Museo del Traje: La niña en la quinta dimensión (Primera parte)

Érase una vez… una princesa o, mejor, ¡un traje de princesa!

Fue así como, por segunda vez, volví a visitar este museo que, sin duda, despierta más admiración e interés entre el público femenino, ya sea adulto o infantil -¡os lo digo por experiencia!-. Va a ser fácil tarea la de convencer, y luego “detener”, a vuestras hijas, sean ellas presumidas o no, sean ellas coquetas o no, a acompañaros en este castillo imaginario donde se exhiben los trajes de sus sueños, desde los más antiguos hasta los más recientes. Descartada la participación de los componentes masculinos de mi familia -hay que reconocer que ya habían estado allí conmigo la primera vez, hace tres años-, me fui con mi fan incondicional, una niña delante de cuyos ojos ya estaban pasando las imágenes de unos fantásticos vestidos “pomposos”.

La señal tentadora

No sin cierta dificultad, llegamos a destino: los carteles son escasos y los que hay no se distinguen bien entre los demás de color violeta que indican las numerosas facultades, o colegios, de la Ciudad Universitaria. Por el camino, entre la vegetación que reina en esta parte de Madrid, descubrimos también una reluciente señal que despertó todas las alarmas, del tipo “planes”, “monumentos y palacios”, “visitas”, que siempre están en alerta dentro de mi cabeza: Casa de Velázquez. Confieso que nunca había oído hablar de esa casa que, por el fondo violeta de la inscripción callejera, tenía que ser algo digno de interés cultural.

Hoy no era el día… pero, aunque fuera desde lejos, tenía que verla. No podía esperar y, convenciendo a duras penas a mi joven acompañante -que ya se encontraba desde que había salido de casa en la “quinta dimensión”, la de los cuentos de hadas “virtual-reales”- nos acercamos a este edificio desconocido que, increíblemente, siempre había escapado a mi mirada fisgona.

Allí estaba, custodiado por una reja imponente, cerrada a cal y canto -mejor así porque mi curiosidad no me hubiese permitido darle las espaldas sin entrar y, consecuentemente, ¡la quinta dimensión de la niña se hubiera convertido en la décima, en términos temporales!- y no pude hacer otra cosa que admirarlo sorprendida entre los autoritarios barrotes y las delicadas rosetas de hierro forjado, luchando con todas mis fuerzas contra el impulso de llamar al moderno telefonillo -¿Quién iba a contestarme? ¿Velázquez? ¿Un descendiente suyo? ¿Habría conseguido convencerle para que me abriera las puertas de su mansión?-. Finalmente di media vuelta y me prometí a mi misma que volvería, informada y preparada sobre el tema, para cruzar triunfante esa despiadada reja. No iba a acabar así…

Casa de Velázquez

Pero la niña de la quinta dimensión no podía esperar más. Unos pocos pasos después llegamos, por fin, a uno de los dos accesos principales al recinto del museo, el que hace casi esquina con la Plaza del Cardenal Cisneros, justo delante de la parada del autobús.

¿T de Traje?

¿T de Traje?

El inequivocable letrero

El inequivocable letrero

Las enormes letras de color azulón y unos cuantos paneles colorados a forma de T -¿T de Traje?- no dejaban lugar a dudas. Desde el punto de vista de nuestra quinta dimensión -yo también empezaba a trasladarme en la realidad fantástica del cuento de hadas- ¡parecía casi la entrada a Disneyland!

Ante nuestros ojos se abría un jardín tan cuidado como sorprendentemente verde -atención: aunque os entren ganas de descalzaros, al igual que en El Capricho ¡no se puede pisar el césped!- y el camino por el que teníamos que bajar, rodeado de rosas rojas y hermosos pinares, no podía sino llevar a nuestro onírico castillo. Y efectivamente allí, al fondo, apareció en todo su esplendor, coronado por una torre que estallaba grandiosa de entre el azul de un cielo decorado con blancas nubes -aunque para verlo de esta manera había que estar profundamente inmersos en la “quinta dimensión”; en realidad, más que un museo parecía una metalizada catedral en un fértil desierto urbano…-.

El castillo-museo y su torre

El castillo-museo y su torre

Al subir la fabulosa escalera, pisando una imaginaria alfombra roja, mi sensación (del mundo real) fue confirmada.

¿Celo o...

¿Celo o…

... donut?

… donut?

Allí dentro no había nadie o, para ser más exactos, había más empleados que visitantes: vigilantes de seguridad, recepcionistas, jefas de salas, jefas de plantas, etc. Un despliegue impresionante que, en nuestra dimensión, representaba un comité de bienvenida para nuestras ilustres señorías, compuesto por pajes, nobles y altos dignatarios. Todos eran encantadores y afables -¿cómo no iban a serlo? ¡Se trataba de la visita oficial de una princesa y de su reina madre!- y, además, nos dejaron pasar sin utilizar el vulgar dinero y nos deleitaron con unas curiosas demostraciones utilizando el detector de metales.

Acabado el espectáculo en nuestro honor, nos fueron indicando el recorrido a seguir según un criterio cronológico -un breve paréntesis: en este enorme museo, de acero por fuera y madera por dentro, está prohibido sacar fotos y la penumbra de las distintas estancias sin duda no invita a ello, así que las aquí publicadas provienen de la  página web del Museo del Traje / CIPE-, empezando por un escaparate introductorio sobre distintas tipologías de indumentaria, según el oficio, las creencias religiosas o el grupo social de pertenencia de cada persona: desde un uniforme de gala del Cuerpo Real hasta un hábito de nazareno, de un chillaba a un kimono pero, sobre todo y sobre todos, en el centro, escoltado por un traje-pantalón y uno de novia, sobresalía y destacaba un romántico tutú rosa que, aunque no fuera un traje de princesa, entró enseguida en el imaginario ultradimensional de mi joven acompañante. Allí se veía ella, danzando, o mejor, flotando en el aire, al son de las celebres notas de Tchiakovsky, con ese corpiño ceñido de escote corazón y esa falda de tul que se abría en forma de plato, cual alas de un esbelto cisne rosa, o mejor, flamenco, que se libraba elegante en su vuelo imaginario…

El tutú del vuelo imaginario

Sinceramente, a cualquier persona de tierna edad o no tanto, le hubiesen entrado ganas de romper el cristal para ponerse esa joya del arte textil, aunque fuera por un solo momento, y nosotras a duras penas conseguimos dejar a nuestra espalda esa pieza encantadora para recorrer las siguientes salas, desde los “tiempo lejanos” hasta los “tiempos actuales” -una aclaración: las comillas utilizadas a lo largo del relato se refieren al tema tratado en las distintas salas y, dentro de las mismas, al de las vitrinas-.

“Velada musical”

“Paseo de los elegantes”

Había trajes “a la española” y vestidos “a la francesa” del siglo XVIII, aptos para una despreocupada “velada musical”, casacas masculinas con altos cuellos de tirillas y delicados vestidos de muselina del principio del siglo XIX, idóneos para el “paseo de los elegantes” creado por Carlos III -¿sabéis cómo se llama en realidad ese célebre paseo madrileño?- y, no podían faltar, románticos cuerpos ajustados con mangas pagodas y largas faldas con vuelo.

No hacía falta mucha fantasía para vernos trasladadas a un suntuoso salón de un magnifico palacio real danzando con nuestros ilustres invitados y, entre ellos, nuestra amiga de siempre, la duquesa de Osuna. Allí apareció: impecable, con un vestido en gros de Nápoles con decoración estampada en color burdeos, formado por un cuerpo con escote en pico adornado con un tableado en organza de seda, cinta de raso y volante de encaje y una larga falda con vuelo y estrecha cinturilla.

El vestido de la duquesa de Osuna

Su inconfundible estilo la hacía aún más sublime y nosotras, con nuestro porte y nuestra indumentaria, no íbamos a ser de menos. Estábamos… ¡simplemente espectaculares!Nuestros vestidos de baile provocaban miradas de envidia entre todos los ilustres asistentes, nadie podía restar indiferente ante nuestros atuendos: uno, con cuerpo en raso de seda de color malva, de amplio escote, con vuelo en la espalda y una imponente cola con encaje de Chantilly, y el otro, con cuerpo de seda glasé, con cenefas de terciopelo liso, y falda de tres volantes.

El vestido de la niña

vestido

El vestido de Aliapiedi

Además, en estas estancias, habíamos podido elegir nuestros mejores accesorios: zapatos de tafetán, carteras de terciopelo, guantes de seda y abanicos con escenas goyescas y, como colofón, nuestras adoradas joyas: sortija, medio aderezo de oro y piedra volcánica y collar de ebonita con colgante portarretrato. ¡Rapuntzel, Bella y Cenicienta juntas no hubieran podido competir con tanto esplendor! Éramos las más hermosas y elegantes de la fiesta y aunque las normas de etiqueta imponían que los anfitriones no debían hacer sombra a sus huéspedes… por una vez, ¡merecíamos una excepción! [Continuará… ]

 

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Categorías: MUSEOS Y EXPOSICIONES | Etiquetas: | 8 comentarios

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8 pensamientos en “Museo del Traje: La niña en la quinta dimensión (Primera parte)

  1. Roberta

    ¡Hola Alia! hacía días ya que estaba a la espera de tu próximo post, que ha llegado una vez más, en este soleado miércoles de otoño para deleitarnos de nuevo con tu entretenidísima prosa, ¡Dios mío qué control del español tienes! ¡Admirable! Y siempre nos haces descubrir lugares y sitios tan interesantes de Madrid que si no fuera por tus sonrientes relatos se quedarían desconocidos y abandonados por los potenciales visitantes, ¡ahora ya no veo la hora de entrar en ese espacio de ensueño con mi (presumida) princesita! ¡besos!

    • Hola Roberta…siempre tan generosa…Tus comentarios también tienen una prosa envidiable y de ellos se percibe como siempre tu entusiasmo de fan incondicionada. Estoy segura que a tu princesa, después de ver a una duquesa en carne y hueso, le gustará el castillo ultradimensional. De todas formas, la próxima semana publicaré la segunda parte del cuento: ¡a ver como acaba! Gracias como siempre por tus palabras. Un beso a ti, reina madre, y a tu princesita…

  2. stanwyck

    ¡Me encanta las entradas, Aliapiedi! Estoy empezando a hacer una lista de los sitios a los que tengo que ir la próxima vez que vaya a Madrid (con tiempo). La Casa de Velázquez es el equivalente de la Casa Medici francesa o el Colegio de Roma (http://www.casadevelazquez.org/) Besos, Pablo

    El 17 Oct 2012, a las 09:00, “Aliapiedi… por Madrid en familia” escribió:

    • Muchas gracias Pablo por tu apoyo y por la información sobre la Casa de Velázquez. En el texto del relato he puesto el mismo link que me has sugerido (puedes verlo pinchando en “Casa de Velásquez”) y efectivamente, como bien me cuentas, se trata de este tipo de institución. Gracias por tus útiles explicaciones: a ver si un día consigo visitar por dentro este edificio… en la página web se ven unas fotos estupendas. Un afectuoso saludo.

  3. Hola Alia:
    Cómo siempre, me transportas, a otros tiempos, recorriendo y descubriendo, nuevos sitios junto a mí ‘reina’ y lo importante qué me hacía sentir.
    !Eres! Un pozo, de sabiduría y conocimientos.
    Un abrazo

    • Julia querida: Gracias a ti por leerme con tanta pasión. Cada uno vive y recuerda los lugares a su manera, yo con mi princesa, o niña de la quinta dimensión, tu con tu “reina”. Espero puedas leer pronto el próximo relato, dedicado a otro monumento madrileño y a mi príncipe. Como siempre, te llegará la notificación en tu correo electrónico, en la “Bandeja de entrada” y, más detalladamente, en el apartado “Social” que es donde desde hace meses acaban mis mensajes “aliapiedescosenfamilia”. Gracias otra vez y un abrazo.

  4. Hola Alia
    “Casa de Velázquez” jornda de puertas abiertas al públic,el 28 de febrero desde las 15h hasta las 20h.
    Un abrazo Ala

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