

El grandioso triunfo de la Justicia sobre el Mal

Y proferidas estas últimas palabras, fijó su, ahora serena, mirada en la bóveda esquifada: allí, en el centro, por fin satisfecha, la Justicia, pintada por Marceliano Santa María, triunfaba grandiosamente sobre el Mal…

Un inquietante silencio se adueñó de la augusta sala. Y finalmente, después de unos interminables segundos, uno detrás del otro, en rigurosa fila india, todos los asistentes, de todas las edades, subieron al estrado, cogieron el micrófono y, felices y sonrientes, confesaron abiertamente sus más íntimos deseos, sus caprichos infantiles y sus envidias no tan pueriles.

Nadie estaba libre de culpa.

Aliapiedi, emocionada y conmovida por aquel gesto colectivo, miró, y admiró, a sus hijos y amigos que, una vez más, le estaban dando todo su apoyo en sus aventuras familiares y en sus propuestas… ¡criminales!

Pero el guía “supremo”, sensible y paciente hasta el final de aquella exhibición casi teatral, tenía, muy a su pesar, que dictar un veredicto, después de haberse documentado a conciencia sobre los hechos.

Los cálidos colores de la Biblioteca

Los cálidos colores de la Biblioteca

Así que, seguida por el pintoresco grupo de penitentes, la jueza se dirigió entonces a la Biblioteca del tribunal y allí, en aquellas nobles estancias dominadas por los cálidos colores de la antigua madera de las estanterías, de las mesas y de las sillas, sólo interrumpidos por el arco iris de millares de cubiertas de libros, códigos y volúmenes legales, se acercó a un moderno ordenador, lo encendió y empezó a leer con detenida atención el mencionado post de Aliapiedienfamilia, mientras que los demás contemplaban impresionados la belleza de esos lugares tan reservados.

El Salón de Actos, escenario del juicio final sobre Aliapiedi

El Salón de Actos, escenario del juicio final

Una vez terminada la lectura, sin inmutarse, invitó a todo el mundo a reunirse en el cercano “Salón de Actos”, a veces utilizado como lugar complementario al Salón de Plenos para dar cabida a todo el personal interesado, y autorizado, a asistir a los juicios más concurridos y mediáticos.

La elección no era fruto de la casualidad.

El magistrado se sentó en la mesa principal, bajo un retrato del rey don Juan Carlos, obra de Ricardo Macarrón, representado con el traje utilizado durante el solemne Acto de Apertura de los Tribunales, es decir con la toga o “garnacha”, el gran collar de la justicia y el escudo, y desde aquella posición dominante, observando a cada uno de los visitantes acomodados en los bancos de enfrente y a la madre, de pie, ahora sonriente, sentenció:

«Declaro a Aliapiedi culpable de robo en grado de tentativa».
«Declaro a Aliapiedi culpable de instigación al robo en grado de tentativa».
«Declaro a Aliapiedi culpable de evasión fiscal en grado de tentativa».

El desconcierto y la desolación reinaban en el salón…

«Sin embargo», añadió, «como quiera que los hechos pueden ser considerados fruto de la ficción… ¡declaro a Aliapiedi inocente: el contenido fantasioso de su relato es más que evidente!».

El aplauso, sincero y entusiasta, de los complacidos asistentes selló la “sentencia suprema”, definitiva e inapelable de la tan competente juez.

Pero, a pesar de la satisfacción por su absolución, la madre aún tenía pendiente un asunto familiar que seguía rondando por su mente y, tras despedirse calurosamente del resto de los componentes del grupo y de la responsable de tan enriquecedora y excepcional visita con final feliz, se acercó con sus hijos a una escondida, y agradable, terraza cercana, la del café-bistrot del Instituto francés, y, simulando una inverosímil tranquilidad, pidió zumos y croissants para celebrar la recién vivida aventura familiar, mientras esperaba…

La tranquila terraza del Insituto francés

Un escondido y tranquilo café-bistrot francés

Y finalmente el móvil sonó; la voz del padre de familia se escuchó y su mujer del todo se tranquilizó: a pesar de la distancia, los cuatro de Aliapiedienfamilia estaban otra vez juntos, pisando “a piedi” y “en familia” el suelo madrileño o jerezano, libres bajo un mismo cielo donde se desvanecía un temor ya lejano…

Tres notas finales:

1) El relato está dedicado a todas aquellas personas, familiares, amigos, conocidos, y también desconocidos, que, a través de sus comentarios en Facebook o en el blog, me apoyan, a sabiendas o sin saberlo, en los “momentos literarios” más difíciles, animándome con sus gestos y sus palabras y también, como en este caso, y en el del Edificio Cervantes, con sus entusiastas ofrecimientos para enseñarme lugares normalmente inaccesibles para los comunes mortales. Un agradecimiento especial va dirigido también a esa ficticia “juez suprema” que, en realidad, pertenece no sólo al genero humano sino también a la Fiscalía de la Audiencia Provincial de Madrid. “Grazie a tutti voi!”.
2) Aliapiedi, cuya pasión por los viajes puede más que el miedo a volar, sabe perfectamente que el avión es el medio de transporte más seguro del mundo pero no puede evitar tenerle cierto respeto y seguir soñando con vuelos familiares gracias a sus “¡alas en los pies!” (en italiano: Alia[i]piedi), sus alas de la fantasía… ¡y no de la tecnología!
3) El “plan de acero” sigue publicado en este blog… por si alguien se anima… ¡con la venia de su señoría!

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Categorías: EDIFICIOS | Etiquetas: , , | 4 comentarios

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4 pensamientos en “Tribunal Supremo: La confesión de Aliapiedi

  1. ALEJANDRA MOLINS

    Hola Alia!!!!!!!!!!!!!!! como echaba de menos tus excursiones!!!!!!!!!!!!!!!!!!
    Que bonito!!!!!!!!!!!!!!!! y me encanta la terraza también!!!!
    Eres Total, me encanta!!!!!!

  2. ANABEL ALCALA

    Estupendo Alia!!!! como siempre,me ha encantado!!!! : ) Un beso

    • Querida Anabel: Me alegra muchisimo saber que lo has leído y, sobre todo, que te ha gustado! Espero que la confesión final no te haya decepcionado. Muchísimas gracias por tus palabras. Un beso fuerte

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