Museo Geominero: Ni mención, ni estrella

Hay ciudades tan ricas desde un punto de vista histórico-artístico que, por (culpa de) tanta abundancia, corren el riesgo de que muchos de sus bienes de interés cultural resulten, en el mejor de los casos, infravalorados o, peor aún, ignorados: el Museo Geominero es indudablemente uno de ellos.A lo largo de mis viajes por Europa y más allá, he visitado capitales y ciudades que, aunque desprovistas de ese tipo de riqueza, siguen siendo, por motivos que se me escapan, destinos turísticos de cierto renombre, y en los cuales un edificio como este sería, sin duda, la “atracción estrella”. Al contrario, en las guías sobre Madrid, cuyo contenido con el pasar de los años se va progresivamente reduciendo al mismo tiempo que su precio va aumentando, no hay sitio siquiera para una triste mención de este inmueble que, aunque fuera sólo por su valor arquitectónico, merecería un párrafo aparte o, por lo menos, una (humilde) referencia en un anónimo listado final.

Entiendo que las rocas, fósiles o minerales no ejerzan un especial atractivo sobre la mayoría de los comunes mortales -yo misma, lo confieso, soy absolutamente ignorante en materia; las únicas piedras que reconozco al instante, y que me cautivan, son ¡las preciosas!: diamantes, esmeraldas, rubíes y zafiros…- pero el “contenedor” de todos esos elementos de por sí ya sería digno de una visita. Ubicado en la primera planta del Instituto Geológico y Minero de España, en el número 23 de la calle Ríos Rosas, el museo en cuestión no llama mucho la atención desde el exterior -hay que reconocerlo-, sobre todo por (culpa de) su proximidad a otro de los tan hermosos como sorprendentes edificios que abundan en Madrid: la Escuela de Minas.

El Instituto Geológico y Minero de España

El Instituto Geológico y Minero de España

Yo misma, al pasar delante de él todas las mañanas, camino de la oficina, nunca me había planteado entrar allí, aunque el ingreso fuera gratuito; aún no sabía que esa indiferencia, casi imperdonable, iba a transformarse en una auténtica pasión, motivo de hasta cuatro visitas en poco más de un mes. Al igual que en el caso del Edificio Cervantes, buena parte del mérito de mi “conversión” fue de una mamá del cole que, no con palabras, sino directamente con hechos, apoyó, y satisfizo, mi petición bloguera. Fue sencillo, como sólo pueden serlo los gestos entre personas que se aprecian, sin decírselo, y cuyos intereses coinciden, sin saberlo. Ella, en este campo, es mi antítesis: una auténtica experta del sector -“geóloga de formación y de corazón”, se define- y tuvo la oportuna delicadeza de acompañarme en mi visita sin atosigarme con explicaciones científicas, de las cuales hubiera retenido menos de la mitad, y de enviarme previamente, para mi conocimiento, un artículo, escrito por la directora del museo, donde, de una manera muy sencilla y, al mismo tiempo muy precisa, se describía la historia, el contenido y la finalidad de esta institución -nunca el envío de un correo electrónico había resultado tan oportuno, dada mi incompetencia en materia-.

¿Una ostra con perlas o un cuarzo amatista?

¿Una ostra con perlas o un cuarzo amatista?

El día establecido, cuando por fin me detuve delante de la entrada de ese edificio para acceder en su interior, enseguida me llamó la atención un enorme trozo de mineral, una especie de concha gigantesca o, mejor aún, ostra, que contenía unas cuantas bolitas, parecidas, desde mi peculiar punto de vista, a unas originales perlas de color violeta: ¡Nada de todo eso! La etiqueta me avisaba de que se trataba de un (espectacular) cuarzo amatista proveniente de Brasil, cuya presencia, como elemento decorativo, era mucho más impactante y agradecida que las clásicas esculturas, sofás o cuadros que, normalmente, se colocan en la puerta de ingreso de construcciones similares.

La famosa puerta giratoria

La famosa puerta giratoria

Pasé el detector de metales (que no de minerales), y subí por una escalera de mármol -parecía la entrada a un palacete nobiliario- al final de la cual había una famosa puerta giratoria de madera, de esas que tanto gustan a los niños, que nunca se cansan de darles vueltas y vueltas, mientras que los adultos, como se demuestra en un divertido anuncio de una conocida bebida allí rodado, se preguntan el porqué de tantos “giros”. Detrás de ella estaba esperándome mi amiga que, en vía del todo excepcional, iba a convertirse en mi anfitriona, concediéndome además el enorme privilegio de visitar ese lugar durante su horario de cierre al público, es decir, después de las 14.00 horas.

A duras penas pude saludarla y agradecerle su disponibilidad: lo que estaba viendo me lo impedía o, por lo menos, me lo ponía muy difícil…

Si antes había tenido la sensación de entrar en una casa de la nobleza, ese vestíbulo marmóreo, reluciente en su cándido esplendor, parecía directamente la antesala de una residencia real.

Una grandiosa escalinata se perdía, en su primer tramo, en la luz de una impresionante vidriera que casi se juntaba con otra, aún más imperial, ubicada en el techo, y cuyas policromías decoraban la galería de la primera planta, caracterizada por unas sólidas columnas de roca metamórfica, esta vez veteada, ¡geológicamente hablando! Ese espectáculo arquitectónico era ya de por sí motivo suficiente para convertir al edificio en cuestión en parada obligada en alguno de los múltiples itinerarios turísticos capitalinos o de los paseos urbanos de los madrileños, de origen o de adopción -pero como hay tanto que ver en esta ciudad…-.

Una escalinata imperial

Una escalera “imperial”

Al final de esa escalera “imperial” nos esperaba otro precioso objeto decorativo, protegido por una barrera de cristal. Mirándolo con curiosidad y fantaseando en voz alta, me atreví a decir que parecía una enorme pieza de kriptonita, esa que tanto temía el mismísimo Superman -¿Existía de verdad ese compuesto radioactivo? ¿Y el planeta Krypton?… ¡¿Y Superman?!-, pero mi discreta acompañante, intentando no desilusionarme, me informó de que se trataba de una réplica a escala real de una “geoda con las paredes tapizadas de cristales de cuarzo y ortosa”.

¿Kryptonita o geoda?

La geoda-kryptonita de la galería principal

La miré, a ella y a la geoda, impresionada por la respuesta -mucho más pertinente que mis observaciones filmográficas- y, sobre todo, por ese nombre tan extraño, geoda, que en mi mente seguía evocando presencias alienígenas y unas consecuentes miradas de reproche por parte de los ilustres directores de la institución, allí representados, que, leyéndome el pensamiento, parecían querer salir de sus marcos dorados para impartirme in situ un curso intensivo de mineralogía; era mejor irse de allí, antes de que mis fantasías cobraran vida…

Unas ventanas de colores...

Unas ventanas de…

...según los sondeos

… coloreados sondeos

Mi acompañante me llevó por un pasillo lateral, cubierto por un precioso suelo de parquet antiguo -de esos que crujen al pisarlo, a diferencia de las tarimas flotantes de ahora, modernas y sin alma- que estaba flanqueado por unas preciosas ventanas de vidrios coloreados por temas, según los diferentes sondeos realizados en distintas épocas en el territorio español.

Fósiles extranjeros

Colección de fósiles extranjeros

Cocodrilo e ictosaurio: ¿monstruos marinos?

Cocodrilo e ictiosaurio (¿monstruos marinos?)

A continuación, nos encontramos con una variada colección de fósiles extranjeros, ordenada cronológicamente y expuesta en unas preciosas vitrinas de madera tallada, al final de la cual, colgadas en una pared, había dos réplicas: la primera, fácil de reconocer incluso para una inexperta como yo, era de un cocodrilo, mientras que la otra, situada justo encima de ésta, correspondía a un extraño réptil, llamado ictiosaurio, que, tal y como me sugirió mi amiga, guardaba cierto parecido, física y socialmente, con los actuales delfines y no, como yo suponía, con unos imaginarios monstruos marinos -terrorífico error, aunque en mi descargo puedo alegar que el nombre acabara en “saurio” y el período en que se encuadraba el tan amenazador como fascinante jurásico-; de todas formas, una vez más, según mi humilde opinión, era preferible no detenerse demasiado tiempo ni estar demasiado cerca de esos animales prehistóricos que, aunque quietos e inanimados, inspiraban un cierto respeto-.

¿Obeliscos decorativos o...

¿Obeliscos decorativos o…

...primas de sal?

… prismas de sal?

Mi guía me condujo entonces a otro pasillo, precedido por dos curiosos obeliscos decorativos, unos prismas de sal de Cardona, que, como si de unos guardianes petrificados se trataran, marcaban, casi custodiaban, con su presencia el inicio de un recorrido que llevaba a la sala principal, tal y como se indicaba en un útil plano del museo, escrito, al igual que las leyendas de muchos de los ejemplares allí reunidos, con signos alfabéticos y en braille.

Después de haber pasado revista a la colección sobre la paleontología sistemática de invertebrados, a la cual, afortunadamente, pertenecían, entre otros, los menos temibles moluscos, corales y esponjas, llegamos a una puerta de madera entreabierta, desde la cual se divisaba, en mi regio paralelismo, el “salón del trono”: un “majestuoso” espacio a caballo entre una exposición de antigüedades, por su mobiliario de excelente factura, y una de geología, por las millares de piezas allí reunidas.

Un pasillo real

El pasillo “paleontológico”

Ese grandioso cuerpo central, inaugurado a mediados de los años veinte, con ocasión de un exitoso congreso geológico internacional, cuando aún no se había empezado a construir la parte delantera del edificio, estaba repleto de infinidad de elementos y seres inertes, perfectamente colocados, minuciosamente ordenados y sabiamente iluminados.

Una sala grandiosa

El grandioso “salón del trono”

Representaban una especie de “real” cortejo alrededor de los “soberanos” de aquel increíble “reino” geológico, paleontológico y mineralógico: el Anancus arvernensis, con sus auténticos restos fósiles mastodónticos, expuestos en una reproducción del yacimiento paleontológico donde se encontraron, y, a su lado, un gigantesco cuarzo rosa -ahora sí lo reconocía- dotado de una placa dorada conmemorativa de la reinauguración del museo por parte del (verdadero) Rey, a finales de los años ochenta.

Los reyes (geológicos) de la colección

Los reyes (geológicos) de la colección

Estábamos rodeados por las “joyas de la corona”, delante de la misma “corona”, y justo por debajo de un enorme escudo “real” de España, motivo central de una magnífico lucernario que, desde lo más alto, más arriba de las tres balconadas protegidas por unas hermosas barandillas de hierro forjado, custodiaba con autoridad todas aquellas valiosas piezas -insisto: si situáramos esa sola sala en una de tantas ciudades europeas, constituiría de por sí misma un sitio de excepcional interés turístico-.

Aquel lugar era inquietantemente fascinante y, rodeada por todos esos antiguos y elegantes expositores, empecé a imaginarme como la protagonista de la versión española de “Noche en el Museo”, obsesionada con que “alguien” o “algo” despertara inexplicablemente.

Un mapa

Un útil plano del museo

Un valioso ejemplar... ¡de hoja de sala!

Un valioso ejemplar… ¡de hoja de sala!

Mi cicerone, más acostumbrada a aquél ambiente, pero no por ello indiferente a su encanto, e indudablemente más entrenada que la que suscribe para aquél repentino, y fascinante, viaje en el tiempo, hasta millones de años atrás, intentaba explicarme el criterio con el cual estaba organizada la exposición, pero, al percatarse de mi estado de total desorientación, provocado por tanta embriagadora copiosidad, me enseñó unos expositores, ubicados a lado de la entrada, donde había unas útiles hojas de sala que ayudaban al (perdido) visitante a identificar las piezas principales de cada vitrina, señaladas con un especial marcador -necesitaba urgentemente esos valiosos papeles diferenciados por colores, según la colección de referencia, y ¡enseguida me hice con todos ellos!-.

Piezas táctiles: ¡A tocar!

Piezas táctiles: ¡A tocar!

Unos agradecidos arañazos

Yeso laminar con caóticos arañazos

Deambulando entre aquella marea de ejemplares, me imaginaba el estupor de los niños, sus caras, sus miradas y, sobre todo, sus manos, deseosas de entrar en cada una de aquellas vitrinas para tener un contacto personal con esas muestras tan increíbles como llamativas, y mi anfitriona me hizo notar que, justo para satisfacer ese deseo tan infantil de tocarlo todo, existían unas cuantas “piezas táctiles”, como, por ejemplo, la de un yeso laminar -estaba lleno de caóticos arañazos, obra de los más pequeños que, por una vez en su vida, podían desahogarse en ese sentido sin que nadie les regañara; más bien al contrario, ¡sus mismísimos padres les animarían a ello!; y, obviamente, Aliapiedienfamilia, no pudo resistirse, y dejó allí, entre tantos miles, su inconfundible huella familiar… ¡a ver si la encontráis!-.

Restos de meteoritos

Restos de meteoritos

Priscacara delante de Archeogoeriono peruvianus

Priscacara delante de Archaeogerion peruvianus: ¡perca delante de cangrejo!

Además, en esa misma planta, mi acompañante me enseñó, en las tres vitrinas centrales, unos fósiles singulares, por su excepcional estado de conservación, como el de un pez perca, en términos científicos, Priscacara, que estaba delante de un impresionante cangrejo, mejor dicho, Archaeogerion peruvianus, y unos minerales peculiares por su tamaño, brillo o color. Y, en efecto, aunque no se tratara de unas atractivas piedras preciosas, el aspecto de sus cristales era deslumbrante: transparentes, hexagonales o rómbicos, brillantes, amarillos, decimétricos… -esas muestras tan increíblemente sorprendentes iban a cambiar radicalmente mi onírico y potencial “Desayuno con diamantes” por un real e inmediato “¡Aperitivo con minerales!”-.

¡Aperitivos con minerales!

¡Aperitivos con minerales!

Y para los niños varones, cuya imaginación, a diferencia de las coquetas fantasías joyeras femeninas, infantiles y también adultas, se inclina más hacia guerras galácticas, un precioso mostrador contenía los restos de unos meteoritos caídos en la superficie de nuestro planeta, a los cuales se había unido recientemente una nueva e increíble pieza, no sólo por su composición, sino también por la historia de su fortuito hallazgo en una vivienda particular donde, entre otros usos, se empleaba ¡para el prensado de jamones en su fase de salazón!, puesto que, no obstante sus pequeñas dimensiones, pesaba cien kilos. Se trataba de un excepcional siderito, cuyo fragmento auténtico junto con una réplica del original en tamaño real, se exhibía bajo el nombre de Retuerta del Bullaque, con referencia al sitio donde se descubrió -es justo recordar que todas las replicas mencionadas, junto con muchas otras, son obra de un ingenioso especialista del museo que ha patentado un innovador método de reproducción de fósiles, minerales y rocas, que actualmente es objeto de una exposición itinerante por el territorio español-.

Unos cálidos canapés...

Unos cálidos canapés

La escalera de caracol

La escalera de caracol

Después de haber recuperado fuerzas en las acogedoras zonas de descanso ocupadas por unos cálidos canapés de terciopelo rojo -cálidos no sólo por su revestimiento exterior sino también por la estructura que ingeniosamente ocultaban en su interior: un no tan hermoso sistema de calefacción-, subimos por una escalera de caracol -de esas que también gustan tanto a los pequeños, al igual que las puertas giratorias; será porque dan vueltas y vueltas, y giran y giran…-, y alcanzamos la primera planta, dedicada a los fósiles vertebrados, entre los que destacaba la réplica del cráneo de un famoso dinosaurio: el temible Tyrannosaurus rex -ese sí que evocaba imágenes monstruosas-.

El monstruoso Tyrannosaurius Rex

El monstruoso Tyrannosaurius Rex

Pirita de Navajún

La impresionante pirita de formas cúbicas

La galería de la segunda planta, en cambio, estaba dedicada, en parte, a una colección básica de rocas -tales como el granito, el basalto o el conglomerado– y, en su mayoría, a los minerales representativos de las diferentes comunidades autónomas, entre los que destacaban unas piezas muy cotizadas por los coleccionistas en materia: las piritas de Navajún, en La Rioja -un impresionante ejemplar de las mismas estaba también expuesto en una vitrina central de la planta baja donde se podían admirar sus tan características, y mundialmente conocidas, formas cúbicas de excepcional calidad y belleza-.

Más arriba estaba la última balconada, la tercera, ocupada por los fondos del museo, y no accesible al público, desde donde se divisaba una maravillosa panorámica de aquél inmenso patrimonio científico. Aproveché de esa excepcional posición privilegiada y empecé a tomar el mayor número posible de fotos, por todos los lados, por todas las esquinas, por todos los rincones, hasta que, al aproximarse la hora de salida del colegio de nuestros hijos, me vi obligada, muy a mi pesar, a bajar de allí, a volver sobre mis pasos, y a “Regres(ar) al Futuro”, ¡al tercer milenio después de Cristo!

Panorámica...

Panorámica…

...desde lo más alto

…desde lo más alto

Esa visita tan especial y tan sorprendente había concluido del modo más grandioso posible y, junto con mi querida paleontóloga nos fuimos a piedi al cercano colegio. Durante aquel breve y agradable paseo, le pregunté por un lugar mencionado en el informe que ella me había remitido: un espacio, oculto entre aquellas suntuosas paredes que habíamos dejado atrás, que, para mí, representaba una auténtica joya, geológica en la sustancia y anticuaria en la forma -¡y no me refería a una histórica caja fuerte con unos extraordinarios brillantes en su interior!-. Ella, sonriéndome con un velo de tristeza, me dijo que allí sólo se podía entrar por las mañanas durante los días laborables, disculpándose por no haberme podido llevar después del horario de cierre. Ningún remordimiento, todo lo contrario: tenía un motivo añadido para volver al museo. Y volví.

A los pocos días tuve la fortuita casualidad de disponer por la mañana de media hora libre de ocupaciones laborales y me acordé de ese sitio tan misterioso como fascinante. Entré otra vez en el Instituto Geológico y Minero de España, y, en lugar de seguir las indicaciones para el museo, subí por un ascensor lateral, en dirección a mi deseado destino… Explicando con toda sinceridad a los responsables de la privacidad de ese lugar de que no estaba allí por fines científicos sino más bien por un interés personal, ellos, muy amablemente, me dejaron acceder con mi cámara de fotos: ¡estaba cada vez más cerca!

Había pocas personas y reinaba un necesario silencio, roto, como siempre, por el agradable sonido del crujir del parquet mientras dirigía mis pasos hacia una pequeña, y acogedora, sala principal.

Aquello era mucho mejor de lo que había esperado…

Con la mayor discreción posible, empecé a tomar instantáneas de aquellos escritorios, de aquellas escaleras, de aquellas estanterías y… de todos esos libros.

Las imágenes hablan por sí solas…

Una biblioteca: La biblioteca

Una desconocida biblioteca…

Una biblioteca, la Biblioteca del Instituto Geológico y Minero de España: otro sitio de especial interés, en términos culturales y arquitectónicos, desconocido para la mayoría del público, madrileño o no tanto, digno de unas tres estrellas, y ubicado dentro de un edificio de igual número de astros… pero, “al estar en Madrid, tan rica y tan bella, ¡ni mención ni estrella!” (Aliapiedienfamilia).

... ¡La Bilbioteca!

La Biblioteca del Instituto Geológico y Minero de España

¡Qué triste ser tan ricos…!

Una nota final: Para todos aquellos que quieran aprender más sobre este fascinante mundo geológico, el primer domingo de cada mes el Museo Geominero organiza unos talleres gratuitos para grandes y pequeños, a partir de seis años, en los cuales los monitores, después de unas explicaciones teóricas, proporcionan unas claves para reconocer fósiles, minerales o rocas, según la temática del día; eso sí, hay que reservarlos con mucha antelación, a ser posible el primer día laboral del mes anterior a su celebración, ya que las plazas, muy solicitadas, se agotan enseguida… ¡Os lo digo por experiencia!

Instituto Geológico y Minero de España

Una ventana hacia los conocimientos geomineros

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Categorías: EDIFICIOS, MUSEOS Y EXPOSICIONES | Etiquetas: , , , , | 7 comentarios

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7 pensamientos en “Museo Geominero: Ni mención, ni estrella

  1. Gracias Ali, desconocíamos las existencia de este museo, solo por el edificio ya vale la pena la visita, los pedruscos también se ven preciosos. Saludos.

    • Muchísimas gracias por vuestro comentario, como siempre. Efectivamente, el edificio es maravilloso y los pedruscos, aunque no sean piedras preciosas, son impresionantes. ¡Buena visita!

  2. ALEJANDRA MOLINS

    Hola Alia,
    Sublime, como siempre tu explicación del emblematico edificio….. yo he estado varias veces, pero hace mucho tiempo y la verdad, con tus explicaciones, veo el edificio, ahora de distinta manera….. me entran ganas de volver a ir y sobre todo de compartirlo con mi familia…….
    Gracias por todo.
    Saludos,

    • Alejandra…sublimes son tus comentarios que transmiten siempre el entusiasmo que tanto te caracteriza. Ya sabes que con un poco de de imaginación todo se ve de otra manera….Gracias a ti, amiga mía.

  3. Pilar Ruiz

    Impresionante como siempre. Me encanta tu forma de contar tus visitas. Seguiremos a la espera de otra Aliventura. Suerte

    • Gracias Pilar: Tus palabras son justo lo que me gusta oír. El fin del blog es que la gente disfrute leyéndolo y luego, con un poco de fantasía, se anime a visitar esos lugares tan bellos de Madrid…¡,¡Hasta la próxima Aliventura!!!

  4. Pingback: E.T.S.I. de Minas: En el cole de los mayores | Aliapiedi... por Madrid en familia

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