El Búnker de El Capricho: El horror de la historia, el recuerdo de la memoria [Segunda parte]

[… Sigue]

Agarrándose a la barandilla que escoltaba los casi sesenta empinados peldaños, Aliapiedi, que había permanecido deliberadamente a la cola del grupo de exploradores, se esforzaba en ocultar su progresivo malestar y en ignorar los sudores fríos que, en consonancia con la baja temperatura que reinaba allí dentro, recorrían su cada vez más rígido cuerpo. Nada ni nadie, sin embargo, le iba a impedir seguir adelante con esa visita: sólo tenía que apoyarse con discreción en las paredes, o en el hombro de sus hijos, si era menester, hasta adentrarse, pasando desapercibida, en esa primera galería abovedada.

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La hostil escalera de ladrillo

Sin embargo, antes de emprender su peculiar descenso por aquella hostil escalera de ladrillo en el que debía sortear sendos ángulos rectos, el primero a la derecha y, tras un descansillo, el segundo a la izquierda, fijó su mirada en el pequeño tropel de visitantes que, desfilando en fila india por ese tortuoso y, a la vez, geométrico recorrido, le recordó por un instante un videojuego de su infancia, “Snake”, lo que le arrancó una pícara sonrisa, a pesar de las hostiles circunstancias.

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El estratégico ángulo de noventa grados

Pero, una vez más, desafortunadamente, aquello no era un juego, ni una inofensiva e informática serpiente cuya cola aumentaba progresivamente a la vez que se deslizaba por la pantalla de una prehistórica consola, siguiendo un recorrido huérfano de curvas pero rico en líneas primitivas que se sucedían en diferentes direcciones a través de ángulos de noventa grados, aquello era la pura y cruda realidad de un itinerario estratégicamente concebido para que el efecto de una posible deflagración rebotara sobre esas paredes perdiendo así su potencia y energía.

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La escalera especular hacia la entrada gemela

Los niños, atentos a esos “trucos” de estrategia militar que caracterizaban la estructura de un refugio de menos de un siglo de existencia, recordaron la excursión familiar que cuatro años atrás les había llevado hasta el “Lejano Oeste castellano”, donde tuvieron la oportunidad de conocer los castillos medievales de Coca, Arévalo y Mota, en cuyas visitas guiadas también habían aprendido unos increíbles y bélicos secretos. Y así, con las debidas comparaciones espacio-temporales, llegaron a una acertada conclusión: en las guerras, de entonces y de ahora, siempre había, y así seguiría siendo, algún genial arquitecto trabajando en la sombra y privado de emplear sus brillantes recursos y cualidades en edificios de diferente estilo y finalidad por haber nacido en el lugar y en el momento equivocados…

Y después de las tácitas reflexiones, los visitantes llegaron al final de la escalera hasta detenerse en un nuevo descansillo, frente a una puerta cerrada con una reja que llevaba, a través de una escalera especular a la que acababan de recorrer, al acceso gemelo de aquel por el cual habían entrado; a su izquierda se encontraba una puerta-esclusa de hierro separaba esta zona del pasillo central del refugio.

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La puerta-esclusa hacia el pasillo central

Una vez cruzado ese acceso, la nuda verdad del edificio subterráneo iba a hacer acto de presencia con todas sus inquietantes y dramáticas consecuencias…

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Avanzando hacia la zona central…

Una extraña y adrenalínica mezcla de miedo cautivador y curioso estupor se apoderó de todos los visitantes mientras que, azarosos, uno tras otro, superaban ese límite imaginario, o puede que no tanto, entre la ficción y la realidad, entre los conocimientos teóricos y los aprendizajes prácticos, entre todo lo que hasta ese momento habían escuchado y lo que, a partir de ese momento, nunca iban a olvidar.

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La estancia con líquidas presencias

Sin embargo, antes de los ojos, fueron los oídos los que les hicieron sobresaltar: un leve y rítmico sonido, inquietante en su cadencia tan constante, incesante en su murmullo acuático alarmante, insistente con su eco de gotas muy pacientes…

Parecía como si en el ambiente estuviera propagándose sinuosamente una liquida presencia cual aterradora protagonista de una película de miedo pero, en realidad, no se trataba de un conseguido efecto especial de un imaginario set cinematográfico, aún no, sino del testimonio de la existencia, en la primera estancia de ese búnker, a la izquierda, de un pozo y de una bomba reguladora del nivel de los depósitos de agua subyacentes que, aprovechando un antiguo circuito que pasaba por encima de las bóvedas del edificio, podía servir para abastecer, en caso de necesidad, con el vital liquido, a los desafortunados inquilinos de esa estructura, a la vez que impedir una posible inundación de la misma.

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Los restos de los originarios aseos

Enmudecidos por la crudeza del escenario, obedeciendo sin ser conscientes de ello al invisible dictamen de un cartel, ya desaparecido, que un tiempo rezaba al principio del recorrido “No obstruyan la entrada. Bajen la escalera rápidamente y en silencio”, los visitantes desfilaron ante una segunda habitación, siempre a su izquierda, de mayores dimensiones que la anterior y distribuida en dos espacios. Se trataba de  los aseos y, aunque a primera vista conceder que aquella estancia estuviera destinada a tal fin les pareció un acto de generosa confianza, al reparar en los detalles señalados por el guía, pudieron finalmente convencerse, sin verlos de verdad, de que aquello que estábamos contemplando eran los restos de unos originarios inodoros, separados por una especie de mamparas o cabinas, y de una ducha destinada a cubrir las necesidades higiénicas de los allí refugiados, y no para su descontaminación como posibles gaseados, según las teorías de otros estudiosos.

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Entre bastidores, o entre compuertas, camino del escenario principal

Aunque esas espantosas palabras –“inundación”, “gases”,  “descontaminación”–, recurrentes en el relato del anfitrión, eran ya de por sí suficientes para componer un panorama espeluznante, se trataba sólo de la antesala, entre bastidores, del verdadero y dramático escenario principal, el que apareció en toda su álgida frialdad tras una segunda puerta de hierro estanca: el pasillo central.

Casi de inmediato, los cuerpos de todos los asistentes fueron sacudidos por unos violentos escalofríos provocados, no sólo por esa siniestra visión que oscurecía, y a la vez hacía palidecer, el recuerdo de la película “El resplandor”, sino también por las bajas temperaturas. Aliapiedi, en cuyo cuerpo comenzaba a consolidarse lo que ya tenía todos los visos de ser una contractura, estaba sobrecogida ante un escenario tan tristemente evocador; ese ambiente, tan frío y decadente, rescatado por aquellos que no querían olvidar y que seguía presentando adrede su aspecto original, era justo como se lo había imaginado: reluciente de una potencial oscuridad, brillante de una suciedad mermada pero no completamente eliminada, resplandeciente de unas huellas del pasado no del todo borradas.

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El “resplandeciente”, y a la vez oscuro, pasillo central

Aquel lugar era verdaderamente impresionante; aquel lugar daba mucho que pensar…

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La enfermería (afortunadamente) inutilizada

A ese pasillo distribuidor, de unos treinta metros de largo y dos de ancho, asomaban diferentes estancias, distribuidas geométricamente y destinadas a diferentes funciones predeterminadas. A través de unas puertas imaginarias, sustitutas de las originarias, todas ellas desaparecidas y en su día hechas de madera, como atestiguaban los marcos, todavía en pie aunque víctimas del constante ataque de la humedad, los de Aliapiedienfamilia caminaron despacio, respetuosamente, como si estuvieran pisando un lugar sagrado, ante una enfermería (afortunadamente) en eterna espera de médicos apresurados, enfermeros agitados y heridos descontaminados, ante puestos de mando, donde nunca nadie mandó, y de descanso, donde nunca nadie descansó.

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Una de las diferentes estancias

Y una vez más el silencio, un silencio respetuoso, se impuso entre todos.

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Una de las chimeneas exteriores

Esas siete salas, cuatro a la derecha y tres a la izquierda, desnudas y desoladoras, concebidas para sobrevivir a las barbaries humanas, hablaban por sí solas: esas bandas laterales de color rosa, o de un rojo desgastado, que recorrían horizontalmente las paredes alicatadas con azulejos blancos, casi partiéndolas por la mitad, no tenían, o no parecían tener, una función decorativa, sino más bien orientadora: la de dirigir, en caso de apagón, el errático camino de los altos mandos allí refugiados, cuales líneas guías parecidas a aquellas luminosas de emergencia del suelo de los aviones; ese mismo pavimento de solera de hormigón formado por baldosas con pintorescos y geométricos motivos, tales como rombos, triángulos y cuadrados en función de las estancias, incluido el pasillo distribuidor, donde se alternaba el amarillento blanco roto por el tiempo y el rojo apagado por la historia, no era el fruto de una artística inspiración sino de una estudiada función: la de enderezar los pasos perdidos de los desafortunados y temporáneos, o, peor aún, permanentes, inquilinos del inquietante hogar subterráneo; esos extraños agujeros, casi a ras del suelo, que en su día estarían cubiertos por unas rejillas, no servían, como podían pensar los más pequeños, para un inocente y divertido juego al escondite, sino más bien para el más serio y malicioso juego de conductos horizontales y verticales que, desembocando al exterior a través de dos altas chimeneas de ladrillo visto, componían el elaborado puzzle del sistema de ventilación, y a la vez de protección, gracias a esos cambios de orientación, contra la posible letal propagación de gases tóxicos.

Terribles escenas de pánico, entre humo, alarmas y deflagraciones, empezaron a recorrer la fantasiosa mente de Aliapiedi mientras que el anfitrión, con sus inquietantes explicaciones, no hacía sino empeorar las catastróficas visiones, tras revelar cómo allí abajo todo estaba milimétricamente estudiado para que ese refugio tan avanzado no se convirtiera, en el peor de los peores casos, en una terrible ratonera.

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La salida…

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… hacia la calle Rambla

Y así, en uno de los dos pasillos paralelos que comunicaban por detrás todas esas habitaciones, los visitantes pudieron también divisar, al final de la segunda estancia a la derecha, los restos de un acceso, ahora cerrado con barrotes y candado, que, a través de una escalera que se perdía en la oscuridad, permitía, en caso de necesidad, alejarse rápidamente de los caprichos del pacífico jardín y del bélico destino, desembocando, a través de otra puerta hermética, la tercera del conjunto, en la hermosa calle Rambla.

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La salida posterior, cerca de la piscina

Los asistentes, sin embargo, se percataron de que faltaba en el recuento una última puerta, la que daba a la parte posterior del conjunto, cerca de la piscina del jardín y a un nivel próximo al de la superficie del terreno, sin embargo el guía les aclaró que debían esperar al final de la visita para contemplarla desde el exterior.

Pero antes les faltaba ver una última sala de ese túnel (ahora) iluminado con fluorescentes blancos, al final del cual, por absurdo, no se veía la luz sino, una vez más, ¡la oscuridad!

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La oscuridad al final del túnel

¿Qué era ese lugar que parecía surgir de las tinieblas y que estaba precedido por una puerta caída, levantada y fijada en la pared?

¡Se trataba de la cocina!

Los asistentes, más desorientados que antes, se pararon repentinamente, asaltados por las dudas mientras que Aliapiedi, cansada y dolorida, desataba su propia batalla contra un peligroso e insidioso vórtice de preguntas sin respuestas: ¿De verdad que era posible que esa lúgubre estancia pudiera convertirse en un lugar de placer gastronómico? ¿Cómo podía nadie tener apetito en esas circunstancias mientras sobre sus cabezas caían bombas o granadas? ¿Quién iba a “tener estómago”, nunca mejor dicho, para reunirse alrededor de una mesa, como si nada, si unos pocos metros más arriba, los “no elegidos” se enfrentaban al infierno de la guerra?

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Más chimeneas de ventilación

Aunque no quedaba rastro alguno de lo que un tiempo fue una cocina,  pudieron observar los restos de un originario cuarto de maquinaria, dotado de un generador de electricidad de gasoil y de unos depósitos de combustible para prevenir la eventualidad de un corte de corriente, y una bomba impulsora de aire para expulsar hacia fuera los escasos agentes tóxicos que pudieran superar la ya de por sí eficaz estructura del articulado sistema de ventilación.

Pero la historia, o mejor dicho, las historias de ese búnker tan ingenioso no acababan allí.

Todavía quedaba una más por contar, que hizo sobresaltar a todo el mundo: la del terror que allí abajo se había recreado.

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La estancia del terror y de un “gran amor”…

En efecto, esa estancia en forma de L, ahora ocupada por un solitario banco de obra adosado a una de sus negras paredes, así pintadas adrede, había sido  elegida por distintos cineastas para rodar escenas de la segunda Guerra Mundial e, incluso, para reproducir la demora sepulcral del vampiro más famoso del mundo. Los más pequeños, animados por ese relato, intentaron empujar aún más su mirada entre los barrotes de esa sala, mientras que Aliapiedi reflexionaba sobre la ironía de la realidad y de la ficción, sobre cómo lo que podía haber sido la última morada de seres vivos, víctimas de un cruel y real destino, se había convertido para la ocasión en el hogar de seres muertos o revividos protagonistas con motivo del rodaje de la película “El gran amor del Conde Drácula”.

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La paciente estalactita

Resentida, física y mentalmente, dando la espalda a la puerta metálica estanca de ese cuarto oscuro en el que, por efecto de la constancia de la cal del agua y de la paciencia de un tiempo transcurrido sin prisa pero sin pausa, se estaban materializando una estalactita y una estalagmita, se encaminó, casi arrastrándose por el suelo, hasta la parte final del búnker, hacia una galería que, detrás de un nuevo ángulo de noventa grados, se abría a la izquierda de la galería principal.

Allí, entre dos puertas de hierro, a la derecha, el guía les mostró una última habitación, cuadrada, dotada también de una chimenea vertical de ventilación que conectaba con el exterior, aunque más baja que las anteriores y enfoscada, posiblemente utilizada para el cuerpo de guardia.

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Una posible armería

Y allí, en ese último, y corto, pasillo donde también se abría un pequeño hueco en la pared de enfrente, puede que utilizado como armería, el anfitrión dio finalmente por terminada una visita que, por las preguntas, las observaciones y, sobre todo, las emociones de todos los asistentes, había durado más de lo debido.

A todo el mundo le tocaba volver allá de donde había venido, pero Aliapiedi, a pesar de su malestar, se sintió incapaz de abandonar ese refugio tantas veces deseado sin despedirse de él como era debido. Y así, de puntillas, desde esa última compuerta entreabierta, colofón final de ese estratégico, y a la vez dramático, túnel subterráneo, dando rienda suelta a su fantasía, lanzó su mirada tras ella, tras su rígida estructura, tras la posible amargura encerrada en el final de ese túnel casi infernal.

Y por fin vio la luz.

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¡La luz al final del túnel!

La luz que se colaba a través de una escalera empinada, invadiendo y atosigando con su maravillosa energía todas las estancias de un refugio que nunca tenía que haberse construido; la luz de un ambiente exterior, atacado y golpeado por los rayos de un nuevo sol donde desfilaban orgullosos “caprichos” de alto mando, bajo la complacida mirada de plantas y flores condecoradas, ataviadas con pintorescos y neutrales uniformes multicolores; la luz de centenares de vidas humanas que con la alegría y despreocupación propias del fin de semana bombardeaban el edificio escondido al nivel inferior, derrotando pacíficamente al fantasma de un trienio de auténtico terror; la luz de un recuperado búnker del pasado, inutilizado y abandonado por los caprichos de la Historia, convertido al fin en el luminoso símbolo de una memoria, ya no tan “caprichosa”.

Una nota final: Después de esta intensa, y sufrida, aventura en familia, Aliapiedi, gracias a un par de días de reposo (casi) absoluto, se recuperó de la inesperada contractura. Cuentan por allí que en este 2018 recién estrenado volverá a caminar “a piedi”, y a volar con la fantasía de sus “alia(i)piedi”, en un nuevo y (casi) super-secreto proyecto madrileño. ¿Cuál será? Id a www.infobarajas.com y descubriréis toda, o casi toda, la verdad sobre la protagonista de este blog en: “La mirada de Aliapiedi: Una milanesa en Madrid”.

Buona lettura a tutti!

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El Búnker de El Capricho: El horror de la historia, el recuerdo de la memoria [Primera parte]

Llevaba un largo quinquenio esperando que el (ahora) tan famoso búnker de su amado jardín madrileño, El Capricho, volviera a abrir sus puertas al público; llevaba un año entero tratando de apuntarse a una de las visitas guiadas gratuitas que se organizaban en su interior los fines de semana; llevaba unos cuantos días contando las horas para esa ansiada cita con la historia…

Era un domingo de mayo y, debido a la emoción, Aliapiedi se había despertado antes de lo habitual. Afortunadamente, también el resto de los integrantes de la familia ese día se habían liberado temprano de los cómodos brazos de Morfeo, preparados para una nueva aventura.

Sin embargo, en el breve recorrido a piedi que separaba a los cuatro de su meta, la madre empezó a notar unas leves, pero progresivas, molestias, físicas y psicológicas; inusualmente restó importancia a las primeras centrando su atención, y su preocupación, en las segundas dado que en ese momento eran las que podían traer peores consecuencias.

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Uno de los accesos del Polvorín, oculto entre la vegetación…

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… y su chimenea de ventilación

Dejó entonces de mirar complacida la cara de sus hijos, tan impacientes como ella por el inminente encuentro “bunkeriano”, al rememorar su tierna infancia cuando jugaban a buscar entre la rebosante vegetación del jardín los accesos, más o menos secretos, y las chimeneas de ventilación de esta construcción subterránea y de las otras dos existentes en el mismo recinto, el Polvorín y la Galería de Escape, y empezó a dudar de todo: de sí misma, de los demás y ¡del equilibrio universal!

Mientras se esmeraba en disimular, con escaso éxito, el sudor frío, y a la vez cálido, que emanaba de los poros de su piel, a hurtadillas, con una soltura y habilidad digna de un elefante en una tienda de cristal, buscaba y rebuscaba con discreción en su móvil un correo electrónico de importancia casi vital, y transcurridos unos eternos segundos de pánico, por fin encontró la anulación de una primera reserva que,  imperdonablemente, para su marido, coincidía con un crucial partido del Real Madrid, y la confirmación de una sucesiva, para aquel día y con toda la familia: ya podía respirar hondo, secarse las gotas de sudor y empezar a disfrutar de ese prometedor día primaveral.

Llegaron así al jardín de su duquesa favorita, la de Osuna, admirable mecenas y responsable de haber concebido y querido con todas sus fuerzas esa joya arquitectónica y vegetal, y, superados los tornos de entrada, los cuatro se dirigieron hacia la originaria Plaza de Toros, justo delante de la noble reja de acceso al magnífico recinto del palacio ducal.

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Columna de los Enfrentados

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La Exedra

En el coso ya les esperaba uno de los preparados y apasionados profesionales de Inversa que, lista en mano, verificaba la identidad de  los allí congregados y, cuando pronunció los nombres de los componentes de Aliapiedienfamilia, ella sonrió orgullosa. 

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Estanque del Parterre

Tras el meticuloso control, previa presentación de sus documentos de identidad, los cuatro consiguieron por fin sus identificaciones como visitantes y, en compañía de otros dieciséis participantes, se encaminaron, en perfecta formación (casi) militar, hacia el paseo principal de El Capricho, siguiendo a su provisional comandante en jefe.

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El Laberinto

A ella, sin embargo, le costaba no poco esfuerzo mantener el ritmo de los demás, y no sólo por culpa de sus molestias físicas, que iban a más, sino sobre todo por las “caprichosas” distracciones de siempre: ¿Cómo no pararse a admirar cada mínimo detalle de ese jardín paisajista que rebosaba por todos sus rincones belleza y armonía?

No podía, tampoco lo pretendía, desfilar impasible bajo la autoritaria mirada de las Columnas de los Enfrentados o de la imperial Exedra o del geométrico y circular Laberinto o del cuidado Parterre con sus pintorescos estanques o de la chispeante Fuente de las Ranas

Y así, como de costumbre, se perdió por el jardín de la mano de su fiel compañera, la fantasía

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La Fuente de las Ranas

Fueron entonces sus familiares los que, discretamente, alejándose de los demás componentes de la expedición, fueron a rescatarla de su onírica dimensión, reorientando sus pasos y, sobre todo, sus pensamientos hacia la meta establecida.

De vuelta a la realidad, Aliapiedi se encontró así cara a cara con él, su secular amigo/enemigo íntimo, el protagonista de sus sueños y de sus pesadillas: el popular Búnker del General Miaja o, más correctamente el Refugio del General Miaja, por tratarse de una estructura concebida con esa finalidad.

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El Bunker del General Miaja en todo su escalofriante esplendor militar

Allí estaba él, con todo su escalofriante esplendor militar y su inquietante valor estratégico, invitándoles a cruzar una de sus cuatro entradas, la que estaba al lado del palacio ducal, en un talud que aprovechaba  la elevación del terreno, que estaba abierta de par en par para esa ocasión.

Ella no podía creer lo que estaba viendo: ese ingreso no era un simple acceso a una histórica construcción, sino que simbolizaba la efectiva materialización de un largo e intenso plan de apertura al público, promovido y apoyado por una plataforma creada ad hoc y por diferentes asociaciones e instituciones socio-político-culturales del barrio, un proyecto que parecía no tener fin y que, sin embargo, se había hecho realidad…

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Un simbólico ingreso, por fin abierto…

A pesar de sus dolencias físicas, ella tuvo que contenerse para no lanzarse de inmediato y a toda velocidad dentro del refugio así que, luchando contra sus deseos, esperó paciente, haciendo un ímprobo esfuerzo por frenar sus instintos durante unos diez minutos más, casi quince, que fue lo que duró la necesaria explicación introductoria de otro capitán general, es decir un nuevo guía de Inversa, encargado de conducir al reducido tropel de visitantes hasta las entrañas del atípico edificio.

Antes de emprender la bajada, el anfitrión les recordó las precauciones a tomar durante el recorrido, pero todas esas advertencias, que también rezaban en un impoluto cartel que colgaba del muro exterior del refugio, lejos de espantar a los experimentados exploradores, despertó en ellos, sobre todo entre los más pequeños y los seres “aliapiedescos”, un deseo aún más intenso de emprender cuanto antes ese itinerario; de hecho, aparentemente, con una silente excepción, todo el mundo parecía encontrarse en perfectas condiciones para afrontar la inminente aventura: nadie llevaba tacones, nadie –que se supiera– padecía insuficiencia respiratoria, nadie –parecía– tenía alergia a las arañas. Pero la arácnida referencia perturbó la feliz existencia de la más pequeña de Aliapiedienfamilia que, nada más oír esa palabra empezó a temblar: no era alérgica pero profesaba casi un respeto reverencial, más bien pánico, hacia dicha especie y, en general a todo ser vivo no humano existente sobre la faz de la tierra, especialmente los más diminutos: “¿Arañas?” –se preguntaba desconcertada– “¿Esas espantosas criaturas que trepaban por las paredes?” “¿Esos monstruos de ocho patas que, según las leyendas italianas que le contaba, o se inventaba, su madre, traían buena suerte a quien las encontraba?”.

A la pequeña el plan familiar ya no le parecía tan alentador pero, a pesar de sus reparos, ya no estaba a tiempo de arrepentirse. La narración de la historia del búnker había comenzado, arrastrando a todos los asistentes a la triste época de la Guerra Civil, en concreto a aquel agosto de 1937, cuando con las tropas nacionales a las puertas de la capital, el General Miaja había decidido alejarse del frente y trasladar el puesto de mando del Ejército de Centro desde los sótanos del edificio sede del Ministerio de Hacienda, ubicado al principio de la calle Alcalá, cuyo entorno ya había sido bombardeado por la aviación enemiga, hasta la finca de la Alameda de Osuna, que por aquel entonces había sido abandonada por sus últimos propietarios, los Baüer, y que se encontraba estratégicamente situada en el originario camino entre Madrid y la ciudad cervantina, cerca de los aeródromos de Barajas, Alcalá y Algete, cómodas vías de evacuación en caso de asalto. Era tal el temor de Miaja a una agresión aérea, que mandó construir en esta zona densamente arbolada, ideal para el camuflaje, un refugio subterráneo que, junto con el palacio de siempre y otras instalaciones, nuevas o reutilizadas, como la ya nombrada Galería de Escape o el Polvorín, acabaron por integrar la llamada “Posición Jaca”, el nombre en código que recibió este nuevo cuartel general secreto de los republicanos, que no aparecía nombrado en ningún documento del periodo de la República, como si de un fantasma se tratara, y que durante un breve espacio de tiempo convivió con el anterior, el ubicado en la calle de Alcalá y conocido como “Posición Japón”.

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El Palacio, vigilando perplejo al cercano búnker

A las puertas de ese refugio con el Palacio a sus espaldas, ajenos al drama de una contienda tan sangrienta como fraternal, los más pequeños, al oír esos evocadores nombres en código, fantaseaban con la imagen de una guarida (casi) inexpugnable de un villano de una película de James Bond; sin embargo, a medida que el experto anfitrión avanzaba en el relato de los hechos, la imagen del exuberante recinto donde se encontraban, repleto de plantas y flores de todo color y tipo, fue paulatinamente transformándose en la mente de todos los asistentes en un bélico escenario en blanco y negro, pisoteado por militares con pesadas armas letales, por caballos entrenados para enfrentarse en contiendas de seres superiores, supuestamente racionales, o por tanques sin alma preparados para lanzar al aire mensajes de ruina y de muerte.

En esa tesitura, los pequeños cayeron en la cuenta de que las guerras, las luchas y los combates, tantas veces simulados en sus inocentes juegos de infancia, no eran en realidad tan divertidos, y menos aún cuando se enteraron de que aquella construcción de aspecto exterior tan pintoresco, con la hiedra escenográfica y románticamente trepando por sus rojas paredes de ladrillo, podía encerrar, casi engullir, en su interior hasta doscientas personas que, en caso de ataque aéreo o, peor aún, químico, podían sobrevivir durante quince días en ese forzado hogar colectivo, posible tumba, después, de seres vivos…

Afortunadamente, como se apresuró a aclarar el guía, ese búnker tan atípico, construido para “alojar” las más altas autoridades militares y, por ende, caracterizado por una arquitectura bien diferente de otros esparcidos por Europa, de aspecto gris y frío, jamás cobró protagonismo durante la pelea trienal entre hijos y hermanos de un mismo país.

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La puerta gemela de acceso al búnker

Finalizada la inquietante introducción, los niños respiraron aliviados, dispuestos a emprender su peculiar aventura ¡dieciséis metros bajo tierra!, que bien podía ser de “20.000 leguas de viaje submarino” por cuanto ese refugio antiaéreo había sido concebido, precisamente, como una especie de sumergible terrestre, gracias al asesoramiento de especialistas de la Marina. Sólo bastaba con fijar la mirada en esa primera puerta metálica, flanqueada por una gemela a unos pocos metros de distancia, para darse cuenta de sus características navales: el ojo de buey de cristal reforzado, la junta de goma para su clausura hermética, el cierre a presión con cerrojo giratorio.

Por fin había llegado el momento de cruzar ese acceso para entrar en un mundo fuera de contexto…

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La planta del monstruoso búnker

[Continuará…]

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Parque Juan Carlos I: La Estufa fría y las estaciones (Tercera parte)

[… Sigue]

– PRIMAVERA: EL GOZO –

Era primavera.

Un domingo de primavera.

Satisfecha por haber conseguido perder unos trescientos gramos en tres meses, Aliapiedi acababa de tomar la decisión de emprender un plan de paseos cotidianos de aproximadamente una hora de duración para seguir adelante con esa prometedora “operación bikini” en vista del verano, así que, después de una comida no precisamente frugal que exigía unos (pocos) pasos suplementarios para engañar a su conciencia y otros cuantos (muchos) más para satisfacer el despiadado podómetro de su móvil, se encaminó hacia el parque Juan Carlos I, el joven “Gigante Verde” que ella había descubierto tardíamente hasta apreciarlo, casi tanto, como el vecino “caprichoso”, más coqueto y de dimensiones más reducidas.

En esta ocasión, sin embargo, en lugar de perderse adrede, como de costumbre, por el amplio y moderno recinto de casi veinte hectáreas de extensión, fruto de la genialidad de los arquitectos José Luis Esteban Penelas y Emilio Esteras Martín, decidió dirigir sus pasos directamente hacia la Estufa fría, la extraña construcción que había sido el escenario de su anterior e inquietante aventura “Inverná(cu)l(ar)”.

Pero esta vez Aliapiedi, como estratega experimentada que es, se había preparado a conciencia para ese “frío” encuentro, o desencuentro, no en vano se había pasado el trimestre anterior estudiando los puntos fuertes, muchos, y débiles, prácticamente ninguno, de su álgido adversario arquitectónico –a tal fin, le resultaron especialmente útiles los valiosos conocimientos adquiridos en una de las interesantes ponencias organizadas por un comprometido amigo del barrio con ocasión del cuarto siglo de vida del parque en cuestión–. Había llegado el momento de poner en práctica toda esa sabiduría teórica, aprovechando las ideales condiciones climáticas de aquella jornada, de modo que, con paso firme y seguro, se encaminó hacia su objetivo, recorriendo el sendero de siempre que, sin embargo, presentaba un aspecto del todo diferente…

Los elementos vegetales, gracias al milagro de la primavera, habían cambiando su look por completo, rescatando de su fondo de armario atuendos exuberantes y coloridos, y ella misma, víctima de la poderosa belleza de la naturaleza en su apogeo, lo veía todo bajo una perspectiva más invitante y embriagadora: los árboles hace unos meses desnudos le hacían sombra con sus hojas recién estrenadas; los millares de olivares bicentenarios de troncos bífidos, cubiertos en sus extremidades por un denso y verde follaje que les asemejaba a unas atípicas cheerleadears con pompones, la recibían bailando; los almendros en flor, con la ayuda de una leve brisa, aplaudían su visita con el escenográfico lenguaje de los signos; las plantas del amor lanzaban pétalos rosáceos a su paso; el tren eléctrico le sonreía con sus grandes “ojos-faros” delanteros mientras que los pasajeros la saludaban divertidos; los vistosos veleros, hundidos hace un par de meses, le ofrecían cobijo con su renovada tripulación de niños despreocupados que sustituían a los inquietantes piratas del invierno pasado, y la Cuarta Pirámide, hasta entonces un cúmulo deforme y descuidado de tierra y de lodo, se presentaba ante ella con sus mejores galas, cubierta de hierba fresca perfectamente distribuida, lista para abrir el telón de ese teatro natural y descubrirle el grandioso escenario que ocultaba tras su imponente presencia: la Ría y, más allá, la Estufa fría.

Era el tripudio de la primavera, de su poderío y de su magia, y Aliapiedi gozaba como nunca de ese maravilloso y periódico embrujo que lo invadía todo, incluidos los modernos y artificiales elementos arquitectónicos del parque que se fundían armoniosamente con los exuberantes elementos de la naturaleza –las plantas, las flores, los montículos, los senderos…–  y los mismísimos animales.

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La majustuosa Ría…

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… y la Estufa fría

Y así, encantada de la vida, tal y como había hecho en invierno, se encontró a si misma trepando por la dinámica y elegante pasarela de original estructura con forma de arco que salva el canal principal y desde cuya cima se detuvo a contemplar la privilegiada vista de su hipotético enemigo, ese extraño edificio de hormigón y acero de carácter post-industrial, premiado en más de una ocasión a nivel nacional e internacional.

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La escalera hacia la pradera

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La pasarela y su dúplice rampa

Sin embargo, en lugar de bajar por el tramo de siempre que, a través de unos peldaños, llevaba al nivel del suelo, decidió romper con la tradición invernal y descender por una rampa lateral menos empinada, que llevaba a una escalera sabiamente mimetizada entre el verde de una inclinada pradera.

Sin saber lo que le esperaba allí arriba, siguiendo sus instintos y dejándose llevar por las amistosas fuerzas misteriosas del parque como en su primera visita otoñal, alcanzó la Estufa fría desde las alturas.

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El acceso superior de la Estufa fría

Se encontró entonces con lo que suponía que era el acceso principal al botánico conjunto, según rezaba el letrero colgado en la reja en la que se abría hueco una garita jubilada que, huérfana de su empleado, posiblemente añoraba sus primeros años de actividad en calidad de “taquilla-junior” recién nombrada.

Tras superar esa entrada controlada,  no ya por humanos, pero sí por unas cámaras de vigilancia, se topó  con una amplia explanada que, según sus cálculos, debía ser la Plaza central, el corazón y el centro, nunca mejor dicho, de ese parque  “circular”, estructurado en torno a un funcional y simbólico anillo distribuidor de tres kilómetros de longitud.

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La Plaza central y su puerta imaginaria abierta de par en par

Ese amplio espacio elevado que se desplegaba ante sus ojos parecía invitarla a cruzar una puerta imaginaria, al fondo, abierta de par en par y enmarcada por dos autoritarios bloques de hormigón, como si de dos guardianes se tratase. Lejos de asustarse frente a esa gigantesca y dúplice presencia, ella, emocionada, siguió la silenciosa pero autoritaria llamada de la plaza, y, un paso tras otro, se fue asomando al vacío que, desde la lejanía, parecía abrirse tras esa inquebrantable pareja de colosos.

Detrás de ese portal monumental abierto al cielo, se encontró con un curioso e ingenioso juego, un kit de líneas verticales y horizontales que componía una especie de ajedrez suspendido en el aire, un peculiar tablero de casillas transparentes sujetado por unos cuantos pilares cuyos ejes se proyectaban progresivamente hacia el agua transparente de la Ría, hacia el verde escenario de El Capricho y, más allá, al fondo, en el backstage del firmamento de Madrid, hacia otra moderna construcción de líneas curvas y sinuosas que, paulatinamente, se iba imponiendo en ese nuevo horizonte: el futuro Estadio Wanda Metropolitano.

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Un tablero de casillas transparentes proyectado hacia nuevos horizontes

Aliapiedi se quedó sin palabras, conteniendo el aliento y las emociones ante ese superlativo panorama, ante esa superposición de planos, ante ese cuadro infinito que, desde su posición privilegiada, dominaba por completo.

Ya fuera por culpa de la primavera o de sus fantasías, fuera por lo que fuera, allí arriba se sentía poderosa, llena de energía y rebosante de alegría.

Con esa actitud, tras dejar atrás esas vistas tan embriagadoras, se dirigió a su derecha, al camino que llevaba a la parte superior de la zona del Invernáculo, lo que se suponía era la cabeza del  adversario que se protegía con un yelmo más que peculiar cuyo curvilíneo perfil, en ese preciso instante, podía contemplarse a través de los flujos del riego artificial.

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El bosque autóctono y las aromáticas

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Entre “suculentas”…

Se adentró entonces en el bosque autóctono, fijándose por primera vez en las especies aromáticas distribuidas en unas pequeñas superficies a los pies de pinos, robles, hayas, acebos y tejos cuyas ramas, a diferencia del invierno anterior, ya no parecían huesos de esqueletos deseosos de atraparla entre sus garras sino más bien voluminosas y airosas alas de abanicos que, con sus brazos frondosos, casi tapaban los estilizados árboles pintados en el vidrio de los paneles exteriores del edificio; seguidamente, ya en la zona de los umbráculos, fueron unas cuantas compañeras suculentas, yucas, filiferas, rostratas y gloriosas, las que, presentándose una tras otra a lo largo de una pasarela, le dieron la bienvenida con sus tallos, hojas y raíces engrosadas por el agua almacenada y alimentadas por unos rayos de luz que cruzaban las vigas curvadas de acero en voladizo de una cubierta que parecía flotar en el océano del aire, cual blanca pareja de velas ensanchadas por el viento.

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La sugestiva pasarela entre luces y sombras

Intentando no dejarse distraer por esos sublimes detalles, ella siguió adentrándose en campo (que ya no le parecía tan) enemigo y, como temía, tuvo que detenerse ante una complicada bifurcación que conocía a la perfección: si decidía ir a la izquierda se toparía con el (aparentemente) agradable jardín japonés, puede que infestado por unos fantasmas del pasado, mientras que a la derecha le esperaban los demás inquilinos de ese reino botánico protegido.

Aliapiedi, sin dudarlo ni un segundo, eligió la segunda opción, no por cobardía, y tampoco por temor, sino para dejar para el final de su recorrido el “lugar del delito”, el lugar en el que, en una fría tarde invernal, había visto, o puede que imaginado, “algo” o “alguien” inesperado.

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Un sol, o “Espacio México”, amaneciendo en el horizonte

Bajó entonces por la sugestiva pasarela situada a su derecha en la que, una vez más, las luces y las sombras jugaban al escondite con los muros, las láminas y los pilares horizontales y verticales del edificio, gracias a la impresionante superestructura mixta de hormigón y acero, abierta, y al mismo tiempo cubierta, al cielo y a su divertida y cerúlea mirada.

Dejando a su izquierda, en la lejanía, la roja y cautivadora figura de una escultura llamada “Espacio México” parecida, según su peculiar interpretación, a un sol al amanecer, giró a su derecha y caminó hasta  alcanzar una poblada zona central donde le esperaban, entre la tierra de los parterres y la gravilla del sendero, diferentes seres vegetales: los vivaces helechos, sin flores ni semillas, brillando, o mejor dicho, “helechando” por sí mismos en la parte menos iluminada; un poco más adelante, como si se tratasen de unos simpáticos duendes, los verdes habitantes del bosque de ribera, o bosque en galería, cuya vegetación formaba bandas paralela a un imaginario y cristalino curso acuático; a renglón seguido, unas dulces acidófilas, enseñando sus mejores ejemplares de brezos, rododendros, hortensias y, sobre todo, de floridas y albas camelias japónicas, todas ellas “acidofilando” a su manera, es decir, tolerando dulcemente su sustrato con pH ácido; al fondo, las imponentes palmeras, acompañadas por unas leñosas plantas cicadáceas de hojas pinnadas que, “palmaceando” y “cicadáceando” al unísono, parecían recrear una selva de Madagascar, y, finalmente, en el muro de gaviones lateral, asomando entre los intersticios, unos helechos colgantes, “colgando” como era debido, y unas atrevidas trepadoras, “trepando” hacia el infinito… ¡y más allá!

Rodeada por esos supuestos adversarios que la amenazaban con un portentoso festival de colores, olores y sensaciones, pletórica y satisfecha por esa lucha sin iguales, se liberó de sus prejuicios del pasado, depuso las armas y, esbozando una sonrisa, en signo de amistad, empezó a disfrutar de verdad de ese lugar, de esa acertada fusión entre el original continente y su exuberante contenido, de esa peculiar Madre Naturaleza Arquitectónica que, en función de las estaciones, gestaba, desarrollaba y traía a la luz nuevas vidas vegetales, al amparo de las gigantescas manos protectoras de los techos curvos de la cubierta.

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La Madre Naturaleza Arquitectónica con sus gigantescas manos protectoras

Con el gozo en el alma y en el cuerpo, se dirigió entonces hacia la sección de los cítricos donde se topó con unos arbolillos perennes que exhibían orgullosos sus vástagos amarillos que, llenos de vitamina C y ácido cítrico, se escondían tímidamente entre las hojas verdes de sus progenitores.

Tras despedirse de esa familia numerosa de la que, además de los vergonzosos limones, formaban parte naranjas, limas y mandarinas, se encaminó hacia la parte inferior del invernáculo, donde se erguían los veteranos bambúes, fortalecidos en sus altos tallos por la experiencia del tiempo vivido, que parecían rememorar sus orígenes y posterior diversificación más de treinta millones de años atrás. Esa especie de tan elevada estatura que siempre le hacía añorar su increíble viaje japonés del anterior verano, la entretuvo bastante rato con su evocadora presencia, antes de emprender un camino flanqueado por estanques en el que se personaron unas frescas plantas acuáticas, entre las que, a pesar de sus escasos, prácticamente nulos, conocimientos prácticos y teóricos de botánica, reconoció una variedad de la romántica nymphaea, musa inspiradora del célebre Monet.

Mientras recorría aquel cuadro tan dinámico que ella misma protagonizaba, se percató de que había llegado al origen de ese pletórico conjunto, al ombligo de ese mundo vegetal, a la fuente de la vida en general y de todas las vidas allí reunidas en particular: la imperiosa cascada, de esa dinámica criatura hídrica que, con su vital poderío, acompañado por el rítmico fluir de las aguas, le provocó, como siempre, un cierto respeto reverencial.

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El original y acuático monumento a la vida, parecido a un templo perdido

En su vis-à-vis con esa escenográfica lámina de agua, Aliapiedi no pudo evitar observar, y a la vez admirar, con la debida devoción y respeto, la grandiosa estructura vertical sobre la cual aquélla se deslizaba entre los oblicuos destellos de luz, mientras que a su lado descansaba su hermana menor, un bloque rígido de inferiores dimensiones pero de líneas geométricas parecidas que permanecía inmóvil, aunque parecía moverse debido a la líquida presencia que recorría su cuerpo cubierto por el musgo, dejándose rasgar por las sombras y las luces proyectadas a través de las lamas de la “cubierta abierta”, lo que le daba un curioso aspecto atigrado, menos formal que el de su vecina.

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Una monumental hermana menor de aspecto “atigrado”

Aunque deseaba permanecer más tiempo ante ese peculiar monumento a la vida que se asemejaba a los templos perdidos de América Central, sabía que había llegado el momento de la prueba de la verdad: el reencuentro con ese “algo” o “alguien” del anterior invierno.

Había vuelto a la Estufa fría no para acobardarse en el último instante sino para enfrentarse, esta vez preparada, documentada e instruida, a sus fantasmas del pasado.

Volvió entonces sobre sus pasos, retornó por la pasarela principal de madera, y allá dónde los caminos se cruzaban, siguió esta vez todo recto, sin vacilar.

Una vez allí, en el patio “zen-budista” de siempre se ruborizó como nunca: el jardín japonés había florecido, el jardín japonés había crecido, el jardín japonés había magníficamente resucitado.

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El chambelán japonés

Fue un árbol no muy bien identificado que, a la par de un ilustre chambelán, la acogió con sus verdes y cargados brazos abiertos, anunciando su llegada a todas las criaturas de flor y hojas que allí descansaban.

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Los colores primaverales-otoñales del rincón “zen-budista”

Y ella, boquiabierta, con sus ojos fuera de las órbitas, como un avestruz, asumiendo esa irracional actitud, tan propia de ella, que contrastaba con el orden y la formalidad de ese lugar tan sagrado, emblema del equilibrio universal, empezó a dar saltos de alegría a la par que gritaba entusiasmada.

En efecto, de todos los espacios fraccionados que, sin embargo, conferían unidad al conjunto arquitectónico, ese era indudablemente el que más había cambiado.

Entre las piedras decorativas y la gravilla rastrillada se erguían ahora con todo su poderío vegetal, con toda su belleza natural, con todo su esplendor sin igual, los nobles anfitriones de ese rincón japonés, recién despertados de su letargo invernal. Esos seres, que se presentaban con sus evocadores títulos en latín que parecían complicados trabalenguas, ahora exhibían deslumbrantes y sin ningún pudor todos sus colores veraniegos que, paradójicamente, parecían más propios del otoño: el amarillo, el rojo, el marrón y el verde y, como superlativo telón de fondo, el omnipresente azul del cielo.

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El jardín japonés en todo su esplendor primaveral

Todo allí era armonía, todo allí estaba en paz, con la única excepción de la propia Aliapiedi que trataba de recuperar la compostura, no sin dificultades.

Faltaba, sin embargo, un último detalle para poner el broche de oro a esa visita tan sorprendente: acercarse una vez más a los ventanales que se abrían en uno de los muros de hormigón que delimitaban ese recinto y comprobar de una vez por todas si la escalofriante visión del invierno pasado había sido solo un espejismo o la cruda realidad.

Sigilosamente, se acercó de puntillas hasta allí pegó su cara al cristal para que los reflejos de la luz no le jugaran una mala pasada y lanzó su mirada hacia ese espacio oscuro…

Entonces lo vio, lo volvió a ver todo, igual que tres meses atrás pero bajo una perspectiva diferente.

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Una dulce-amarga sorpresa: abetos apagados, a la espera de ser rescatados

Tras ese vidrio se escondían en efecto unas extrañas criaturas pero no le parecían tan espantosas como ella las había imaginado.

Se trataba de unos humildes abetos sin copa y sin raíces que ya no iluminaban las Navidades, ni se exhibían al público en una amplia zona cerrada de ese edificio, ni deslumbraban con las ideas y los proyectos que ellos mismos representaban.

Esos seres naturales y a la vez artificiales no eran otra cosa que unos mudos y tristes supervivientes del pasado, testigos y víctimas a la vez de la injusta realidad que el destino les había deparado.

Aliapiedi entonces recordó de repente todo lo que había leído sobre esa, para ella desconocida, Área de Exposiciones de la Estufa fría, sobre ese “bosque de hormigón” cubierto en el que ella se habría perdido a gusto, sobre esos mil quinientos metros cuadrados del “Museo de la Flora y de Clima Mediterráneo” originariamente concebidos para alojar una exposición permanente, además de una tienda, una sala de exposiciones temporales y otra de proyecciones audiovisuales.

De todo ello ya no quedaba nada o, mejor dicho, sólo quedaban esos temblorosos e indefensos arbolillos, adormilados y apagados.

¿Cómo podía ella haberlos confundido con unos monstruos peligrosos, con unos individuos sospechosos, con unos seres misteriosos?

Se avergonzó de sí misma, de su injustificada reacción invernal, de sus miedos sin fundamentos, de su huida sin sentido.

Cara a cara con esos árboles tan asustados como ella en la estación anterior, tuvo el impulso, sólo frenado por la hostil lámina de cristal, de abrazarlos, animarlos y reconfortarlos, de murmurarles al oído que, a pesar de su aparente estado de abandono, nadie los había olvidado, que pronto, al igual que todos los demás seres de la zona de los umbráculos, ellos también iban a despertar de su largo y forzoso letargo y que el vacío que les rodeaba se convertiría en un exitoso espacio de divulgación científica que albergaría interesantes iniciativas culturales.

No eran falsas promesas, no eran palabras sin sustancia, no eran esperanzas de conveniencia.

Aliapiedi, en efecto, sabía que la asociación creada por ese amigo siempre comprometido con el barrio ya había reclamado, y obtenido,  del Ayuntamiento una mayor atención hacia esa joya arquitectónica del galardonado parque Juan Carlos I y que en un futuro no tan lejano, una vez acometidas las necesarias obras de restauración y acondicionamiento, ese edificio y todos los elementos alojados en su interior, incluidos los pobres arbolillos, iban a gozar de una  segunda, y aún más esplendorosa, juventud.

Segura de ello, tras despedirse de  esos silenciosos interlocutores, les dio la espalda, aunque sólo físicamente, y se encaminó confiada hacia la salida, dejando atrás los espectaculares umbráculos que vivían de las vidas que protegían, la cálida y acogedora Estufa fría, y la grandiosa y, provisionalmente, vacía Plaza central, futuro punto de encuentro de millares de entregados visitantes.

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¡La espectacular, y cálida, Estufa fría!

Y así, sonriente, se encaminó hacia el sendero principal del parque, ese peculiar círculo (no vicioso) central, formado por un ancho bulevar a lo largo del cual se sucedían en el tiempo, y también en su vegetación y pavimento, las cuatro estaciones, acompañada por las misteriosas y amistosas fuerzas de ese Gigante Verde embrujado, ahora tan amado.

Alcanzó así, y no por casualidad, el Paseo de Verano.

Empezó a recorrerlo física y simbólicamente y despacito, un paso tras otro, a piedi, como de costumbre, empezó a volar con las alas de su fantasía hacia una nueva aventura veraniega en la mágica Estufa fría y, sobre todo, en sus futuras y renovadas instalaciones, que imaginaba como las apoteósicas protagonistas de una dulce y final sinfonía de las cuatro estaciones…

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Parque Juan Carlos I: La Estufa fría y las estaciones (Segunda parte)

[… Sigue]

– INVIERNO: LA INQUIETUD –

Era invierno.

Un domingo de invierno.

Aliapiedi, presa de los remordimientos después de unas tapas “en familia” en el bar de siempre, víctima de sus utópicas promesas, acababa de decidir que tenía que quemar las calorías de esa comida y de todas las que la habían precedido durante el periodo navideño recién finalizado, así que, después de haberse despedido de sus familiares que no tenían necesidad alguna, y tampoco ganas, de seguirla en su marcha forzada, se dirigió sin un itinerario preestablecido hacia el cercano parque Juan Carlos I, dejándose llevar por sus pasos perdidos y por las apremiantes melodías del I-pod que le había prestado su hija.

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Esqueletos de árboles

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La futura Pirámide IV

Era una soleada pero gélida tarde invernal, azotada por un impertinente viento que no invitaba en absoluto a pasear, y menos aún en solitario, pero ella, determinada más que nunca con sus buenos propósitos de principios de año, se adentró sin vacilar en el exterminado espacio verde, enfrentándose al poderoso Eolo.

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Barcos a la deriva

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Paseo fluvial artificial

Recorrió un paseo asfaltado flanqueado por esqueletos de árboles a la espera de ser resucitados por la primavera, bordeó una futura Cuarta Pirámide hecha, por el momento, de escombros y tierra, cruzó un prado ocupado por los charcos y por el barro, dejó atrás unos barcos a la deriva, abandonados por su infantil tripulación, y, finalmente, alcanzó el canal principal del parque cuyas aguas turbulentas, empujadas por violentas ráfagas de viento, parecían lanzarse hacia una cascada monumental.

Ella siguió caminando, a piedi, desafiando los adversos elementos climatológicos y desafiándose a si misma, hasta que, de repente, entre tanta soledad, casi desolación, volvió a encontrarse con la inquietante construcción que había descubierto la estación anterior y de la cual, ahora, ya conocía su nombre tan evocador: “Estufa fría”.

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La Estufa fría, desde el otro lado de la Ría

Allí estaba, observándola, al igual que en otoño, desde el otro lado de la ría, atrayéndola con su siniestro encanto, animándola a acercarse a sus grises y sólidas columnas entre las cuales destacaba, temeraria, una palmera solitaria.

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La tentadora pasarela

Aliapiedi dudó: su curiosidad innata la instigaba a alcanzar ese llamativo edificio a través de una cercana pasarela, sin necesidad de tirarse al agua, como se había planteado la primera vez, pero, al mismo tiempo, unos alarmantes escalofríos, provocados no sólo por el frío exterior sino también por un sexto sentido interior, quizás alimentado por las mismas fuerzas invisibles que la habían llevado hasta allí en la época otoñal, le sugería quedarse donde estaba y regresar a casa a una hora prudente.

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¡Un cartel a lo “Walking dead”!

En esta tesitura, ante la necesidad de tomar una decisión, se sintió sola y perdida, sola ante el peligro, perdida en sus sinsentidos, echando de menos a su marido cuya racionalidad casi siempre conseguía equilibrar sus impulsos disparatados.

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Sombras alargadas y vigas suspendidas

Y así, al cabo de un par de minutos, sin darse cuenta se encontró cruzando la original pasarela peatonal, temiendo y, al mismo tiempo, insensatamente deseando descubrir lo que podía encontrarse tras ella.

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“Sala de Exposiciones”

Se topó entonces con una reja abierta de par en par y un cartel anunciando el horario de apertura y las restricciones para mascotas y ciclistas en ese lugar, y, una vez dentro, con las sólidas columnas de antes que, a través de sus sombras alargadas que se unían a las de unas vigas suspendidas, dibujaban cruces inquietantes en el suelo y en una escalera orientada hacia el cielo; un poco más allá estaba la “Sala de Exposiciones”, según atestiguaba un rótulo de fondo rojo colgado en una desnuda pared de hormigón, decorada con rojizas tiras verticales provocadas por la humedad, que estaba cerrada a cal y canto, en cuyos opacos ventanales se reflejaba la luminosidad exterior y aquella de un pasado esplendor, y, al fondo, la parte más futurista de todo el conjunto, caracterizada por unos techos curvos que, desde la lejanía, permitían intuir su asombroso, o puede que engañoso, contenido.

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Una extraña construcción del futuro: el Invernáculo

Aliapiedi se acercó sigilosamente a la entrada, presidida por una breve escalera, flanqueada por una rampa, sobre la que se deslizaba una especie de barandilla de cristal pintada con figuras estilizadas de árboles de aspecto tenebroso.

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La curiosa, puede que engañosa, entrada

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Las “acuáticas”

Asaltada por un fugaz momento de lucidez final, dudó por un instante, pero ignoró ese nuevo aviso y se lanzó sin más al interior de esa parte de la Estufa Fría, llamada “Invernáculo”, según rezaba el mapa de la entrada que explicaba su función y la distribución de sus doce espacios botánicos.

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Los bambúes y sus fustos esbeltos y robustos

Se encontró entonces, a la derecha, con unas plantas acuáticas, que flotaban en un estrecho estanque en el que se reflejaban las lamas de la cubierta, y, a su izquierda, con unos bambúes de hojas diminutas y fustos esbeltos pero robustos que le trajeron a la memoria las imágenes de los magníficos bambusais disfrutados unos pocos meses antes en el sorprendente país del sol naciente.

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La pasarela invadida por las hojas

Subió entonces por una escenográfica pasarela de madera, casi invadida por las hojas de esas plantas que parecían quererla engullir, como si fuera un templo en la selva…

Esforzándose en no dejarse impresionar por esas fantasiosas visiones de seres vegetales con intenciones no precisamente amigables hacia ella, decidió seguir avanzando en ese reino, puede que perdido, puede que prohibido, alcanzando un sugestivo y amplio espacio central.

Allí unos helechos y, al fondo, unas palmeras, destacaban con sus notas de color verde entre los tonos marrones de un bosque de ribera cuyos árboles levantaban hacia el cielo sus brazos desnudos en busca de sus hijas, sus hojas perdidas, sus hojas caídas, los grises de unos muros de piedra a los que unas supuestas trepadoras no tenían suficientes fuerzas para agarrarse y los amarillos de unas acidófilas que lloraban lágrimas amargas por sus flores muertas.

Ese increíble escenario, rasgado por los cortes de unos rayos que, prepotentes, traspasaban los huecos paralelos de la cubierta, la impresionó profundamente, en todos los sentidos; positivamente por la grandiosidad, originalidad y genialidad del contenedor, pero también en sentido negativo por la soledad, la desolación y la frialdad de su contenido.

Había algo o alguien allí dentro que, en ese preciso momento, le transmitía unas extrañas sensaciones, haciendo saltar todas sus alarmas interiores, impidiéndole disfrutar con la serenidad anhelada de ese lugar que, en otras circunstancias, la habría cautivado sin restricciones.

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Un increíble escenario rasgados por los rayos

Ella, sin embargo, se quitó los cascos que aún llevaba puestos y se internó aún más en ese territorio vegetal hasta que, de repente, entre el escalofriante silencio reinante, empezó a oír un leve y rítmico sonido.

Como una sabuesa, se puso a la escucha, alzando sus antenas imaginarias, afinando la mirada y tratando de identificar esa vibración sonora no muy bien identificada que la atraía como una sirena traicionera de una Odisea “aliapiedesca”; entonces, sin prisa pero sin pausa, mientras trataba lidiar con los pálpitos de su corazón, el jadeo de su respiración y la humedad de su sudor, siguió avanzando hasta llegar a los pies de una cascada cuyas aguas, en un círculo vicioso, se deslizaban autoritarias sobre una obscura y alta pared vertical.

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Un gigante de hormigón y agua, fuente poderosa de la vida

Ese increíble y evocador conjunto que bien podía formar parte del escenario de una película de ciencia-ficción, se le asemejó a una misteriosa puerta hacia un onírico universo paralelo de un “señor de los anillos” o hacia un fantástico reino de un despiadado “juego de tronos”…

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¿Una jaula humana y vegetal?

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Una rampa ahogada entre paredes

Aliapiedi se quedó de piedra, boquiabierta, contemplando ese gigante de hormigón y agua que, como si de un altar se tratara, se elevaba amenazador ante ella y ante esas plantas flotantes que parecían arrodilladas, cual fuente poderosa de las vidas adormiladas allí reunidas y alma fundamental del inminente soplo primaveral.

Y después de unos largos minutos de contemplación, por fin volvió en sí, alejándose de prisa, confundida y desorientada, de ese increíble lugar que se le iba asemejando a una enorme jaula vegetal.

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Los “cítricos”con su acidez

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Las punzantes “suculentas”

Cruzó así una rampa flanqueada, casi ahogada, entre dos paredes; se topó con unos cítricos que desprendían acidez a través de sus pieles; se enfrentó a unas plantas suculentas que intentaban pincharla con sus hojas puntiagudas; y, finalmente, entre tanta hostilidad, encontró la paz en un acogedor jardín japonés.

Allí, en ese rincón zen al aire libre que intentaba imponer su presencia y esencia equilibrada, por fin se tranquilizó y, siguiendo el breve camino sin salida que desfilaba al lado de piedras decorativas entre gravilla rastreada, acabó frente al sólido muro lateral de la mencionada Sala de exposiciones.

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El pacífico y equilibrado jardín japonés

Unos opacos ventanales, golpeados por los despiadados rayos del sol, no dejaban ver lo que se escondía en el interior de esa sólida estructura pero ella, no pudiendo evitar fisgonear, aplastó su cara contra esa superficie casi transparente, dirigiendo su mirada hacia la penumbra hasta que, en un instante, la paz, su paz recién conquistada, se quebró por completo.

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De la paz “zen”…

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… a la guerra “autóctona”

Entonces, empezó a correr desquiciada, de un lado a otro, como una peonza fuera de control, como un ratón en una ratonera o, peor aún, como una Wendy en el laberinto de “El resplandor”, asaltada por unos temores puede que infundados, presa de unas fantasías engañosas, acorralada por unos fantasmas no bien identificados, hasta que, tras muchas vueltas, después de haber evitado los abrazos indeseados de un bosque autóctono cuyos ejemplares, alargando sus hojas de agujas, empujadas por el viento, parecían querer atraparla y retenerla allí para siempre, como en las peores pesadillas de Blancanieves o de Caperucita Roja, encontró una salida y, a toda prisa, sin mirar atrás, se alejó, puede que para siempre, de una Estufa fría embrujada y de unas inquietantes criaturas divisadas a través de un cristal, probablemente fruto de su locura, que habían puesto el punto final a una escalofriante aventura inverna(cu)l(ar)…

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Un inquietante final “inverna(cu)l(ar)”…

[Continuará…]

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Parque Juan Carlos I: la Estufa fría y las estaciones (Primera parte)

– OTOÑO: LA SORPRESA –

Era otoño.

Un domingo de otoño.

Como de costumbre, los de Aliapiedienfamilia habían ido a tomar el aperitivo a su bar de cañas y tapas favorito y, como casi siempre, aquél se había convertido en un entretenido almuerzo familiar, gracias también a la habitual amabilidad del personal.

Pero después de la devoción gastronómica cada cual tenía que afrontar sus obligaciones: estudiar para el examen del día siguiente, en el caso del hijo mayor; tocar el piano para la inminente clase de la tarde, en el caso de la hija pequeña; ocuparse de los niños sin dejarse seducir por la tentación de Morfeo durante la hora de la siesta, en el caso del padre, y, en el caso de la madre, dar un breve paseo para mitigar, o por lo menos intentarlo, el cargo de conciencia provocado por el contundente tapón de chocolate apenas ingerido aunque, eso sí, compartido “en familia”.

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El islote artificial con cascada

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El reflectante Centro Cultural Gloria Fuertes

Así las cosas, presa de sus remordimientos, decidió recorrer a piedi los aproximadamente dos kilómetros que la separaban del hogar familiar y, tras superar el sugestivo y reflectante Centro Cultural Gloria Fuertes, mientras dejaba a su derecha unos árboles de bronce que destacaban en el medio de un islote artificial con una cascada, se sintió irresistiblemente atraída por la puerta de metal, abierta de par en par, que daba acceso al Parque Juan Carlos I, el mismo que durante muchos años ella misma había ninguneado en favor de su amado Jardín de El Capricho.

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La pasarela hacia el Jardín de las Tres Culturas

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Las silenciosas compañeras de Aliapiedi

Sin oponer la más mínima resistencia a su instinto, comenzó a andar sin rumbo y sin destino por esa exterminada zona verde que, todavía, no dominaba en su totalidad. Dirigió sus pasos hacia el ancho bulevar principal, de forma circular, cuya decoración vegetal y coloración del pavimento evocaban los elementos típicos de las cuatro estaciones y, acto seguido, a la altura del puente que conducía al emblemático “Jardín de las Tres Culturas”, mágicamente invitada por una escenográfica alfombra de hojas amarillentas y naranjadas, tomó el camino, hasta ese momento desconocido, que bordeaba la ría central.

Decenas, puede que centenares, de pacientes tortugas de agua, la escoltaban silenciosamente en su periplo hacia el centro de ese reino verde poblado por innumerables familias de plantas que, a esas tempranas horas de la tarde, respiraban tranquilas con la única compañía de diferentes especies animales, sobre todo aves, y de unos pocos seres humanos.

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Un acuático portal parabólico

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Pasarelas atrevidas

Aliapiedi, disfrutando de esos parajes naturales que, un paso tras otro, la sorprendían con pintorescas estampas otoñales, movedizos reflejos acuáticos de cálidos colores y atrevidas líneas sinuosas de pasarelas peatonales, se dejaba ir, absorta en sus pensamientos, en un déjà-vu casi poético, hasta que su paz interior se vio quebrada por dos altos surtidores acuáticos que dibujaban en el aire un dúplice y parabólico portal tras el cual apareció una extraña estructura, hecha de columnas racionalmente distribuidas que se erguían imperiosas sobre el agua, reflejándose en ella.

Esa “cosa” le pareció el esqueleto de un moderno y estilizado templo de reminiscencias greco-romanas, desprovisto de frontón, de estatuas, de capiteles y, en general, de toda decoración, pero, a pesar de ello, igualmente impactante y sugestivo.

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La “cosa”, moderna y estilizada

Mientras lo contemplaba entre sorprendida y cohibida, divisó a su lado “algo” parecido a una futurista nave espacial a punto de despegar, provista de unas alas no tan imaginarias que, sin embargo, en su quietud, componían un original techo curvo repartido en dos niveles. Los lejanos recuerdos de los dibujos animados de su infancia, como “Capitán Harlock”, y los más recientes de las películas de ciencia ficción disfrutadas en compañía de su hijo mayor, la asaltaron con toda su fantasiosa intensidad y, presa de la curiosidad, decidió que, fuera lo que fuera aquello que, emergiendo de las aguas, había tomado cuerpo al otro lado de ese canal, no podía dejarlo pasar por alto, ni conformarse con mirarlo, y admirarlo, desde la lejanía, esforzándose en frenar su impulso de  zambullirse en las frías corrientes de la ría para alcanzar directamente su objetivo, evitando dar muchos rodeos por ese territorio que la estaba desorientando, en todos los sentidos…

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“Algo” parecido a una futurista nave espacial

Las fuerzas misteriosas de antes, invisibles inquilinos del parque, que convivían pacíficamente con su flora y su fauna, la habían llevado adrede hasta allí. No era casualidad y ella lo sabía, de modo que tenía que someterse a su voluntad. Dicho y hecho, cuando estaba a punto de lanzarse hacia una nueva aventura, esta vez en solitario, sin su familia, y más bien “a nado” que “a piedi”, un sonido raro, metálico, no precisamente agradable, empezó a retumbar en el interior de su cuerpo, o puede que de su alma, o, más bien, en el bolsillo de su chaqueta, que albergaba su móvil de penúltima generación. Era un mensaje de Hangouts de su hija, la única preocupada por su retraso, posiblemente porque era la única que no había sucumbido ante Morfeo, ni quedado atrapada entre las garras de un monstruo inglés llamado “Natural Science”.

Fue sólo entonces cuando Aliapiedi reparó en que había transcurrido más de una hora desde que se había separado de su familia y que las luces naturales del cielo de Madrid se iban apagando poco a poco para dejar protagonismo a las estrellas.

Ese aviso de su hija era, sin duda, una nueva, y muy real, señal, así que tenía que alejar rápidamente los pájaros que sobrevolaban su cabeza y abandonar, por el momento, la idea de nadar hacia ese insólito lugar para explorarlo a fondo, por fuera y por dentro.

Y así, después de haber tranquilizado a la pequeña con unos cuantos mensajes acompañados por unas pintorescas fotos tomadas durante su improvisada excursión, aceleró la marcha, siguiendo el curso de la ría y dejando a un lado otros puentes, pasarelas, cascadas, geyser, láminas de agua e islotes artificiales con canoas amarradas a sus rocas, hasta alcanzar nuevamente el anillo central, dejando atrás ese intrigante elemento arquitectónico, puede que fruto de un espejismo, desprovisto, por ahora, de un nombre y de una identidad.

[Continuará…]

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Campo del Moro: La imagen

Esa imagen la perseguía, esa imagen la perturbaba, esa imagen la acosaba…

Desde que se había mudado a Madrid, hacía ya quince años, esa imagen no la había dejado tranquila ni un solo momento: se le aparecía en las tiendas de recuerdos, en las cubierta de las guías, en las postales de los kioscos, hasta en los mismos sueños.

Esa imagen la obsesionaba…

Pasaban los meses, los años, hasta los decenios, y no podía zafarse de ella, seguía presente en sus pensamientos, autoritaria en sus sentimientos. Aliapiedi ya no sabía cómo actuar, y se preguntaba desesperada si, de una vez por todas, debía de enfrentarse a esa imagen, a sus fantasmas, puede que fantasías, o si, por el contrario, debía adoptar una postura indiferente, impasible, ante esas frecuentes apariciones. Descartada la segunda opción, no sólo por la dificultad de librarse de esa imagen, sino también, y sobre todo,  por una inconfesable voluntad de hacerla suya, suya para siempre, suya a su manera, en un día caluroso, en consonancia con el agosto capitalino, aprovechando que se había quedado “a solas” con su marido, sin hijos y sin haber aprovechado la ocasión para escaparse en una romántica, y tórrida, “toccata y fuga”, tomó la firme decisión de desafiar a aquella imagen, retándola en un “vis-à-vis” de imprevisibles consecuencias…

El destino “imaginario”, tantas veces encontrado y tantas veces evitado, era un famoso jardín madrileño, el del Campo del Moro, un espacio cuyo nombre aludía al caudillo musulmán Alí Ben Yusuf, empeñado, sin éxito, en reconquistar la ciudad cristiana de la originaria Mayrit después de la muerte del rey Alfonso VI.

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La discreta puerta del Paseo de la Virgen del Puerto

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La puerta, de acceso restringido, de la Cuesta de San Vicente

Accedieron al actual y rectangular recinto morisco por la puerta oeste, la del Paseo de la Virgen del Puerto, más humilde y discreta que la de la Cuesta de San Vicente, al norte, y la de la Cuesta de la Vega, al sur, pero la única abierta al público, aunque pasaba casi desapercibida entre los barrotes de una verja de hierro forjado.

La modesta entrada ocultaba, a la izquierda, una curiosa pasarela de madera perdiéndose entre palmeras, de frente, un elegante cartel asomando entre los arbustos y recordando las normas y horarios de visita, y sobre todo, a la derecha, un sorprendente balcón con vistas que hubiera hecho palidecer el mismísimo veronés de Julieta y desde el cual se disfrutaba de una vista asombrosa y excepcional, la de la imagen que tanto obcecaba a Aliapiedi: una amplia explanada verde, sólo interrumpida en su herbosa y empinada continuidad por un par de fuentes con la majestuosa fachada occidental del imperioso Palacio Real al fondo.

Esa era la imagen: la imagen de entonces, la imagen de ahora, la imagen de siempre…

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Balcón con vistas: la imagen de entonces, la imagen de ahora, la imagen de siempre

Aliapiedi permaneció bloqueada, preguntándose si esa imagen tantas veces reproducida en postales, guías y carteles era real o fruto de su imaginación, ya que su hermosura, su esplendor y su luz natural, en vivo y en directo, al desnudo, sin filtros y sin retoques, superaba ampliamente la de la ficción.

Esa imagen era única e incomparable…

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La petrificada escalera entre rocalla

Aliapiedi estaba allí, frente a ella, como tantas veces se la había imaginado sin saber qué decir, ni qué hacer, ni qué sentir. Se había quedado de piedra, al igual que la pintoresca escalera doble que, entre rocalla ornamental, bajaba a sus pies. Fue entonces su marido, hábil fotógrafo amateur, el que tomó la iniciativa, inmortalizando la superlativa panorámica mientras que ella intentaba recobrar la compostura por la emoción de ese encuentro tan inesperado, y a la vez tan esperado, tratando de capturar con su temblorosa cámara digital la imagen tan sensacional.

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La gruta artificial (Túnel de Bonaparte)

Bajaron entonces de esa posición privilegiada, sobre una gruta artificial, proyectada por Juan de Villanueva con el fin de conectar el edificio real con los jardines de la Casa de Campo, y se acercaron a la parte más baja del Campo del Moro, a los pies de esas Praderas de las Vistas del Sol diseñadas por el arquitecto mayor de palacio durante el reinado de Isabel II, Narciso Pascual y Colomer.

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Aliapiedi, “a piedi”, y “ai piedi”, de las Praderas de las Vistas del Sol

En la esquina izquierda de la explanada les dio la bienvenida el mismísimo rey Juan Carlos I, recordándoles que él había sido el responsable de la apertura al público de ese jardín, casi cincuenta años atrás, mientras que en la esquina opuesta un cartel con un mapa y unas breves notas históricas les ayudaron a orientarse en ese extenso recinto verde de casi veinte hectáreas.

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Su Majestad, el rey Juan Carlos I

Una vez recuperada la compostura, Aliapiedi, esta vez sí, fue capaz de tomar una foto del útil callejero agreste y, atraída por los colores azules sobre fondo verde que indicaban la presencia de agua, decidió dirigirse hacia uno de los tres estanques que decoraban el lado meridional del jardín.

Por el breve camino a lo largo de un Paseo de la Circunvalación cuyo nombre no hacía justicia a la paz y tranquilidad que allí reinaba, se toparon de repente con un extraño e imponente vehículo, aparcado solitario bajo un techo cubierto por unas precoces hojas pre-otoñales.

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Un carromato solitario o… ¡en buena compañía!

Mejor visto, sin embargo, ese curioso medio de transporte, un carromato, o lo que fuera, no parecía tan solo, sin más bien en buena compañía; pero ella, dudando una vez más de su lucidez, prefirió no decir nada y quedarse callada, observando en silencio esa pieza con sus inquilinos reales o imaginarios, teniéndose para sí la inquietante sospecha.

Llegaron entonces a destino, unos pocos metros más allá, y esta vez sus sentidos no le  fallaron, como pudo comprobar por el estupor que también se había apoderado de su marido.

Ese espejo, que no espejismo, acuático llamado Estanque de los Carruajes, decorado con flores, plantas y animales, era una auténtica maravilla.

En sus límpidas aguas, manchadas por los cálidos colores de hojas ya caídas y besadas por los reflejos de un sol amigo, nadaban pacíficamente patos y cisnes, de carne y hueso, entre ranas, de piedra, que escupían chorros de sus bocas o descansaban a la sombra de plantas ubicadas en islotes.

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El puente con ruedas hacia el Museo de Carruajes

Un pintoresco puente sobre cuyo empedrado, y no por casualidad, estaban dibujadas unas ruedas, salvaba el hídrico conjunto llevando a los estupefactos visitantes al (ahora cerrado) Museo de Carruajes cuya sobria arquitectura funcional, obra de Ramón Andrada, le recordaba a Aliapiedi la de los edificios de estilo socialista visitados en Polonia o en Rusia. 

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El micro-bambusal

Y como si ello no fuera suficiente, para dar más realismo a la atrevida comparación, en un lado del acuático recinto divisaron unas fuertes cañas de bambú, un bambusal en miniatura que también les recordó no el tan famoso de Kyoto, el de Arashiyama, estropeado en su grandiosidad y espectacularidad por las hordas de turistas, sino el, más íntimo, más recóndito y más acogedor, de Kamakura, ubicado en el interior del engatusador y poco frecuentado templo budista de Hokoku-ji. Se dejaron entonces abrazar por el nostálgico y a la vez hermoso recuerdo de los dulces y evocadores aromas de esas tierras tan lejanas, por los melodiosos y a la vez relajantes sonidos de la naturaleza, por los contagiosos sentimientos de la paz en el hombre…

Y tanto fue así que, abstraídos por la dimensión japonesa, no se percataron de que a su espalda, silenciosa y elegantemente, como de puntillas, se les estaban acercando unas coloreadas criaturas…

Fue el crujir de unas hojas las que delataron esas majestuosas presencias, las mismas que Aliapiedi había creído ver a los mandos del vehículo de antes: ¡eran pavos, pavos reales, que desplegaban todos sus colores!

Altivos y soberbios deambulaban por esos parajes como si todo el real conjunto, palacio y jardín, les perteneciera a ellos, reyes entre los reyes, señores de esas tierras.

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La Rosaleda, sin rosas y sin agua

Aliapiedi y su marido se quedaron boquiabiertos y, después del momento de desorientación, en ese peculiar y regio Día de Acción de Gracias madrileño, se lanzaron a la caza de los nobles animales para inmortalizarlos con sus cámaras digitales.

Finalizado el safari fotográfico, satisfechos con sus presas, siguieron entonces con la exploración del territorio.

Allí cerca estaba La Rosaleda, con su fuente central sedienta y sus flores que la rodeaban, y, un poco más allá, el camino principal se perdía tras una reja ya no tan esplendorosa flanqueada por un cartel que prohibía el paso por esa zona donde, según el mapa, se encontraban los Viveros e Invernaderos.

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Una inquietante reja cerrada…

El compañero de Aliapiedi, como siempre respetuoso con las normas, consiguió convencerla de que desistiera en su absurdo propósito de adentrarse en terreno prohibido, en busca de tesoros desconocidos, aprovechando un pasaje lateral que permanecía abierto, y, dando la espalda a la reja que no hubiera desentonado en una película de miedo como puerta de acceso a una casa embrujada oculta en un bosque –¿acaso era eso lo que buscaba Aliapiedi, empujada por sus adrenalínicos temores y por sus constantes visiones?–, los dos volvieron sobre sus pasos, dirigiéndose, a través del Paseo de Civiles, hacia un edificio que tampoco hubiera deslucido en un lúgubre escenario.

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El Chalet de Corcho en todo su lúgubre esplendor

Se trataba del Chalet de Corcho, una curiosa edificación de finales del siglo XIX, que asomaba de entre la romántica vegetación con su (ahora) siniestra presencia, fruto del descuido y del paso de los años.

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Una presencia siniestra y…

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… misteriosa…

La destartalada barandilla que lo rodeaba, su “no invitante” puerta entreabierta y sus ventanales que, misteriosamente, vistos desde atrás, asumían extraños colores, no impidió que el edificio le trajera a la mente los “caprichosos” edificios de su jardín favorito, tan amado por ella, y que ahora, ante la secreta belleza, a veces estropeada, a veces ennoblecida, de este parque morisco, tenía la absurda sensación de estar traicionando.

Y esa sensación de culpabilidad la capturó nuevamente unos pocos metros más allá, deambulando por el elegante Paseo de Damas donde, entre pinares, encontraron el cautivador Chalet de la Reina, también obra de  Repullés, pero que, a diferencia del anterior, deslumbraba con su pintoresca arquitectura de estilo tirolés a la cual solo le faltaban unos copos de nieves veraniegos deslizándose por sus techos puntiagudos…

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El deslumbrante y veraniego Chalet de la Reina

Tocaba ahora encontrar la Fuente de la Almendrita y los dos, recorriendo un Paseo de los Mosquitos afortunadamente no poblado por esos insectos tan molestos, alejándose del camino principal, a gusto se perdieron entre hermosos senderos arbolados, caminos semiocultos y románticos atajos que, con su trazado irregular, obra del jardinero Ramón Oliva, nada tenían que envidiar, reflexionaba ella cual traidora amante, a la laberíntica y seductora estructura del caprichoso jardín de los duques de Osuna. En busca entonces del valioso pequeño fruto (¿prohibido?), los dos se encontraron con elementos ornamentales y vegetales de toda especie y tipo, desde artísticos jarrones que se elevaban entre setos hasta farolas con sus brazos hacia el cielo, desde bancos rodeando troncos seculares hasta criaturas de facciones sin iguales, desde ramas sujetadas por escenográficos pilares hasta pintorescas cestas de basura cuyo mimbre se mimetizaba con la naturaleza.

Ese parque era una continua fuente de curiosos descubrimientos pero de la de la almendrita no había rastro ni indicio alguno.

Cuando ya habían recorrido toda la parte oriental del parque entre Paseos de Hayas, Plátanos y Minas, topándose nuevamente con carteles de “acceso restringido” cada vez que se acercaban a los terraplenes donde se asentaban la Plaza de la Armería y el Palacio Real, decidieron bajar al azar hacía unos de los numerosos bosquetes esparcidos por ese campo y… ¡eureka!

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¿La Fuente de la Almendrita o la Fontana de Trevi?

Estaban a punto de rendirse cuando, allí, casualmente, se toparon con la tan ansiada recompensa: una fuente muy sencilla y de dimensiones muy modestas pero que a ellos, después de tantas vueltas, les pareció tan grandiosa como la de Trevi, en Roma.

Satisfechos, descansaron un momento en uno de los bancos solitarios que la rodeaban, disfrutando de ese rincón tan acogedor y tomando fuerzas para enfrentarse al segundo tramo de la empinada subida principal que arrancaba desde una fuente mucho más sensacional, la de las Conchas.

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La grandiosa Fuente de las Conchas

Aliapiedi trepó las Praderas de las Vistas del Sol con paso firme, decidida a enfrentarse nuevamente con sus fantasmas y su fantasía, hasta alcanzar su cima.

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La escalada de Aliapiedi atravesando su imagen

Allí arriba, en el punto más alto accesible del tapiz de hierba natural con toques paisajísticos de estilo inglés, formando parte de la imagen que tanto la obsesionaba, miró desafiante al último elemento que se le resistía de la espectacular postal, la Fuente de los Tritones, defendida en su marmórea monumentalidad por el vallado recinto del palacio real.

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El cara a cara final de Aliapiedi con la imagen: un imprevisible cruce de miradas

Fue entonces en ese preciso instante cuando, segura de sí misma, decidió que, en lugar de atacar, de vencer a sus espectros, de imponerse a sus visiones, la estrategia más indicada era la de rendirse al excelso panorama, dándose la vuelta y disfrutando de la imagen desde el lado opuesto.

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La victoria de Aliapiedi: la imagen a sus espaldas

Y así, sin armas y sin batallas, triunfante sobre su mejor pesadilla, ella saboreó su peculiar momento de gloria…

Fue como siempre su marido quien, cogiéndole de la mano, la despertó de sus sueños llevándola por el Paseo de Alí Ben Yusuf, en el lado norte de ese campo ocupado, según la historia, por las tropas del emir Alí, y conquistado, con la fantasía, por una tal Alía (piedi)…

Y mientras ella pensaba en la extraña coincidencia, su marido, con los pies en el suelo, trató de distraerla mostrándole los escudos que afloraban entre las hiedras, las puertas secretas, tapiadas entre las rocas, y un poco más allá, cerca del homónimo estanque, una estatua de La Chata.

Pero ella siguió ensimismada, centrada en un último detalle, abstraída por una última reflexión.

Y queriendo poner el colofón final a su obsesión, se encaminaron juntos hacia el punto de salida por el Paseo de Isabel II. Después de subir los empedrados escalones que abrazaban la gruta de antes, los dos se encontraron nuevamente en la balconada del inicio del recorrido y en ese preciso instante Aliapiedi, desenfundó su cámara digital, y, esta vez sí, firme y sin temblores, fijó su objetivo y disparó una última instantánea.

Y así fue como por fin hizo suya, suya para siempre, suya a su manera, la imagen tantas veces evitada, la imagen tantas veces deseada…

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La imagen de Aliapiedi, suya para siempre, ¡suya a su manera!

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Toledo y sus campus universitarios: En nombre del padre (Segunda parte)

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… y callejuelas

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“A piedi” entre calles…

[Sigue…] Los tres, cuyo afán turístico ya había sido ampliamente satisfecho con los secretos (revelados) de la grandiosa facultad, se dispusieron entonces a caminar por la ciudad, recorriendo calles, callejuelas, pasajes, pasadizos, plazas, plazoletas y cobertizos, alcanzando finalmente la magnífica y asombrosa plaza central de Toledo, a la cual, entre otros, asomaban la espectacular, y gótica, Catedral, el imponente Palacio Arzobispal, la Audiencia Provincial y el herreriano Ayuntamiento que le daba nombre.

En la planta baja de este último estaba alojada la oficina de turismo, donde se hicieron con un par de mapas turísticos que la madre utilizó para trazar un recorrido “a piedi”, invitando a sus hijos a emprender una laberíntica y peculiar caza del tesoro urbana –en realidad, los tesoros, arquitectónicos, eran numerosos–.

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La grandiosa plaza del Ayuntamiento con el homónimo edificio y el Palacio Arzobispal

La ciudad, con su complejo entramado, se prestó al juego y los niños-guías, cuales Teseos del Nuevo Milenio, se adentraron en los invitantes pasadizos que, como si de portales espacio-temporales se tratara, parecían llevarles hacia nuevos mundos, históricos y culturales.

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El pasadizo-portal espacio-temporal

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El campanario cercado por sus vecinos

Así, tras disfrutar de una curiosa perspectiva del campanario de la catedral desde la limítrofe plaza del Consistorio, cruzaron el pasadizo del Ayuntamiento y, como por arte de magia, se vieron inmersos de lleno en el universo cristiano medieval, representado por el convento de Santa Úrsula, la iglesia de El Salvador, y el antiguo convento de San Marcos.

Los jóvenes exploradores no se percataron de que estaban regresando al punto de partida pero fue, precisamente, gracias a ese comprensible error de desorientación que se toparon con un imponente portal, protegido por una alta y robusta muralla de metal y vigilado por un alto torreón perteneciente a una vivienda de aspecto muy original.

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Una invitante apertura en una moderna muralla

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Una misteriosa galería en una aparente soledad

A pesar de la confusión, ellos decidieron seguir aquella señal y, sin pensarlo dos veces, atravesaron ese acceso entreabierto que quizás les transportara a otra realidad.

Y así fue.

Accedieron a un lugar sumergido en una aparente soledad que, a pesar de su centralidad, pasaba desapercibido a la mayoría de los turistas; allí los únicos seres (no vivos) eran unas extrañas composiciones de hierro, ubicadas en un empedrado lateral salvado adrede por una restaurada pavimentación principal.

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El mundo antiguo y moderno del Archivo Municipal

Los tres aguzaron entonces la vista para divisar, a través de una puerta de cristal, tras un arco antiguo modernamente enmarcado, una misteriosa galería.

Cautelosamente, se dirigieron hacia aquel pasaje tan extraño y tan obscuro, hasta alcanzar otro mundo, un mundo extraño, un mundo original e intenso, hecho de maquetas, monedas y antiguos documentos mezclados con soportes, estructuras y medios modernos. Se trataba del Archivo Municipal, resultado de la enésima y premiada adaptación de un edificio religioso, el mencionado convento de San Marcos, a una nueva función.

Los tres se entretuvieron largo rato en ese pacífico lugar, admirando ese reino misterioso y, a la vez, cautivador, interrogando a los amables empleados para satisfacer su curiosidad, antes de dejar atrás aquel universo peculiar.

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El estático mapa de “Juego de Tesoros” en el “Reino de Toledo”

Esa ciudad era una auténtica caja de sorpresas y sus cambiantes escenarios le recordaban a Aliapiedi el dinámico mapa que aparecía en la cabecera de una de sus series favoritas, “Juego de Tronos”, con sus diferentes reinos aquí reunidos en uno solo, el mejor de todos, el “Reino de Toledo”.

En efecto, un poco más allá, los tres visitantes se toparon con el territorio judío, la Judería, tal y como se atestiguaba en el empedrado, en las paredes y en las esquinas que lo componían.

Allí, sorteando nuevamente travesías, callejones y plazoletas extrañamente vacías llegaron a la Sinagoga del Tránsito, sede también del Museo Sefardí.

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Sinagoga del Tránsito y Museo Sefardí

Aunque el edificio, convertido en iglesia de la orden de Calatrava tras la expulsión de los judíos, no estaba abierto al público ese día, pudieron disfrutar del magnífico panorama desde la explanada situada frente a la sinagoga: el plácido río, las casas escondidas entre la vegetación, las rocosas colinas precipitándose sobre el vacío…

Ante aquel soberbio cuadro, la madre volvió a recordar su patria natal, en esta ocasión su augusta capital, la llamada “cittá dei sette colli” que, desde el punto de vista orográfico, tenía bastantes elementos en común con la villa toledana –o puede que fuera su eterna nostalgia la que le provocaba esas atrevidas comparaciones– y, después del momento contemplativo (y comparativo), los tres alcanzaron el siguiente destino: la Sinagoga de Santa María la Blanca, también convertida en iglesia a principio del siglo XV.

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Sinagoga de Santa María la Blanca: pilares, arcos y capiteles por doquier

Tras atravesar su ameno jardín, que inspiraba paz y serenidad, bajo un soberbio techo de madera de artesonado, los niños, que nunca habían entrado en un edificio religioso judío, se vieron rodeados por decenas de pilares octogonales, arcos de herradura y capiteles, a base de piñas y lacerías, decorados con suma maestría, entre frisos policromados en yeso con motivos vegetales, geométricos y epigráficos, en el típico estilo mudéjar. Aquel lugar formaba parte del legado de los más de diez mil hebreos que habían convivido serenamente y en armonía con las demás comunidades, la árabe y la cristiana, instaladas en la primitiva capital del reino castellano-leonés de Alfonso VI, sucesivamente declarada ciudad imperial por Alfonso VII, y en las jóvenes mentes de los infantes se sucedio una pregunta tras otra: ¿Por qué ya nadie rezaba allí? ¿Por qué unos reyes tan católicos habían roto una antigua y floreciente paz social y religiosa? Y, sobre todo, ¿cuándo volvería a imponerse la paz por encima de todos y de todo?

Eran preguntas de difícil respuesta, de modo que Aliapiedi se limitó a recordarles su aventura madrileña en el corazón del “Jardín de las Tres Culturas” del parque Juan Carlos I, en aquel “mágico y onírico paraje [donde] no cabía la guerra, no cabía la ofensa, no cabía la intolerancia: sólo paz, respeto y convivencia”, demostrándoles que nadie perdía la esperanza, aunque fuera sólo en términos simbólicos, vegetales o intelectuales, de reunir otra vez a todas las creencias bajo un mismo espíritu conciliador. Había que confiar, siempre…

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Perdidos por las calles…

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… ¡y por el callejero!

Pero ya se había hecho tarde y a la salida del templo las mentes de los niños, con su característica e inocente despreocupación, pasaron a estar ocupadas en un asunto que en ese preciso instante les resultaba mucho más urgente que la paz universal: el hambre.

De prisa y corriendo, cruzaron otra vez el barrio judío, perdiéndose, reencontrándose y volviéndose a perder, y después de muchos rodeos, llegaron a la plaza Zocodover, donde les esperaba no sólo su padre para un almuerzo fugaz y frugal, sino también un medio de transporte especial, un tren excepcional, un tren imperial: el Zocotren.

Tras despedirse nuevamente del profesor, que tenía que volver a su dulce hogar profesional para cumplir con sus obligaciones docentes postmeridianas, los tres se dejaron llevar, primero por las tortuosas calles del casco histórico y después por las, más amplias, que rodeaban el mismo.

Uno tras otro desfilaron el Alcázar, el mismo que habían avistado por la mañana desde la lejanía, la Puerta del Sol, de influencia nazarí, con su arco de herradura enmarcado en otro de mayor tamaño, la mudéjar iglesia de Santiago del Arrabal y, ya fuera del recinto amurallado, más allá del plácido Tajo, el pintoresco puente de Alcántara con sus dos torres de estilo diferente, mudéjar la una y barroca la otra, elevándose grandioso sobre el río.

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Panorámicas…

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… toledanas

Las vistas sobre la ciudad desde lo alto de una empinada carretera eran superlativas y casi a la altura del punto más alto del cerro que estaban recorriendo, el conductor-maquinista paró el vehículo, invitando a todos los pasajeros a apearse, no con la intención de abandonarles a su suerte en tan hermoso lugar, sino con el sano propósito de que pudieran disfrutar con más tranquilidad de un panorama sin igual entre densos cigarrales, desde el que la ciudad de Toledo, con sus casas, sus palacios, sus iglesias, sus conventos y su Catedral, escoltada por el imperial Alcázar a un lado y por la majestuosa Universidad al otro, se divisaba en todo su esplendor, besada por una luminosidad que la transformaba en una estática postal, casi irreal.

Pero aquello era real: toda esa monumentalidad, toda esa historia, toda esa cultura allí reunida era auténtica e inmortal, viva desde siempre, viva para siempre…

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Toledo monumental, una postal muy real

De vuelta a la plaza Zocodover, siempre a bordo del tren que seguía un recorrido similar al que habían realizado en coche por la mañana, se dirigieron a pie hacia la Catedral, para visitar su soberbio interior, preanunciado por la magnificencia de las puertas exteriores: en un lado la de la Chapinería o del Reloj, la más antiguas de todas, del siglo XIII, aunque reformada en el siglo XIX; de frente, la puerta principal, llamada del Perdón, cuyo elaborado altorrelieve representa plásticamente la imposición de la casulla a San Ildefonso, y, en el otro lado, la más apreciada por los más pequeños de Aliapiedienfamilia, la puerta de los Leones, obra gótica-flamígera del siglo XV, custodiada por estos regios animales que habían trepado hasta la cima de su reja.

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La Catedral en todo su esplendor

Unos pocos metros más allá había otro acceso, menos imponente pero no por eso menos importante, la llamada Puerta llana, por la que accedieron al templo, en el que se perdieron cautivados por la magnificencia de sus cinco naves de altura escalonada iluminadas por magníficas vidrieras, un espacio en el que destacaban el soberbio retablo de la capilla mayor, la magnífica sillería del coro y la doble girola con el fantástico y fantasioso grupo escultórico “Transparente”, obra de Narciso Tomé, en el centro.

Ese tripudio artístico principal, junto con el claustro, la sacristía y la sala capitular, era más que suficiente para que los tres se quedaran boquiabiertos y sin palabras, asaltados por las mismas dudas que les habían surgido al contemplar la llamada Catedral de San Justo: ¿Cómo se había levantado ese edificio? ¿Quién o quiénes lo había hecho posible? ¿Había sido obra divina o humana? Las preguntas, como siempre, sólo podían encontrar respuesta en la fe, en la ciencia o en ambas cosas…

Y a falta de una oportuna máquina del tiempo que pudiera llevarles hasta el siglo XIV, los tres se tuvieron que conformar con salir de allí más desorientados que nunca. Afortunadamente, para guiar a esas ovejas perdidas en sus existenciales pensamientos, apareció una estrella polar, la de un padre que, sin perder el norte y a pesar de las muchas horas de trabajo, les esperaba para una última sorpresa.

La verdadera meta no era una renombrada pastelería donde, como de costumbre, se hicieron con un sabroso souvenir gastronómico, sino un antiguo complejo industrial, frecuentemente ignorado, por puro desconocimiento, por las hordas de turistas que asaltan la ciudad cotidianamente: la Fábrica de Armas.

Al oír pronunciar ese nombre, tan prometedor para el más pequeño de la familia, y tan aterrador para la más pequeña, los tres se miraron aturdidos: ¿Dónde quería llevarles el padre de familia? ¿Por qué motivo habría elegido ese lugar tan extraño?

Él, viendo sus miradas desorientadas, les sonrió y se sonrió a si mismo, convencido de que el bélico destino les iba a impresionar gratamente por diferentes motivos. Fueron entonces a recoger al coche y dejando atrás el centro histórico de Toledo, bajando la colina y volviendo a rodearla curva tras curva, después de un par de kilómetros, recorriendo avenidas asfaltadas que se abrían camino entre espacios agrestes y zonas urbanizadas, el vehículo se detuvo en un extenso aparcamiento al aire libre, extrañamente vacío.

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La Puerta de Obreros del actual Campus Tecnológico

Aunque ninguno de los tres entendía qué hacían allí, en el medio de una llanura solitaria, lejos del bullicio de la vida urbana, no por ello dejaron de confiar en que la propuesta del padre de familia les pudiera resultar interesante, por lo que le siguieron en silencio, sin rechistar, hacia un portal arropado por unos bajos muros de ladrillos que ocultaban la sorpresa… ¡Y qué sorpresa! Se encontraban ante uno de los accesos a la mencionada fábrica, a un mundo industrial del pasado, a un mundo universitario del futuro: el Campus Tecnológico de Toledo, un campus declarado en 2011 de excelencia internacional, perteneciente, para variar, a la prestigiosa Universidad de Castilla-La Mancha.

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La ordenada y racional arquitectura industrial

Una vez más, el trío se quedó sin palabras.

Esa Puerta, la de Obreros, hasta hace ocho años ubicada en la cercana y homónima glorieta, y que hasta los años sesenta habían cruzado los operarios de una fábrica levantada dos siglos antes por voluntad del rey Carlos III, era ahora la que atravesaban a diario empleados, estudiantes y profesores del siglo XXI, para dedicarse a unos menesteres bien diversos de la producción de espadas y de cartuchos de antaño: la creación de las infalibles e inmortales armas del saber, a través de la innovación, la tecnología y la investigación.

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La pacífica biblioteca en la belicosa cartuchería de pistolas

Y así, bajo el envoltorio de una racional y ordenada arquitectura industrial, tan diferente da la conventual de la mañana, tan articulada y laberíntica, apareció otra vez el estimulante y prometedor mundo universitario de siempre con toda su vitalidad: diversos aularios, magnos o no tan magnos, en antiguos talleres hechos de ladrillo; una belicosa cartuchería de pistolas alojando una pacífica biblioteca con un amplio vestíbulo dominado por soldados con estandartes en una pared y por expertos informáticos a sus pies; laboratorios para prometedores experimentos al reparo de antiguas naves de hierro en las cubiertas…

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El camino principal entre bancos, fuentes y banderas

Los edificios, distribuidos rigurosamente a lo largo de un camino empedrado principal, flanqueado por uno peatonal, desfilaban uno tras otro, ostentando un estilo neo-mudéjar que, entre jardines muy cuidados, con columnas, fuentes y espejos de agua que cubrían los restos de un duro pasado, les trajo a la mente los del antiguo Matadero madrileño convertido en un estimulante Centro cultural, que habían visitado meses atrás.

Y mientras los niños, una vez más, fantaseaban con su vida universitaria futura en esas instalaciones que, en efecto, parecían provenir de otro mundo, Aliapiedi no pudo dejar de pensar en la genialidad del ser humano, capaz de reutilizar un complejo industrial tan extenso, optimizando además el consumo energético a través de modernos sistemas sostenibles.

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Taller de forja de entonces, laboratorio de ahora

Aquello le resultaba digno de admiración.

El padre, orgulloso, siguió ejerciendo de maestro de ceremonias y, alejándose del camino principal, les guió hacia los orígenes de todo el conjunto, hacia la fuente del mismo, hacia su núcleo energético: el agua.

Ante ellos se presentó un flamante puente colgante peatonal, la llamada pasarela de los Polvorines, dedicado a Facundo Perezagua, cuya línea sinuosa salvaba un curso acuático que, en su día, a través de una complicada obra de ingeniería hidráulica, basada en la combinación de canales, molinos y desniveles, proporcionaba la fuerza necesaria para dar vida a las diferentes actividades de la fábrica.

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La Central de Reserva del pasado

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Una enfermería de cristales rotos y marcos nuevos

Allí, en esa que era la parte más apartada del camino principal, contemplaron una central de reservas y una enfermería, de cristales rotos y marcos nuevos, con ventanas restauradas o abiertas al cielo, cortinas olvidadas y persianas restauradas, vestigios de un pasado industrial, obsoleto, a la espera de un futuro prometedor.

Era como ver el antes y el después de un proyecto in fieri.

Un poco más allá, para que los niños se reafirmasen en su voluntad de querer estudiar o, mejor dicho, divertirse en ese complejo universitario, había un pabellón polideportivo en una rehabilitada escuela de aprendices, un gimnasio y varias salas de deportes en un restaurado taller de fundición, y un “módulo acuático” con piscina cubierta, junto a unas pistas de tenis y de pádel.

También impresionada con todas aquellas flamantes instalaciones, Aliapiedi fijó luego su atención en una elegante y señorial construcción que constituía el eje inicial de un complejo que, dada su amplia extensión, llegó a conformarse con el paso de los años como una verdadera ciudad, la “Ciudad Industrial”.

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Busto de Carlos III

Se trataba del edificio Sabatini, obra del famoso arquitecto, ubicado justo frente al acceso principal del campus tecnológico, la puerta de Carlos III.

El portal de la fachada principal del palacio, entreabierto, les invitó tácitamente a acceder a él y, para evitar que una ráfaga de viento imprevista les privara de aquella posibilidad, los cuatro se apresuraron a cruzar enseguida ese umbral.

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El primer patio de un palacio manchego…

Fue el mismísimo Rey borbón antes nombrado quien les dio la bienvenida al primero de dos patios que con sus palmeras y sus fuentes recordaban jardines de palacios más bien sicilianos que manchegos.

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… ¿o siciliano?

Deambularon un poco por ese oasis tan mediterráneo sobre el que se asomaban desde la segunda planta, las ventanas de despachos de profesores “tecnológicos” y, pasado un rato, acompañados por los rayos de un sol que iba menguando, volvieron sobre sus pasos.

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Los jardines del Sagrado Corazón

Se dirigieron entonces hacia los jardines del Sagrado Corazón que, presididos por la estatua de una virgen, estaban delimitados por el antiguo Taller de envases de cartón, actual Paraninfo, y por el edificio de la Secretaria.

Un poco más allá, divisaron una sólida torre con reloj, bajo la cual se abría paso una galería para el tránsito de los peatones y de algún que otro vehículo de servicio.

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Una sorprendente y evocadora imagen

A Aliapiedi esa imagen, aparecida de repente, le causó una extraña sensación, trayéndole a la mente otra, escalofriante e inquietante, que convirtió por un instante ese lugar tan hermoso en otro increíblemente horroroso. Ella no sabía el porqué de aquella tan espontánea como absurda comparación pero después de haber pasado debajo de aquella torreiforme construcción, un nuevo escenario, nuevamente distorsionado por el recuerdo de una visita desgarradora a un campo polaco de millones de calvarios, lejos de este campus universitario, la golpeó con toda su fuerza. Aquellas naves primitivas, ahora laboratorios, perfectamente alineadas a lo largo de un camino secundario huérfano de estudiantes, dominadas por una chimenea ya sin humos ni cenizas, entre árboles desnudos, sombras alargadas y voces enguatadas, la dejaron sin respiro.

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El “campus bajo” y su impactante escenografía

Su marido, fiel compañero de aquel viaje, y de todos los siguientes, vio el horror reflejado en su cara y, sin cruzar palabra con ella, lo entendió todo; se le acercó, le cogió la mano y la devolvió a la actualidad, sin permitir que la desenfrenada imaginación de su mujer la llevara más allá de donde estaban, más allá de ese lugar en el que, por el contrario, se exaltaba el progreso y la vida, el progreso y la vida universitaria, el progreso y la vida de alumnos aplicados y profesores apasionados.

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Una antigua cartuchería de fusiles convertida en moderna cafetería

Aparcados entonces los obscuros pensamientos, el cuarteto siguió caminando hasta alcanzar una antigua cartuchería de fusiles, sede ahora de una espaciosa y animada cafetería al amparo de un moderno techo que parecía formado por cajones suspendidos en el vacío. Y en ese sitio tan original, tomando un nutrido aperitivo, los cuatro de Aliapiedienfamilia pusieron el alegre colofón final a aquel día tan especial.

Cayó la noche sobre Toledo, sobre sus monasterios de un tiempo, sobre sus naves de entonces, sobre el campus “alto”, en pleno centro, y sobre el “bajo”, al lado del Tajo, sobre los hogares profesionales, recién descubiertos, y los familiares, desde siempre conocidos. Poco a poco, miles de luces poblaron el cielo, iluminando pasadizos, calles, cobertizos y las mentes y los corazones de una madre e unos hijos que, cansados pero rebosantes de orgullo, estaban sentados al lado de un padre que les había sorprendido con una visita universitaria inolvidable. Los niños habían aprendido la lección: jamás volverían a dudar de él, de su profesionalidad y de su discreción, y para siempre seguirían su ejemplo, en el nombre del padre, en el nombre de su padre…

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El “emblema” de la “emblemática” Facultad de Ciencias Jurídico Sociales de Toledo: para siempre en nombre del padre, para siempre en el recuerdo de los hijos


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Toledo y sus campus universitarios: En nombre del padre (Primera parte)

Pasaban los años y los pequeños, cada vez más alejados de la niñez y cada vez más cerca de la juventud, seguían sin obtener una respuesta satisfactoria a su eterna pregunta: ¿Dónde trabajaba su padre? ¿Por qué nunca les había llevado a su lugar de trabajo?

Ellos sabían que él, en teoría, era “profe” de un “cole de los mayores”, como el que habían visitado en familia un par de años atrás, la E.T.S.I. de Minas madrileña, pero, en la práctica, el hábitat profesional de su progenitor se mantenía envuelto en un aura de misterio, como si se tratara de un mítico, casi mitológico, lugar…

Todas las mañanas los hijos veían salir de casa a un padre trajeado con una cartera de piel en la mano cargada de libros y papeles, y todas las noches, de la misma forma, le veían regresar cansado, con pocas ganas de responder al cotidiano bombardeo familiar de preguntas sobre exámenes, alumnos y evaluaciones. Él justificaba sus silencios en nombre de una legendaria discreción profesional y de una real afonía después de unas cuantas horas de clase, pero todo ese secretismo no hacía sino que aumentar el interés filial hacia la (hipotética) sede de la (hipotética) universidad del padre, (hipotéticamente) ubicada, durante más de un decenio, en Ciudad Real, y, desde hace un quinquenio, en Toledo. Y si antes la excusa perfecta para que sus hijos y su esposa no le acompañaran al trabajo, aunque fuera una sola y única vez, era la lejanía y el teórico poco atractivo turístico de una “ciudad” dotada de un tan “real” cono engañoso nombre, ahora, sin embargo, a pesar de la proximidad geográfica y de la riqueza artística y cultural de una urbe declarada Patrimonio de la Humanidad y que, a pesar de no tener formalmente una denominación tan altisonante, sustancialmente había sido sede de Reyes e Imperadores, las excusas para aplazar la visita eran diferentes: clases, reuniones, actos académicos…, es decir, constantes compromisos cotidianos.

Así las cosas, los hijos empezaron a dudar seriamente de la veracidad del trabajo de su padre, temiendo que éste estuviera ocultando, o mejor, dicho, disfrazando un ruinoso desempleo, ¡al estilo del mentiroso Gerald de “Full Monty”!

Pero un día, un día de fiesta en Madrid y no en Toledo, la madre de familia, también cansada de la larga espera cuya duración ya superaba la de la paciente Penélope, decidió que había llegado el momento de realizar un tour universitario toledano en familia, costara lo que costara. Esa jornada se había convertido en el día D, el día de la verdad, para ellos, para ella y para él.

Los cuatro de Aliapiedienfamilia se pusieron entonces en camino hacia las cercanas tierras manchegas, cada uno de ellos absorto en sus dudas, temores y pensamientos. En el coche, por muy extraño que pareciera, reinaba un incómodo silencio hasta que, repentina e inesperadamente, unos gritos de asombro rompieron la tensión que se respiraba: desde la lejanía, Aliapiedi había avistado la inconfundible silueta del imperial Alcázar. Una vez informados acerca del significado de aquella palabra de origen mozárabe, los niños empezaron a imaginarse épicas aventuras y gestas memorables entre aquellos muros espesos, completamente ajenos al hecho de que, en la no tan lejana realidad de una cruel guerra civil, ese robusto recinto defensivo había sido efectivamente testigo de acontecimientos terribles, difícilmente olvidables por una madre que, casi veinte años atrás, en el interior de esa originaria fortaleza, había oído la espeluznante grabación de una conversación entre un padre y un hijo, en el nombre de un padre, en el nombre de un hijo…

Eso era sólo el principio.

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El flamante Centro de Congresos de Toletum

Conforme se acercaban al centro de la ciudad, en el medio de una amplia glorieta apareció un majestuoso caballero, a lomos de su fiel corcel, firme y autoritario sobre un rocoso pedestal, con el manto al viento y la espada levantada, gritando su poderío sobre esa antigua civitas fortificada del Imperio Romano, según la descripción de Tito Livio, cuyo nombre, Toletum, escrito con caracteres cubitales, ocupaba los amplios ventanales de un moderno Centro de Congresos: ¿Quién era aquél personaje? ¿Qué hacía allí? ¿Por qué esa pose tan guerrera?

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El rey Alfonso VI

El jinete era nada más y nada menos que el mismísimo rey Alfonso VI de León, llamado “el Bravo”, conquistador de Toledo en el año 1085.

Mientras escuchaban las explicaciones de su madre, los niños contemplaban abrumados la fuerza plástica de aquel monumento, obra del escultor Luis Martín de Vidales, sin reparar en que a su lado, un poco más allá, se materializaba otro edificio que, desde hace más de un siglo y medio venía siendo sede de épicas batallas, teatro de luchas de sangre y arena, escenario de enfrentamientos de muchas agallas: la plaza de toros.

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La blasonada Puerta Nueva de Bisagra

Y así, uno tras otro, ante los ojos abiertos de par en par de los tres pasajeros –el conductor, por el contrario, acostumbrado al pintoresco paisaje, o puede que preocupado por algo, ni se inmutaba–, entre calles estrechas, muros de piedras y techos de tejas, desfilaron los monumentos y edificios de diferentes épocas esparcidos a lo largo del ascendente camino panorámico hacia el corazón de la “capital de las tres culturas”: el renacentista Hospital de Tavera, la imponente muralla árabe, rota en su continuidad por la blasonada Puerta Nueva de Bisagra seguida por la Antigua, la Puerta del Cambrón, de origen visigodo, reformada por los árabes y reconstruida en estilo renacentista, el Monasterio de San Juan de los Reyes, en estilo isabelino, con las “cadenas de la libertad” de los cristianos escenográficamente expuestas en su fachada, las dos sinagogas del siglo XII, las únicas supervivientes de las diez un tiempo existentes, la de Santa María la Blanca y la del Tránsito, y, finalmente, tras haber superado unos amenazadores bolardos, ¡la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad de Castilla-La Mancha!, o eso había que suponer a juzgar por la repentina detención del vehículo que hasta aquel momento había sorteado con pericia y soltura, gracias a su hábil conductor, muros, turistas y esquinas, acompañado por el agudo e insistente fondo musical de un incansable detector de obstáculos.

Pero allí, en esa calle de delgadas dimensiones que no hacía honor a su “Gordo” nombre, no había nada ni nadie: ni estudiantes, ni aulas, ni profesores: ¿Qué estaba ocurriendo?

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¡La luz al final del túnel!

El conductor persistía callado, serio y concentrado, quizás disimulando un nerviosismo interior, mientras que su mujer y sus hijos le miraban entre preocupados e incrédulos por lo que se perfilaba como una cruda realidad: el (supuesto) profesor se había perdido en la ciudad donde (supuestamente) iba todos los días; el (supuesto) profesor ya no podía avanzar más; el (supuesto) profesor se había metido de lleno en un dramático camino sin salida…

Y mientras las inquietantes suposiciones rondaban las agitadas mentes de los tres pasajeros, delante de la barrera material, y también psicológica, que se había levantado frente al capó del coche, una tenue luz comenzó a abrirse paso desde el interior de un lugar oscuro: ¡la luz al final del túnel!

Tres de los cuatro de Aliapiedienfamilia no daban crédito a lo que estaban viendo; tres de los cuatro de Aliapiedienfamilia se avergonzaron de inmediato de lo que habían pensado…

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La puerta de acceso al reino del ius divinum et humanum

Una puerta mecánica, hábilmente disfrazada en un muro con retranca, se estaba abriendo lentamente bajo la mirada, ahora divertida, de un padre de familia que, conforme aquella se deslizaba, más se parecía a un ingenioso James Bond o, mejor dicho, en sintonía con la cultura árabe que aún se respira en el aire toledano, a un temerario Alí Babá entrando en su gruta.

Ese lugar secreto que se revelaba sólo a unos pocos afortunados era nada más y nada menos que… ¡el garaje de la facultad!

Un suspiro de alivio rebotó en el habitáculo mientras que el conductor aparcaba el coche en su plaza como si fuera una pieza de un complicado juego de encajes. Cruzaron entonces los cuatro ese sitio subterráneo privilegiado, alcanzando la superficie por una discreta escalera interna y recorrieron un oscuro cobertizo que, en la retorcida y al mismo tiempo romántica mente de Aliapiedi, evocaba por igual crueles asesinatos y besos furtivos.

Una vez arriba, tras caminar unos pasos calle abajo, el padre se detuvo en una esquina, en el “cruce crucial” entre un santo y un rey, Pedro Mártir de un lado, y Alfonso VII del otro. Allí, entre ladrillos de reminiscencia árabe apareció un hueco, una discreta apertura, una especie de puerta secundaria que, en teoría, les iba a llevar al reino del padre, al reino del ius divinum et humanum, ¡al reino del Derecho!

Aunque desde el exterior ese portal que daba acceso a un lugar tan sagrado no resultaba tan solemne como los niños se lo habían imaginado, una vez se adentraron en el recinto, su opinión cambió de inmediato.

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La antigua huerta, ahora patio, del convento de la Madre de Dios

Un pequeño patio ajardinado, perteneciente a un convento fundado a finales del siglo X por las hijas del conde de Cifuentes, el de la Madre de Dios, les dio la bienvenida con su público de estudiantes y profesores que debatían, fumaban o, sencillamente, reflexionaban al aire libre.

El padre de familia, intentando pasar desapercibido, condujo rápidamente a su familia hacia la moderna cafetería, parte del antiguo refectorio junto con la biblioteca, cuyos altos ventanales asomaban a aquel jardín tan animado, y los niños, extrañados por ese primer contacto con el mundo universitario, empezaron a preguntarse si, a diferencia de lo que ocurría en su “cole”, se iba a la “uni” para desayunar, reflexionar y conversar con total libertad, sin prohibiciones ni restricciones. Aquello les pareció un fantástico lugar de trabajo, más aún después de que el amable encargado del bar, tras saludar efusivamente a su padre, les invitara a unos refrescos y unas piruletas.

Tras despedirse de sus colegas de la cafetería –si eran unos actores contratados por él para disipar toda sombra de duda familiar sobre su profesión, merecían un Oscar por tan espontánea y natural interpretación– y, antes de explorar los meandros del “campus alto” de Toledo, así denominado por encontrarse ubicado en la cima de una colina, en pleno casco antiguo, el padre quiso asegurarse una vez más de que el resto de la familia iba a guardar religioso silencio, como correspondía, por motivos profesionales y también históricos, al augusto edificio donde se encontraban.

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El patio del Convento de la Madre de Dios

En efecto, no sólo esa parte del complejo universitario, sino también la que en breve iban a explorar todos juntos, había sido un lugar de paz y reflexión, sede de otro convento, fundado por los dominicos a principio del siglo XV, tras haber obtenido el permiso del regente don Fernando de Antequera para trasladarse desde el primitivo asentamiento extramuros de San Pablo del Granadal en el interior de la ciudad, a unas humildes casas junto a la parroquia de San Román, que acabaron conformando el convento masculino más rico de la urbe, el famoso San Pedro Mártir el Real, compuesto por veintiún edificios en el auge de su expansión, en el siglo XVI, con el establecimiento casi permanente de la corte de Carlos V. Y allí estaban los de Aliapiedienfamilia, con su guía excepcional que se movía entre esas decenas de millares de metros cuadrados como si fuera su propio hogar –una vez más, si todo eso era un engaño, el padre tenía que haberse documentado a conciencia en términos topográficos para orientarse con tanta soltura–, atravesando otro patio, también perteneciente al convento de la Madre de Dios, de planta trapezoidal y, tras su reciente reforma, de dos alturas, caracterizado por vigas de madera y decoración epigráfica en la parte superior del muro del claustro bajo y por pilares ochavados alternándose a pies derechos de madera entre grandes ventanales acristalados.

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Antiguas y nuevas estructuras murarias

Mientras cruzaba esas estancias, Aliapiedi recordó su primera vez allí, casi un decenio atrás, en la celebración universitaria de la festividad del Corpus Christi, cuando había quedado asombrada por la espléndida restauración de los augustos interiores.

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Pasillos suspendidos entre lo moderno y lo antiguo

El armónico connubio entre lo antiguo y lo moderno, la ingeniosa combinación de elementos decorativos de entonces y de ahora, la original mezcla de acabados, texturas y materiales diferentes perfectamente integrados le hizo reflexionar nuevamente acerca de la genialidad y sabiduría de los arquitectos de todos los tiempos, y añorar a la vez, con una pizca de nostalgia, su apasionante experiencia estudiantil y luego profesional en la espléndida Università degli Studi de Milán, la así llamada “Ca’ Granda”, originario “Ospedale Maggiore” fundado por el duque Francesco Sforza y proyectado en el siglo XV por el excelso Filarete.

El edificio en el que estaba, pensaba ella con cierta envidia hacia su marido, podía competir en belleza con su amada Facultad de Derecho milanesa…

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Pasarelas de unión entre el presente y el pasado

Y mientras ella se perdía soñando con los ojos abiertos entre el laberinto de pasarelas, pasillos y escaleras que se abrían paso entre vestíbulos y antiguas estructuras murarias, tales como cajones, verdugadas y aparejos, los demás integrantes de la familia se alejaban cada vez más en el horizonte, perdiéndose entre un mar de estudiantes.

A pesar de las placenteras distracciones arquitectónicas, los cuatro llegaron juntos a destino. Antes ellos estaba una puerta, una puerta similar a todas las demás que asomaban al mismo pasillo, pero que, a diferencia de todas ellas, tenía un rasgo peculiar; esa era “la” puerta: la puerta de San Pedro, la puerta que llevaba al Paraíso o, mejor dicho, la puerta de San Pedro (Mártir) que llevaba al (paradisíaco) despacho del padre…

La emoción estaba a flor de piel; los latidos de los corazones a cien y la ilusión a mil. Él, con aire solemne, extrajo una llave de su bolsillo y despacio, calculando perfectamente la torsión de su muñeca, abrió por fin la caja de Pandora, la habitación (hasta aquel momento) secreta, la ventana (¿indiscreta?) hacia su mundo universitario…

La funcionalidad, orden y sencillez de aquella estancia aparecieron en todo su espartano esplendor, haciendo honor a la originaria función conventual: nada sobraba y nada faltaba. Todo lo esencial para un trabajo silencioso y concentrado estaba entre aquellas paredes desnudas, sólo rotas en un lado por un ventanuco que dejaba entrar la luz de un día maravilloso entre naranjadas tejas toledanas.

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Una discreta ventana (¿indiscreta?) con vistas

Esa simple abertura con vistas a la ciudad de las tres culturas era un auténtico lujo.

Madre e hijos, sin embargo, no se quedaron conformes con la visita del despacho que, se mirara por donde se mirara, estaba dominado por el nombre del padre, un nombre que destacaba en la portada de papeles, carpetas y registros o en los lomos de manuales, tesis y revistas jurídicas. En ese momento, toda duda familiar sobre su estatus se había disipado pero faltaba algo más, una prueba adicional, un último testimonio de su trabajo, de aquél práctico: ¡una clase de su “profe” favorito!

No hubo manera. La negativa del padre fue inamovible por una cuestión de principios. Sin embargo, para compensar las súplicas de su mujer e hijos que inútilmente insistían prometiendo sentarse en silencio y de incógnito entre los alumnos para escuchar sus explicaciones sobre derechos, deberes y libertades, accedió a mostrarles algunas de las aulas en las que él, unas veces de pie, ilustraba, interrogaba o debatía sobre controvertidos y actuales temas jurídicos, y otras veces sentado, libro en mano y con “ojo de halcón” humano, observaba, vigilaba y controlaba el correcto desarrollo de los exámenes escritos. Los tres se conformaron entonces con la inesperada propuesta y, dicho y hecho, se dispusieron a proseguir con su tour universitario “en familia”.

La primera, y gloriosa, etapa fue, nada más y nada menos, que el soberbio Claustro Real –también llamado de los Generales ya que en su época, a mediados del siglo XVI, había albergado un Estudio General de Artes, Teología y Derecho Canónico–. Ese conjunto, ejecutado materialmente por Hernán González de Lara y trazado por Alonso de Covarrubias –el arquitecto autor, entre otros, del patio del Alcázar o del doble claustro del Hospital de Tavera–, era sencillamente espectacular.

Lo que relucía, sin embargo, no era únicamente la solución de la planta baja basada en el dúo columna, de capitel jónico y con basa, y arcos de medio punto, con decoración acanalada en las roscas y espejos en las enjutas, ni tampoco la combinación adintelada de los dos pisos superiores con columnas, también de estilo jónico, y zapatas con rosetas y espejos en el friso, sustituidos en el tercer, y último, piso por una sucesión de triglifos y metopas; lo que relucía y daba aún más esplendor a esa obra arquitectónica era la vida que se respiraba en ella: los estudiantes que, apoyados en sus antepechos, en las barandillas de columna abalaustrada o en las antiguas puertas de celdas convertidas en aulas, departían entre sí haciendo que sus voces animadas se unieran a las silenciosas de sus religiosos predecesores. Ese era el auténtico toque regio de ese claustro tan real: la capacidad de mantener su originaria elegancia adaptándola a los tiempos modernos, la genialidad de exaltar su nobleza arquitectónica haciéndola accesible a todo aquel que quisiera disfrutarla.

Aliapiedi estaba pletórica mientras sus hijos barajaban una vez más, y con mayor determinación, la posibilidad de estudiar en ese lugar tan evocador.

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Una aula de entonces, una aula de ahora

Y como colofón final de ese conjunto de antaño actualizado al tercer milenio, el profesor les enseñó por fin su espacio docente, su territorio de enseñanza, su aula de siempre. Una vez más, el pasado y el presente se presentaban armónicamente: pizarras y ordenadores, techos de artesonado y luces artificiales, parquet de madera y pupitres de diseño.

Las cosas de entonces, las cosas de ahora, las cosas de siempre…

Pero la increíble simbiosis espacio-temporal iba más allá, hasta un nuevo claustro antiguo, el más pequeño de los tres reunidos en el convento de San Pedro Mártir el Real, que posiblemente tuviera un origen civil, como parte de la casa de doña Guiomar: el Claustro del Tesoro o Claustro del Silencio.

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Vista de la torre mudéjar a través de la cristalera del Claustro del Tesoro

Su estructura, también del siglo XVI, hacía honor a su nombre: era un auténtico “tesoro”, un tesoro que imponía el “silencio” contemplativo, un tesoro que se añadía a los que se encontraban esparcidos en el complejo y articulado conjunto universitario. Este claustro, a diferencia de su “regio” compañero, estaba cerrado en su parte superior, protegido por un techo de cristal que dejaba entrever la preciosa silueta de la torre mudéjar, perteneciente a la mencionada iglesia de San Román, con sus típicos arcos de herradura y poliobulados entrelazados ciegos de influencia califal. Las tres plantas del claustro eran progresivamente más bellas, la primera con columnas y capiteles de mármol, la segunda con el mismo ritmo de columna-arco, aunque rebajado en este caso, y, finalmente, la tercera sólo con columnas adinteladas.

Ese lugar era otro remanso de paz: ideal para meditar, ideal para fantasear…

Pero no había tiempo ni para lo uno ni para lo otro.

En efecto, se acercaba la hora de la clase y el padre, para concluir en crescendo esa visita sui generis, quiso enseñarles una última joya arquitectónica, otro fulgido ejemplo de la eterna vitalidad del antiguo complejo conventual.

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El “Aula Catedral” y su fuente de distracción

Y cruzando nuevamente pasillos, escaleras y vestíbulos entre restos arqueológicos de todo tipo y formas, desde murallas hasta frisos, llegaron ante la puerta de acceso a un aula de ensueño, para soñar con los ojos abiertos.

Allí, en teoría, los estudiantes asistían a las clases y realizaban exámenes pero resultaba muy difícil creer que eso fuera así por cuanto desde uno de los laterales de ese espacio tan amplio, sustentado por unas oblicuas vigas de madera que a la madre, quién sabe porque, le recordaban nórdicas estructuras, podía contemplarse “algo” imposible de ignorar, una fuente constante de distracción, una visión celestial: la hermosa silueta del campanario de la Catedral de Toledo.

Y con esa sugerente imagen final de la llamada “Aula Catedral” se concluyó la visita familiar.

El padre tenía que volver a ponerse el traje de profesor, despojándose de su faceta de guía, y los tres, muy a su pesar, tenían que abandonarlo.

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La sorprendente puerta mudéjar

Él les acompañó hasta una nueva puerta, un acceso secundario, como el del inicio del tour universitario, y allí se despidió de ellos, no sin antes llamar su atención para que contemplaran un último detalle que quedaba a sus espaldas.

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Plaza del Padre Juan de Mariana

Y así fue como a ellos les quedó grabada para siempre la imagen más simbólica de ese campus: la de su representante más emblemático, un padre que, guiñándoles el ojo, se dejaba fotografiar enmarcado por una puerta del todo singular, la sorprendente puerta mudéjar descubierta durante la rehabilitación del convento de la Madre de Dios, la puerta con cenefa de azulejos y escudos nobiliarios en la parte inferior, con friso de arquillos ciegos en el cuerpo central y galería de tres arcos sostenidos por columnas de mármol en su parte superior bajo un pronunciado tejaroz, la puerta en la que dejaban atrás a un padre que para ellos era único y especial, para encaminarse hacia a otro padre del todo excepcional, el que presidía y daba nombre a una amena plaza cercana, la del Padre Juan de Mariana, frente a la barroca iglesia de San Ildefonso. [Continuará… ]

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Hipódromo de la Zarzuela: ¡A galopar!

Para Aliapiedi y su familia 2016 iba a ser el “Año del Caballo”.

Desde principios de año las señales habían sido múltiples e inequívocas. La primera de ellas tuvo lugar en su ciudad de nacimiento, Milán.

De vuelta de sus tradicionales vacaciones familiares en los amados Alpes, camino del aeropuerto, su padre, por un extraño concurso de circunstancias, decidió desviarse del itinerario habitual en coche hacia el elegante barrio de San Siro, mundialmente conocido por su homónimo estadio de fútbol –escenario de una reciente y sufrida undécima copa madridista– y por su hipódromo, menos conocido pero igual de prestigioso. En esa fría mañana invernal típicamente milanesa, con esa molesta llovizna y esa gris nieblina que Aliapiedi, por muy absurdo que parezca, a veces echa de menos bajo el terso cielo azul de Madrid, no asistirían a increíbles carreras como las que se habían quedado grabadas para siempre en su memoria, junto con el recuerdo de su abuela, amazona prometedora y, luego, apasionada apostadora, simplemente iban a  acercarse a admirar un único caballo, custodiado en el hípico y hermoso conjunto de estilo liberty proyectado a principio del siglo pasado por el arquitecto Vietto Violi y posteriormente declarado Monumento de Interés Nacional. Y así fue como la mirada de los de Aliapiedienfamilia se fijó en un ejemplar equino de impresionantes dimensiones, victorioso en su imponente pose estática, grandioso con su cara (y cuerpo) de bronce que llevaba(n) consigo el peso y el valor de una historia más que centenaria.

Ese era “El Caballo”, el fabuloso caballo de Leonardo, y no el “tramposo” de Troya, como tampoco el de una conocida marca de marroquinería y ropa.

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“El Caballo”, el caballo de Leonardo da Vinci

Detrás de la tribuna secundaria, el animal colosal apareció en todo su esplendor, escenográficamente mojado por unas gotas de lluvia que parecían simular su sudor y, figuradamente, también el de sus escultores de entonces y de ahora: el genio italiano al que Francesco Sforza encomendó el diseño de esa obra ciclópea que, por motivos políticos, nunca pudo finalizar, y la artista estadounidense Nina Akamu que, gracias a la Leonardo da Vinci’s Horse Foundation, materializó el sueño “sforzesco” concebido más de quinientos años atrás.

Esta fue la primera señal, una imponente figura de diez toneladas de peso y más de siete metros de altura: ¡la estatua ecuestre más grande del mundo mundial!

Al cabo de un par de meses hizo acto de presencia la segunda señal, en esta ocasión en la ciudad de residencia de la familia política de Aliapiedi: Jerez de la Frontera.

En una tarde cualquiera de cervezas y tapas en compañía de amigos, ella coincidió con un antiguo jinete de la Real Escuela Andaluza del Arte Ecuestre que, entre copas y risas, le relató unas cuantas anécdotas divertidas sobre la preparación técnica del fabuloso espectáculo “Como bailan los caballos andaluces”.

Pocos días después de esa animada conversación los de Aliapiedienfamilia disfrutaban desde la primera fila, nunca mejor dicho, de un sorprendente picadero cubierto, de un memorable espectáculo protagonizado por ejemplares ecuestres “alados” y visitaban las “reales” instalaciones del recinto –cuadras, guadarnés, lavaderos…–,  comenzando a familiarizarse con esos animales, aprendiendo sus costumbres y acariciando unos nobles ejemplares de carne y hueso y no uno de bronce muy espeso…

La tercera y última señal no se hizo esperar; fue al cabo de dos meses en su ciudad de adopción, Madrid.

Una mañana cualquiera de primavera, camino de la oficina, después de haber dejado a los niños en el colegio, se encontró largo rato parada, en caravana, en un cruce “crucial”, justo delante de un letrero de fondo blanco y letras negras que recitaba “Hipódromo”. Delante de esa señal, como si de un mitológico Héctor se tratara, Aliapiedi se puso a meditar sobre una complicada y atrevida decisión, preguntándose si tenía que seguir recto (o, por lo menos, intentarlo) por la A6 de siempre que se perfilaba como un mar sin olas de millares de carrocerías en cola, o desviarse por el señalado y despejado camino secundario del cual no conocía el recorrido.

La duda hamletiana rondaba en su cabeza: ¿Ser o no ser… valiente? ¿Seguir o no seguir… por el trayecto seguro y repetido hacia su trabajo, a pesar del tráfico, o atreverse con aquel desconocido e inusual camino que podía llevarla a cometer un imperdonable error logístico-temporal?

Y finalmente la inconsciencia se impuso con todas sus fuerzas, impulsándola a girar repentinamente el volante hacia la derecha, dejando atrás conductores enfurecidos y coches inflamados y lanzándose intrépida hacia un horizonte de libertad (circulatoria). Pero sus sueños y sus ilusiones sin límites (viarios) fueron pronto redimensionados por una engañosa rotonda desde la que podía entreverse una reja entreabierta, la de acceso al hípico lugar, custodiada por unos guardias que, obviamente, no iban a permitirle el paso, a la que seguía una pronunciada curva que ocultaba tras de sí una vía de servicio rebosante de vehículos en caravana.

El desconsuelo y la desesperación se apoderaron de ella, al encontrarse, una vez más, atrapada en ese océano de vehículos, incapaz de avanzar un solo metro. Y mientras se retorcía inquieta en el habitáculo, fijó nuevamente esa fisura entre barrotes tan bien vigilada y, como por arte de magia, con la sola fuerza de su mirada, la cancela se abrió para dejar entrar un recuerdo decenal: el de una agradable terraza, iluminada por unas desaparecidas “lunas del hipódromo”, donde unos cuantos amigos se habían reunido para una cena romántica veraniega. La remembranza de ese escenográfico “nocturno” madrileño le llevó a tomar la enésima decisión “familiar”, que se tornó indeclinable al descubrir, por casualidad, que las primeras carreras de caballos habían sido organizadas en 1835 por los duques de Osuna, propietarios de una soberbia yeguada, en los alrededores del magnífico palacio y jardín de “El Capricho”, muy cerca de su lugar de residencia… ¡¿Acaso no se trataba de otra  “caprichosa” señal?!

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Entradas para adultos

Y, efectivamente, un par de semanas después, un domingo por la tarde, a las cinco en punto, los de Aliapiedienfamilia accedían al Hipódromo de la Zarzuela, ejemplo de la llamada corriente “orgánica”, cuyos arquitectos, Arniches y Domínguez, además del ingeniero Torroja, se habían inspirado en la estructura de su homólogo milanés: ¿casualidad o nueva señal”?

PROGRAMA OFICIAL

Programa Oficial de las Carreras

Una vez allí, les recibió la responsable de comunicación, una mujer sonriente cuya simpatía confirmaba la telefónica voz de alegría.

Tras entregarles el programa oficial de la jornada, que se ofrece a todos los asistentes en la entrada, la anfitriona les explicó, en términos generales, comprensibles para los adultos y los infantes, como se desarrollaba el espectáculo del “turf” en ese hipódromo que celebraba su 75º aniversario, coincidiendo con el “Año del Caballo” “aliapiedesco”, y les acompañó al “paddock”, una zona circular, enmarcada por una exuberante arbolada, donde se exhibían los caballos que iban a participar en la inminente carrera, ante la mirada nerviosa y a la vez esperanzada de los apostantes.

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Zona exterior del animado “paddock”

Los padres, de la mano de su acompañante, accedieron seguidamente a una zona reservada de ese recinto –prohibida, entre otros, a los menores de edad y, por ende, a sus hijos que se tuvieron que quedar detrás de la valla de protección–, y allí, entre propietarios, y profesionales del sector, escucharon atentamente las palabras de su preparada interlocutora, amazona en el pasado y relaciones públicas en el presente, que repartía sonrisas, besos y apretones de mano entre la gente del mundillo.

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Tensión y concentración en la zona reservada del “paddock”

A unos pocos metros, en un área limítrofe, exclusiva para ellos, se encontraban los jockeys con sus preparadores físicos, intercambiando los últimos consejos y sensaciones en un clima de tensa concentración y de concentrada tensión. Y después del paréntesis privilegiado en ese punto de encuentro, fundamental en el hípico ritual, otra vez todos juntos, fueron los niños los que cobraron protagonismo, bombardeando a la anfitriona con todas esas preguntas que se les ocurrieron cuando, en su breve rato a solas, tuvieron la oportunidad de estudiar detenidamente a los animales que desfilaban ante ellos, observando su pelaje reluciente, más de lo normal, por el brillo del sudor causado por la emoción y el calor, fijándose en sus ojos profundos y obscuros, protegidos lateralmente o, mejor dicho, tapados por unas anteojeras que les evitaban distracciones visuales durante las competiciones, e impresionándose con la espuma que echaban de la boca por culpa de una sensación calurosa y no de una actitud rabiosa, o puede que por ambas cosas.

La anfitriona les explicó todos esos detalles entre divertida y asombrada, impactada sobre todo por el interés que demostraba el hermano mayor, el niño que desde siempre soñaba con vivir en una granja, el niño que amaba el mundo animal, el niño que susurraba a los caballos, a los de Jerez de la Frontera y a los del Hipódromo de la Zarzuela…

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Carudel inmortalizado “después de la carrera”

Conversando animadamente, los cinco se dirigieron hacia el ingreso de la tribuna central que, en su planta principal, aloja el Club Carudel, que debe su nombre al famoso campeón cuya figura siempre está presente en los corazones de todos los apasionados del turf y en los ojos de todos aquellos que cruzan las taquillas de acceso del complejo hípico. En su camino hacia el graderío superior, acompañados por su guía particular, pasaron por delante de esa zona V.I.P. frecuentada por hombres trajeados y mujeres con tocados, y, una vez arriba, se encontraron con un panorama espectacular…

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Las ingeniosa cubierta de las tribunas de Torroja

Al reparo de una ingeniosa cubierta de tonos mediterráneos, casi ibicencos, hecha con láminas de hormigón armado en forma de hiperboloides, obra del mencionado Torroja, finalizada a mediados del siglo pasado y, declarada hace diez años, Bien de Interés Cultural, los de Aliapiedienfamilia se deleitaron con unas soberbias vistas “de altura” no sólo de la pista principal, de hierba natural, y de las otras dos ubicadas en su interior y destinadas para los entrenamientos –la de arena y la de arena fibrada utilizada también para las carreras nocturnas estivales–, sino también del panorama alrededor de ellas.

 

Entre el verde de la abundante y rebosante vegetación, asomaban con prepotencia y elegancia, detrás de un par de emblemáticas herraduras, las Cuatro Torres madrileñas; un poco más allá, otras dos, las que componen la original Puerta de Europa, inclinadas como siempre hasta el límite permitido físicamente y, más a la derecha, la inconfundible silueta del neoherreriano Cuartel General del Ejército del Aire y de un mítico Edificio España cuya supervivencia constituye una controvertida hazaña.

Pero no hubo más tiempo para la contemplación.

Los primeros cinco caballos, montados por unos jinetes que lucían los vivos colores de las cuadras a las que representaban, ya estaban posicionándose en los correspondientes cajones para dar rienda suelta, nunca mejor dicho, a sus ganas de victoria al final de una trayectoria de mil doscientos metros rectos.

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Preparativos de las carreras: los cajones “móviles” de salida

Las atléticas figuras, humanas y ecuestres, aparecieron en unas pantallas gigantes ubicadas frente a las tres tribunas, mientras que la mayoría de la gente les enfocaba con sus prismáticos potentes.

Faltaban minutos, puede que segundos, para la salida y, en un momento, veloz como el viento, ya estaban los cinco en la meta.

Los de Aliapiedienfamilia se quedaron sin palabras.

Todo había discurrido tan rápidamente que ni siquiera habían podido saborear ese “attimo fuggente”. Su anfitriona les miró divertida consciente de que, con el paso de las carreras, esa inicial desorientación familiar iba a cambiar radicalmente y, antes de despedirse de ellos para atender a sus demás compromisos profesionales, les dio unos últimos, y muy valiosos, consejos en previsión de unas posibles futuras apuestas familiares –a los menores, obviamente, les está terminantemente prohibido utilizar el dinero de su hucha para esta finalidad, mientras que los progenitores pueden apostar con moderación y responsabilidad–.

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“Mini-turfers” en acción

El intervalo entre carrera y carrera era de poco más de media hora y los cuatro, siguiendo las indicaciones de su guía especial, decidieron emplearlo para explorar las renovadas instalaciones del hipódromo.

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“Food-truck” internacionales

Y así, paseando por el jardín sur, impresionados por la cantidad de gente allí presente, más allá de los fijos y los profesionales, se toparon con castillos hinchables, espacios infantiles con curiosas manualidades y “food trucks” de todos los colores ofreciendo especialidades de diferentes naciones, pudiendo comprobar que, superado el esplendor de los setenta y la decadencia de los noventa, el nuevo milenio había traído al hipódromo no sólo renovadas temporadas, repletas de hípicas jornadas –también nocturnas–, sino también gastronómicos y lúdicos entretenimientos para todas las edades –la mayoría de estos últimos, gratuitos–  convirtiéndose en un lugar ideal para pasar una tarde cualquiera en compañía –en verano, las carreras, hasta mediados de agosto, serán los jueves por la noche y sin actividades infantiles pero a partir de mediados de septiembre, con la temporada de otoño, volverán los domingos por la mañana, con las actividades para los más pequeños de la casa–.

Ya faltaban pocos minutos para la segunda carrera, de dos mil metros, y, desde el graderío de arriba, bajo los amplios e impactantes voladizos blancos, aferrados a la barandilla de protección, los cuatro esta vez se centraron y concentraron más a fondo en los nuevos contendientes, nueve pura sangre con sus jinetes de cascos y chaquetillas de colores y, algunos de ellos, con planchas de plomos en unas mantillas para igualar las posibilidades de todos los participantes, tratándose de una carrera de hándicap.

Se alinearon los animales en sus cajones, como siempre según el orden sorteado; salieron todos juntos disparados y, pocos metros después, unos ya se destacaban sobre otros; enfrentaron la primera curva, la recta de enfrente y la segunda curva totalmente desatados, y, finalmente, pasaron otra vez ante las tres tribunas, norte, central y sur, repletas de apasionados “tifosi” y apostadores puede que acertados puede que atrevidos…

Cruzó la meta en primer lugar un ejemplar francés, justo ganador de un merecido premio a repartir entre su propietario, que recibe el ochenta por ciento del mismo, el jockey y el preparador físico, que reparten a medias el porcentaje restante.

Los de Aliapiedienfamilia, ya más metidos en el “galopante” mundo de las carreras, se decidieron entonces a lanzarse con su primera apuesta, en la tercera de la tarde, depositando su confianza en las buenas vibraciones que el afamado “Ciriaco” transmitía al hijo mayor, no obstante el peso añadido que debía soportar, según el hándicap establecido, para compensar su desmesurada velocidad con la de los demás. Pero un caballo “de oro”, llamado “Golden Dynasty”, arruinó las “doradas” ilusiones de una familia que asistió impotente a la victoria de una jocketa que se cubrió de honor y gloria.

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Las cuadras “zarzuelianas”

Quedaban todavía tres carreras y en el nuevo intervalo padres e hijos decidieron explorar el sector del hipódromo que daba al jardín norte.

Ya se orientaban mucho mejor, no sólo geográficamente, sino también logísticamente: flanquearon el paddock donde ya se lucían los próximos contendientes; se fijaron en el que más les inspiraba, por los motivos más dispares, apuntándose su nombre en el programa oficial de la jornada; pasaron bajo unos soportales donde asomaban las cuadras de los animales; observaron el tablón de las apuestas con los resultados y dividendos de la carrera recién concluida, y, finalmente, se adentraron en la zona de ocio y restauración ubicada en esa zona del recinto y, tras sortear unas parrillas humeantes, una zona chill-out más que invitante y un elegante restaurante, alcanzaron el punto más importante, para los niños, de todo el hipódromo: ¡el área reservada para los paseos en pony!

La niña soñadora, que desde la primera vez que había oído nombrar esa mágica palabra de la boca de su anfitriona casi no había pensado en otra cosa, por fin vio acercarse su objetivo. Dos corceles, uno negro y uno blanco, de considerables dimensiones, dignos del Libro Guinness, la esperaban en un cuidado prado verde, a ella y a todos los infantes, hasta el decenio cumplido, que se atrevieran en montarles.

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La niña soñadora y su caballo blanco, alejándose hacia horizontes… ¡muy cercanos!

La pequeña, cara a cara con la pareja animal, un poco intimidada por su figura, más alta de lo habitual, estuvo a punto de echarse atrás, pero, retomada la compostura, sin flaquear esta vez, y después de elegir su ejemplar, el blanco, por supuesto, como manda la tradición de los príncipes muy apuestos, calzado el casco reglamentario y con la ayuda de una escalerilla y de la experta mano de un fiel escudero-monitor que siempre estuvo a su lado, se fue alejando hacia horizontes… ¡muy cercanos!

La niña, acompañada por sus sueños, cabalgó hasta un Lejano Oeste zarzueliano, de vaqueros y vaqueras imaginarios, entre cañones legendarios, y después de un par de “rodeos” volvió al punto de partida, feliz y emocionada por la aventura imaginada…

Tocaba ahora una nueva apuesta en familia, en este caso confiada a las azarosas sugerencias de la amazona debutante que, según sus números favoritos, eligió un caballo cualquiera como ganador y a otro como colocado.

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El fragor de la contienda desde el borde de la pista

En esta ocasión, los de Aliapiedienfamilia decidieron vivir la carrera desde el borde de la pista, para sentir más de cerca el fragor de la contienda.

Y, en efecto, cuando vieron desfilar a unos pocos metros de distancia doce pura sangre corriendo como el viento, al máximo de su potencia y resistencia, cabalgados como siempre por jinetes en cuclillas, casi emparejados en la recta final, la contagiosa excitación de todos los asistentes se fue progresivamente apoderando de los cuatro que, incrédulos, aplaudieron una “Santa Helena” que la niña había elegido como ganadora, pero que su padre, por error, había señalado como colocada.

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El galope desatado de unos pura sangre desenfrenados

A pesar de ello, estaban más que entusiasmados con la triunfal apuesta, y tras retirar el rico botín de un par de monedas, decidieron celebrar la victoria por todo lo alto con sendos helados y refrescos, con chuches de regalo incluidas.

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Una millonaria apuesta “ganadora”

Empezaba después la carrera más importante, la quinta, que iba a enfrentar a cinco pura sangre muy codiciados, y los de Aliapiedienfamilia, no pudiendo apostar sobre un caballo como colocado –eso sólo es posible cuando hay entre seis y diez participantes–, tuvieron que jugárselo todo, es decir, un euro cada adulto, a un único ejemplar como ganador. Aliapiedi, siguiendo su retorcido criterio, tenía claro su favorito, un tal “Vizcaya”, irlandés, en honor a su primer libro publicado “dublinés”, mientras que su marido, encaprichado con un británico “Madrileño”, cambió su decisión en el último minuto, dejándose convencer por los más pequeños y apostando sobre el “Checo”, que vestía la mantilla número tres.

La suerte estaba echada, ¡y los dos euros también!

Todo quedaba en manos del destino y en las riendas de unos jinetes muy conocidos, que al montar equinos mayores de dos años, podían hacer uso de los hasta ocho latigazos permitidos, de ánimo que no de castigo.

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El ritual del desfile animal

Los caballos desfilaron por el paddock; los expertos, como ellos, los observaron, estudiando sus movimientos, su mirada y sus (ocultos) sentimientos; y, finalmente, el público asistente, los competidores y los profesionales se colocaron en sus posiciones. Todo el mundo calentaba motores y los de Aliapiedienfamilia, desde lo alto de la tribuna, esperaban inquietos y excitados el inicio de dos mil cuatrocientos metros caldeados.

Salieron los cinco disparados, por el “Checo” encabezados; desfilaron ante las tribunas como rayos inflamados; se enfrentaron a la primera curva con los últimos cuatro casi emparejados; siguieron todos juntos por el rectilíneo, a unos pocos metros distanciados, intentando alcanzar aquel que seguía primero, galopando bajo el cielo; llegaron entonces a la curva de la Zarzuela, los últimos cuatro muy igualados, intentando superarse entre ellos en los pocos centenares de metros que los separaban de la meta. Padres e hijos, uniéndose a la euforia colectiva, empezaron a animar, gritar y saltar, lanzando al viento el nombre de un “Checo” que corría como un portento mientras que el último caballo del quinteto, el “Madrileño”, iba superando a todos sus predecesores, acercándose peligrosamente, y a pasos agigantados, al pura sangre sobre el cual el padre había apostado. Más gritos, más altos y más excitados, acompañaron los últimos metros de los dos caballos alados y finalmente, fue el checo el que, tras aguantar la aceleración de un madrileño muy valiente, cruzó la meta en primer lugar, tras haber liderado la carrera de principio a fin, llevando al altar de la gloria a un prometedor jinete de sólo diecinueve años.

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La concurrida llegada a meta de un “Checo” y un “Madrileño”

Aplausos desatados, vítores emocionados y cumplidos inesperados cayeron sobre los dos protagonistas, el animal y el humano, acompañados también por la euforia de los integrantes de una familia que, otra vez por casualidad, había ganado. El padre, la madre y los dos hijos, con el sustancioso botín monetario entre manos, decidieron entonces dejar atrás el animado y embrujado Hipódromo de la Zarzuela, renunciando a la sexta y última carrera, siendo ya las ocho pasadas de la tarde con la perspectiva de un par de exámenes finales para el día siguiente. Era mejor retirarse a tiempo sin abusar de la caprichosa suerte de los principiantes, era mejor hacer pleno con las notas del inminente inicio de semana, demostrando ser, como siempre, buenos y preparados estudiantes.

Y así fue como los de Aliapiedienfamilia ganaron todas las apuestas: las de unas hípicas carreras extraordinarias ¡y las de unas deslumbrantes carreras de primarias!

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Real Escuela Andaluza del Arte Ecuestre: ¡A bailar!

Ella adoraba Jerez, Jerez de la Frontera, Jerez (ya) sin frontera.

Esa ciudad reunía para ella toda la esencia de la bella Andalucía: Jerez, cuna del flamenco, de cantaores y bailaores afamados, y de muchos otros desconocidos que se exhiben espontáneamente entre la gente, en patios particulares o típicos tabancos y bares; Jerez, capital del motor, de un circuito venerado por millares de centauros apasionados que jalean pilotos desatados; Jerez, patria de la homónima bebida, el Xérès o Sherry, exportada a todo el mundo, con sus dos centenares de bodegas de las cuales sobreviven en activo tan sólo un par de decenas; Jerez, escenario privilegiado de una Semana Santa vivida entre penitentes y costaleros entregados, mujeres con mantilla y hombres trajeados; y, sobre todo, Jerez, tierra de caballos, protagonistas de ferias tradicionales, plazas de siempre y glorietas más recientes, en honor a una estirpe criada hace más de seiscientos años en la dehesa de un magnífico monasterio cartujano.

Todo eso, y mucho más, significaba para ella Jerez, ese Jerez de la Frontera, ese Jerez con su solera.

Cada vez que lo recorría se dejaba embrujar por sus callejuelas empedradas, a veces sin salida, a veces sin entrada, por sus largas avenidas, envueltas por el olor de azahar en primavera, por sus pintorescas plazoletas decoradas con palacios de señorío y etiqueta, y por sus camperas carreteras flanqueadas por huertas bien cuidadas y ventas de “albero” y comida privilegiada…

Así que ella, Aliapiedi, en su nueva estancia jerezana, decidió que había llegado el momento de hacer partícipes a sus hijos de una peculiar faceta de esa urbe tan coqueta.

El día elegido para un secreto mal celado, para un misterio acompañado por las ganas de ser revelado, para una sorpresa destinada a unos niños espabilados, era un jueves, “el” jueves, el Jueves Santo de este año.

Esa mañana, siguiendo las indicaciones de una “real” y “espectacular” invitación, los cuatro llegaron finalmente al lugar establecido.

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La cancela blasonada del palacio del Recreo de las Cadenas

Pero lo que se perfiló ante sus ojos no fue una cancela blasonada de hierro forjado con dos pequeños pabellones a sus lados y unas cadenas por delante que bautizan y custodian un encantador palacio, el del Recreo de las Cadenas;

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El pintoresco Centro de Recepción de Visitantes

tampoco fue una reja, más reciente y más sencilla, ubicada en la misma avenida, la del Duque de Abrantes, último propietario de ese edificio de estilo francés, por la que se accede a un pintoresco Centro de Recepción de Visitantes, con taquillas, tienda de souvenir y cafetería, ubicado en la antigua zona de las cocheras y caballerizas de la mencionada estructura palaciega; lo que, en realidad, se encontraron fue un aparcamiento, reservado para el personal y, excepcionalmente y para la ocasión, para todo aquél que pronunciara correctamente la debida contraseña: ¡Aliapiedienfamilia!

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Acceso al aparcamiento reservado

Como por arte de magia, la barra se levantó y la responsable del control de acceso, apostada en su pintoresca garita de tejas rojas, les invitó a esperar a la encargada de recibirles, mientras que los niños, más desorientados que nunca, intentaban descifrar con todas sus fuerzas el motivo de su presencia en ese espacio soleado entre coches alineados, naranjos en flor y un limonero de frutos muy pesados: ¿Qué visita les había organizado esta vez su madre? ¿Cuál era ese plan familiar tan imprescindible que les había obligado a renunciar ir a patinar con las amigas o a jugar al fútbol con los amigos? Y, sobre todo, fuera lo que fuera, ¿iban ellos a disfrutar tanto de ese desconocido evento como ella les había asegurado?

Y mientras las cruciales, casi inquietantes, preguntas sin respuesta rondaban sus infantiles mentes, el chico, levantando la mirada por encima de la cabeza de su hermana, entrevió “algo”, o “alguien”, que con sus “obscuros” movimientos destacaba entre los tonos blancos y amarillos de los estáticos edificios de estilo andaluz ubicados en el interior de aquel recinto.

Era, nada más y nada menos, que ¡la cabeza de un caballo!

Gritos de júbilo, más subidos de tono los de él, amante del campo, de las granjas, o directamente de la selva salvaje, cual Mogwli del Tercer Milenio, y más cometidos los de ella, miedosa y respetuosa con el reino animal en su conjunto, se alzaron bajo un cerúleo cielo jerezano…

Ya sabían que era lo que les esperaba: ¡una clase de equitación!

Sus progenitores no tuvieron el tiempo, ni el coraje, para replicar a tan inocentes suposiciones; otra persona, una mujer de sonrisa contagiosa y palabras afectuosas, fue la encargada de revelar de forma oficial el motivo de esa visita tan inusual. Ella les explicó que, en efecto, estaban en una escuela ecuestre o, mejor dicho, en una “real” (exclusiva y prestigiosa) escuela ecuestre –puede que la más conocida en el mundo junto con la Escuela Española de Equitación de Viena, aunque más joven que la austríaca, fundada hace más de cuatro siglos–, pero que, por ahora, ellos tenían que “limitarse” a ver como otros cabalgaban en el cercano “picadero”.

Los niños estaban cada vez más confusos: ¿Qué era un “picadero”? ¿Iban a “picar” algo antes de la comida familiar de ese día? ¿Acaso todo ese conjunto era un inmenso “bar de tapas” jerezano?

Aliapiedi se divertía fantaseando sobre las dudas, reales o imaginarias, de sus hijos, contemplando sus preocupados rostros y oyéndoles murmurar, mientras que la amable anfitriona, a la que por fin había conocido personalmente después de una relación epistolar virtual, les condujo hasta su destino por los atajos que solo ella conocía. A través de una de las seis puertas laterales entraron finalmente en el famoso “picadero”, y, siguiendo las indicaciones de la ilustre acompañante, se acomodaron en el lugar más privilegiado de todo el recinto: el antepalco. Por encima de ellos, en todos los sentidos, sólo estaba Su Majestad, el Rey Felipe VI, que, firme y autoritario, como corresponde a su cargo, les miraba desde lo alto de un cuadro que dominaba el Palco de Honor, que se encontraba a sus espaldas.

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Vista del “picadero” cubierto desde el antepalco

Los pequeños, allí sentados, en ese lugar tan privilegiado, se sintieron también ellos como unos reyes, sin títulos y sin coronas, pero con los poderes supremos de sus dúplices sonrisas, a pesar de no haber entendido del todo lo que iba a pasar en aquel espacio tan extenso que, según los cálculos del mayor, futbolista por devoción, podía equivaler a la superficie de un campo de fútbol. Fuera lo que fuera, tuvieron que reconocer que esta vez su madre se había superado, organizando un plan en familia con todas las comodidades y sin verse obligados (por ahora) a enfrentarse “a piedi” con rutas turísticas por ella diseñadas que (casi siempre) se convertían ¡en auténticas marchas forzadas!

Después de entregar al padre de familia el identificador de “prensa” para poder realizar las fotos del evento, la anfitriona se despidió de ellos, no sin antes prometerles que en el intervalo vendrían a recogerles para visitar otras partes del recinto. Y proferidas esas palabras, como si ella fuera no solo la oficial responsable de protocolo, sino también el augusto maestro de ceremonias, los focos que colgaban del techo de ese edificio cuyas tribunas se habían ido llenando hasta casi el límite de su capacidad –alrededor de mil seiscientas personas–, empezaron a parpadear al compás de una música triunfal.

El silencio se apoderó del ambiente mientras que Aliapiedi, dejándose llevar por esas evocadoras notas y dando rienda suelta a su imaginación, empezó a fantasear con escenas de heroicas aventuras, como las de un Zorro con su “Tornado” de leyenda.

Desde los altavoces, y en diferentes idiomas para que no hubiera lugar a la duda –en español, inglés, francés y alemán– se avisó de las rígidas, pero oportunas, normas que reinaban dentro de ese espacio –no fumar, no fotografiar y menos aún grabar– y de los servicios que se ofrecían a los visitantes y, justo después, una voz en off, profunda y autoritaria, anunció el comienzo del espectáculo, presentando la primera coreografía de un singular ballet ecuestre, símbolo mundial de la cultura y costumbres de Andalucía: “Cómo bailan los caballos andaluces”.

Una exclamación de sorpresa e incredulidad se escapó de la boca de los niños, ahora sí perfectamente conscientes de la situación, mientras que el padre de familia, guiñándoles el ojo, se preparó a “disparar” con su cámara digital.

Y así, con los cálidos acordes de una guitarra española de fondo, hizo acto de presencia un soberbio caballo blanco; en sus lomos no iba un príncipe azul de pelo rubio y ataviado con manta roja, sino un noble y fiero jinete, vestido a la vieja usanza del siglo XVIII, que levantando el sobrero con orgullo y elegancia, firme entre las  banderas de Andalucía y España, se presentó al público junto a su caballo, o puede que en realidad fuera el animal el que con la cabeza agachada, en gesto de respeto, presentara al hombre, vista la sincrónica armonía o la armónica sincronía que reinaba entre ambos.

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El saludo en perfecta sincronía del caballo y su jinete

Empezó entonces la exhibición de doma vaquera. El caballo blanco, con la cola y los crines recogidos de una forma tan elaborada que hacía palidecer las sencillas trenzas de la pequeña de Aliapiedienfamilia, dirigido por ese caballero tan recto e impasible que parecía no ser humano, sino una estatua de esta especie a tamaño natural, fue acariciando el borde del recinto, rozándolo con sus patas a unos pocos milímetros de distancia, alejándose de él y volviéndose a acercar, deslizándose en diagonal, acelerando y ralentizando, yendo hacia delante y hacia atrás, con una soltura y al mismo tiempo una seguridad que convertían unos ejercicios al límite de lo imposible en unos sencillos juegos de niños, … ¡y todo eso al ritmo de la banda sonora!

Al contemplar esa atípica Medusa, de andares deslumbrantes pero sin serpientes sibilantes. Aliapiedi y su familia se quedaron petrificados, sin palabras y sin aliento, en una pose casi tan estática como la del hábil caballero.

Y era solo el principio.

Después de una nueva presentación, aparecieron dos nuevos caballos con sus jinetes.

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Una dúplice y simétrica presentación

Su pelo, blanco y reluciente, esta vez suelto al viento de sus hermosos movimientos, ondeaba con encanto al ritmo del flamenco. Los dos ejemplares, dos Pegasos sin iguales, se movían a la vez, en perfecta sincronía, entre ellos y con la cambiante melodía, flanqueándose con absoluta simetría, persiguiéndose en circulares corros infinitos y finalmente enfrentándose pacíficamente en una imaginaria competición de doma clásica donde no había perdedores, sino sólo una pareja de ganadores, vitoreados por el público con todos los honores.

Y lo mejor (para Aliapiedi) estaba por venir.

Fue el preludio de una arrolladora sinfonía, un preludio inolvidable, un preludio incomparable, el que revolucionó el cuerpo y la mente de una madre asaltada de repente por una nostalgia del pasado mitigada por la alegría y la emoción del presente. Esas primeras notas, aisladas, netas y sencillas, de un tímido “pizzicato” que parecía temer ser escuchado, fueron poco a poco imponiéndose en el ambiente, a la par de seis caballos embrujados, silenciosos y poderosos, que entraron en el recinto sin estar montados, simplemente escoltados por sus fieles caballeros.

Los niños estaban inquietos y a la vez emocionados –quizás había llegado el momento de que alguien de entre los asistentes fuera el elegido para un triunfal paseo ecuestre–,  mientras que sus padres, unidos por los mismos recuerdos de antaño, se sonrieron cómplices y complacidos.

La melodía aumentó, ganó en fuerza e intensidad, creció en cadencia y potencia, con más instrumentos en cada batuta, y en una mágica espiral de sonidos celestiales, los animales ocuparon sus posiciones…

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Una levada perfectamente calculada

Fue primero un caballo blanco el que, levantando y doblando las manos, mantuvo largo rato un equilibrio perfectamente calculado; fue luego un compañero negro, cual Furia de acero, el que se libró en vuelo con un espectacular salto en el cielo del picadero; tocó después a otro, de opuesto color de pelo que, como en un sueño de princesas y caballeros, con la sola fuerza de sus fibrosas extremidades posteriores elevó y desplazó su cuerpo, imponente y majestuoso, en el centro de un escenario cada vez más grandioso…

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Una posada imponente y majestuosa

Y la música (los) siguió… una música que acompañaba las proezas equinas, una música que marcaba su avanzar desde las esquinas, una música que subrayaba gestos de rapidez casi felina…

Y los caballos (la) siguieron… unos caballos que acompañaban sonidos delicados, unos caballos que marcaban un crescendo embrujado, unos caballos que subrayaban acordes hechizados…

Los niños, sus padres y el público en general, quedaron envueltos por esa increíble armonía que exaltaba la complicidad entre el hombre y el animal, que ennoblecía la recíproca admiración entre caballo y caballero, que iluminaba la obediente elegancia y la respetuosa nobleza de ambos protagonistas, y se rindieron gratamente al teórico espectáculo ecuestre que, sin embargo, detrás de su fachada deslumbrante, demostraba ser y simbolizar algo mucho más importante.

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Escenográfica corveta entre banderas

Y la increíble sinfonía prosiguió…

Aliapiedi se trasladó entonces a escenarios lejanos, a sueños vividos y a hechos soñados, a recuerdos del pasado, de tres lustros atrás, cuando por primera vez estuvo en Jerez con un novio al que después había desposado, cuando por primera vez vio en ese picadero lo que antes sólo había imaginado escuchando un disco por él regalado, cuando por primera vez asistió a ese espectáculo gracias a la invitación de un futuro suegro que nadie ha olvidado…

Y una lágrima, furtiva y solitaria, le surgió del corazón, de un corazón desbordante de emoción, de un corazón que se nutría de ilusión…

Y la música con su baile, con ese baile sin igual, ese baile tan especial, ese baile nada convencional, siguió adelante….

Los niños ya no sabían hacia dónde dirigir sus miradas ante ese despliegue de acrobacias que se multiplicaban a lo largo y a lo ancho del recinto; su padre no sabía cómo capturar con su cámara ese tripudio de arte y elegancia, y su madre, entre aturdida e inspirada, se sentía impotente ante la eventualidad de tener que describir en un relato el esplendor de las coreografías, el creciente estupor de los asistentes y la aparente invisibilidad de una labor llevada a cabo por un entrenador con paciencia y pasión, entre halagos animados o estímulos pausados, dictados por el amor y obedecidos por la devoción.

Aliapiedi contemplaba ensimismada la ininterrumpida sucesión de unos ejercicios que parecían ficticios por la increíble ligereza con la que los ejemplares cumplían sus destrezas: ¿Cómo era posible realizar esas figuras? ¿Cómo era posible ejecutarlas con tanta hermosura? ¿Cómo eran posibles esos saltos, cabriolas, posadas y corvetas de alta escuela?… Entonces, no pudo evitar sufrir dulcemente ante un posible error impertinente, temblar gratamente por temor a un paso inconveniente y estremecerse suavemente ante la posibilidad de una fatal distracción inocente…

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El tripudio de la danza y elegancia

Pero todo, todos los pasos, todos los cambios de aires, y todas las poses, por difíciles y complicadas que fueran, llegaron a su fin soberbiamente. Llovieron entonces los aplausos, se desataron las exclamaciones y, por fin, afloraron las contenidas emociones, liberando las tensiones…

Y con un caballo entre pilares con banderas, marcando el tiempo como un metrónomo bajo las luces de unos reflectores que exaltaban la impecable hazaña, entre rulos de tambores,  concluyó la dinámica escenografía, dejando tras de sí una catártica explosión de alegría.

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Piaffe entre pilares de un metrónomo animado y “animalizado”

Pero el show no había terminado.

Desde el fondo del picadero, como si esperara la triunfal entrada (que no salida) de un glorioso torero, se abrió la puerta grande, la central, por la que accedieron dos pintorescos carruajes, uno encabezado por cuatro caballos tordos oscuros, sobrios y elegantes en su natural desnudez, y el otro liderado por cuatro compañeros castaños, con guarniciones de sonidos y colores.

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El carruaje más sobrio…

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… y el carruaje más colorido

Como si de un carrusel se tratara, los dos emblemáticos medios de transporte, guiados por las riendas de sus cocheros, se persiguieron, se flanquearon y se alejaron el uno del otro con milimétrica precisión, dibujando con sus ruedas geométricas figuras en el suelo de cal y arena. Todos los asistentes acompañaron con las palmas esos pasos acompasados capaces de evocar escenas del pasado, de hace casi un par de siglos, con señoras de guantes y polisones y señores de pajaritas y chisteras, como esos personajes que Aliapiedi y su hija habían conocido en una “ultradimensional” visita en el Museo del Traje madrileño.

Pero la mujer y la mujercita no tuvieron el tiempo de dejarse llevar por la fantasía porque nada más finalizar el número de enganches se les presentó el coordinador de guías de la Real Fundación para conducirles a un espacio reservado donde sólo podían acceder unos pocos afortunados.

Se trataba del “backstage” del espectáculo, una zona porticada donde caballos y caballeros descansaban, se concentraban y finalmente se preparaban para salir otra vez al escenario.

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El granjero soñador en el “backstage”

Allí los niños, primero el mayor, el granjero soñador, y luego, para no ser menos, la pequeña, la princesa escrupulosa, se entretuvieron largo rato tocando, acariciando y murmurando palabras de afecto y admiración a esos animales que relucían por sí mismos, y no solo por el brillo de su pelaje impecable, mientras que los padres descubrían a sus espaldas un curioso y pintoresco edificio octagonal.

Era ese el Guadarnés, el lugar donde, alrededor de una exótica palmera central, entre cálidas paredes de madera, se guardaban los lujosos equipos y valiosos atalajes de las periódicas exhibiciones así como de las cotidianas ocupaciones.

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El acogedor y ordenado “Guadarnés”

Allí, rodeados por todas esas monturas, españolas, vaqueras e inglesas, perfectamente ordenadas según el nombre de su portador, los progenitores se dejaron cautivar por la belleza de esa pequeña pero gran joya, arquitectónica y ecuestre a la vez, en la que destacaba una escalera de caracol que daba acceso a la balconada superior, decorada con vitrinas ocupadas por arneses de gala.

A pocos pasos de allí se toparon con las cuadras, ubicadas alrededor de cinco de los lados de la anterior y geométrica estructura, cada una bautizada con el nombre de un emblemático ejemplar: Jerezano, Valeroso, Garboso, Vendaval y Ruiseñor –los cuatro primeros, protagonistas del espectacular estreno de 1973, organizado por el fundador de la Escuela, Álvaro Domecq Romero, con motivo de la recepción del “Caballo de Oro” de mano de los entonces Príncipes de España–.

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¡Los niños que susurraban a los caballos!

Los niños, que ya estaban totalmente familiarizados con ese ambiente ecuestre hasta aquel día casi desconocido, pasearon felices entre esos boxes de rejas azules y reales emblemas, soñando una vez más con montar a algunos de sus inquilinos.

Una dulce música a lo lejos les recordó que el cuarto de hora del intervalo había volado como el viento de esos caballos alados, y aunque los más jóvenes hubieran preferido quedarse en ese sitio de mil y una noches todo el día y toda la noche, los cuatro, escoltados por el guía especial, regresaron a la carrera a sus asientos para asistir a un nuevo número de ballet, el de un caballo blanco, con su elegante caballero, que sinuosamente se desplazaba por todo el picadero, con garbo inusual y gracia sin igual, como si estuviera flotando en el aire, ligero y silencioso, exhibiendo orgulloso sus infinitos pasos virtuosos.

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Garbo inusual…

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… y gracia sin igual

Pero la música, casi de repente, cambió de ritmo; ya no era una exótica melodía evocadora de noches de oriente, de noches de embrujo, de noches de romance, sino una marcha imponente, bien marcada y subrayada por los aplausos de todos los asistentes.

El caballo, con naturalidad y agilidad, enseguida se adaptó al segundo compás, alternando el baile pausado con el más acelerado, los pases sensuales con los imperiales, los movimientos iniciales con los finales…

Llegó entonces el momento de la despedida, el momento de la última coreografía, de la postrera explosión de alegría.

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Los ocho jinetes, y sus purasangre, de un Apocalipsis de soberbias ejecuciones

Fueron ochos los pura raza españoles que saltaron, nunca mejor dicho, al escenario; fueron ocho los jinetes de una dúplice Apocalipsis los que arrasaron con sus soberbias ejecuciones; fueron ocho los caballos y caballeros de una mesa redonda sustituida por un rectangular picadero, los que se dieron un baño de aplausos ininterrumpidos, de vítores desenfrenados y de gritos exaltados.

Y en ese gran final, como si de un jerezano concierto de Año Nuevo se tratara, fue una apremiante marcha del genial compositor Manolo Carrasco, acompañada por las palmas cada vez más acaloradas de la gente entusiasmada, la que despidió en el naranjado horizonte de un portal con banderas a los valientes protagonistas de una danza llena de arte, de certeza y de esperanza, el arte de unas costumbres y tradiciones arraigadas, la esperanza de que  siempre serán ilustremente representadas, la certeza de que nunca serán olvidadas…

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Los caballos y caballeros…

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… ¡de una “mesa redonda-picadero”!

Cuando Aliapiedi y su familia, aturdidos y a la vez satisfechos por todo lo que habían sentido, visto y vivido, creyeron que el ecuestre recorrido había tocado a su fin, reapareció el guía de antes, siempre raudo y atento, para mostrarles el resto de las regias instalaciones “escolares”.

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El palacio de Garnier, sede del Museo del Arte Ecuestre, precedido por la pista hípica

Así, dejaron atrás el Palacio de cuentos de hadas del Recreo de las Cadenas, diseñado por Garnier y ejecutado por su discípulo Ravel, con sus dos torres octagonales con cubierta de pizarra, sede, entre otros, del Museo del Arte Ecuestre junto con la cercana Guarnicionería, vivo y auténtico laboratorio de conservación y restauración de los atalajes; después contemplaron el picadero exterior, la cercana pista hípica y el jardín botánico, con su alberca y fuente central, rebosante de más de ciento treinta ejemplares de especies vegetales.

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La bodega reconvertida en Museo del Enganche

Y finalmente, a través de un acceso secundario que asomaba a la calle Pizarro, se encontraron con una antigua bodega, la de Pemartín, reconvertida, desde hace trece años, en Museo del Enganche.

Detrás del ingreso principal apareció ante ellos un amplio patio, blanco y luminoso como solo en Andalucía podía serlo, que, entre coloridos naranjos, buganvillas y olivos, hacía las veces de distribuidor de las diferentes salas expositivas.

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El luminoso y anaranjado patio-distribuidor

Entraron entonces en la primera, la principal, donde en un escenográfico espacio de pilares de piedra y parquet de madera, relucientes bajo unos focos que los iluminaban suavemente, se materializaron unos emblemáticos y espléndidos coches de época de los siglos XIX y XX.

Los había de todas formas, tipos y colores, escoltados, por detrás, por unas vitrinas rebosantes de cascabeles y guarniciones, y, por delante, por unas modernas pantallas audiovisuales que explicaban detalladamente su historia y sus características estructurales.

Y mientras Aliapiedi y su pequeña se entretuvieron con fantásticas ideas de princesas, imaginándose románticos paseos entre castillos, jardines o palacios en fiestas, el hombre y el hombrecito de la familia, más prácticos y racionales, viajaron de forma interactiva a bordo de esos carruajes espectaculares.

Y cada uno con su tema, dentro de la inmensa nave bodeguera que aún custodiaba su olor y su solera, los cuatro, sin darse cuenta de que el tiempo apremiaba, invitados por el amable anfitrión, pasaron a la siguiente sala.

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Las cuadras de unos bólidos de cuatro patas

Allí les sorprendió un escenario totalmente diferente, el de un lavadero y, a continuación, el de unas cuadras destinadas para unos bólidos de pura sangre, para unos cuatro ruedas pilotados por cocheros de guantes y sombreros, para unos motores animados de unos Ferrari y Maserati jerezanos, protegidos y mimados en esos boxes privilegiados.

Los grandes y pequeños visitantes admiraron los puras razas allí “aparcados”, a la espera de lanzarse más veces al ruedo de picaderos o competiciones, y después de haberlos saludado, se dirigieron a la auténtica zona de trabajo, el área entre bastidores de unos “ingenieros del enganche” que, trabajando en la sombra, se dedicaban a la revisión de las “piezas”, la animal y la material.

De vuelta entonces al patio distribuidor, los cuatro accedieron a otra nave bodeguera, la más antigua del conjunto, datada, y por eso llamada, “1.810”.

Allí descansaban otros carruajes, puede que más sencillos en comparación con los anteriores, pero no por eso menos invitantes y encantadores. Pero las campanas de una cercana iglesia, puede que las de Santa Ana, rompieron de repente el sueño incipiente de bucólicas excursiones familiares sentados a bordo de esos clásicos ejemplares.

Eran, en efecto, las dos de la tarde, hora del cierre de las instalaciones, hora del estreno de un recuerdo renovado, para unos, y de un recuerdo recién creado, para otros,  de una emoción ecuestre vivida por segunda vez por los más grandes y por primera vez por los más pequeños.

Se fueron entonces los cuatro por donde habían venido, al encuentro con el resto de la familia en una antigua venta de carretera, renovada y reubicada, y en el breve recorrido, montados en un coche de caballos, motorizados que no animados, la madre guardó silencio ensimismada, aislada en un silencio pensativo, reafirmada en un pensamiento conclusivo: ese día, abierto con las danzas de increíbles caballos de Andalucía y que iba a finalizar con la pasión de misterios y palios de fervientes cofradías… ese día, con la mejor compañía, era un solo día en Jerez, en ese Jerez que ella adoraba, en ese Jerez que siempre amaría…

Ese era, pensaba ella, Jerez de la Frontera, Jerez con su solera, Jerez, sin embargo,… ¡a su manera!

Una nota final: Este relato jerezano, que va más allá de los límites geográficos de este madrileño blog, no estaba programado en la retorcida mente de Aliapiedi, que únicamente se había comprometido a subir unas fotos del espectáculo ecuestre al muro de “Aliapiedienfamilia”. Pero la amabilidad, generosidad y profesionalidad demostrada, primero con palabras y luego con hechos, por María José Rodríguez, Responsable de Gabinete de Prensa, Relaciones Públicas y Protocolo de esta prestigiosa institución, le ha empujado a escribir esta historia.

“Aliapiedienfamilia” es una pequeña pero gran familia, real y virtual que (¡por ahora!) no cuenta con miles de millares de seguidores, sino con unos cuantos centenares, aunque todos ellos muy fieles y observadores. Ciertamente, no se puede comparar con los medios de comunicación de masa y, sin embargo, sus cuatro componentes principales han sido recibidos y tratados como unos “grandes” de verdad, no de España, sino, como dirían los más pequeños, ¡del mundo mundial!

Así que, una vez más, queremos agradecer a todos y cada uno de los componentes de la Fundación Real Escuela Andaluza del Arte Ecuestre que hayan hecho posible esta inolvidable visita familiar: la nobleza y la elegancia que caracteriza la danza de vuestros purasangre al son de sus jinetes, también son predicables de todo un “real” equipo cuya silenciosa labor delicadamente la acompaña…

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Fundación Real Escuela Andaluza del Arte Ecuestre: nobleza y elegancia de todo un “real” equipo

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