Mota, Arévalo y Coca: Una aventura medieval… ¿en el Lejano Oeste? (Primera parte)

Érase una vez un castillo, o mejor, unos castillos, unas damas y unos caballeros…

¿Qué mejor manera para empezar el cuento que íbamos a vivir? Ya teníamos todos los ingredientes necesarios para que una tranquila excursión fuera de Madrid se convirtiera en una apasionante aventura medieval.

Era un sábado cualquiera pero un sábado especial: sin compromisos familiares, sin deberes escolares y sin actividades extraescolares. Un sábado sólo para nosotros.

Lo llevaba esperando desde hace mucho tiempo, así que el viernes, después de haber comprobado que las principales páginas web de meteorología anunciaban por unanimidad un día soleado y sin lluvia (¡ni siquiera de meteoritos!), recolecté, imprimí y estudié todo el material necesario para aprovechar al máximo el tiempo el día siguiente: mapas de carreteras, recorridos alternativos, información sobre pueblos y monumentos, ubicación de las oficinas de turismo, teléfonos de contacto y, sobre todo, requisito imprescindible en mi nutrido dossier, una selección de restaurantes ubicados a lo largo del camino.

Lo tenía todo controlado y organizado al milímetro -soy así de pesada, o meticulosa, según se mire, con la planificación de cualquier actividad relacionada con viajes, excursiones o visitas-, y así fue como, sobre la marcha, ¡todo cambió!

Ya tenía reservada la hora para el recorrido guiado de la mañana en el castillo de Coca, el más lejano, y luego, por la tarde, para el de Arévalo, después de una parada gastronómica en un estratégico punto intermedio. Pero no había calculado el factor sorpresa…

A mitad del trayecto el padre de familia propuso amortizar en términos logísticos y económicos los centenares de kilómetros que íbamos a recorrer -acababa de subir por enésima vez el precio de la gasolina-, y acercarnos también al castillo de La Mota, que yo, en mi férreo e inflexible esquema mental, tenía guardado para un futuro desplazamiento a Valladolid y consiguiente plan familiar. Le miré sorprendida y, por un momento, desorientada, pero enseguida, derogando todas las rígidas normas organizativas por mi establecidas, volví a tomar las riendas de la programación -las reglas existen para que haya excepciones a las mismas, y la mía era una variante cuantitativa del carpe diem, es decir, ¡cuanto más, mejor!-.

Llamé al centro de información turística de Medina del Campo, donde estaba ubicado ese último castillo, y, una vez consultados los horarios de las visitas y realizando unos rápidos cálculos, me di cuenta de que, con un poco de suerte, es decir, con un afortunadísimo encaje de horas, minutos y hasta segundos, fruto de una poco probable conjunción astral, a lo mejor era posible añadir ese nuevo destino. La decisión estaba tomada: cambio de planes. Seguíamos recto, por la carretera de La Coruña, más allá de la salida de Arévalo, hacia la villa predilecta de Isabel de Castilla.

Una torre acorralada...

Una torre acorralada

Llegados a este antiguo municipio vallisoletano, encontramos aparcamiento de una forma sorprendentemente inmediata en una estrecha calle que desembocaba justo en la plaza principal -¿suerte o señal del destino?-. Al bajar del coche, entre las viviendas más o menos anónimas que nos rodeaban, me llamó la atención la estructura de una de éstas ya que su parte central estaba ocupada por una especie de torre (¿de un castillo imaginario?) encajonada, casi acorralada, entre los muros colindantes; a mis pequeños acompañantes, para que empezaran a meterse en el papel medieval, les conté que parecía que esa insólita atalaya urbana quisiera escaparse de esas opresivas paredes, al igual que la noble dama que había estado allí encerrada muchos años atrás y que, finalmente, fue rescatada por un valiente caballero…

Mirándola pensativos, cada uno absorto en sus fantasiosas interpretaciones arquitectónicas, tomamos una foto y, dándole la espalda, fuimos a piedi -¡unos veinte pasos, aproximadamente!- hasta la antigua Plaza Mayor, ahora Plaza Mayor de la Hispanidad, cuyas amplias dimensiones sin duda hacían honor a su nombre.

¿El lejano Oeste o...

¿El lejano Oeste o…

¿El lejano Oeste o...

… la Plaza Mayor?

Tres de sus lados estaban enmarcados por unos soportales típicamente castellanos, de diferente altura y factura, haciéndola parecer, con un poco de imaginación, un pueblo del Lejano Oeste -empezaba a tener serias dudas sobre la época y el escenario de la aventura medieval que había planificado-, pero el cuarto de ellos era un auténtico desfile de emblemáticos edificios del siglo XVI: la Colegiata de San Antolín, las Casas Consistoriales, la Casa de los Arcos y, justo después de la esquina, el Palacio Real Testamentario.

Las Casas Consistoriales y la Casa de los Arcos: el poder temporal

Las Casas Consistoriales y la Casa de los Arcos: el poder temporal

La Colegia de San Antolín y su torre campanario: el poder espiritual

La Colegia de San Antolín y su torre campanario: el poder espiritual

El impulso inicial fue el de entrar a curiosear en cada uno de ellos pero el tiempo nos apremiaba: solo disponíamos de media hora antes de que empezara la visita guiada al castillo de La Mota. Había que tomar una rápida decisión: elegir entre el poder temporal y el poder eclesiástico y, por unanimidad, nos decantamos por este último -el motivo era sencillo: ¡la iglesia estaba abierta y el acceso era gratuito!-.

Nada más entrar por la portada principal, cuya fachada de piedra, añadido del siglo XVII, desentonaba claramente con la restante parte exterior de ladrillo, nos quedamos gratamente sorprendidos por las impresionantes bóvedas de crucería estrellada, por el grandioso retablo renacentista y por las numerosas capillas, de diferente estilo, tamaño y decoración, allí reunidas.

El retablo mayor

El grandioso retablo mayor

Paseando entre ellas noté que una estaba cerrada por una puerta acristalada; no se podía divisar lo que escondía pero mi personal “detector de curiosidades”, que acababa de activarse, me avisaba de que allí dentro había algo muy interesante, por lo que empecé a pensar en la manera de entrar en ese sitio tan protegido.

La Capilla de

La Capilla de San José

La Capilla de

La Capilla de Quiñones

No tuve que esforzarme mucho ya que a los pocos minutos apareció un cura junto con unos jóvenes ayudantes -¿otra casualidad del destino u otro golpe de suerte?-; me dirigí hacia él y, con mucho respeto y humildad, le pregunté si era posible traspasar esa barrera transparente. El autoritario eclesiástico, sin proferir palabra, con un simple gesto de la cabeza, asintió -ya me había dado cuenta, cuando contactaba por teléfono con los responsables de los diferentes puntos de información turística, que la gente de estas tierras, como bien constataba uno de sus habitantes más ilustres, Miguel Delibes, era de pocas palabras-, y yo, siguiendo su ejemplo, hablando con la mirada, animé al resto de la familia a seguirme allí dentro.

Ante nosotros se presentó una impresionante y enorme capilla, la de Nuestra Señora de las Angustias; era como otro templo, uno más pequeño dentro del más grande, donde destacaban, en la cabecera octogonal, tres elaboradísimos retablos de estilo barroco. Esa obra humana, reflejo de la fe divina, era increíblemente grandiosa y mientras la contemplábamos atónitos, un rayo de sol cayó justo sobre la talla de una Virgen, iluminándola intensamente y haciéndola casi invisible en su esplendor -¿otra casualidad u otra señal?-.

Capilla de las Angustias: ¿una Virgen luminosa o iluminada?

Capilla de las Angustias: ¿una Virgen luminosa o iluminada?

Entre el efecto luminoso y el absoluto silencio, nos quedamos profundamente impactados y, pasado ese fortuito instante que pareció eterno, levantamos emocionados la mirada hacia al cielo. Todo se aclaró: ¡fiat lux! Esa luz que se había hecho, tan potente y cegadora, había pasado a través de las ventanas de una maravillosa cúpula encamonada cuya ornamentación exaltaba la sacralidad, casi mágica, de aquel lugar.

¡Fiat lux!

Fiat lux: la cúpula encamonada

Disfrutar allí, solos y aislados, de lo humanamente divino o de lo divinamente humano, era un auténtico privilegio, casi una experiencia mística. El tiempo parecía haberse detenido…

Las campanas de la colegiata nos despertaron de nuestro limbo, obligándonos a volver en nosotros y a la cruda realidad de los minutos que pasaban inexorables y despiadados. Saliendo de la iglesia no pudimos evitar fijarnos, indignados, en esa insensible y cruel torre-campanario que, para más inri, incorporaba también un reloj con unas inflexibles agujas y unos curiosos carneros que tocaban los cuartos; parecía que todos sus elementos arquitectónicos, incluidos los dos maragatos que, desde lo más alto, vigilaban nuestros pasos, se habían confabulado para recordarnos nuestra cada vez más inminente cita cultural -por cierto, animad a los más pequeños a descubrir esos folclóricos personajes, ubicados a ambos lados de un monumental y sonoro objeto gótico, llamado “Maragata”… ¿Qué será?-.

Un real dedo inquisidor

Un real dedo inquisidor

Fuimos entonces directos al Palacio Real Testamentario, así llamado por ser testigo de las últimas voluntades de la reina Isabel la Católica, que en él falleció, y en la recepción compramos las entradas para el castillo, pasando necesariamente por alto la visita de esas históricas estancias y dirigiéndonos por el camino opuesto al señalado por la real escultura ubicada en el patio de acceso, que, con su dedo índice, parecía reprocharnos nuestra manera de abandonar, casi huir, de ese simbólico lugar.

Lo sentíamos mucho pero no podíamos quedarnos: acababa de empezar nuestra carrera, casi una batalla, contra el tiempo.

Animamos los potentes caballos de nuestro coche fantástico -¿o era una carroza?- y pasando, siempre sin detenernos, delante de las Reales Carnicerías y de la Iglesia de San Miguel, después de poco más de un kilómetro -no es que fuéramos vagos, simplemente teníamos mucha prisa- llegamos a los pies de un cerro, es decir de una “mota”: allí arriba tenía que estar el correspondiente castillo. Y así fue.

El imponente castillo

El imponente castillo de La Mota

En lo más alto apareció la fortaleza en todo su esplendor arquitectónico y soberbia militar. Era sencillamente imponente. Aparcamos en la amplia explanada frente a ella, caminando rápidamente hacia el Centro de Recepción de Visitantes -una curiosa casita de madera que encajaría mejor en un bosque, que por esos lares brilla por su ausencia, como el del cuento de Blancanieves-, donde nos estaba esperando la que iba a ser nuestra preparadísima y apasionadísima guía, después de comprobar que nuestros nombres figuraban en el listado de las reservas.

Yacimiento prehistórico

Un tesoro arqueológico en la oscuridad…

Para nuestra sorpresa la visita no empezó en el exterior sino dentro del mismo ameno “chalecito forestal” -donde, por cierto, hay unos limpios y modernos servicios, ideales para una parada técnica con los niños- que, bajo sus escaleras internas, escondía una autentica joya arqueológica. Los más pequeños, al ver que nuestra anfitriona se dotaba de una potente antorcha -sin duda iban a explorar algo, y además en la oscuridad: ¡dos elementos fundamentales para la búsqueda de un tesoro!- la siguieron inmediatamente, emocionados y picados por la curiosidad. Y así, bajando en silencio, aparecieron entre la penumbra unos sorprendentes yacimientos prehistóricos de la Edad de Hierro.

Nuestra acompañante, poniendo a prueba, con sus preguntas, los conocimientos de los numerosos niños allí reunidos que soñaban con ser futuros Tadeo(s) Jones, nos fue enseñando las primitivas habitaciones, delimitadas por sus paredes, el salón con los restos del fuego y unos extraños agujeros en el suelo que resultaban ser unas prácticas neveras de entonces, utilizadas para guardar la comida. El relato de la guía, amenizado por numerosos detalles prácticos sobre la forma de vida de aquella época, estableciendo paralelismos, cuando era posible, con la actual, se nos hizo a todos, grandes y pequeños, muy llevadero e interesante y, sin darnos cuenta, ya había pasado medía hora.

Finalmente salimos al exterior, y delante de los restos de una de las primitivas murallas que rodeaban la antigua ciudadela de La Mota, nuestra anfitriona empezó a relatarnos la posición estratégica de ese lugar, ubicado en la margen derecha del río Zapardiel, en una posición elevada respecto a las extensiones kilométricas de campo y más campo que conformaban el paisaje alrededor, y del poblado allí ubicado en la Edad Media que, con el tiempo, se fue extendiendo y desplazando hacia los terrenos más llanos, es decir hacia la villa de Medina; la retórica de nuestra cicerone era impresionante y sus palabras, acompañadas siempre de unas explicaciones lógicas y unas prácticas demostraciones, nos estaban descubriendo un mundo medieval mucho más real y cercano del que todos habíamos estudiado en los libros de historia.

Foso alrededor del castillo

Medios defensivos: fosos, cámaras de tiro, baluartes, barreras …

La siguiente parada fue justo delante de la fachada principal del castillo, donde, reparados a la sombra de un árbol solitario, escuchamos la cautivadora narración sobre la construcción, en distintas fases, a partir del siglo XII hasta el XV, de ese majestuoso edificio de ladrillo -que no piedra: ya descubriréis el porqué, a no ser que seáis expertos en leyes físicas- y sobre los abrumadores medios de defensa de los que se fue dotando con el paso de los años, hasta llegar a ser, gracias a las aportaciones de los Reyes Católicos, uno de los mejores Parques de Artillería de la Europa de entonces: barreras defensivas, fosos, cámaras de tiro y baluartes, además de lanzas, catapultas, cañones, arcos y mucho más… ¡Los niños estaban a punto de ponerse una armadura imaginaria para empezar a luchar contra unos despiadados invasores, mientras que las niñas, de “menores armas a tomar”, por lo menos en esta ocasión, pensaban en una frágil y dulce princesa allí cautiva!

Una vez cruzado el vertiginoso puente levadizo, pasando por unas puertas desenfiladas -otra genial solución de estrategia militar-, nuestra guía nos llevó directamente al sitio que más éxito tenía entre el público infantil: las galerías de tiro subterráneas.

Unas angostas escaleras

Unos angostos escalones

Bajando otra vez hacia la oscuridad por unos angostos escalones, y recorriendo en fila india unos estrechos pasillos por donde a duras penas se filtraba la luz del día, todos nos sentíamos trasladados a un imaginario escenario medieval, cuya supuesta autenticidad se veía potenciada por los centenares de telarañas que colgaban de esas frías paredes. Y así, siguiendo un poco temblorosos a nuestra experta anfitriona que se movía sin miedo por esos siniestros lugares, llegamos a otro terrorífico destino: los calabozos del castillo. Los niños los observaban desde lo alto en riguroso silencio -¡a ver si iban a acabar allí si no se portaban bien!- y nuestra guía, interpretando bien a ese insólita tranquilidad infantil, los reconfortó explicándoles que, en contra de las (erróneas) creencias populares, allí abajo no se torturaba a nadie y tampoco se dejaba que se pudrieran los prisioneros, sino que más bien se “depositaba” a las personas de noble rango para, una vez terminada la batalla, negociar su rendición; los pequeños suspiraron aliviados pero, por si acaso, mantuvieron la compostura durante el resto del recorrido…

Patio de Armas y portada

La portada gótica en el Patio de Armas

Por fin salimos de ese lugar tan inquietante y volvimos a disfrutar, casi gozar, del resplandor solar. Respirando hondo el aire fresco y dando las gracias por no habernos quedado encerrados allí abajo, nos dirigimos al Patio de Armas donde, en una de sus paredes, destacaba una preciosa portada gótica -a lo más expertos madrileños sin duda les sonará familiar, pero para los que no somos tan expertos, o directamente no somos madrileños, se trata de una reproducción de la que mandó poner Beatriz Galindo, “La Latina”, en su homónimo, y ya inexistente, hospital capitalino-.

Allí entramos y, cruzando un vestíbulo presidido por una réplica de una enorme y pintoresca cartografía de Juan de la Cosa, accedimos a la silenciosa, y mucho más apacible, capilla del castillo, de tipo románico-mudéjar. Aquí, después de oír la explicación sobre los distintos elementos que la componían, incluida una colección de obras de pintura y escultura sacra de notable valor, concluyó la entretenidísima visita que, para asombro de todos los asistentes, incluida la misma guía, evidentemente más entregada a su labor que de costumbre, había durado mucho más que la hora establecida, aunque ese (agradable) imprevisto ponía en seria duda la viabilidad de la recién renovada, y atrevida,  programación del resto del tour medieval…

Con las imágenes de batallas, guerreros y personajes de la realeza en la mente, a duras penas, no sin mostrar nuestro profundo agradecimiento a nuestra valiosa acompañante, volvimos a montar sobre nuestros caballos (mecánicos), rumbo a la hipotética siguiente etapa: Arévalo.

2012-08-25 13.10.09

La altísima Torre del Homenaje

Detrás de nosotros se elevaba la silueta del majestuoso castillo con su altísima Torre del Homenaje -en la que durante algunos fines de semana entre abril y noviembre se organizarán unas visitas guiadas teatralizadas, ideales para los niños y ¡para aquellas familias que vayan sobradas de tiempo!- y, mientras nos alejábamos del pueblo de Medina del Campo, vimos escrito en un muro de piedra un anuncio que no podía pasar desapercibido a los ojos de una familia que empezaba a estar hambrienta: “dulces de las hermanas clarisas”. Nos miramos a los ojos y leyéndonos en el pensamiento, ya totalmente contagiados por el hermetismo vallisoletano, dimos la vuelta y aparcamos el coche justo debajo de una enorme flecha que indicaba el lugar donde supuestamente se vendían los mencionados productos artesanales. Se trataba del Convento de Santa Clara.

Entramos por un sólido portal de madera, más propio de un rancho tejano que de un lugar tan sagrado -volvían a mi mente las iniciales escenas del lejano Oeste…-, y nos encontramos en un hermoso jardín, donde sólo reinaba la paz y el silencio. Allí no había nadie: ni coches, ni personas ni, tampoco, caballos (¡de hipotéticos vaqueros!).

Todo estaba cerrado, o mejor dicho, “clausurado”.

El convento de Santa Clara

El tranquilo convento de Santa Clara

La dulce imagen de los pasteles ya se nos estaba difuminando poco a poco -¿había sido un espejismo?- cuando la que suscribe, tozuda como siempre, o con más hambre que los demás, descubrió en la pared de uno de los edificios más recientes del complejo conventual un anónimo telefonillo -anónimo en todos los sentidos, por su forma y, sobre todo, por su nulo contenido: junto a su única tecla no figuraba un nombre, ni un apellido y, tampoco, un simbólico numero…-. Los demás componentes de Aliapiedi ya se habían dado la vuelta, resignados y mentalizados de que tenían que esperar otro rato para comer, pero la italiana fisgona tocó ese botón solitario y, después de unos interminables segundos de suspense, una voz femenina, al otro lado, contestó. “Armándome” de mi mejor tono de voz, pregunté amablemente si era posible adquirir los tan deseados pasteles y, como si hubiera pronunciado una palabra mágica, la puerta frente a mí se abrió automáticamente. Padre e hijos, de nuevos esperanzados, vinieron corriendo hacia mí y, todos juntos, accedimos a un pequeño y desnudo vestíbulo, sumergido en la penumbra, donde asomaban tres puertas, rigurosamente cerradas, y una escalera. No quedaba otra opción que subir por esos peldaños y, guiados por nuestra peculiar fe, conseguimos alcanzar… ¡el paraíso gastronómico!

¡El Paraíso... gastronómico!

¡El Paraíso… gastronómico!

El "trofeo" pastelero

El “trofeo” pastelero

Delante de nosotros apareció una pequeña habitación acristalada repleta de productos de repostería de todos tipos y, entre todos aquellos manjares, una monja de rostro sonriente. Fue la elección más dura y difícil de todo el día, pero al final nos decantamos por una caja de corbatas, la más grande de todas, y despidiéndonos de la amable religiosa con ese “trofeo” entre las manos, iniciamos a degustar, en el medio de la asolada, y aislada, meseta castellana, nuestro dulce aperitivo -o mejor dicho, brunch, por la hora que era-, reponiendo fuerzas para el camino hacia el Sur -¿o era el lejano Oeste?-. [Continuará…]

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Categorías: EDIFICIOS, EXCURSIONES | Etiquetas: , , , , , | 29 comentarios

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29 pensamientos en “Mota, Arévalo y Coca: Una aventura medieval… ¿en el Lejano Oeste? (Primera parte)

  1. ALEJANDRA MOLINS

    Jo, que buena excursión!!!!!!!!!!!!!!!!!! y desde luego que suerte con el tiempo!!!!!!!!!!!!!!!

    • Muchas gracias Alejandra, te lo aconsejo de verdad, tiempo soleado permitiendo. Cuando fuimos nosotros no había visita teatralizada en la Torre del Homenaje del Castillo de Coca pero este mes hay unas cuantas en programación para el fin de semana del 20 y 21 de abril. Un beso.

  2. Muy interesante, muchisimas gracias

  3. marta

    Qué bien…. yo quiero ir contigo!!!! a tu próxima excursión!

  4. Pilar Ruiz

    Hola familia, me ha encantado como lo cuentas, porque sin ir con vosotros lo he vivido, hombre creo que algo ayuda el conocerlo, porque aunque ahora vivo en la coruña soy nacida en Medina del Campo. y tambien cuando puedo me gusta darme mis paseitos, no hay visita a Medina sin visitar mi castillo. ¿Como puedo seguiros en este Magnifico Blog?

    • Hola Pilar: Antes de todo, gracias de verdad por tu comentario que he apreciado muchísimo ya que eres nativa de Medina del Campo. Para seguir el blog, puedes inscribirte por correo electrónico desde la misma pestaña que te aparece un poco más arriba en el lateral derecho, casi al lado del título de este relato, insertando tu mail. Automáticamente te llegará una notificación en tu cuenta de correo para que actives ese servicio, pincha sobre el enlace recibido y… ¡ya está! Recibirás automáticamente un aviso en tu correo electrónico cada vez que publique una nueva entrada. Si tienes problemas, puedes contactarme en: aliapiedienfamilia@gmail.com
      ¡Buen fin de semana!

  5. Pilar ruiz

    Hola Ali, tenemos aquí un gran dilema, ¿donde esta la torre acorralada. Porque no nos damos cuenta de donde estaba. Gracias.

    • Yo la llamo “torre acorralada” con mucha fantasía. En realidad se trata de un edificio de pisos que se encuentra ubicado al final de la calle Simón Ruiz, casi llegando a la Plaza Mayor. Un saludo.

  6. Miguel Ángel García-Pardo.

    La verdad cuñada es que después de tu descripción ya no hace falta ni ir al sitio….. Lo haces mágico… Lo único que no me ha quedado claro del todo es lo del “día especial” libre de compromisos familiares …….. Jajaja. Besos desde Jerez.

    • Muchas gracias Miguel Angel… De todas formas, si venís aquí, Aliapiedi os llevará encantada por esos lugares que he descrito, aunque ya te los imagines. Por lo que se refiere a tu duda, se trata de una “licencia poética”; no obstante, mis compromisos familiares consisten en hablar por teléfono con mis sobrinos, italianos y españoles, enviar unos correos electrónicos a mi cuñado favorito y mandar unos cuantos centenares de what’s app a mi cuñada preferida… Y eso pasa todos los fines de semanas, ¡con la única excepción de ese sábado especial! Un beso fuerte, cuñado, y gracias otra vez por haber leído el relato …(¿hasta el sábado especial?…eheheeh!)

  7. Roberta

    Querida Alia, con qué maestría has descrito ese ambiente y paisaje tan castellanos, ¡además haciéndolos llegar más allá de sus geográficos confines! Para los niños visitar esos castillos y esos lugares tiene que ser toda una experiencia, increíblemente sugerente (hasta animarlos a que se mantengan en silencio…¡un reto algo imposible con mi princesa!). ¡Y qué final tan dulce esta vez! ¡Se me hace la boca agua pensando en esos divinos manjares de las monjas! quedo a la espera del próximo post, ¡un abrazo!

    • Querida Roberta, esta vez he ido más allá de Madrid pero la aventura medieval merecía ser contada. Espero que la segunda parte, y final, del cuento no te deje con “mal sabor de boca”… Un beso para tu princesa y sus reyes…Gracias como siempre por leerte todos mis escritos, dejando tus afectuosos comentarios

  8. Un día bien aprovechado como nos gusta a los componentes de «Un país para recorrérselo», que también nos gusta llevarlo todo atado y bien atado, aunque no pasa nada si hay que desatar algo para ver y disfrutar al máximo. Esperamos la segunda entrega. Saludos.

  9. David

    Enhorabuena por el artículo de parte de un medinense!!

  10. Me gusta mucho este artículo.

    Escribo en un blog y sé que no es fácil ponerse delante de un papel (pantalla, bueno) en blanco. Tiene su mérito. Y solo es la primera parte! Yo estoy escribiendo sobre Arévalo ahora, aprovechando las Edades del Hombre, en breve lo subo.

    Gracias por compartir este trabajo. Estaré atento a nuevas actualizaciones.
    David V.
    CEO @DestinoCyL
    http://www.destinocastillayleon.es

  11. Pingback: E.T.S.I. de Minas: En el cole de los mayores | Aliapiedi... por Madrid en familia

  12. Finalmente he publicado la entrada dedicada al castillo de Arévalo. A ver si me da tiempo de editar la del castillo de Coca. Comparto también contigo, a modo de complemento a tu entrada mi visión.
    http://destinocastillayleon.es/index/castillo-de-arevalo/

    Sigue así! Me encanta, y también la segunda parte 😀

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