Al norte del Parque del Oeste: En busca de la ría perdida (Segunda parte)

[… Sigue] Cuanto más nos adentrábamos en el parque, más se parecía éste a un bosque.

¿Parque o bosque?

Y mientras los demás deambulábamos entre troncos seculares, ramas insidiosas y hojas gigantescas, delante del chico más joven del equipo que, distraído, se había quedado un poco rezagado, apareció el Señor de ese reino, Barbataus.

Barbataus

En son de paz le alargó su brazo extensible para que pudiera estrecharle la mano y le presentó, más allá, a su fiel servidor, El Inmóvil, al frente de un ejército vegetal formado por unos soldados perfectamente alineados y rectos.

El Inmóvil

Los Gormi-duendes del Reino del Bosque

El niño no estaba en absoluto asustado por esos seres tan extraños pues había jugado con ellos muchas tardes entre las paredes de su habitación, y les contó que estaba cruzando el maravilloso Reino del Bosque, junto con su familia, para encontrar la famosa ría artificial.

Al oír esas palabras hizo acto de presencia el imponente Granárbol, futuro rey del mágico lugar, que con su rama le indicó el camino a seguir para llegar hasta esa especie de “El dorado acuático”. Al soplar una ligera brisa, el arbusto se despidió de él moviendo su copa frondosa, no sin antes recordarle que siempre debía confiar en sí mismo, en la nobleza de su ánimo y en la ternura de su corazón: esas cualidades innatas, aunque ahora no lo creyera, en el futuro le convertirían en un ser humano fuerte e invencible, capaz de enfrentarse a todo y a todos.

Granárbol

El pequeño gran hombre escuchó atento esas palabras y se quedó pensativo en el medio de la naturaleza, sin darse cuenta de que, de lejos, sus familiares le estaban llamando insistentemente: ¿cómo era posible? ¿Nadie se había percatado de su encuentro fantástico? ¿Había sido todo un sueño? Estaba desorientado pero, increíblemente, una vez alcanzado al resto de su familia, más que nunca perdida entre la densa vegetación, fue capaz de guiarle por caminos que sólo él distinguía con asombrosa y absoluta seguridad, hasta llegar a un pequeño puente de madera, debajo del cual… por fin discurría la famosa ría artificial: ¡lo había(n) conseguido!

PARQUE DEL OESTE - La ría encontrada

La ría ¡encontrada!

 

Los más pequeños, entusiasmados con el tan ansiado descubrimiento, se deleitaron la vista con una infinidad de insectos y animales con los cuales estaban perfecta, e inexplicablemente, familiarizados: crías de ranas (¿?), caracoles, libélulas… -¿merito de las clases de Conocimiento del Medio o ciencia infusa?-. Y mientras ellos jugaban con todos esos bichos, los más grandes nos dejábamos sorprender por el pintoresco paisaje que nos rodeaba, una mezcla entre un jardín japonés y una jungla salvaje, totalmente distinto al resto del parque: pequeñas cascadas, hiedras trepadoras y antiguos guijarros… ¡sólo faltaba una aparición estelar de Indiana Jones para dar la enhorabuena a nuestro joven y prometedor explorador!

Mezcla entre jardín y jungla

Seguimos el curso del río, caminando por un hermoso sendero que lo flanqueaba, y, pasando de un lado a otro, de puentecito a puentecito, llegamos a un rincón secreto -o no tanto aunque para mis pretensiones era suficiente para quedarme más que satisfecha con la visita-: una fuente semioculta entre las rocas de la cual brotaba un liquido transparente, ¡sin duda un elixir de larga vida!

Manantial de la Salud

Aunque no fuera muy cómodo, sobre todo para los adultos, agacharse a la altura de ese Manantial de la Salud -ese era su verdadero nombre-, el esfuerzo merecía la pena. Bebimos mucho, en abundancia, y acabamos todos empapados, pero con energías renovadas y así decidimos seguir adelante, esta vez subiendo por un camino opuesto al de la ida.

Anciano Centinela

Nos topamos con un abeto gigantesco -se parecía mucho a los árboles de Navidad, así que deduje que tenía que pertenecer a esa familia vegetal- que custodiaba a sus pies una emotiva escultura dedicada a Elena Fortún por sus más fervientes lectores: los niños españoles. El joven explorador, gran amante de los libros, al verse allí identificado, se paró un momento para contemplar ese delicado símbolo de agradecimiento público. Y entonces, el gigante vegetal, que desde lo alto lo observaba complacido, se animó a hablarle. Era Anciano Centinela, guardián no sólo de ese monumento, sino también del límite meridional del Reino del Bosque.

Le advirtió de que cruzando esa frontera imaginaria, visible sólo a los ojos inocentes de un niño, habría vuelto para siempre al Reino de la Realidad. El chico, dubitativo, no sabía qué hacer, si quedarse allí, en ese mágico y alentador lugar o enfrentarse a su vida, a sus deberes aún sin terminar y a la poesía aún sin memorizar. Siguiendo el reciente consejo de Granárbol, escuchó a su corazón. Y así, como si de un reflejo involuntario se tratara, empezó a mover sus pasos, cada vez más rápido, cada vez más convencido, y de repente el escenario, y sobre todo el color del mismo, cambió: del rojo, naranja, marrón y amarillo de la naturaleza otoñal, al gris, casi negro, del asfalto urbano. Pero no dudó, no miró atrás, no se dio la vuelta; corrió, sereno y feliz, hacia sus familiares que le estaban esperando como siempre: no se había equivocado… ahora lo sabía.

A Simón Bolivar

PARQUE DEL OESTE- Al Maestro

“Al Maestro”

 

Allí, todos reunidos, en una amplia explanada de cemento, presidida por dos significativas esculturas, una dedicada a la más que respetable figura del Maestro y otra al ilustre Simon Bolivar, había que volver a tomar una decisión de vital importancia, según las indicaciones del único cartel informativo hasta aquel momento encontrado: seguir por el Paseo de Camoens y Valero hasta llegar a la parte más conocida del parque, la de la celebre Rosaleda, o subir por el Paseo de Ruperto Chapí, que delimitaba el mundo mágico, según los diferentes puntos de vista, que acabábamos de recorrer.

El cartel solitario…

…y la palmera solitaria

Las opiniones de grandes y pequeños eran discordantes pero, al divisar a lo lejos una extraña escultura en forma de pirámide rodeada por una especie de columnas -a lo mejor era una entrada secreta al Antiguo Egipto-, nos decantamos unánimemente por la segunda alternativa.

Al acercarnos, pasando por delante de una palmera solitaria -¡esa planta la reconocía sin problemas!-, y una vez comprobado que allí no había ningún “teletransportador”, sino en realidad un impactante monumento en honor a Miguel Hernández, nos adentramos otra vez en el parque, volviendo a pisar su hierba, llena, como siempre, de hongos -¿o eran los dóciles hijos de Espora El Terrible?-.

A Miguel Hernández

Ahora, sin embargo, éramos capaces de orientarnos con mayor facilidad y soltura y, tras recorrer senderos tortuosos, cuestas empinadas y verdes praderas, llegamos por fin al punto de partida.

El Ejército del Aire

Museo de América

Como al principio de esta historia, nos cogimos de la mano para salir juntos de allí, tal y como habíamos entrado, y dándonos la vuelta -esta vez sí, el niño también- el Parque del Oeste-Reino del Bosque, agradecido por la visita, nos regaló a todos, grandes y pequeños, inocentes o no tanto, unas vistas estupendas de nuestra civilización: el Ejército del Aire y, a su izquierda, el Museo de América y el Faro de la Moncloa.

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¿Mirador o nave espacial?

 

La silueta de este último, con su ya inutilizado mirador sobresaliendo de entre los troncos de unas altísimas plantas, me pareció una amenazadora nave espacial, suspendida en el cielo: ¿Estaba a punto de estallar una nueva Guerra de los Mundos? ¿Íbamos a ser abducidos?

El desagradable sonido de un claxon me despertó rápidamente de mis sueños y el niño-explorador que caminaba a mi lado, leyéndome el pensamiento, me dedicó una cómplice sonrisa: el Reino del Aire, por el momento, podía esperar…

P. S. Al finalizar nuestro paseo, el mayor de nosotros propuso un viaje al pasado, y más concretamente a su época universitaria, tan despreocupada como divertida. Intrigados y curiosos le seguimos por los distintos edificios de la Ciudad Universitaria -algunos dignos de ser vistos-, y él, orientándose perfectamente en ese laberinto arquitectónico donde los muros de ladrillos rojos a veces se mimetizaban perfectamente con las trepantes hiedras rojizas -¿o era al revés?-, sorteando escalerillas ocultas y pasadizos secretos, nos llevó por fin delante de la entrada del colegio mayor de su juventud.

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El acceso al colegio

 

Antes de entrar, mi fantasía ya estaba convirtiendo aquella puerta en un portal temporal hacia los años noventa pero, al cruzar su umbral, me di cuenta de que no hacía falta hacer ese esfuerzo mental.

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El eternamente joven futbolín

 

El tiempo allí no había pasado: el mismo sofá de polipiel de entonces, imagino que más desgastado, el mismo rincón de biblioteca, supongo que con más polvo y menos libros, y, sobre todo, el mismo frío comedor, eso sí… ¡con comida fresca y no caducada! No sé si la cruda realidad pudo con el dulce recuerdo pero la ternura de una mirada del chico de ayer hacia un eternamente joven futbolín borró de golpe la cruel imagen de hoy de unos tiempos que fueron… ¡y entonces empezamos a jugar!

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Categorías: PARQUES Y JARDINES | Etiquetas: , | 5 comentarios

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5 pensamientos en “Al norte del Parque del Oeste: En busca de la ría perdida (Segunda parte)

  1. Anita

    Preciosa historia en un marco incomparabel. ¡Toda una aventura en familia!!

    • Hola Ana: muchas gracias como siempre.. La ría al final resultó ser un humilde riachuelo pero efectivamente el paisaje alrededor era una auténtica gozada! Afortunadamente teníamos con nosotros al joven explorador…si no, la búsqueda hubiese sido perpetua. Un abrazo y buen fin de semana.

  2. Roberta

    ¡Qué aventura tan aventurera! ¡Y qué atrevimiento el pequeño explorador! Los nombres formidablemente fantasiosos, las fotos tan sugerentes como siempre y el mítico futbolín…. bueno, ¡qué toque final!, se te salen las lágrimas de la nostalgia…un fuerte abrazo, roberta

  3. Pingback: Al norte del Parque del Oeste: En busca de la ría perdida (Primera parte) | Aliapiedi... por Madrid en familia

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