Pedraza y Sepúlveda: Regreso al pasado (Segunda parte)

La reliquia del pasado: ¡Una cabina telefónica!

¡La reliquia del pasado!

[… Sigue] Un pintoresco letrero de madera, ubicado encima de la puerta de acceso, hubiera podido dar una pista a los más pequeños sobre el extraño contenido del insólito contenedor, pero ellos, cegados por la curiosidad, no repararon en su presencia. Así que, rememorando una de nuestras primeras visitas en familia, la del Edificio Telefónica, les fuimos explicando que aquella extraña construcción era una cabina telefónica, en cuyo interior se encontraba un aparatoso teléfono fijo que funcionaba insertando unas monedas llamadas “pesetas”, y descolgando el correspondiente auricular.

Los jóvenes del tercer milenio, familiarizados con móviles inteligentes, pantallas táctiles y sistemas de comunicación inalámbricos, se quedaron boquiabiertos al enterarse de la existencia de esa tecnología tan anticuada: les costaba creer, por ejemplo, que su propia madre, en la etapa doctoral, unos quince años atrás, sin bajarse de su inseparable bicicleta, ya que las mencionadas “cabinas” estaban a una altura propicia, llamaba a sus padres a través de las mismas utilizando unos curiosos “gettoni”, sólo disponibles en los estancos, posteriormente sustituidos por las “lire” y finalmente por las avanzadas tarjetas telefónicas; les costaba creer que su propio padre, en su etapa milanesa post-doctoral, hubiera quedado igualmente asombrado por la cantidad de “cellulari” que ya circulaban en la “capital económica de Italia”, mientras que en su país de procedencia aún no se había producido esta invasión “móvil”; les costaba creer que sus padres, cuando empezaron a salir juntos, no sólo quedaban citándose en un lugar predeterminado a una hora predeterminada, sino también, y sobre todo, …¡se encontraban! -para ser sinceros, nosotros mismos nos sorprendíamos  al recordarlo-.

Así que, después del relato histórico sobre la evolución de estos aparatos telefónicos hasta su completa extinción, al igual que los dinosaurios varios millones de años atrás (¡!), y después de la correspondiente e indefectible foto de rigor, los cuatro de Aliapiedi, unos con una pizca de nostalgia y otros con una pizca de picardía, retomamos el camino, rumbo a Sepúlveda.

Sin embargo, lo que presumíamos un  breve y plácido viaje se vio súbitamente interrumpido: justo a la salida de Pedraza, en un lugar estratégico, nos aguardaban unos coches patrullas de la Guardia Civil para un oportuno control de alcoholemia, después del almuerzo, a las cuatro de la tarde…

Una vez más volvían a mi memoria los versos, adaptados, del ilustre García-Lorca:

“A las [cuatro] de la tarde

¡Ay, qué terribles [cuatro] de la tarde!

¡Eran las [cuatro] en todos los relojes!

¡Eran las [cuatro] en sol de la tarde!”

… “y con el estómago que arde” (Aliapiedienfamilia)

De repente, los niños se callaron, su madre les sonrió, primero a ellos y después a los policías -en ambos casos sin el éxito esperado-, y el padre sopló: unos segundos interminables, unos escalofríos inimaginables, una tensión inaguantable y… ¡un pitido incomprensible! Nadie en el coche se movía, casi ni siquiera respiraba, mientras que en el exterior, en esa glorieta asolada, en ese peligroso cruce de caminos, estaba a punto de decidirse nuestro destino: la sustracción de unos cuantos puntos y la correspondiente multa e, incluso, la prosecución de un potencial recorrido… (¡¿a piedi?!).

El agente nos miró, nos observó, nos escrutó como si fuéramos seres de otro mundo -y probablemente lo parecíamos dada nuestra casi inmediata petrificación, y consecuente camuflaje con la villa que acabábamos de dejar atrás, y finalmente habló: “Adelante”… -¡con todos los puntos, sin multa y motorizados!-

Una vez superado el trance, arrancamos el motor y nos alejamos rápidamente, respetando, eso sí, escrupulosamente los límites de velocidad, de aquel inquietante lugar y, pasados unos cinco minutos “de cortesía”, estallamos de júbilo, volviendo a respirar a pleno pulmón. Los tripulantes más pequeños no se habían enterado del todo de lo que había pasado pero, a pesar de ello, conscientes del peligro, gracias a su innato y natural instinto de supervivencia, habían permanecido en silencio, pero ahora, a una distancia prudencial de aquellos hombres uniformados que, por su actitud seria y autoritaria, no dejaban presagiar nada bueno, nos “bombardeaban” con todas sus razonables dudas e inevitables preguntas: ¿Quiénes eran aquellos? ¿Qué querían de papá? Y, sobre todo, ¡¿porque le habían obligado a utilizar ese extraño silbato?!

Dedicamos la escasa media hora de distancia entre las dos villas segovianas a tranquilizar, apaciguar  sosegar y, finalmente, silenciar a nuestros hijos, gracias en parte a las soberbias y pintorescas vistas de Sepúlveda desde el mirador de Ignacio Zuloaga.

Las

Las “pintorescas vistas” desde el mirador de Ignacio Zuloaga

Pero, al igual que me ocurrió con Pedraza, ese magnífico panorama del pueblo segoviano asentado sobre una extensa peña tampoco me resultaba familiar. Detuvimos nuestro vehículo y estuvimos largo rato contemplando desde lejos las pintorescas y numerosas construcciones que componían lo que, en época medieval, había sido un enclave fundamental para la historia de Castilla y, después de haber retenido en nuestra mente y, esperaba yo, por lo menos esta vez, también en mi memoria, aquella soberbia imagen, seguimos por la carretera secundaria guiados por un desorientado, y por ende inútil, GPS, empeñado en llevarnos a otro lugar de igual denominación pero a mayor distancia. Nos encontrábamos en el medio de un paisaje casi lunar, sólo desmentido por la presencia de agua, la del río Caslilla. Afortunadamente la racionalidad humana, que en la actualidad va progresivamente dejando paso a la (casi) perfección y (casi) infalibilidad mecánica, supo imponerse y atendimos a nuestra lógica intuicción.

Llegamos así a la villa, concretamente a la calle de los Fueros, y después de haber encontrado inexplicablemente, una vez más, un cómodo sitio a la sombra para el coche, nos dirigimos a piedi hasta la cercana plaza del Trigo, donde asomaba, por un lado, el blasonado, y abanderado, Ayuntamiento y, por el otro, la antigua cárcel de la villa, y donde se anunciaba la hora de inicio de la visita teatralizada nocturna del día, titulada “Sepúlveda, entre luces y sombras”. Faltaban unas horas para su comienzo, a las diez de la noche, y delante de aquel cartel tentador, al igual que por la mañana delante de la puerta del castillo de Pedraza, nuestras miradas, y los sentimientos que las acompañaban, se cruzaron, más bien chocaron, con la única, y no irrelevante, diferencia de que ahora la inmensa mayoría apoyaba y compartía el entusiasmo de la que suscribe para asistir a aquel evento y, de paso, quedarnos a dormir allí.

Es inútil decir que en esta ocasión la decisión se adoptó por decreto y no por mayoría absoluta, como había ocurrido por la mañana, y que el racional padre de familia tomó unilateralmente la decisión más lógica, fundándola en (supuestos) válidos motivos…

Y, como siempre, me vi obligada a apuntar también tan interesante y cautivadora iniciativa en mi fiel Moleskine: la hoja que a principio del día estaba en blanco poco a poco iba llenándose de proyectos, sueños o ilusiones…

Después del breve debate o, mejor dicho, monólogo paternal, seguimos, unos pocos pasos más allá, hasta la hermosa plaza de España, el único elemento arquitectónico que recordaba de mi anterior visita familiar por una curiosa anécdota. Unos quince años atrás, en ese espacio rectangular y parcialmente porticado, originariamente extramuros, donde en la Edad Media se celebraban mercados, fiestas y corridas de toros, unas alegres y divertidas mujeres, ya entradas en años, con la característica sencillez y espontaneidad de la gente del pueblo, habían invitado a mi padre, tan repetida como inútilmente, a unirse a sus cantos y bailes típicamente populares; recuerdo que mientras mi madre, mi entonces novio y yo observábamos curiosos aquella inolvidable imagen folclórica, que mentalmente comparaba con una representación animada del celebre cuadro de Matisse, “La Danza”, y asistíamos divertidos a los embarazosos intentos del progenitor para no ser parte de aquel círculo (¿vicioso?) danzante femenino, evitando al mismo tiempo ofender a sus animadas participantes, nos sobrevolaron unas imperiales cigüeñas que, con su aura legendaria, captaron toda nuestra atención.

Aquella escena ornitológica se reproducía ahora en la misma dinámica, con los nobles volátiles posándose en el gigantesco nido construido entre los torreones del antiguo castillo, por encima de esas campanas de la añadida espadaña barroca  que en su día daban la hora y el tradicional toque de queda. Desde aquella posición “de altura”, esos animales alados dominaban todo el territorio sepulvedano, mientras que la que suscribe no podía parar de plantearse unas inquietantes preguntas: ¿Eran las mismas aves de más de un decenio atrás? ¿No se habían movido de allí? O, mejor dicho, ¿habían emigrado a tierras más calurosas y habían vuelto año tras año? O, por absurdo que pudiera parecer, ¡¿era yo que había regresado al pasado?!-.

El castillo con sus torreones, espadaña y nido de entonces y de ahora

El castillo con sus torreones, espadaña y nido de entonces y de ahora

Como siempre unas voces infantiles me despertaron de mis reflexiones “espacio-temporales”; eran las de los niños que, otra vez hambrientos, habían entrado con su padre en una acogedora pastelería, fundada hace más de un siglo, y con un nombre muy “castellano”, eligiendo a duras penas una merienda entre las tentadoras exquisiteces expuestas en el mostrador y en las delicadas vitrinas de madera.

El tentador mostrador de pasteles

El tentador mostrador de pasteles

Envueltos por esos dulces aromas, empezamos a conversar con los afables encargados, y no sólo sobre temas gastronómicos, pues acabamos preguntándoles acerca de los lugares más interesantes del pueblo.

La Puerta del Azogue o Arco del Ecce Homo

La Puerta del Azogue o Arco del Ecce Homo

Nos sugirieron que fuéramos al cercano punto de información turístico, así que, después de haber elegido un dulce y de habernos asegurado de que aquel templo pastelero estaría abierto a la vuelta para un nuevo aprovisionamiento a modo de souvenir de nuestra excursión, siguiendo “a pie de calle” sus indicaciones, enfilamos la limítrofe calle Barbacana, cruzamos la Puerta del Azogue o Arco del Ecce Homo, y seguimos recto hasta la iglesia románica de los Santos Justo y Pastor, donde estaba ubicada la oficina de turismo y también el Museo de los Fueros.

Allí nos entretuvimos con la tan amable como competente responsable, la cual nos ofreció todos los detalles para un recorrido express por nuestra cuenta, al no poder participar, dada la hora, en una de sus visitas guiadas, y nos proporcionó unos cuantos mapas y folletos sobre una serie de interesantes circuitos por el nordeste de Segovia que, como siempre, fueron rigurosamente anotados en la consabida página de mi agenda, que estaba ya al límite de su capacidad.

La dura

La dura “escalada” con la merecida recompensa al fondo

Despidiéndonos de ella, emprendimos una cuesta situada justo frente al mencionado centro para visitantes, dejando a nuestra izquierda la reja, cerrada, de un romántico jardín, el de la Señora, y a la derecha la Casa de los Proaño o Casa del Moro, así llamada por la cabeza de árabe sobre un alfanje ubicada en el frontón de su fachada plateresca, estructuras ambas pertenecientes en la actualidad a un restaurante.

Subimos unos escalones que se hacían progresivamente más estrechos y más empinados, y así aquel inicial y agradable paseo a la sombra de los árboles se fue convirtiendo en un atípico vía crucis bajo los cálidos rayos de nuestra estrella que cruzaban despiadadamente la capa de ozono, golpeando los frágiles cuerpos de los más pequeños que, lejos de reactivarse con la energía solar, iban apagándose poco a poco. Pero, afortunadamente, al final de la dura escalada, encontramos la justa y divina recompensa: la iglesia del Salvador, con su soberbia torre de ventanales ajimezados, paradigma del románico castellano.

El templo, como ya sabíamos, estaba cerrado, pero desde el exterior pudimos contemplar las columnas y ventanales de su ábside semicircular, su antigua galería porticada que se remontaba a casi un milenio atrás y, finalmente, desde lo alto de un sendero campestre emprendido al azar, desorientados frente a semejante belleza arquitectónica, el conjunto de su románica silueta estallándose entre las cimas nevadas de la sierra que se veía al fondo.

La románica silueta de la iglesia del Salvador

La románica silueta de la iglesia del Salvador entre las cimas nevadas de la sierra

Desde aquella improvisada posición panorámica pudimos también divisar nuestra siguiente meta, la iglesia de Nuestra Señora de la Peña, y la invisible dirección a seguir para poder alcanzarla. Así que bajamos de la cima de aquel cerro y, un poco (o mucho) por intuición y un poco por lógica, enfilamos la calle de El Corpus, esta vez cuesta abajo, hasta alcanzar la plaza Campo de la Virgen, dominada por el mencionado edificio religioso.

La románica iglesia de Nuestra Señora de la Peña

La románica iglesia de Nuestra Señora de la Peña

Al divisar un ameno área de recreo que la precedía, los niños recuperaron como por arte de magia todas sus fuerzas, y ya se dirigían hacia los atractivos columpios, pero sus autoritarios padres decidieron al unísono que, antes de proporcionarles ese “lúdico placer”, tenían que cumplir con un “duro deber”, el de cruzar la magnífica portada de la iglesia para admirar en su interior el impresionante retablo barroco que, con su imponencia, hizo olvidar a los más pequeños los deseados, y merecidos, entretenimientos exteriores.

Al salir de allí, con los ánimos ya apaciguados, los cuatro de Aliapiedienfamilia fuimos sorprendidos por una nueva, y aterradora, especie ornitológica: esta vez no se trataba de las áulicas cigüeñas, con las que ya todos, italianos en mayor o menor medida, estábamos familiarizados, sino más bien de unos amenazadores buitres leonados.

¿Una despiadada arpía o un majestuoso buitre leonado?

¿Una despiadada arpía o un majestuoso buitre leonado?

Aquellos seres inquietantes, con su plumaje de característico color, que revoloteaban por encima de nuestras cabezas cuales despiadadas arpías en busca de su botín, cambiaron por completo nuestros inminentes planes familiares, más bien infantiles, y mientras uno intentaba fotografiarlos sin que el smart-phone cayera entre sus garras obtusas, los otros intentaban seguir sus vuelos aéreos por vías terrestres, hasta llegar al pie de un impresionante barranco, o mejor dicho, de un profundo cañón, de casi cien metros de altura, formado por el curso del Duratón.

Al borde...

El profundo cañón del río Duratón

Sin apenas percatarnos, nos encontrábamos (casi) al borde del precipicio, nunca mejor dicho, de un impresionante precipicio que iba a lanzarnos de lleno en el maravilloso parque natural formando por las hoces del mencionado río.

¡Al borde del precipio!

¡Al borde del precipio!

Las vistas desde aquel sugestivo mirador, el de la Plaza del Castrón, quitaban el aliento y, a pesar del riesgo que corríamos, permanecimos inmóviles disfrutando de cómo caían en picado y remontaban el vuelo esos fascinantes animales alados. Nos hubiéramos quedado allí largo rato disfrutando no sólo de la potencia, en este caso erosiva, de la naturaleza, sino también de aquella peculiar exhibición aeronáutica; pero si queríamos evitar enfrentarnos a nuestro regreso con la criatura monstruosa de siempre, artificial y no animal, es decir la caravana del principio de esta aventura, teníamos que abandonar aquel lugar antes del ocaso del sol.

¡La parada infantil...

La parada infantil

Así que, muy a nuestro pesar, después de cumplir con la prometida parada infantil, y también con la pastelera -¡ya no había buitres que nos distrajeran de nuestros propósitos terrestres y terrenales!- volvimos a nuestro punto de salida, que también era el de llegada, la plaza principal de Sepúlveda, dejando atrás, o para más adelante, sus visitas teatralizadas y guiadas, sus fiestas y tradiciones, sus bailes y canciones, de entonces y de ahora, y también, pensaba Aliapiedi, una nueva futura reliquia del pasado: dentro de quince años esa estructura en forma de cuadrado captaría la atención de unos curiosos nietos imaginados, acompañados por sus padres en una hipotética aventura de “regreso al pasado”… .

¿Una futura reliquia del pasado?

¿Una futura reliquia del pasado?

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Categorías: EXCURSIONES | Etiquetas: , , , , , , , , , , , , , | 8 comentarios

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8 pensamientos en “Pedraza y Sepúlveda: Regreso al pasado (Segunda parte)

  1. Alia:
    He visto la segunda parte de vuestro recorrido por Pedraza y Sepúlveda, y también me ha gustado.
    Por cierto, el río “Caslilla” nace en mi pueblo natal, Casla, cercano a las dos villas que habéis visitado.
    Un saludo,
    Ángel

    • Buenos días Ángel: Me alegra saber que te ha gustado este relato que “discurre” cerca de tu pueblo natal y del río “Caslilla” (¡de Castilla!…y León). Muchísimas gracias por tu sugerencia entre líneas. Un saludo y felices vacaciones.

  2. Tenéis que volver, más pronto que tarde, para descubrir una nueva Sepúlveda a través de las magníficas visitas teatralizadas de Sepúlveda Viva. Historia viva de la villa. Merece la pena, para mayores y para pequeños 😉

    • Efectivamente Raquel, como escribí en el relato, teníamos muchas ganas de quedarnos allí para asisitir a esas visitas teatralizadas: la próxima vez, ¡espero que antes de los próximos quince años!, participaremos en ellas… ¡sin falta! Felices vacaciones

  3. Roberta

    Preciosas iglesias románicas, dulces cigüeñas, peligrosos barrancos, inquietantes buitres, exquisitos pasteles… también esta segunda parte de vuestra aventura familiar lo tiene todo y como siempre proporciona una relajante y muy amena lectura, ¡es todo un lujo leer tu blog Alia! Así como tu libro, ¡que ya he leído dos veces! ¡un abrazo!

    • Querida Roberta, tu sí que eres una persona preciosa, dulce y exquisita y, sobre todo, ¡un lujo de amiga! Gracias por seguirme siempre con tanto entusiasmo y generosidad en el blog… ¡y por Dublin! Un fuerte abrazo.

  4. Gabriel Garcia

    Desde Pastelería el Castillo agradecerte por el comentario aquí seguimos trabajando en lo q más nos gusta la pastelería artesana y luchando con todas las fuerzas a pesar del bombardeo de la pastelería industrial volver al pueblo q siempre recibimos al viajero con los brazos abiertos….

    • Muchísimas gracias a vosotros. Ha sido un auténtico placer, en todos los sentidos, poder visitar vuestra pastelería artesana. Os animamos a seguir aguantando, a pesar de la revolución industrial: la calidad siempre tiene su recompensa.

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