Planetario de Madrid: El satélite dormilón

La primera vez es siempre la primera vez. Y mi primera vez con López fue inolvidable. Estaba convencida de que nunca jamás habría vuelto a probar el mismo inesperado entusiasmo, las mismas sorprendentes emociones y la misma auténtica pasión de aquella primera vez, casi un año atrás. Pero él, en la segunda vez, acompañado por sus estrellas, volvió a conquistarme… para siempre.

La cita era un domingo por la mañana, en el lugar habitual, es decir, en su casa terrestre: el Planetario de Madrid.

El lugar del reencuentro: el Planetario de Madrid

El lugar del deseado reencuentro: el Planetario de Madrid

A este tan deseado reencuentro no iba sola, sino acompañada por mi familia y por muchos más admiradores, fieles o potenciales, que, esperando pacientemente su turno en la taquilla, habían acudido en masa a la excitante llamada de este increíble personaje. Evidentemente no era la única, no era su favorita, no era la elegida, sino una cualquiera de las muchas (personas) que cada fin de semana disfrutaban de sus intrépidas, y románticas, aventuras. Muy a mi pesar, dejando de lado mis egoístas ilusiones, me veía obligada a poner en práctica, con mi ejemplo, aquello que cada día repito a mis retoños: “¡Hay que compartir!”, así que con López no podía ser diferente, y, resignada, me unía a ese inusual harén compuesto por padres con hijos, tíos con sobrinos, abuelos con nietos, o, simplemente, apasionados de todas las edades. Junto con todos ellos me preparaba entonces para recibir la visita nocturna de mi secreto, o no tanto, amante virtual.

En la pertinente sala (de proyección), reinaba el silencio, un silencio inquieto y tenso. Con los móviles y cámaras de fotos apagados para que nada ni nadie estropeara la magia de esos cuarenta minutos apasionantes, todos estábamos expectantes y en alerta: en algún momento él aparecería…

Para relajar, o por lo menos intentarlo, nuestros cuerpos nerviosos, sonaba una alegre música country mientras que el mágico cañón-proyector en el centro de aquel espacio circular empezaba lentamente a moverse a la vez que oscurecía y caía la noche, una romántica noche progresivamente iluminada por millones de estrellas.

El cañon estelar

El cañon-proyector estelar

Era imposible no emitir al unísono una única y larga vocal esférica, seguida por una consonante muda: “¡Ooooooooooh!”. Era imposible no caer inmediatamente rendidos a los encantos de una brillante figura que, entre tantos puntos luminosos, se nos estaba acercando. Era imposible controlar las descargas de adrenalina que nos producía el placentero suspense que estaba a punto de acabar…

Era él.

Casi podíamos tocarlo, abrazarlo, sentirlo… Su inconfundible silueta de acero ya estaba encima de nosotros y sus dulces palabras ya llegaban a nuestros oídos… ¡entre ronquidos!

Unas sofocadas risitas surgieron de entre el público mientras que un avergonzado narrador intentaba, con extraños ruidos sibilantes, despertar al “Bello Durmiente”. Y finalmente, para alivio y gozo de todos los asistentes, nuestro ídolo nos concedió una seductora mirada, entre perpleja y sorprendida, orientando delicadamente su antena hacia nosotros.

L.O.P.E.Z.

L.O.P.E.Z., Laboratorio Óptico del Proyecto Espacial Zoom, y su seductora mirada

El mencionado comentarista, y al mismo tiempo representante artístico de este famoso personaje del star-system, nunca mejor dicho, nos advirtió, para aquellos que aún no habían tenido la suerte de conocerle en persona, que estábamos ante la presencia de un satélite artificial, y al pronunciar esas palabras nos vimos trasladados, sin movernos de nuestros asientos, al medio de un campo. Allí, entre las estrellas del atardecer, podíamos divisar un puntito de luz que, por culpa de la distancia, parecía moverse muy lentamente, aunque, en realidad, sus rítmicos, y sensuales, movimientos por la esfera celeste, al igual que los de sus primos, es decir, de otros satélites artificiales -todos ellos bien diferentes de otras engañosas luces, como las de los aviones o de las estrellas fugaces que desaparecen enseguida sin volver a encenderse-, eran rapidísimos.

Después de este breve, e “iluminador”, paréntesis, que concluyó con un tierno bostezo del protagonista, ya estaba todo preparado para una mejor, y más oportuna, puesta en escena de la inminente aventura, cuyo grandioso título circulaba por las paredes de la sala de proyección: “El Satélite dormilón”.

El satélite dormilón

El Satélite dormilón

Era el momento de la verdadera “presentación en sociedad” de este último, y él, impecable galán, con su estilo inconfundible, pronunciaba sus primeras, y cautivadoras, palabras: “Me llamo L.Ó.P.E.Z., Laboratorio Óptico del Proyecto Espacial Zoom” -¡”James López”, le faltó añadir a su acrónimo apellido, para que su aparición estelar, a lo mejor con una copa de Martini en la mano, resultara aún más fascinante!-.

Esta vez ese don Juan sideral, con amplia experiencia en todo tipo de relaciones, de sincera amistad, de pasión fugaz o de eterno amor, nos iba a seducir con la historia de sus orígenes, de su nacimiento y de su posterior lanzamiento al espacio.

A nuestro alrededor, cual fantástico soporte audiovisual de su fascinante relato, aparecieron unos gigantescos y ruidosos talleres donde trabajaban a pleno ritmo unos sabios ingenieros que, cuales Gepetos de los tiempos modernos, forjaban el metal para dar a luz a este satélite, de cuerpo artificial y corazón de oro, dotándolo de unos grandes ojos telescópicos, capaces de ver mejor que cualquier otro instrumento parecido terrestre -y es que, en efecto, su intensa mirada, para quien pueda aguantarla sin desmayarse, llega directamente al alma, cruzándola y haciéndola suya para siempre-.

López se sinceraba con esos primeros recuerdos de su existencia, cuando todavía estaba en el suelo terrestre, o mejor, en la parte más alta de un cohete, aún sin despegar, casi rozando con su estructura el techo de esa peculiar oficina: era un lejano 29 de septiembre… Y, al pronunciar esa fecha, de repente, empezó a caer sobre nosotros una intensa lluvia… de estrellas que, con un efecto de dinamismo luminoso impresionante, nos trasladó como por arte de magia a una base espacial en plena cuenta atrás para el lanzamiento de nuestro héroe: “10-9-8-7-6-5-4-3-2-1” y… ¡hasta el infinito y más allá!

Separados los tres cohetes auxiliares y luego el motor central, alcanzada perfectamente la órbita establecida y despegados los paneles solares, López por fin estaba en su sitio, allí arriba, navegando en el grandioso espacio infinito donde todo se mueve y todo gira como en un melódico vals universal…

Rodeados de estrellas casi no oíamos la voz del narrador preguntando si estábamos listos para descubrir lo que estaba viendo nuestro querido amigo, amante o amado. Después de la obvia y unánime respuesta, López y su representante nos desafiaron con el primero de muchos, y entretenidos, acertijos. Los niños, silenciosos y atentos, levantando sus imaginarias antenas para no perderse ni un detalle de las próximas frases, no dejaban  siquiera que aquéllos finalizaran las pistas sobre un bello planeta donde viven hombres y animales…

Desde lo más alto López, casi como George Clooney en las primeras escenas de “Gravity” -la comparación en términos de belleza estética de los protagonistas de ambas películas no es casual- nos enseñaba, lleno de admiración, nuestra Tierra, con sus océanos, sus continentes y unas cuantas nubes alrededor de ella, explicándonos como cada día, es decir, cada veinticuatro horas, da una vuelta completa sobre sí misma, con una mitad siempre iluminada y otra siempre oscura. Ver ese maravilloso globo azul desde lo más alto, pero cómodamente sentados en las butacas de la sala de proyección, era una experiencia única y llena de poesía, digna de una estática contemplación.

El maravilloso planeta azul: la Tierra (Fuente NASA)

El maravilloso planeta azul: la Tierra (Fuente NASA)

Pero el tiempo nos apremiaba y López ya estaba deseando sorprendernos con más maravillas del firmamento y con sus correspondientes adivinanzas. Era el turno de un elemento celestial que da vueltas alrededor de nuestro planeta…

Un espectador, sin duda confundido por tantas y tan fuertes emociones y al mismo tiempo invadido por una inexplicable nostalgia por el sistema ptolemaico, gritó convencido el nombre del Sol, pero todos los demás asistentes, un poco más centrados, dieron sin problemas con la respuesta correcta. Apareció entonces la Luna, esa gran bola de rocas, llena de cráteres y montañas, más pequeña que la Tierra, que gira alrededor de ella cual magnífico satélite natural. En ese momento, mientras los niños, deseosos de convertirse en increíbles Armstrong del Segundo Milenio, soñaban con pisar su suelo, alguien, también fantaseando con dejar allí, a piedi, sus inconfundibles huellas familiares, se entretenía con distintas frases a pronunciar para cuando se realizara ese futuro paseo lunar: “¡Un pequeño paso para el hombre, un gran paso para Aliapiedi!”, “¡Unos pequeños piedi pero unas grandes huellas!”, o, sencillamente, “¡Aliapiedi… en la Luna, senza ali e con i piedi!” -en español, “¡Aliapiedi… en la Luna, sin alas y con los pies!”-.

El próximo destino imaginario de Aliapiedi: la Luna

El próximo imaginario destino de Aliapiedi: la Luna

La fuerza invisible de esas ligeras ilusiones -acompañada por una imponente banda sonora de piano y orquesta que, sin nada que envidiar a la de “2001: Odisea del espacio”, amenizaba las escenográficas explicaciones sobre las distintas fases lunares y los correspondientes cambios de forma de este satélite a medida de que avanzaba por el cielo- me hacía casi levitar de mi sillón, como si ya estuviera allí, flotando por el espacio infinito sin gravedad.

Pero mis dulces sueños se vieron drásticamente interrumpidos por la voz un poco apresurada del comentarista, devolviéndome de inmediato a mi lugar, a mi asiento material y a mi posición geográfica en el suelo terrestre. López estaba perdiendo energía y si no orientaba bien, cuanto antes, sus paneles, nos arriesgábamos a perder nuestras valiosas telecomunicaciones. Así, mientras que el hábil satélite realizaba los pertinentes ajustes técnicos, su representante todoterreno aprovechó para lanzar al aire otro acertijo: “Brilla tanto que el cielo se ilumina. Es un astro que da mucho calor, da mucha luz, pero no es un farol” -esta vez sí que la anterior respuesta solitaria se irguió majestuosa entre el coro de voces infantiles…-.

En la cúpula del Planetario apareció esta estrella, nuestra estrella, una enorme esfera de gas supercaliente, que cruza el cielo del Este al Oeste, de “vital” importancia, en el sentido más propio del término, para la Tierra y todos sus seres, y capaz de convertirnos en auténticas brújulas -que no antorchas- humanas, indicando el Norte con nuestra sombra si a lo largo de su cotidiano recorrido nos ponemos de espaldas a él, con los brazos extendidos al mediodía. Y para que nos diéramos cuenta de sus increíbles dimensiones, el comentarista nos ilustró con una afortunada comparación deportiva, fácil de recordar para los admiradores, de todas las edades, de los “estelares” Pau Gasol o Rafa Nadal: si la Tierra fuera una pelota de baloncesto, la Luna sería una de tenis y el Sol un globo más grande que la misma cúpula del Planetario. Y una vez advertidos de los peligros para la vista en caso de observación directa, se personó de repente un irresistible López, en una original versión satelitar de “Men in Black”, con unas gafas especiales, de lentes obscuras, con las cuales no sólo se protegía del Sol, sino que también proyectaba imágenes de este último -resulta inútil decir que, entre su aire de “bel tenebroso”, y lo que nos estaba enseñando en las curvas paredes de la sala, me dejó sin palabras: el mirar y el admirar se confundían en mi agitado corazón…-.

Nuestra "vital" estrella: el Sol

Nuestra “vital” estrella: el Sol

Pero también este idílico momento finalizó repentinamente por culpa de unas extrañas interferencias en la señal de radio. Nerviosos e inquietos, acordándonos de la anterior “animada” aventura vivida hace más de un año, “En órbita con López” -también en cartelera, y orientada para niños “mayores”, de entre 5 y 8 años-, y rezando para que no se tratara de un meteorito, a punto de un fatal “Deep Impact” contra el amado planeta azul, los componentes de la familia de Aliapiedi nos cogimos fuertes las manos preparándonos, aterrorizados pero unidos, para lo peor: ¡P.E.R.E.Z.!

¿P.E.R.E.Z.?

¿P.E.R.E.Z., una Piedra Enorme de Rocas para Exprimirnos como Zumos?

Afortunadamente no era una “Piedra Enorme de Rocas para Exprimirnos como Zumos”, sino un mucho menos peligroso elemento artificial que navegaba por el Universo. A su entrada en escena, anunciada como siempre por unas letras cubitales que, circulando por el techo de la cúpula, especificaban el verdadero significado de este acrónimo, “Primer Explorador Remoto Lanzado al Zodiaco”, siguió otra lluvia de estrellas que nos trasladó al momento de su lanzamiento.

¡P.E.R.E.Z.!

¡P.E.R.E.Z., el Primer Explorador Remoto Lanzado al Zodiaco!

Esa vez sí que el día fue “impactante”…

Todo iba bien: la cuenta atrás, el despegue, los motores a la máxima potencia, la trayectoria…

López, desde lo alto, ya en su órbita, observaba con cara de felicidad como poco a poco se le iba acercando su primo mayor pero bien pronto su expresión de alegría se transformó en una mueca de susto tremendo: Pérez se estaba acercando demasiado, demasiado rápido, demasiado cerca, demasiado todo y… ¡Bang! Un golpe tremendo, sobre todo para nuestro héroe que, después de dar vueltas y vueltas sobre sí mismo durante un tiempo, se quedó más de un mes con un ojo morado -que, dicho entre nosotros, le daba un aire aún más “canalla”-.

Después de esta angustiosa historia del pasado, volvimos otra vez a la actualidad, a la vida real de este otro satélite artificial, que, después de muchos años viajando por el Universo y tomando fotos del mismo a través de su cámara, justo aquél día de otoño estaba llegando a un destino especial, objeto, obviamente, de una nueva adivinanza.

Se trataba de un planeta con muchos anillos, más de mil… Sin tener que añadir ningún otro detalle, todos los asistentes, ya expertos astrónomos, habían coreado su nombre. Así que López preparó su gran antena para recibir la retransmisión de este importante evento y, a los pocos segundos, pudimos escuchar perfectamente la voz metálica de Pérez, comentándonos el aspecto de ese planeta, donde es imposible aterrizar, cuyos famosos anillos, formados por millones de trozos de hielo, aparecían en el interior de la sala de proyección, como si quisieran rodearnos con un álgido, puede que fatal, abrazo virtual.

Saturno: El Señor de los anillos...

“El Señor de los anillos”: Saturno

El efecto visual era grandioso; parecía estar allí… ¡o a lo mejor lo estábamos de verdad!: cada vez más cerca de Saturno, de los anillos, de los huecos negros entre ellos… Estábamos a punto de cruzarlos: los latidos del corazón se hacían cada vez más intensos, la respiración aumentaba y nuestras manos volvían a entrelazarse temblorosas… Entramos directos en esas inquietantes zonas negras, pasamos entre ellas y, después de unos instantes interminables, salimos por fin ilesos de allí -y con más de diez mil fotos tomadas en ese momento tan crucial por un frío y calculador Pérez-.

¡Misión cumplida! Una más que añadir al impresionante palmarés de este experimentado viajero, cuyo curriculum vitae haría palidecer a la mismísima Luna. En efecto, según nos contaron, gracias a él en los archivos del Planetario estaban guardadas más de miles de imágenes de un famoso, e inquietante, planeta, bastante parecido al nuestro, aunque más pequeño y más frío, sin mares y sin aires, pero con hielo en sus casquetes: Marte.

Un inquietante planeta: Marte

Un famoso e inquietante planeta: Marte

Pero el aventurero Pérez, no conforme con haber fotografiado su Polo Norte, después de haber esquivado un peligroso cinturón de asteroides, es decir unas temibles rocas gigantescas que flotan en el espacio, no sólo alcanzó sucesivamente a Júpiter, con sus satélites naturales que, como siempre, giran, o mejor, danzan alrededor de él, sino también dió con un gran descubrimiento: TXZ.

¿Qué era eso? ¿Qué significaban esas extrañas letras? ¿Era un nombre en código? Estas, y muchas más preguntas, se sucedían en las mentes de grandes y pequeños, intentando repasar a una velocidad de vértigo todos los nombres de extraños personajes de ciencia ficción: C-3PO, R2-D2, E.T. …

Nada de todo eso: esas tres consonantes indicaban a un famoso cometa, con forma de croqueta, que en su momento había sido protagonista indiscutida de las portadas de todos los periódicos del mundo, además de motivo de tremendo orgullo para Pérez y sus Gepetos-ingenieros.

Al oír ese término tan navideño, los niños ya fantaseaban con las imágenes del belén, mientras que el narrador, preparado científico y mejor astrónomo, les explicó que ese elemento celestial era, en realidad, una enorme bola congelada de hielo y polvo que, acercándose al Sol, se derrite y, después de haberse alejado del mismo, vuelve a congelarse, perdiendo esta vez su cola para siempre… -ese trágico final, tan real, pero duro de aceptar, causaba entre los más pequeños un profundo trastorno: ¿Qué iba a pasar con los próximos Reyes Magos? ¿Cómo iban a encontrar el tradicional portal? Y, sobre todo, ¡¿Dónde acabarían sus preciados regalos?! Afortunadamente la estrella cometa de la cual ellos tanto se preocupaban es la única de todo el Universo que nunca perderá su brillante, y útil, cola…-.

Una cometa...

Un mágico cometa con su brillante cola

Ya podíamos seguir escuchando, todos más tranquilos, el impresionante listado de los próximos destinos de este eterno explorador: Urano, Neptuno, Plutón y finalmente el astro más cercano al Sol, Alfa Centauri.

Y hablando de estrellas, surgió una última doble adivinanza sobre la que indica siempre el Norte y la forma de encontrarla en el firmamento. Era el momento del grandioso acto de presencia de múltiples constelaciones, utilizadas desde los tiempos más antiguos como medio de orientación nocturno a través de la unión de románticos puntos luminosos en el cielo con unas líneas imaginarias, y, en el caso concreto, de una, formada por siete estrellas, que configuraban la silueta de una hembra de animal.

Los niños ya sabían perfectamente cual era pero, gracias a su desenfrenada inventiva, cada uno de ellos podía imaginar, con esas siete estrellas, la figura que más le apetecía: desde un tenedor a una vela, desde una flor a una jirafa, desde una serpiente… ¡hasta una ballena! ¡Y recorriendo a la infinita fantasía, Aliapiedi, obviamente, se atrevió con la suya! Allí no había una Osa (mayor o menor) sino un cometa (mayor o menor) -¡que no estrella cometa!- volando libre y ligero a través del cielo de una noche de otoño…

¿Una osa

Una(s) útil(es) constelación(es): ¿la(s) Osa(s) o un(os) cometa(s)?

Y mientras unos fantaseaban, otro(s)… ¡roncaba(n)! No eran los atentos y estupefactos espectadores, sino el tierno, y fascinante, satélite dormilón. Su representante, como siempre intentando salvar las apariencias, trató de entretenernos interpretando lo que podía estar soñando: un viaje por el espacio, saltando de estrella en estrella, en busca de un planeta desconocido lleno de nuevos amigos…

Con esta última duda onírica pero con la certeza más absoluta de que desde lo más alto, observándonos con sus ojos telescópicos, tendremos siempre cerca, no obstante la distancia, a un ángel de la guardia especial, quizás artificial, llegaba el final de otro encuentro espectacular, acompañado por el dulce sonido de un arpa solitario.

Volvía la música country, rompían los aplausos y surgía una atípica poesía (“Oda a López”):

“Y así fue

Mi segunda vez.

El satélite artificial,

Dulce amante virtual,

El Universo había detenido

Para un disfrute más que infinito”

(Aliapiedienfamilia)

Una nota final: Este relato está dedicado no sólo a mi “dulce amante virtual” sino también al reconfirmado equipo “galáctico” del Planetario, cuya generosidad, cortesía y amabilidad iluminan cada día el cielo artificial de Madrid. Gracias como siempre y de corazón.

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Categorías: ESPECTÁCULOS, MUSEOS Y EXPOSICIONES | Etiquetas: | 10 comentarios

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10 pensamientos en “Planetario de Madrid: El satélite dormilón

  1. ALEJANDRA MOLINS

    Me ha encantado!!!!!!!!!!!!!!!!1111
    Me encantaría hacer una visita contigo a donde sea… seguro que le das una perspectiva que antes no he visto!!!!!!!!
    Si me avisas para la siguiente, nos apuntamos!!!!!!!!!!!!!!!
    Sigue asi…. eres maravillosa!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

  2. obbione

    Me ha gustado, gracias.

  3. Roberta

    ¡Alia! ¡Una vez más nos has regalado una aventura por Madrid increíble y fantástica a través de tu inalcanzable ligereza y sentido del humor! ¡Un disfrute total leyéndola! Ahora a ver si llevo a mi princesa un día, para que entre en ese ¡asombroso e infinitamente maravilloso universo! ¡Un fuerte abrazo! roberta

    • Queridísima Roberta, como siempre tus comentarios son extremadamente alentadores. Me alegro de saber que has disfrutado con la lectura… pero estoy segura que tu princesa y tu disfrutaréis mucho más “en vivo y en directo” en el Planetario…Ya me contarás. Un fuerte abrazo.

  4. Elisabetta_Bagli

    Muy bonita tu descripción del Planetario y de toda la actividad que se desarrolla allí! Me ha gustado mucho leer tu post y me ha entrado gana de volver otra vez allí con Stefano y Francesca!!!! Muchas gracias por haber compartido con nosotros todo esto!!! Grazie!!!! 😉

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